Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Forjando con café

L a cafetería era un refugio de luz tenue y aroma a café recién hecho, un lugar que parecía suspendido en el tiempo.

El aire estaba impregnado con el amargor del espresso recién molido, con el dulzor de la vainilla filtrándose desde la barra, donde una cafetera exhalaba vapor en intervalos rítmicos.

Los murmullos de los clientes se entrelazaban con el sonido metálico de cucharillas contra porcelana y el crujido ocasional de un periódico al ser doblado.

En algún rincón, un viejo altavoz reproducía « Way Down We Go » de Kaleo, su tono grave y envolvente fundiéndose con la atmósfera densa de cafeína y conversaciones entrecortadas.

Como si la canción supiera más de lo que ellos mismos podían admitir.

Las luces cálidas proyectaban sombras alargadas sobre las mesas, estirando las figuras como si la misma cafetería escondiera secretos en sus rincones más oscuros. El vapor del café ascendía en espirales lentas, desvaneciéndose como el humo de un cigarro en un callejón olvidado.

Afuera, la ciudad seguía su curso indiferente, pero dentro, Aeris y Nya ocupaban una mesa apartada, inmersos en un duelo silencioso de observaciones.

Aeris removió el azúcar en su café sin prisa, su mirada fija en Nya, quien repasaba mentalmente cada detalle del caso que habían discutido en el juzgado. Habían dejado atrás los pasillos fríos y el eco de las voces judiciales, pero el caso aún pesaba en la conversación.

—Dime, ¿qué ves en esto? —preguntó Aeris, inclinándose apenas hacia adelante, su voz grave y mesurada, como quien coloca una pieza en el tablero de un juego que aún no ha revelado por completo .

Nya dejó la taza sobre el platillo y cruzó los brazos. Había repasado las fotos del crimen en el juzgado, y aunque su instinto le gritaba que algo no encajaba, aún no tenía la pieza final.

—Una escena calculada —dijo finalmente—. Demasiado meticulosa para ser un simple asesinato impulsivo. Si el mensaje en el espejo pretendía ser una pista, está diseñado para provocar una respuesta, no solo para dejar una declaración.

Aeris asintió, satisfecho con su razonamiento.

—¿Estás segura? Te vi fruncir el ceño en el juzgado cuando viste las fotos. Y ahora tienes esa mirada… la de alguien que no deja cabos sueltos.

Nya le sostuvo la mirada un instante antes de soltar un leve suspiro.

—Hay algo que me molesta. La sangre —Apoyó los codos en la mesa, su tono más bajo, como si pensara en voz alta—.

El cuerpo de Helena Ortiz no tenía signos de lucha.

No hay pruebas de que estuviera consciente cuando la mataron, pero la escena parecía diseñada para impactar.

Y el cóctel de drogas que tenía en el cuerpo…

Aeris tamborileó los dedos contra la mesa, considerando la posibilidad.

—Dijiste en el juzgado que el medicamento que encontraron en su organismo no era común. Igual tienes razón y es una pista viable —Nya arqueó una ceja—. ¿Por qué pensaste en un robo en una farmacia?

Nya frunció el ceño, su mente trabajando rápido.

—No es descabellado. Si el asesino necesitaba un sedante en particular, no lo iba a conseguir fácilmente sin una receta.

Y más ahora, que están los farmacéuticos muy especialitos con el tema de las recetas.

Si hubo un robo reciente que encaje con el fármaco encontrado en Helena Ortiz, eso nos daría una pista sobre los movimientos del asesino.

Aeris ya estaba sacando su móvil. La luz azulada iluminó fugazmente su rostro, proyectando sombras nítidas en su perfil. Fue un gesto rápido, automático. Sin vacilaciones. No preguntó. No dudó. Simplemente escribió y envió el mensaje a Parra, como si dar órdenes fuera parte de su respiración.

Aeris Harper -12:10

« Consulta robos recientes en farmacias. Enfoque en fármacos sedantes o poco comunes. Puede estar relacionado con el caso »

—Veremos si encontramos algo —murmuró, dejando el teléfono boca abajo sobre la mesa.

Nya lo observó con atención, su mirada recorriendo el móvil antes de volver a centrarse en él.

No supo si impresionarse por su rapidez o molestarse por lo inmediato de su decisión.

No dudaba que Aeris Harper fuera un hombre resolutivo, pero la manera en que tomaba la iniciativa sin debatirlo más le resultaba...

interesante. No estaba acostumbrada a que alguien actuara antes de que ella pudiera terminar de estructurar sus pensamientos.

—¿Siempre tomas en cuenta todas las hipótesis, o es porque te intriga que alguien más te lo haya señalado? —preguntó, arqueando ligeramente una ceja.

Había algo en su tono, en la forma en que lo cuestionaba, que indicaba que no solo analizaba el caso, sino también a él. Aeris captó la sutil provocación y esbozó una leve sonrisa, sin responder de inmediato.

En su profesión, la intuición podía ser tan valiosa como la evidencia, y Nya tenía una mente afilada, algo que cada vez le interesaba más explorar.

El vapor del café ascendía y se disipaba entre ellos, como si la verdad misma se escapara en el aire, siempre al alcance, pero nunca completamente atrapada.

—Me gusta asegurarme de que no se escapa nada. Alguna vez dejé algo pasar y no terminó bien. No pienso repetirlo —Respondió finalmente.

Lo dijo sin dramatismo. Pero había un filo en su tono.

Algo seco. Algo muerto. Como si lo que pasó no fuera solo un error, sino una condena que aún cargaba.

Nya vio algo en su mirada entonces. Algo que no estaba en sus palabras, pero que se filtraba en la forma en que respiraba. Y entonces, continuó.

—Y en este caso, tu punto de vista aporta detalles que otros pueden pasar por alto.

Nya alzó la taza de café, pero su mano vaciló un segundo, apenas un temblor imperceptible, antes de afianzar los dedos alrededor de la porcelana.

Bebió un sorbo con aparente calma, sopesando su respuesta.

No era común que alguien como Aeris Harper admitiera la utilidad de otro punto de vista. Y menos el suyo.

Aeris no dijo nada, pero su mirada se demoró un instante más en ella, registrando el gesto sin hacer comentarios. Luego, con la misma neutralidad de siempre, volvió la vista a su propia taza.

—Si encontramos un robo que encaje con lo que buscamos, ¿cuál sería el siguiente paso? —preguntó ella.

Aeris deslizó los dedos por el borde de la taza, su mirada oscureciéndose con una determinación calculada.

—Significaría que estamos tratando con alguien metódico. No improvisa. Y eso, Nya… nos daría un camino claro para adelantarnos a su próximo movimiento.

Durante un instante, Nya tuvo la sensación de que alguien los observaba. No había girado la cabeza. No lo había visto. Pero su instinto le decía que no estaban tan solos como creían. Había demasiadas sombras en la cafetería. Y algunas, demasiado inmóviles.

El café estaba tibio, pero la conversación se volvía cada vez más fría.

Aeris deslizó la mirada hacia ella, tomándose un segundo para analizarla de nuevo.

Su vestimenta era diferente, sí, pero no le restaba un ápice de su agudeza.

Al contrario, la hacía destacar en un mundo donde todos intentaban encajar en un molde.

Y fue entonces cuando lo supo. No solo era su ropa.

Era la manera en que la usaba, con la certeza de quien no busca aprobación.

La coherencia la volvía peligrosa. La hacía impredecible.

Y eso le gustaba. Pero también le advertía que Nya Palacios no era alguien a quien se pudiera tomar a la ligera.

Y eso, más que el color o la tela, era lo que llamaba la atención.

La hacía real, con un lenguaje no verbal de alguien que no ocultaba quién era, sino que lo anunciaba.

Y eso a Aeris le infundía un profundo respeto, porque para algunos sería una rebelión.

Para otros, sería una provocación. Para él, era simplemente coherencia.

Nya era quien decía ser. Y eso la hacía más peligrosa que la mayoría.

—Tu ropa —murmuró—. Es poco común en alguien con tu formación. Pero no la veo como una contradicción, sino como una declaración. No deja dudas de quién eres. Y, aunque algunos puedan subestimarte por ello, pero yo no.

Nya sostuvo su mirada con una mezcla de curiosidad y cautela.

Sus dedos rodearon la taza, como si en el calor del café pudiera encontrar una respuesta que no estaba lista para dar.

Las luces cálidas proyectaban sombras sobre su rostro, endureciendo sus facciones por un instante, antes de suavizarlas de nuevo cuando el vapor del café se disipaba en el aire.

Exhaló lentamente, el peso de la conversación tornándose tangible entre ambos.

—Siempre fuiste así de observador, ¿o es una habilidad adquirida? —desvió la pregunta, pero su tono no era evasivo, sino medido, como si midiera su próximo movimiento.

Aeris no sonrió, pero en su mirada apareció un brillo casi imperceptible. Le concedió la jugada, pero no la olvidó .

Las palabras de la canción flotaban en el ambiente, casi burlonas. « Do you dare to look him right in the eyes? », Aeris tamborileó los dedos en la mesa. Buena pregunta.

—Ambas —respondió con calma, tomando un sorbo de su café antes de inclinarse apenas hacia ella—. Por cierto… aún no tengo una respuesta a mi pregunta —su voz fue un filo bien afilado, sutil, pero sin perder intensidad—. ¿Cuántas veces te pegó tu padre?

Nya no reaccionó de inmediato. Sus dedos se tensaron ligeramente alrededor de la taza, pero su rostro permaneció imperturbable.

Había aprendido hacía mucho a no ofrecer grietas por donde otros pudieran escarbar.

Aun así, Aeris notó la pausa. No la interpretó como miedo, sino como una elección cuidadosa. Un silencio con peso.

—Las suficientes —No apartó la mirada, pero inclinó la cabeza apenas, como quien evalúa la gravedad de su propia respuesta antes de soltarla. Luego, su voz bajó un tono—. Pero no las necesarias para doblegarme.

Su voz era baja, firme, carente de autocompasión. Una simple afirmación de hechos. Aeris sostuvo su mirada, evaluándola con el mismo detenimiento con el que analizaba un caso. No había lástima en él, solo reconocimiento. Había visto a muchas personas romperse. Nya Palacios no era una de ellas.

—No vives en la finca, ¿verdad? —no fue una pregunta, sino una conclusión. Aeris la vio alzar ligeramente la barbilla, como si midiera el alcance de su afirmación—. Al menos, no todo el tiempo.

—No —admitió Nya tras un instante de deliberación—. Tengo una casa adosada en El Puerto de Santa María, aunque a veces paso la noche en la finca si Don Antonio requiere mi presencia al día siguiente… como hoy.

No reaccionó de inmediato. Solo inclinó la cabeza levemente, como si hubiera encontrado una pieza del rompecabezas que no estaba buscando, pero que encajaba perfectamente.

—Interesante —Aeris dejó la taza sobre el platillo con un sonido seco—. No parece que disfrutes la compañía de tu padre.

Nya no apartó la mirada. Él tampoco. En esa fracción de segundo, se midieron con la precisión de dos pistoleros en una calle desierta.

—No la disfruto —su respuesta fue directa, sin rodeos—. Y tampoco la elijo. Lo que el mundo ve no es lo que realmente es.

—He visto muchas familias parecer lo que no son —musitó Aeris, con una nota pensativa en la voz—. Pero pocas lo ocultan con tanta dedicación.

Hubo una pausa breve, un instante en el que sus ojos se encontraron, como si ambos estuvieran midiendo lo que vendría después. Aeris no apartó la mirada.

—Podrías haberte ido del todo, pero no lo has hecho —dijo finalmente, con tono neutro, pero con una curiosidad latente—. ¿Por qué?

Nya dejó escapar un leve suspiro, pero no fue de cansancio. Más bien parecía la pausa de alguien eligiendo con precisión sus palabras.

—Porque, por mucho que lo odie, la finca es mi casa.

Y hay días en los que es más fácil quedarse que largarse a las tantas de la madrugada a la carretera —mantuvo el contacto visual, sin titubear—.

Es práctico, cómodo en cierta forma. Además, Don Antonio prefiere mantener la ilusión de que sigo allí más de lo que realmente lo hago.

Pero eso no significa que pertenezca a ese lugar. Y menos a él.

Aeris inclinó la cabeza ligeramente, observándola con la misma atención quirúrgica que le dedicaba a cada testigo en una sala de interrogatorios.

—¿Me compadeces? —preguntó ella, afilada, con una media sonrisa sin calidez.

—No —negó él, con tranquilidad—. Te entiendo.

Aeris no apartó la mirada. No lo hacía con testigos.

No lo hacía con sospechosos. Y tampoco lo hacía con ella.

Era una cuestión de principios, pero también de instinto.

Sabía que en los silencios de Nya había más respuestas que en sus palabras.

Y en ese momento, en ese café cargado de sombras y preguntas, supo que acababan de cruzar una línea que ninguno de los dos iba a desandar.

El café seguía tibio, pero la conversación descendía a temperaturas gélidas.

Se había convertido en un juego de sombras, donde cada respuesta llevaba a una nueva pregunta, y cada decisión los acercaba más a una verdad peligrosa.

Fuera, el mundo seguía su curso, ignorante.

Dentro, la conversación se enredaba en una red de sombras, preguntas y algo más denso, algo que ninguno de los dos quería admitir aún.

Ya no era un análisis. Ya no era solo un caso.

Estaban persiguiendo a un asesino.

Y, en algún lugar, en algún rincón de la ciudad, alguien lo sabía.

O peor.

Alguien ya había tomado nota de sus nombres.

Y ya era demasiado tarde para retroceder.