CAPÍTULO 13
El próximo condenado
E l conservatorio de Jerez de la Frontera respiraba vida aquella mañana de miércoles.
Notas de violines y pianos flotaban entre los pasillos, entrelazándose con las voces de los estudiantes, el roce de partituras al pasar de mano en mano y los pasos acompasados de los profesores.
Entre ellos, Daniel Heredia, un violinista y profesor con décadas de experiencia, se mantenía en su sala de ensayo, inmerso en la rutina que le permitía sostener su pasión a pesar de su enfermedad.
Su artritis avanzaba lentamente, retorciendo sus manos con la promesa de una sentencia inapelable.
Pero Daniel no estaba dispuesto a ceder.
Cada mañana, al amanecer, ensayaba sin falta, obligando a sus dedos a obedecerle, a deslizarse con la misma destreza de siempre sobre las cuerdas.
No importaba el dolor, no importaba el esfuerzo titánico que suponía cada escala repetida hasta la perfección.
Tocaba para mantenerse vivo en su arte. Tocaba para que nadie pudiera notar la debilidad que empezaba a aferrarse a su cuerpo.
En aquella sala, con el sol filtrándose por los ventanales y la madera vibrando bajo la presión del arco, Daniel Heredia solo era un músico más, ajeno a cualquier peligro.
Ajeno a que aquella mañana, entre los pasillos, alguien más estaba escuchando aquella música, « Adagio », de Albinoni, una sinfonía de muerte.
La figura se movía entre los pasillos con la naturalidad de alguien que pertenecía allí. Su presencia no despertaba sospechas. Su expresión era neutra, la postura relajada. Nadie la miraba dos veces. Y eso era perfecto.
No tenía prisa. No la necesitaba. Cada paso era medido, cada pausa calculada. El mundo a su alrededor no era más que un lienzo, un escenario diseñado con precisión para su propósito. Todo lo que veía encajaba en la sinfonía de su mente distorsionada.
Las notas de aquel violín flotaban en el aire como una ofrenda, como si la música misma supiera lo que iba a suceder. Cada vibración de la cuerda se alzaba como un aliento ahogado, un jadeo que se extinguía antes de convertirse en grito.
Cada nota se alzaba en el aire como un réquiem, una letanía para los muertos. El piano susurraba una despedida, el violín suplicaba en vano. Pero la música no podía salvarlo. Nadie podía salvarlo.
El sonido del arco sobre las cuerdas no era solo un eco. Era un preludio.
Cada vez que el arco descendía sobre las cuerdas, era como una cuenta regresiva. Un tic-tac musical marcando el final. Daniel no lo sabía, pero ya estaba interpretando su última composición. Y el público oculto entre las sombras estaba listo para su gran debut.
La sombra lo escuchaba con devoción. Con la misma reverencia con la que un escultor observa su obra inacabada. Pero también con la certeza de que pronto, muy pronto, la perfeccionaría con su toque final.
Por un segundo, vio su propio reflejo en el cristal. Pero no era él. No del todo. Era algo más. Algo que sonreía en la penumbra mientras el violinista seguía tocando, ajeno a su destino.
Cada compás, cada movimiento, formaba parte de una ejecución meticulosamente planeada.
La música vibraba en el aire como un lamento contenido, como un último suspiro que aún no había sido exhalado.
« En la Orquesta de los Condenados, el director marcaba el compás con el último latido de sus elegidos ».
El pensamiento cruzó su mente como una melodía lejana.
El relato de Erebos Nyght era un evangelio. Una obra maestra sobre la inevitabilidad del sacrificio. Cada nota de la orquesta marcaba un destino. Cada músico tocaba hasta que su cuerpo no podía más.
En el relato, el director no se equivocaba. Cada ejecución era exacta. Y esta también lo sería. La última nota de Daniel Heredia resonaría en la eternidad.
El violinista en la sala aún no sabía que ya había sido elegido.
Que su destino estaba sellado entre las líneas de un relato que ni siquiera conocía, en un juicio sin absolución.
Los sonidos del conservatorio se deslizaban por los pasillos como ecos de un juicio divino. No era solo música. Era el preludio de una ejecución.
Los estudiantes, los profesores, todos eran ruido de fondo. Borrones en el lienzo. Solo él y la víctima estaban en foco, en la luz del escenario .
Toda orquesta necesita su sacrificio.
La elección debía ser perfecta.
Y lo era. Y aquello sería una muerte en cuatro tiempos.
El primer movimiento: la sangre.
La sangre lo haría perfecto.
Cuando el filo atravesara la piel, la sangre se derramaría como una tinta perfecta sobre el suelo de madera. Un rojo vibrante, tan vivo como la música que estaba a punto de morir. Un último acorde visual, una firma imborrable en la partitura de su obra.
El segundo movimiento: la mirada.
El reflejo de una hoja afilada en la pupila dilatada de la víctima, la respiración entrecortada, el temblor en los dedos que sujetaban el violín.
El tercer movimiento: el silencio.
Un instante antes del final, la música moriría con él.
El cuarto movimiento: la eternidad.
Su cuerpo caería con la última nota.
Cada vez que el violinista tocaba, lo veía más claro.
La fragilidad en sus manos. La manera en que luchaba contra la degeneración de su propio cuerpo.
Su arte estaba muriendo.
No.
Él lo estaba matando lentamente, sin saberlo.
Se aferraba a una gloria pasada, se negaba a aceptar lo inevitable.
¿No sería más misericordioso concederle un final digno?
Había esperado el momento preciso. No era solo la técnica, no era solo la vulnerabilidad en sus manos. Era algo más. Algo en su forma de tocar, en la manera en que exhalaba cada nota como si supiera que le quedaban pocas. Eso lo hacía perfecto.
Un último acto.
Una interpretación que no quedara enterrada en el olvido, sino inmortalizada en el instante preciso en que su vida se extinguiera con la última nota.
Sí. Así debía ser.
Un sacrificio necesario para la grandeza.
Un tributo en sangre a la música.
El asesinato no sería un simple acto de violencia.
Era la culminación de una obra.
No podía fallar. No podía permitirse una ejecución deficiente.
La sangre sería tinta .
El cuerpo, un instrumento roto en el altar del sacrificio.
El clímax aún no había llegado, y la anticipación era parte del deleite.
Cada pausa.
Cada sombra proyectada en el suelo.
Cada imperceptible duda que surgía en la mente de la víctima eran piezas de una armonía mayor.
La muerte debía ser sublime.
Debía resonar en la eternidad.
Debía completarse como el acorde final de una pieza perfecta.
Como en el relato.
Como en su mente.
Daniel cambió de postura y pasó los dedos por el mástil del violín.
Algo en la sala se sentía diferente.
El aire estaba más denso, como si la música no fuera suficiente para disiparlo.
Un escalofrío se deslizó por su espalda, apenas perceptible.
Ignoró la sensación y retomó la práctica.
La melodía continuó.
Pero en el pasillo, una sombra apenas perceptible se deslizó unos centímetros más cerca.
El violinista practicaba en la sala al fondo del pasillo, inmerso en su música, ajeno a la sombra que se deslizaba más cerca con cada nota. Cada movimiento suyo era analizado, diseccionado, como si su cuerpo fuera una partitura que esperaba ser interpretada por manos más crueles.
No porque importara su talento. Solo importaba una cosa.
Cuándo lo haría.
La música fluyó en el aire, vibrando en la madera de los pisos, en los ventanales donde la luz de la mañana dibujaba sombras alargadas. Un leve reflejo en el cristal. Un parpadeo donde no debería haberlo.
El violinista frunció el ceño y detuvo el arco sobre las cuerdas.
Durante un segundo, creyó escuchar su propio nombre susurrado en la sala.
Un eco imposible. Pero al girarse, solo estaba la música, desvaneciéndose en el aire.
Solo el pasillo vacío y la luz matutina proyectando figuras indefinidas en el suelo.
Paranoia.
Sacudió la cabeza y retomó la interpretación. Pero ahora la melodía se sentía diferente. Más opaca. Más errática.
En la penumbra, la sombra esbozó una sonrisa.
El miedo siempre comenzaba así.
Sigilosamente, se acercó a la puerta entreabierta, su presencia aún oculta en el ángulo muerto del espejo más cercano. Observó. Disfrutó.
Observó la desconexión del violinista con el mundo cuando tocaba. Cómo cerraba los ojos en los momentos clave de la interpretación. Cómo sus dedos temblaban apenas cuando descendía a las notas más bajas.
«Cada orquesta necesita su sacrificio».
La frase resonó de nuevo en su mente como una melodía secreta. Cada obra de arte requería precisión, cálculo, entrega. Y ella -no, él, la sombra, lo que fuera aquello que acechaba en la oscuridad- era un maestro en ambas.
Nada se hacía sin planificación.
La música cesó. El violinista se levantó, aún inmerso en su propio mundo. La luz en la sala parecía más tenue, más pesada sobre sus hombros.
Se estiró con desgana y recogió la partitura. Cogió el violín en sus manos para guardarlo con una rutina mecánica.
Pero entonces…
La vio.
La cuerda.
No en el violín. No donde debía estar. Sino en su atril, cortada con una precisión inhumana.
No deshilachada. No rota por la tensión.
Cortada.
Su respiración se volvió más audible en la sala vacía.
¿Cuándo? ¿Cuándo había pasado?
Pasó los dedos por la cuerda. Fría. Inerte.
El escalofrío llegó en oleadas. No un sobresalto, no un miedo inmediato, sino algo peor. Algo lento. Como un murmullo en la nuca. Como el roce de una mano que no está ahí.
Se giró.
Nada.
Solo su reflejo en la ventana. Solo el eco del último acorde vibrando en el aire.
Durante un segundo, creyó ver una sombra moverse en el reflejo del cristal.
Un parpadeo y ya no estaba. Quizá solo era su imaginación.
Quizá era el cansancio. Quizá era el presagio de algo que su mente aún no estaba lista para comprender.
Durante un segundo, el aire en la sala pareció espesarse.
Como si algo invisible contuviera la respiración en la penumbra.
Un eco quedó suspendido en el aire, prolongándose más de lo que debería.
Daniel sintió un hormigueo en la nuca, un escalofrío difuso.
No era miedo. Aún no. Pero era algo más que simple cansancio.
Desde la penumbra, la mirada oculta seguía fija en él. La primera marca estaba hecha.
Aún no era el momento. Pero el ansia estaba ahí, palpitando como un ritmo sordo en la parte más profunda de su conciencia.
Cada respiración de la víctima era un compás más en la partitura de su muerte.
Pronto. Muy pronto. Y cuando el filo de la hoja besara la carne, cuando la sangre trazara su última nota en el escenario, la espera habría valido la pena.
Finalmente, el violinista guardó su instrumento.
Justo antes de cerrar el estuche, su mano tembló ligeramente.
No supo por qué. No era el dolor, ni el cansancio.
Era otra cosa. Algo sutil. Algo que su cerebro aún no lograba procesar del todo.
Pero la sensación estaba ahí, persistente en la penumbra.
El sonido del cierre resonó en la sala con un eco extraño, final.
Un escalofrío recorrió su espalda. La sala parecía más pequeña.
Como si las paredes se hubieran acercado medio paso.
Como si el aire se hubiera espesado, conteniendo algo que él no podía ver.
Como si su destino hubiera quedado sellado en ese instante. En la penumbra, la sombra sonrió. Quedaban tres días para la última nota.
No habría aplausos. No los necesitaba. Su obra hablaría por sí misma, en el último aliento del violinista. Y cuando la sangre se mezclara con la música, sabría que había sido perfecta.
Porque en la Orquesta de los Condenados, la última nota siempre llegaba demasiado tarde para el que la tocaba.