CAPÍTULO 15
La brecha en la memoria
E l sol del mediodía aplastaba el asfalto agrietado con un calor que teñía de un dorado sucio las naves industriales.
Aquella zona del polígono, casi fantasmal, apenas mostraba dos coches abandonados y el zumbido remoto de alguna maquinaria en desuso.
Un perro ladraba a la nada. El viento levantaba papeles y bolsas rotas, mezclando el hedor del aceite industrial con la peste agria de la depuradora cercana.
Aeris avanzaba con la calma meticulosa de quien no solo observa, sino que analiza cada detalle. Sus pasos resonaban con un eco apagado sobre el pavimento cuarteado, la mirada clavada en los alrededores del escenario donde la vida de Helena Ortiz se había extinguido.
Nya lo seguía un par de pasos atrás, con las manos en los bolsillos de sus vaqueros y el ceño fruncido. El aire estaba cargado de algo más que humedad y polvo. Algo en aquel lugar le resultaba extraño. No por lo que veía, sino por lo que sentía.
Un déjà vu áspero anidó en su pecho, una punzada que no acertaba a tomar forma.
Era como si su cuerpo reconociera el lugar antes que su mente.
No era exactamente miedo, pero sí la certeza de lo imposible.
Un latido helado le recorrió la nuca. Un zumbido sordo, como estática, se instaló tras sus ojos, bloqueando cualquier pensamiento.
Como si la verdad estuviera tras una puerta que alguien, desde dentro, hubiera sellado con llave.
Aeris se detuvo en seco. Nya observó cómo sus ojos recorrieron el suelo con precisión quirúrgica. Sabía lo que estaba haciendo. En su cabeza, estaba reconstruyendo el crimen. Viendo más allá de lo evidente .
Pero ella no veía nada con claridad.
Solo sensaciones.
En aquel lugar.
Aeris alzó la vista hacia la nave industrial, donde todavía quedaban restos del cordón policial. Todavía recordaba los destellos azules de los coches de la policía horas antes, cuando había entrado en aquel lugar.
En el interior de aquel edificio perdido de la mano de Dios, Helena Ortiz había sido hallada.
El juez inclinó la cabeza, agachándose lentamente para observar mejor. Pasó la yema de los dedos sobre el pavimento seco, sintiendo el relieve casi imperceptible de la suciedad acumulada.
Su mandíbula se tensó. El asesino no improvisó.
Todo en la escena apuntaba a un dominio absoluto.
No había signos de lucha, no había huellas visibles, ni un solo error que sugiriera un descuido.
Aquello no había sido solo un crimen. Aeris no pudo evitar recordar la disposición de los espejos, la expresión de horror y pánico en los ojos de Helena Ortiz. Recordó la maldita frase.
«Uno de los reflejos no parpadeó».
La teatralidad, la puesta en escena de aquel lugar.
Y sobre todo cómo había obtenido el asesino el «midazolam».
Pero… también había una pregunta clara que rondaba su mente.
¿Cómo llega una fotógrafa madrileña a Jerez sin motivo aparente?
Y peor aún… ¿cómo llegó hasta ese polígono industrial, dejado de la mano de Dios, drogada?
Tuvo que traerla en coche. Estaba más que claro.
Nya dejó escapar un leve suspiro y miró a su alrededor.
Algo dentro de ella se tensó.
No en su mente.
Más abajo.
En los huesos.
En los músculos.
Como si su cuerpo supiera algo que su cerebro había decidido olvidar.
Un escalofrío seco, como una advertencia muda, se deslizó como una línea helada por su nuca.
No era miedo. No exactamente. Era la certeza de lo imposible.
La piel se erizó.
El ruido blanco.
La estática mental.
Como si su propio cerebro estuviera bloqueando algo, como si la verdad estuviera justo detrás de una puerta cerrada y alguien hubiera cerrado con llave desde dentro.
La sensación de haber estado allí antes.
Pero no recordarlo.
O peor .
Recordarlo de una forma que no debería ser posible.
Su respiración se ralentizó de manera involuntaria. Su mente procesaba detalles que no terminaban de encajar. Como si el suelo bajo sus pies no le fuera del todo desconocido.
Bajó la vista hacia el suelo.
Vio su reflejo en un charco… y por un segundo, no fue ella.
No del todo.
Un parpadeo.
La imagen cambió.
Ojos oscuros. Vacíos. Un matiz perturbador en la mirada.
Un susurro en su mente.
No era suyo.
Una mano temblorosa.
Un arañazo sobre piel pálida.
Sangre caliente, goteando sobre cemento frío.
Cristal.
Fragmentos de algo roto.
Nya parpadeó con fuerza, su respiración contenida por un segundo demasiado largo.
«No es real. No es real. No es real».
Pero su cuerpo no la creía.
Aeris, sin apartar la vista del suelo, rompió el silencio.
—Dime, Estefanía… —Aeris pronunció el nombre con la precisión de un bisturí—. ¿Ves algo que yo no?
La atmósfera pareció resquebrajarse con aquella palabra.
—Nya —atajó ella, la voz baja pero afilada.
Aeris la miró sin parpadear.
—¿Cómo dices?
Nya tragó saliva y apretó los puños en los bolsillos.
—Llámame Nya —El tono no admitía discusión—. Estefanía es el nombre que usa mi padre cuando quiere recordarme lo que espera de mí. Y yo no soy lo que él espera.
Aeris la observó, su expresión indescifrable. No contestó de inmediato.
Y entonces, con un leve asentimiento, la reconoció.
—De acuerdo, Nya —aceptó. Su voz fue una nota grave en el aire, tan firme como la suya—. Ahora dime qué ves.
Lo que veía no tenía forma. Lo que sentía no tenía sentido.
—No lo sé —admitió Nya, entrecerrando los ojos mientras escaneaba el entorno—. Pero hay algo… algo que no encaja.
Aeris siguió su mirada. Sabía lo que quería decir. A veces, la intuición llegaba antes que la lógica, un presentimiento agazapado entre los detalles que aún no habían salido a la luz.
—Es distinto cuando estás in situ , ¿verdad? —murmuró, pasándose una mano por la mandíbula—. Las fotos en el atestado no captan todo. Yo necesito verlo con mis propios ojos.
—Eres meticuloso, Harper —comentó Nya, con un destello de ironía en la voz.
Aeris arqueó una ceja.
—No me basta con los informes. Quiero saber cómo se siente el lugar. Qué pudo ver el asesino. O la víctima, antes de morir —Dicho aquello, sacó un paquete de Lucky Strike y le ofreció uno—. Y por cierto, llámame Aeris.
Nya asintió, entendiendo el proceso. Cogió un cigarrillo del paquete y se lo llevó a los labios.
Sacó un mechero del bolsillo trasero de su pantalón y lo encendió.
Dio la primera calada y soltó el humo lentamente.
Pensó y reflexionó, analizando las palabras de Aeris sobre el proceso de investigación.
No se trataba solo de pruebas, sino de comprender la escena en su totalidad.
Eso incluía escenario principal y los alrededores.
—¿Sabes? Vi en el atestado, por encima, que la víctima era natural de Madrid. Fotógrafa… ¿no es así?
Aeris soltó el humo mientras seguía su conversación. Asintió, invitándola a continuar.
—¿Qué trae a una fotógrafa profesional de Madrid a Jerez? ¿Ha revisado la policía su móvil?
—La científica está con su teléfono. Remitirán los datos. Le he dicho a Parra que me mande una copia para verlo.
Nya continuó caminando con él, dando otra calada.
—Aeris… solo quiero entender algo. ¿Por qué estás investigando por tu cuenta? ¿Por qué antes de que el atestado llegue oficialmente al Juzgado?
Nya lo miró con cautela. No quería que sonara a reproche. Solo quería entenderlo.
—Al fin y al cabo, la investigación policial les pertenece a ellos, ¿no? Si no tienes nada que ordenar aún…
Aeris no respondió de inmediato. Terminó el último resquicio de su cigarro, exhalando el humo con un gesto mecánico.
—Te equivocas. La policía lleva la investigación, sí, pero bajo mis órdenes. Y además, soy así porque cuando los errores llegan a mi despacho, alguien ya está muerto. O alguien inocente ya ha sido destruido.
Su tono era seco. Afilado como un bisturí.
—Si necesito dictar órdenes de registro, interrogar a alguien, detenerlo… no puedo esperar a que me traigan un puzzle con piezas sueltas.
Porque en la justicia, cuando faltan piezas, alguien paga el precio.
Aeris giró la cabeza hacia ella, su mirada de acero.
—La justicia no es solo dictar sentencias, Nya.
Es asegurarse de que el caso no esté podrido antes de que llegue al juicio.
Yo no soy de los que se lavan las manos y que decida el penal.
Si sobreseo, lo hago con base. Si mando a alguien a juicio, es porque hay pruebas para ello.
Porque si la justicia falla, no hay segunda oportunidad.
Nya asintió lentamente.
Y entendió por qué Aeris Harper era diferente.
—Por eso los de arriba, los de la Audiencia Provincial, me hacen inspecciones cada dos por tres, porque no soy de los jueces que ven una denuncia, archiva y que el justiciable recurra…
para mí los casos no son números, Nya. Son personas, con una historia…
te sonará idealista, pero no lo es. Un juez no debe ponerse la toga por una nómina fija hasta que se jubile. Ser juez es más que eso.
Nya entrecerró los ojos, como dudando si hacer aquella pregunta.
—¿Te has equivocado alguna vez en un caso?
Aeris dio una última calada, apurando el cigarro.
—Soy humano, Nya. No perfecto. Más de las que debería. Y recuerdo cada una de ellas.
Mientras Aeris apagaba el cigarro con la suela, Nya miró el suelo una última vez.
No era paranoia. No era su imaginación.
Ese suelo había sentido su peso antes.
Y la sangre no era solo la de Helena Ortiz.
Lo sabía.
Aunque su mente aún no estuviera lista para admitirlo.
Algo captó su atención.
A unos metros de distancia, junto a la entrada de la nave donde encontraron a Helena Ortiz, fragmentos de vidrio esparcidos sobre el suelo polvoriento. Nya entrecerró los ojos, acercándose con pasos calculados.
No eran simples restos de una botella rota .
Eran demasiado simétricos.
Como si hubieran sido colocados allí, o rotos con un propósito.
Aeris levantó la vista y la observó en silencio.
Sabía leer a las personas. Y Nya Palacios no estaba simplemente examinando la escena.
Estaba sintiendo algo.
Algo que la incomodaba.