CAPÍTULO 17 #2
Algo en su interior se torció. Un mareo extraño le recorrió la cabeza, como una onda expansiva que nacía en su pecho y subía hasta sus sienes.
Por un instante, el aire pareció espesarse a su alrededor.
Escuchó un pitido sordo en los oídos, como un eco que la desconectaba de la realidad por una fracción de segundo.
«Respira, Nya. No es nada».
Parpadeó con fuerza y tragó saliva, recomponiéndose, pero su corazón latía con un ritmo desigual, acelerándose y desacelerándose sin motivo aparente. Como si su cuerpo estuviera reaccionando de una forma que su mente aún no comprendía del todo.
La mirada de Antonio, encendida por un fuego oscuro, se encontró con la suya. Por un segundo, ninguno se movió. El tiempo pareció congelarse en aquel punto de la finca donde el sol ya picaba y la tierra exhalaba calor.
Nya inspiró con fuerza y se irguió, con un temblor que ya no intentaba reprimir.
—Es… —la voz se le quebró un instante, pero se recompuso—. Es la última vez que me pones una mano encima.
Antonio apartó la mirada con un gesto casi despectivo, como si fuera incapaz de enfrentarse a lo que acababa de hacer. Pero ella no le dio margen de maniobra: dio un paso atrás, escupiendo la rabia contenida.
—Te odio, ¿sabes? —soltó con la voz teñida de dolor y furia—. Y no, no te preocupes… el sábado iré a la gala. Sonreiré y haré acto de presencia, porque sé que te interesa. Pero después de eso, en lo que a mí respecta, se acabó. Estoy cansada de vivir bajo tu sombra.
Los ojos de Antonio palpitaban con orgullo herido.
Sus puños seguían apretados, y por un instante, pareció dispuesto a replicar, a justificar lo injustificable.
Pero Nya no le dio tiempo ni opción. Se dio la vuelta, notando cómo su mejilla enrojecida palpitaba con cada latido de su corazón, y caminó hacia el coche.
Abrió la puerta sin molestarse en mirar atrás. El golpe aún la sacudía, y una lágrima de rabia se escapó de uno de sus ojos mientras se acomodaba en el asiento. Respiró hondo, tratando de aclarar la visión y estabilizar las manos que temblaban sobre el volante.
—Nunca más… —se susurró a sí misma, con un juramento que no solo iba di rigido a Antonio, sino a toda la opresión que había soportado desde la infancia.
Arrancó el coche.
Y sin más, pisó el acelerador con suavidad, apartándose de la finca y dejando atrás la figura de Antonio Palacios, plantado en medio del camino, con las manos metidas en los bolsillos y la expresión inmóvil.
El corazón de Nya latía con fuerza mientras se alejaba por la carretera de tierra.
La tensión en sus hombros era casi insoportable, pero al menos ya no tenía que seguir escuchando la voz de su padre.
El paisaje de viñedos y campos secos quedó difuminado en el retrovisor.
De camino a la salida principal, vio algunas bodegas y a uno de los trabajadores que la saludó con un gesto amable; ella apenas correspondió con un leve movimiento de cabeza.
El polvo se arremolinaba tras su coche, dándole la sensación de que, con cada kilómetro que dejaba atrás, se liberaba un poco más del yugo paterno.
Pero, al mismo tiempo, no podía ignorar el cúmulo de emociones que le pesaban en el pecho.
Pero sabía que la sombra de su padre no la dejaría en paz mucho tiempo.
—Cabrón… —murmuró, dándose cuenta de que su pulso aún estaba acelerado. Se descubrió temblando, con las manos aferradas al volante con más fuerza de la necesaria.
Encendió el reproductor. Automáticamente saltó Spotify . Y la canción que comenzó a sonar, le vino que ni pintada.
« Victorious », de Sam Tinnesz y Burnboy.
La letra comenzó a sonar como una llamada a su fuerza interior. Como un reconocimiento de la decisión que acababa de tomar. Y el estribillo, era prueba de ello.
« We'll be victorious. We'll be victorious. Ready for the battle. Ready for the pain. Only ones alive that can walk through the flames ».
La mente le viajó de nuevo a la discusión.
Recordó la decepción que siempre veía en los ojos de su padre cuando ella se negaba a seguir sus planes.
Era evidente que no la valoraba por quién era, sino por lo que podía representar.
Una hija abogada, una socia de negocios, un trofeo.
Lo que menos le importaba era su felicidad, su propia identidad.
A veces, llegó a pensar que le debía algo a Antonio Palacios, sin saber muy bien por qué.
De pronto, parpadeó varias veces. Ese mareo, la neblina mental… Estaba a punto de caer en esa espiral de ansiedad que llevaba días rondándola. Se obligó a centrar la vista en la carretera. Tomó aire con fuerza, intentando expulsar los restos de la discusión con cada exhalación.
—Tú puedes con esto —se dijo en voz baja, como un mantra.
Había hecho lo correcto: no dejarse manipular. Que su padre se enfadara, que se escandalizara, que la tildara de irresponsable. A ella le daba igual. Lo único que ansiaba era no convertirse en un peón más de los tejemanejes de Antonio Palacios.
Mientras el coche devoraba los metros de asfalto, Nya sintió una chispa de orgullo en su interior.
Quizá no tenía un trabajo estable ni un plan de vida tan claro, pero conservaba algo esencial: su libertad de elección.
Y por eso valía la pena aguantar miradas de decepción, chantajes emocionales y comentarios hirientes.
Nunca se arrodillaría ante el hombre que quería moldearla para sus fines.
Ya lo había hecho una vez.
Y no pensaba volver a hacerlo.
Por ella.
A medida que se aproximaba a la carretera principal, el sol ganaba intensidad.
El día prometía ser sofocante, y la imagen de su casa adosada en Valdelagrana le pareció, por unos segundos, su refugio más preciado.
Se preguntó si debería llamar a Aeris para informarle de que ya había recuperado el coche.
Un escalofrío de duda le recorrió el cuerpo: ella no solía depender de nadie, y menos de un juez.
Pero algo en la forma en que Aeris la había cuidado, en su mirada dura y a la vez protectora, había removido rincones de su corazón que creía muertos.
Y llegó a la conclusión de que necesitaba distraer su mente.
El caso.
Sí.
Era la excusa perfecta para mantenerse ocupada.
Así no tendría que pensar en Antonio Palacios hasta que tuviera que verle la cara en el Hotel Parador Atlántico en dos días.
El asfalto vibró bajo los neumáticos mientras tomaba la curva para integrarse en la autopista.
Atrás quedaba, una vez más, la estampa de la finca y la silueta de Antonio Palacios.
Sus palabras resonaban todavía en su cabeza, pero Nya sabía que, pese a todo, prefería el camino incierto de la libertad antes que la senda ya trazada de la sumisión.
Y así, con el pulso todavía agitado y el orgullo ardiendo en su pecho, continuó conduciendo, decidida a sostener las riendas de su propia vida.
Nya aparcó el coche frente a su casa. Subió las escaleras de la entrada con pasos vacilantes, con la mejilla aún ardiéndole y un zumbido de ira y dolor en su cabeza.
Ya en el interior, tiró las llaves sobre la barra de la cocina y se dirigió directamente al baño.
Se miró en el espejo, reconociendo en su propia expresión una mezcla extraña de rabia y liberación.
El pómulo estaba enrojecido, con una ligera marca de la mano de Antonio.
—Nunca más —susurró, abriendo el grifo y echándose agua fría a la cara.
Tras unos minutos, salió de nuevo al salón. Sobre la mesita estaba su móvil, con la pantalla iluminada por notificaciones atrasadas. Nya lo desbloqueó y, sin pensárselo mucho, cogió la tarjeta que Aeris le había dado. Guardó el número en contactos. Tecleó un breve mensaje:
Nya -12:02