CAPÍTULO 16 #2
—Mira, Nya… —Se pasó una mano por el bolsillo interior de la chaqueta y sacó una tarjeta profesional, con su nombre y número de teléfono—. Toma. Hasta ahora no habíamos intercambiado números. Llámame si necesitas algo. Cuando quieras ir a buscar el coche, mañana o cuando sea, me lo dices.
Ella cogió la tarjeta. Pudo leer: « Aeris Harper — Juez de Instrucción », acompañado de un par de teléfonos. Se la guardó en el bolsillo delantero de sus vaqueros y tragó saliva.
—Te llamaré. O cogeré un taxi, ya veré.
—Llámame —insistió él, recalcando la orden con suavidad—. No me gustaría que te fueras sola a cualquier hora, otra vez. Y, francamente, sigues teniendo mala cara.
Nya respiró hondo, intentando mantener el temple. Sabía que llevaba un día demasiado raro como para fingir normalidad.
Él escrutó su rostro un segundo.
—Nya, estás pálida y tu respiración sigue siendo irregular. No pretendo invadirte, pero no me gusta cómo te veo.
Ella cerró los ojos un instante, intentando calmar el bombardeo de su propia mente.
—Estoy mejor. De verdad. No quiero que te preocupes.
—Que me preocupe o no, no puedes decidirlo —Aeris no se molestó en disimularlo—. Si pasa algo, por mínimo que sea, llámame.
Nya asintió, sin mucha convicción. Dio un par de pasos hacia la puerta de su casa, pero se detuvo cuando notó que él la seguía con la mirada.
—¿Necesitas que entre contigo? —preguntó Aeris, como si evaluara las opciones.
—No —La respuesta salió de forma automática, defensiva.
Sin embargo, tras soltar el mechero al que tanto se aferraba, ladeó la cabeza.
Se lo pensó mejor—. Pero… ¿Quieres tomar algo?
Un vaso de agua, un café… —La invitación flotó en el aire, indecisa, como si una parte de ella pidiera ayuda a gritos y la otra la negara.
Aeris entendió la dualidad de inmediato. Suspiró, revisando mentalmente la hora. Sabía que no debía implicarse demasiado, pero…
—Si no te molesta, sí. Un café no me vendría mal.
Nya forzó una sonrisa leve. Abrió la cancela y lo dejó pasar. Pasaron por el camino de losas rústicas hasta cruzar la puerta principal.
El interior era modesto, pero a la vez desprendía un aire cálido y personal.
El salón se unificaba con la cocina americana, separado únicamente por una barra divisoria de madera clara que hacía las veces de encimera.
Un sofá gris, de aspecto algo desgastado pero muy mullido, ocupaba el centro de la estancia; sobre él descansaban un par de cojines con estampados de frases literarias.
Las persianas, medio bajadas, protegían del sol abrasador de la Bahía, dejando entrar apenas un haz de luz dorada que iluminaba motas de polvo en suspensión.
A simple vista, era evidente que aquel lugar era el espacio seguro de alguien que disfrutaba rodearse de historias y música.
En una esquina, había un pequeño altavoz Bluetooth conectado a una tablet .
Junto a la barra, se amontonaban un par de funko-pop de edición limitada -protagonistas de sagas de fantasía y detectives famosos-, dando un toque desenfadado a la decoración.
En la pared, destacaba un póster de «La gran ola de Kanagawa », cuyo azul intenso rompía con los tonos blancos y grises del resto de la sala.
Al fondo, una puerta entreabierta mostraba lo que parecía ser un despacho-biblioteca, con estanterías repletas de novelas negras, thrillers y literatura fantástica.
Los lomos de los libros, dispuestos en un orden más sentimental que alfabético, dejaban claro que Nya era una lectora voraz: volúmenes con portadas desgastadas convivían con ediciones de lujo, todos con marcas de uso y separadores asomando por doquier.
Se adivinaban, además, algunos álbumes de cómics en la parte más baja de la estantería y un atril con una edición ilustrada de un ejemplar de «La Divina Comedia», testimonio de que no solo consumía palabras, sino también las imágenes que las acompañaban.
La cocina estaba integrada visualmente con el salón, separada por una barra americana.
Una encimera larga albergaba un tostador, una cafetera « Nespresso », y un hervidor de agua.
Seguidamente un frigorífico de acero, y una mesita auxiliar, con un dispensador de agua sobre ella.
Era sencilla y austera. Sin embargo, no faltaban detalles personales: un corcho con notas manuscritas, post-its de colores con mensajes motivadores y recordatorios de tareas pendientes.
Encima de la barra divisoria, una maceta con una pequeña planta de hierbabuena daba un toque verde al ambiente, contrastando con el calor que se filtraba desde el exterior.
Era evidente que, en conjunto, la casa respiraba una atmósfera tranquila y acogedora, reflejando la pasión de su dueña por las buenas historias, la música y los pequeños placeres.
Allí, entre sus libros, sus funko-pop y sus posters, Nya había construido un refugio donde desconectar del resto del mundo…
aunque en aquel momento, con todo lo que estaba sucediendo, ni siquiera aquel santuario parecía bastar para aislarla de sus propios demonios.
—Siéntate donde quieras —murmuró Nya. Fue directa hacia la cafetera y comenzó a llenar el depósito con agua. Tenía gestos automáticos, como si funcionara en modo piloto automático.
Aeris se apoyó en la barra que separaba la cocina del salón, echando un vistazo disimulado a su alrededor. Observó unos cuantos detalles personales -fotografías de viajes, un par de carpetas con documentos desperdigados-, pero no quiso inmiscuirse.