CAPÍTULO 15 #2
Algo que la estaba arrastrando a un lugar que no recordaba, pero que su cuerpo no había olvidado.
Pero antes de que pudiera preguntar, un sonido interrumpió el momento.
Un ruido seco.
Un paso descuidado sobre grava.
Aeris giró la cabeza con rapidez.
A unos metros, entre los escombros y los restos de chatarra, un hombre de aspecto desaliñado se detuvo en seco al notar que lo habían visto.
Un yonqui.
Los ojos hundidos. La piel ceniza. La ropa sucia. Y ese tic nervioso en la mandíbula de quien lleva demasiado tiempo huyendo de algo.
Aeris reconoció el tipo de hombre que tenía enfrente.
Un testigo involuntario.
Alguien que no quiere hablar, pero que vio más de lo que le conviene.
Su expresión no era solo la de alguien incómodo por haber sido descubierto.
Miró a Nya.
Y su expresión cambió.
Como si la reconociera.
Nya sintió un vértigo repentino. Algo en su interior se retorció con violencia.
Pero no dijo nada.
Aeris sintió cómo la tensión en el aire cambiaba. Ese hombre sabía algo.
Y él pensaba averiguarlo.
Aeris no perdió el tiempo. Sin avisar siquiera a Nya, avanzó con paso firme hacia el yonqui que los observaba, clavándole la mirada con la misma frialdad con la que uno analiza un expediente.
Nya se quedó unos pasos atrás, los brazos cruzados, en aparente pasividad; sin embargo, algo en su gesto mostraba que estaba lista para intervenir en cualquier momento.
El yonqui lo miró con recelo. Aeris sonrió de lado, una mueca escasa, calculada.
—Vas a decirme lo que viste anoche —su voz era rasposa, contenida—, o te paso una visita de cortesía por el juzgado. Tú eliges.
El hombre parpadeó, abrió la boca dos veces antes de lograr articular palabra.
Se frotó la cara con manos temblorosas, sucias.
Nya, en silencio, se recostó ligeramente contra la pared desconchada de una nave, sin interrumpir el interrogatorio.
Sabía lo que estaba haciendo: entrar en la mente del otro sin que se diera cuenta.
—No… no vi nada… —tartamudeó el yonqui—. Solo… sombras. Sombras moviéndose. Una silueta…
Nada concluyente. Aeris mantenía la vista fija en su interlocutor, sin pestañear.
Sin embargo, cada leve contradicción, cada temblor, quedaba registrado en su memoria.
Sus preguntas podrían parecer mínimas, pero estaban cargadas de intención.
Nya pudo verlo: ese mecanismo tan suyo de absorber cada detalle sin permitirle escapatoria al testigo.
Mientras el yonqui balbuceaba algo sobre «movimientos raros» y «no lo sé, solo vi luces» en medio de la noche, el móvil de Nya sonó de pronto. Ella se sobresaltó y lo sacó de su bolsillo con un gesto automático. Vio el nombre en la pantalla: Lucía.
—¿Sí? —dijo, apartándose un poco para escuchar mejor.
Al otro lado, la voz de su amiga tenía un matiz de leve reproche:
—¿Qué tal, perdida? Tía, te fuiste demasiado pronto ayer. Qué antisocial.
Nya frunció el ceño.
—¿Cómo que pronto? Me fui casi a la una y media, no me jodas, Lucía. ¿Tan borracha estabas?
El silencio que siguió la inquietó.
—No, cariño, la que estabas borracha eras tú —Lucía sonaba francamente confundida—. Yo me fui a las diez y media. Y tú ya no estabas.
El mundo se detuvo un instante. El estómago de Nya se contrajo en un nudo helado.
—Eso… eso no es posible —murmuró, alejando el móvil un poco, como si el aparato fuera el culpable de su confusión.
—Cariño, estabas pálida cuando te vi —insistió Lucía—. Te dije que te fueras a descansar, pero parecías ida. Y cuando miré de nuevo, ya habías desaparecido.
—No… no puede ser…
De pronto, se colaron en su mente destellos fugaces, retorcidos, como si alguien hubiera sacudido su memoria y dejado fragmentos fuera de sitio.
Un coche. O varios. Faros encendiéndose en la oscuridad, un destello en el retrovisor. Era de noche. O quizá no.
Una mano en su muñeca. No. Su mano en otra piel. Algo húmedo. Sangre.
El cristal reflejaba algo. O alguien. Su propia cara. Pero no ella.
Un grito. El de Helena. O quizá era el suyo.
El suelo bajo sus pies. Frío. Cemento. Había algo roto cerca. Fragmentos de cristal, una sombra proyectada en ellos. Un par de ojos oscuros. Demasiado familiares.
Silencio. No el del exterior. El de su cabeza. Como si todo hubiera sido sumergido en agua, como si alguien hubiese metido las manos en su cerebro y lo hubiera revuelto sin cuidado.
Alguien la sostenía. Suavemente. Demasiado suavemente.
—Ya pasó todo…
Una caricia en el cabello. Un susurro.
—Son reflejos…
La sensación de ser guiada. Un coche. Su coche. El sonido del motor arrancando.
—Vamos a casa, dormilona…
Oscuridad.
Después, nada .
Un mareo súbito la golpeó con la violencia de un latigazo. Su estómago se encogió, el sudor frío le trepó por la espalda. Sintió una opresión en la sien, como si algo dentro de ella tratara de salir y no pudiera. Su respiración se aceleró. No. No podía ser real.
Pero la frase aún retumbaba en su cabeza. Como un eco lejano. Como una advertencia enterrada en lo más hondo de su memoria.
« Ya pasó todo… son reflejos, vamos a casa dormilona… »
Nya sintió ganas de vomitar.
—¿Nya? —La voz de Lucía se perdía en el eco de su cabeza— ¿Estás bien?
Ella se recompuso, su respiración era errática, y la sensación de nausea era cada vez más intensa. Miró de nuevo el teléfono, y no supo cómo, mantuvo la compostura.
—Lucía, te llamo luego ¿vale? Se me habrá ido la cabeza…
Se forzó a soltar una risa, aunque no sentía nada.
«Dí que sí, Nya, con dos cojones».
Colgó. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo.
En su periferia, el yonqui seguía farfullando algo sobre la silueta que había divisado entre la chatarra.
Aeris tomaba nota mental, juzgando si aquello encajaba o no con la escena del crimen.
Pero Nya no oía nada. Era como si la hubieran metido en una burbuja donde la voz de Lucía y el rumor de la calle se fundían en un ruido blanco.
Con un gesto torpe, colgó la llamada. Apoyó la espalda contra la fachada sucia de la nave. Sus ojos se nublaron un segundo. Sentía el pulso desbocado.
No recordaba haberse ido antes de las diez y media.
No recordaba nada.
Aeris, terminando con el yonqui, se volvió hacia ella.
En cuanto la miró a la cara, supo que algo iba mal.
Estaba demasiado pálida y respiraba de forma desacompasada, como si le faltara oxígeno.
Había visto a muchas personas en crisis de ansiedad, pero aquello era distinto. Más profundo. Más oscuro.
Por un instante, un pinchazo extraño se coló en el pecho de Aeris, un leve latido de incomodidad que no provenía del calor asfixiante ni del caso en sí. No le gustaba esa sensación. No le gustaba verla así. No le gustaba cómo le jodía verla así.
Se acercó, su tono más grave de lo habitual.
—Nya.
Ella ni siquiera levantó la vista. El aire entraba y salía a trompicones de su cuerpo. Parecía hacer un esfuerzo consciente por normalizar la respiración.
Aeris dio otro paso.
—Nya, ¿qué coño te pasa?
La pregunta actuó como un latigazo. Ella parpadeó, forzó una sonrisa amarga, casi imperceptible.
—Nada —Su voz era un susurro ronco—. Es el caso… me pone nerviosa.
Aeris la escrutó con ojos fríos, desconfiados. Sabía que mentía; lo leía en el temblor de las comisuras de sus labios, en la forma en que apretaba los puños dentro de los bolsillos. Sin embargo, no insistió. No todavía.
—Vamos a comer algo —dijo, cambiando bruscamente de estrategia.
Nya negó con la cabeza.
—No me apetece.
Él entrecerró los ojos. Ese gesto no le gustó lo más mínimo. Se tomó un segundo para calibrarla: pálida, temblorosa, pero con ese brillo de tozudez en la mirada.
—Si no comes —sentenció—, te llevo a un médico.
La reacción fue inmediata. Como si esas palabras le cayeran con todo el peso del mundo. Se puso rígida, y Aeris lo notó. Comprendió más de lo que ella estaba dispuesta a confesar.
Al fin, la voz de Nya emergió baja, pero firme.
—Solo llévame a casa.
Aeris no apartó su mirada, como esperando un cambio de opinión. Pero nada sucedió. Por un segundo, pareció que iba a replicar; después, con un leve asentimiento, dio el tema por zanjado.
—Está bien .
Se notaba que su mente seguía rumiando posibilidades, datos, interrogantes. Pero no era el momento de forzarla. Con un ademán, se dirigió a su coche y le abrió la puerta. Nya subió sin discutir, más frágil de lo que estaba dispuesta a admitir.
Aeris se quedó un instante mirando su rostro antes de poner en marcha el motor.
Aeris Harper había aprendido a desconfiar de todo y de todos.
Pero, por primera vez, se descubrió preocupado por alguien más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
El motor rugió, y la escena quedó atrás, un polígono vacío y sucio, con las respuestas a un crimen aún por resolver… y quizá también con las claves de un recuerdo perdido que Nya no sabía si quería recuperar.