CAPÍTULO 16
No te dejaré sola
E l coche de Aeris abandonó el polígono industrial dejando atrás el eco de las naves desiertas y el recuerdo de la tensión vivida.
Nya ocupaba el asiento del copiloto con la mirada anclada en la ventanilla, viendo cómo las sombras se arrastraban sobre el asfalto como espectros alargados.
El coche avanzaba en una burbuja de silencio, pero no era un silencio vacío.
Era denso. Pesado. Lleno de todo lo que no estaban diciendo.
Conforme avanzaron por la carretera secundaria, el juez tomó la ruta hacia la Finca «La Negra», donde Nya tenía aparcado su Hyundai Tucson negro.
El calor del mediodía seguía apretando, y el aire que entraba por las ventanillas apenas suavizaba la sensación de bochorno.
El zumbido del motor se combinaba con una emisora local que sonaba a bajo volumen; en ese momento, la canción de « Darkside », de Sam Tinnesz flotaba con un tono melancólico.
Unas notas suaves y un ritmo contenido que encajaba demasiado bien con el estado de ánimo de los dos ocupantes.
—¿Estás bien? —preguntó Aeris al fin, mirándola de reojo.
Nya se limitó a asentir, aunque sin demasiada convicción.
Cerró los ojos un instante, tratando de centrarse, mientras la canción avanzaba en un estribillo que le susurraba algo sobre « Even in my dark side, Will you hold my hand?
». Sintió un escalofrío injustificado, como si su propio cuerpo le recordara que algo no marchaba bien en su interior.
Cuando llegaron a la Finca, Aeris aparcó junto a la explanada de gravilla.
Nya buscó las llaves en su bolsillo. Pero antes de que pudiera abrir la puerta, el clic seco del cerrojo rompió el aire como un disparo contenido.
Parpadeó. Tardó un segundo en procesarlo.
Tiró de la maneta. No cedió. Giró la cabeza, y lo encontró observándola. Inamovible.
—¿Qué haces?
—¿A dónde crees que vas? —inquirió, con el ceño fruncido.
—A mi casa —replicó ella, exasperada—. ¿Crees que voy a dejar aquí mi coche?
—Te llevo yo —El tono de Aeris era calmo, aunque firme—. No estás en condiciones de ponerte al volante. Podrías matarte.
La irritación de Nya se reflejó en su mirada.
—¿Y qué coño hago con mi coche, Harper? ¿Pretendes que lo deje aquí tirado hasta cuándo? —Movió otra vez la maneta, saliendo del coche.
Aeris ni siquiera pestañeó. Simplemente, salió tras ella.
—Puedes pagar un taxi. O llamarme. Pero no vas a conducir hoy —Su voz descendió un grado, afilada como el filo de una hoja recién pulida—. Y no me lo discutas, porque no me sale de los cojones.
La contestación resultó tan tajante que Nya notó cómo un ardor subía por su pecho.
Quiso replicar, pero un hormigueo en sus manos -el mismo temblor que la había acompañado todo el día- la hizo recapacitar.
No podía engañarse. Se sentía desequilibrada, como si parte de sus recuerdos flotaran en un limbo borroso.
—Está bien… —murmuró con los dientes apretados—. Pero mañana vengo a por él. No va a quedarse aquí una semana. Cualquiera escucha a Don Antonio.
—Muy bien, trato hecho. —Aeris le señaló el Kona—. Sube.
Nya apretó los labios con fuerza, tragándose su orgullo. Subió de nuevo al asiento del copiloto y se abrochó el cinturón. Aeris rodeó la parte delantera del vehículo y se instaló al volante. El calor reverberaba sobre la grava de la finca, y los árboles escasos y resecos no ofrecían apenas sombra.
El trayecto hacia Valdelagrana, en El Puerto de Santa María, se alargó más de lo habitual.
Había más tráfico del esperado a esas horas, con camiones ralentizando la circulación en la carretera.
Aeris mantuvo la atención en la vía, pero su mente no estaba del todo allí.
La canción de Sam Tinnesz dio paso a otra de la lista de Spotify que tenía puesta.
« SCORPIO. The Misterious », de TonyAnn, con un suave piano que invitaba a la introspección.
Nya mantenía la vista en la ventana, absorta, mientras el motor del coche y el flujo intermitente del tráfico creaban un ambiente de aislamiento compartido.
En medio de aquel silencio cargado, el sonido del manos libres del coche interrumpió la introspección. Él echó un rápido vistazo a la pantalla y, sin apartar demasiado la atención de la conducción, descolgó con el botón a la izquierda del arco del volante.
—Dime, Parra — respondió con la misma seriedad con la que hubiera contestado en su despacho.
La voz de Alberto Parra resonó en los altavoces, con un leve crujido de estática.
—Harper, te llamo por los resultados finales de la autopsia de la víctima.
¿Te acuerdas del ADN bajo las uñas de Helena Ortiz?
Está un poco degradado, pero el laboratorio ha confirmado que no hay coincidencias en la base de datos nacional.
Eso significa que no es de alguien con antecedentes o registros oficiales.
Estamos probando con bases de datos externas, pero eso llevará tiempo.
Podría ser de un testigo, alguien que intentó ayudarla o…
de alguien que aún no hemos identificado.
ADN bajo las uñas de Helena Ortiz. El mundo se apagó.
El zumbido del motor, la voz de Parra, incluso la música, se hundieron en un eco hueco, lejanísimo.
Algo en su pecho se cerró de golpe. El coche se encogió.
O quizá fue ella. Su piel se tensó sobre sus huesos, demasiado ajustada, como un corsé que le roía las costillas.
Quiso moverse. Pero su cuerpo no le respondió. Como si no fuera suyo.
Porque su instinto iba más allá de su memoria.
El Polígono. La nada en su memoria después de las 22:30. Los arañazos en su antebrazo. Aquella frase… « Ya pasó… solo son reflejos, vamos dormilona ».
No podía decir nada.
Porque ni siquiera sabía qué significaba aquello.
Pero su cuerpo sí.
Su cuerpo ya lo sabía.
Aeris entrecerró los ojos.
—Entendido. Quedo a la espera de eso, ¿algo más?
—Sí —Parra pareció pasar unas hojas—. Sobre el móvil de la víctima: hemos encontrado un mensaje enviado un par de horas antes de la franja horaria que el forense da como hora de la muerte.
Dice literalmente, « Voy a verte esta noche.
Tengo la ubicación ». No hay respuestas visibles, pero es probable que la víctima recibiera detalles por otra vía, quizá una llamada o una aplicación encriptada.
El número al que fue enviado está registrado con documentación falsa.
Estamos rastreando el IMEI y comprobando el contrato, pero va para largo.
Lo extraño es que el número falso está vinculado a un dispositivo comprado hace solo dos semanas, sin otros registros de actividad previos.
Como si lo hubieran usado solo para este contacto.
Aeris asintió, con la tensión marcada en sus labios.
—Perfecto, pásame todo en cuanto lo tengas.
—Por supuesto, Harper. Solo quería avisarte de los progresos. También estoy comprobando lo que me pediste de los robos en las farmacias. En cuanto tenga más información te lo digo. ¿Necesitas algo más?
—No, con esto vale por ahora —Respiró hondo.
Durante todo el intercambio, Nya permaneció impasible, casi como si el tema no le incumbiera.
Aeris se preguntó si sería simplemente agotamiento o algo más profundo.
Le echó una ojeada discreta: su mechero plateado continuaba en su mano, girando sin cesar entre sus dedos.
Recordó la conversación con el yonqui en el polígono.
—Ah, Parra, por cierto —dijo de pronto, con tono neutro—. Antes de salir del polígono, localicé a un posible testigo.
—¿Testigo? ¿Y qué dijo?
—No vio el asesinato —Aeris tamborileó los dedos en el volante—.
Pero mencionó sombras moviéndose, vio una silueta cerca de la nave y escuchó ruidos metálicos, como cristales cayendo.
No pudo precisar más. Según él, no estaba lo suficientemente cerca, pero algo le dio mala espina y se largó antes de que pasara nada.
Parra dejó escapar un bufido al otro lado de la línea.
—¿Le sacaste algún detalle más?
—Dijo algo sobre una sombra alta, de complexión delgada, con el cabello oscuro recogido.
El coche quedó en un silencio cargado. Aeris miró de reojo a Nya, quien había tensado sutilmente los dedos alrededor del mechero.
—Interesante —murmuró Parra al fin—. Mandaré una patrulla a revisar las inmediaciones, por si hubiera más testigos o cámaras de seguridad.
—Hazlo —sentenció Aeris, volviendo la vista a la carretera.
Nya permaneció en silencio, sin dejar de aferrarse al mechero como si fuera lo único que la mantenía anclada a la realidad.
—¿No te interesa saber nada sobre la víctima? —soltó Aeris de repente, con cautela en la voz.
Nya tardó un par de segundos en reaccionar. Despegó la mirada del cristal y la fijó en él, aunque sin demasiado ánimo.
—Estoy… cansada. Ya me lo contarás todo más tarde, ¿vale?
—De acuerdo —cedió Aeris, sin insistir.
La urbanización de Valdelagrana surgió ante ellos tras pasar un puente y unas cuantas rotondas.
Edificios de apartamentos y casas adosadas de dos plantas, pintadas en su mayoría de blanco y ocres.
Se respiraba el ambiente de costa, con palmeras dispersas y pinos retorcidos.
Aeris siguió las indicaciones de Nya hasta una calle tranquila, donde las viviendas se sucedían en hileras parecidas, con pequeños porches y rejas en las ventanas.
—Esa, la del porche con la buganvilla medio seca —dijo Nya, con un ligero ademán.
Aeris aparcó el coche, apagó el motor y bajó del coche. El sol de la costa golpeaba con una fuerza casi cegadora, y apenas se veía gente por la calle a esa hora.
Nya salió también, y le señaló la puerta de la casa.
—Gracias por traerme.
Aeris la miró de cerca, notando que seguía pálida.
—¿Estás segura de que puedes apañarte sola?
—Sí —contestó ella, con una sonrisa forzada—. Lo digo en serio, estoy bien.
Él ladeó la cabeza, incrédulo.