CAPÍTULO 17
Nunca más
L a mañana llegó con un sol tímido, apenas oculto tras los velos de neblina que se alzaban sobre las tierras de la Bahía.
Nya llevaba despierta desde antes del amanecer, atrapada en sueños fragmentados donde las sombras del Polígono Industrial regresaban con nitidez alarmante: cristales rotos, reflejos distorsionados y una voz ajena susurrándole al oído, « ya pasó todo, dormilona ».
El reloj marcaba las siete cuando decidió ponerse en pie, ducharse y vestirse con un vaquero y una camiseta oscura.
Necesitaba recoger su coche de la Finca, y no estaba dispuesta a molestar a Aeris.
Bastante había hecho él la tarde anterior.
Nadie, salvo Lucian en otra etapa, había hecho algo así por ella.
Tras un desayuno fugaz -un café que apenas logró mantener en el estómago y un vaso de agua del dispensador que bebió casi sin pensarlo, notando un ligero sabor extraño que atribuyó a su ansiedad-, salió de su casa adosada en Valdelagrana.
Uno de los trabajadores de su padre, Francisco, un jornalero de confianza ya entrado en años, la esperaba en un Land Rover marrón con el motor encendido.
El calor aún no apretaba con fuerza, pero ya se sentía la humedad pegajosa del litoral.
—Buenos días, señorita —la saludó el hombre con respeto.
—Buenos días, Francisco —murmuró ella, acomodándose en el asiento trasero—. Oye, gracias por hacerme el favor de llevarme a la Finca. Ayer no me sentí bien.
—Faltaría más, señorita —respondió Francisco, esbozando una sonrisa suave—. ¿Necesita que pasemos antes por algún otro sitio?
—No, solo necesito recoger el coche. ¿Cómo está el patriarca? —preguntó Nya con sarcasmo.
Francisco suspiró.
—De mal humor.
—Cuéntame algo que no sepa —respondió Nya con resignación—. Menos mal que no voy a estar mucho tiempo.
Apenas intercambiaron más palabras. Nya bajó la ventanilla, dejando que el aire fresco de la mañana le despeinara el cabello mientras el coche tomaba la carretera rumbo a la finca.
Cuando empezó a divisar los contornos de «La Negra», un escalofrío le recorrió la nuca.
Aun siendo un lugar bonito, seguía cargado de recuerdos y de la presencia dominante de su padre.
Antonio Palacios la aguardaba junto a la puerta principal de la casa.
Vestía pantalones claros, camisa de lino y un aire de seguridad que se había convertido en parte esencial de su carácter.
Su mirada felina se clavó en Nya en cuanto esta se bajó del Land Rover.
Tragó saliva. Si hubiera podido, habría recogido el Tucson sin cruzarse con él. Pero la suerte no estaba de su parte.
—Buenos días, Estefanía —la saludó, enfatizando el nombre de pila que ella detestaba.
Se notaba en su voz ese deje de superioridad que siempre le recordaba a Nya la jerarquía en la que él la situaba.
—Señor… —respondió ella, secamente.
Antonio sonrió con esa condescendencia que tantas veces la había sacado de quicio.
—He oído que dejaste tu coche aquí y no volviste a por él. Curioso —añadió, en un tono cargado de insinuaciones—. ¿Puedo saber qué pasó?
—Harper me llevó a casa, eso es todo —replicó ella, sin ganas de dar explicaciones. Pasó de largo, dispuesta a rodear la casa y llegar hasta la explanada donde estaba su coche.
Él la siguió con paso tranquilo, como un depredador tras su presa.
—¿Te lo follaste? —Preguntó Antonio, su voz destilando veneno.
Nya se detuvo en seco y se giró para mirarlo, con los ojos entrecerrados.
—¿Perdona?
—Eres mi hija —dijo, como si aquello justificara cualquier intromisión—. Todo lo tuyo me atañe, Estefanía.
—No me llames así —bufó ella, apretando el paso. De pronto, se detuvo en seco de nuevo, con el corazón martilleándole las costillas. Un nudo de frustración se instaló en su pecho, impidiéndole avanzar—. No somos lo que tú piensas que somos. Nos une la sangre, pero nada más.
El hombre ladeó la cabeza. Un mechón de cabello canoso cayó sobre su frente, dándole un aire cuidadosamente desaliñado.
—Me estás ofendiendo, hija. ¿Crees que no me importas? Te pagué la carrera, te di la posibilidad de entrar en un bufete de Jerez… te facilité…
—No me facilitaste una puta mierda —lo cortó Nya, girándose para encararlo—.
Me pusiste en el camino que tú querías que yo siguiera, sin preguntarme si era lo que quería, o si me sentía capaz o interesada.
Tu negocio, tus chanchullos, tus intereses…
Te olvidas de que tengo criterio propio.
Sí, estudié Derecho porque me apasiona. Pero no quiero seguir el camino que tú quieres para mí en ese gremio. Quiero ser libre, no tu puta esclava.
—Tonterías —espetó Antonio, agitando la mano con impaciencia—. La abogacía tal y como yo la concibo es el futuro. Y tú eres buena, lo sabes. Tienes un talento natural para la oratoria, para la lógica jurídica. ¿De verdad piensas desaprovecharlo?
Nya tragó saliva. Sentía la garganta seca, como si toda la humedad de la mañana se hubiera evaporado de golpe. Recordó las horas muertas estudiando en Deusto, las clases de derecho penal y las prácticas en un despacho donde sentía que se asfixiaba.
—No voy a ejercer, ¿queda claro? —dijo con voz ronca—.
No voy a ser tu marioneta, ni la de nadie.
Prefiero seguir con mi vida, con lo que me guste, antes que meterme en tus…
asuntos. Y no, no pienso darte la oportunidad de que me cierres las puertas una a una hasta que me tengas como a una cabra acorralada.
—¿Mis asuntos? —Antonio se acercó un paso, su mirada fría—. ¿Insinúas algo?
Nya sintió un temblor en los dedos, el mismo que solía delatarla desde niña. Cerró los puños para controlarlo.
—No insinúo nada. Solo sé que no quiero verte arrastrándome a un mundo donde no soy libre.
Donde tendría que enterrar mi conciencia y aceptar que la gente me use a cambio de dinero.
Y sobre todo, no quiero estar a la sombra de un hombre…
—se mordió el labio—, de un hombre que es de todo menos honorable.
Tienes demasiada mierda escondida bajo la alfombra, y cuando te explote en la cara, no quiero que me arrastres contigo.
Los ojos de Antonio centellearon con un brillo oscuro. Por un instante, pareció a punto de replicar con algo hiriente, pero se contuvo. La miró de arriba abajo, como si evaluara la fuerza de su determinación.
—Estás hablando sin saber, niñata malencarada. Todo lo que he hecho es por ti. Para asegurar tu futuro.
Nya dejó escapar una risa amarga.
—¿Por mí? No me hagas reír. Lo haces por ti, para presumir de hija abogada, de hija con prestigio, para usarme en tus negocios. Pero lo siento, papá —pronunció esa palabra con un asco evidente—, yo no voy a seguir ese camino.
Un silencio tenso se alargó entre ambos. A lo lejos, se escuchaba el rumor de alguna máquina agrícola y el canto de los pájaros desperezándose. Nya pensó en lo irónico que resultaba: un lugar tan hermoso y, a la vez, escenario de tantas discusiones con su padre.
—Estefanía, aún no es tarde para reconsiderar tus decisiones —insistió él, con un tono melifluo que le revolvió el estómago—. No tires por la borda todo lo que hemos invertido en tu educación.
—¿Qué parte de «no voy a ejercer» no entiendes?
—Nya se cruzó de brazos, clavando la mirada en la de su padre—.
Y no es «hemos invertido», Antonio. Tú pusiste el dinero, cierto, y yo puse mis años y mi esfuerzo.
Pero no voy a malgastar un segundo más en algo que deseo con toda mi alma, pero que estoy dispuesta a sacrificar para mantenerme a salvo de ti.
Antonio respiró hondo, ladeando la cabeza con gesto resignado.
—Te vas a arrepentir de esto. No puedes seguir en plan nómada, sin trabajo fijo, en ese mundo de… no sé ni cómo definirlo. Desde que volviste de Deusto, estás más rebelde que nunca. Te has rodeado de historias raras, ¿qué diría tu madre?
—Mi madre murió después de abandonarte… ni la nombres, y tú, ya no pintas nada en mi vida —lo interrumpió, su voz temblando de rabia—.
Sabes que te agradeceré siempre la educación, pero no pienso permitir que me utilices como una extensión de tu puto ego.
Yo no soy propiedad de nadie, ni un florero para lucir.
El gesto de Antonio se endureció. Parecía debatirse entre soltar alguna amenaza y un impulso más visceral. Sus pómulos se marcaron bajo la piel curtida por el sol.
—Algún día tendrás que reconocer que estás equivocada. Y cuando eso suceda, quizás sea tarde para volver atrás. Porque igual te habré dado la espalda.
Nya notó que su respiración se aceleraba. Se obligó a calmarse, pensando en las técnicas que usaba para aplacar la ansiedad. Aun así, el cosquilleo eléctrico en sus manos iba en aumento.
—Si ese día llega, que lo espero con ansias, asumiré las consecuencias —repuso con voz seca—.
Porque al fin, seré libre. Mientras tanto, déjame vivir mi vida.
No te pedí que me pagaras la carrera. Y aun así lo hiciste con la intención de convertirme en tu proyecto, en tu escudo protector de tus negocios ocultos.
Siento decirte que te salió mal. No tienes una niña tonta en el redil, y te morderé si es necesario para que me dejes en paz.
Un nuevo silencio cayó sobre ellos, tenso como un cable a punto de romperse. De improviso, Antonio avanzó un paso y, en un latigazo de rabia, levantó el brazo.
—No me hables así, puta insolente.
Nya vio el movimiento demasiado tarde para esquivarlo: la mano de su padre se estrelló contra su mejilla en un impacto que resonó en el aire.
El golpe la hizo tambalearse y llevarse una mano a la cara, aturdida por el dolor y por la furia.
Un ardor comenzó a extenderse por su pómulo, y notó un sabor metálico en la boca.