CAPÍTULO 16 #3
Mientras Nya sacaba las cápsulas de café, se hizo un silencio en el que el persistente zumbido de la canción anterior retumbaba todavía en su cabeza, como un eco lejano.
Pensó en la llamada de Parra: el ADN bajo las uñas de Helena Ortiz, el mensaje enviado antes de morir…
y se preguntó si todo aquello acabaría relacionándose de un modo más turbio de lo que imaginaba.
—¿Lo quieres solo? —preguntó ella, sin girarse.
Parpadeó, saliendo de su introspección.
—Sí, gracias.
Poco después, el aroma del café empezó a inundar el ambiente. Nya cogió las dos tazas y se las llevó a la barra. Aeris aceptó la suya con un leve asentimiento. Ella se sentó en un taburete, con la taza entre las manos, y tomó un sorbo intentando no quemarse.
—¿Vas a quedarte tranquilo si me ves bebiendo café y no cayéndome desmayada? —bromeó, con un matiz sarcástico que sonó un poco débil.
—No del todo —Él dio su propio sorbo—. Pero me quedo algo menos preocupado, sí.
Ella lo miró por encima del borde de la taza, y por un instante, sus ojos se encontraron.
Nya apartó la vista rápido, dejando que un mechón de pelo le cayera sobre la frente.
Aquel día le pesaba como una losa. Sentía la mente aturdida, con imágenes borrosas que no lograba situar, y la llamada de Lucía, sus recuerdos confusos… Era demasiado.
—Ahora me daré una ducha y descansaré un poco —dijo, casi en un susurro—. Gracias por traerme.
—No hay de qué, pero hazlo —Aeris dejó la taza en la encimera—. Y, Nya, si te encuentras mal en cualquier momento… llámame —Se señaló el bolsillo de la chaqueta, donde solía llevar su móvil—. ¿De acuerdo?
Ella asintió, pero no pronunció palabra. Entonces Aeris continuó.
—Escucha, sé que no quieres estar con tu padre más del tiempo necesario. Lo entiendo perfectamente. Pero… no tienes que cargar con lo que sea sola. ¿Vale?
Ella sonrió de medio lado.
—Como bien dirías tú, lo consideraré —Respondió Nya.
Aeris apuró un poco más el café.
—Al hilo de eso… ¿estarás bien para el sábado?
—Creo que puedo recuperarme de un ataque de ansiedad en menos de tres días, Harper —No pudo evitar reírse, aunque el cansancio en su expresión era persistente.
—No esperaba menos, Nya… no esperaba menos —Dijo Aeris terminándose su café.
El silencio se instaló de nuevo, cargado de incógnitas sin responder. Finalmente, Aeris se levantó, dirigiéndose hacia la puerta. Nya lo acompañó, con pasos más lentos de lo habitual.
—Nos vemos —dijo él, en un murmullo, antes de salir. La luz potente del exterior lo golpeó de lleno, recordándole lo abrasador que era el clima en esa zona costera—. Oye, de todas maneras, te llamaré luego a ver cómo estás. Aprovecharé y te comentaré si tenemos novedades del caso.
—¿Por qué insistes en que te ayude?
Aeris respiró hondo.
—Porque no hay muchas mentes como la tuya. Y si algún día decides entrar en este mundo, más te vale saber que aquí nadie sale limpio —Aeris sostuvo su mirada un segundo más del necesario—. Nos vemos.
Ella tardó un poco en contestar, Aeris no se lo pensó. Caminó hacia la puerta y salió de la casa.
—Sí… —susurró ella, sintiéndose repentinamente sola en cuanto la puerta se cerró.
A través de la ventana, Nya vio a Aeris subir al coche y arrancar el motor.
Lo siguió con la mirada.
Hasta que desapareció tras la curva.
El silencio cayó como una losa.
Se acercó al cristal.
Apoyó la frente.
Su aliento empañó el vidrio en una nube efímera .
Parpadeó.
Cuando la bruma se disipó…
Los ojos que la observaban desde el reflejo… no eran los suyos.
Aeris Harper había aprendido a desconfiar de todo y de todos.
Pero se descubría preocupado por alguien más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Mientras maniobraba para reincorporarse a la avenida principal, sentía el latido inusual de su pecho y la inquietud mordisqueándole la nuca.
El ADN sin coincidencias, el testigo que hablaba de sombras, el móvil registrado con documentación falsa…
Todo parecía encajar en un rompecabezas cuyos bordes aún no estaban definidos.
Ni las pistas forenses, ni los mensajes en el móvil de la víctima, ni siquiera la música grisácea de la radio lograban distraerlo.
Tenía la sensación de que le faltaba una pieza.
Y tenía la sospecha de que esa pieza había estado sentada en el asiento del copiloto, fingiendo que no tenía nada que ver con el caso.
Sabía que el caso era complejo, que había un asesino metódico en algún lugar, y también que la chica que acababa de dejar en su casa escondía sombras que la estaban devorando. De alguna forma, presentía que todo terminaría por converger en un punto, y eso lo hacía sentir más expuesto que nunca.
El sol, implacable, siguió su ascenso mientras Aeris se alejaba por las calles tranquilas de Valdelagrana.
En el interior del coche, la radio continuaba reproduciendo melodías que parecían arrastrar un presagio inquietante.
Y, en esa atmósfera, el juez conducía con la certeza de que las respuestas a aquel misterio estaban cada vez más cerca, y a la vez, más fuera de su alcance.