Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

—Al contrario. Su mente es más afilada de lo que aparenta. Y dado que necesito un análisis inteligente en este caso, he decidido que colabore conmigo.

Antonio Palacios tardó un segundo en reaccionar. Un segundo demasiado largo. Pareció evaluarlo por un instante. Luego, su expresión se transformó en una sonrisa de conveniencia.

—Sería un honor —Respondió, dirigiendo la mirada a su hija—. De hecho, Estefanía ¿por qué no lo invitas a la gala benéfica del sábado en el Parador Atlántico? Es un evento importante. Y además, así no vas sola…

Nya sintió un nudo en el estómago.

—¿No ves que su señoría es un hombre ocupado? —Preguntó sin levantar la mirada. Otra vez, Antonio Palacios y su habilidad y deseo de manejar a todo y a todos como peones en un tablero de ajedrez. Aquello la frustraba sobremanera. Y a su padre le daba igual lo que ella sintiera .

Pero a Aeris Harper no. Palacios estaba acostumbrado a mover a las personas como piezas en un tablero. Pero a veces, hasta el mejor estratega olvidaba que algunas piezas podían decidir no jugar según sus reglas.

El juez sostuvo la mirada de Antonio un instante más antes de esbozar una media sonrisa, calculada y sutil.

—Lo consideraré.

Antonio no parecía muy satisfecho. Nya, por su parte, aunque sorprendida por su respuesta, quería desaparecer.

Y en la mente de Aeris, una idea se asentó con una certeza inquietante: Nya Palacios no era alguien fácil de leer, pero tampoco era alguien a quien pudiera ignorar.

—¡Oh, venga Aeris no seas estirado! Haz honor a tu caballerosidad —Exclamó Antonio con un tono de soberbia que no se molestaba en ocultar.

Aeris entrecerró los ojos. Quizá sería interesante conocer más a fondo las habilidades técnicas de Nya.

—Si nos disculpas, Antonio, como te decía, tu hija y yo estábamos comentando un caso —Respondió Aeris, de forma cortante. No lo quería más tiempo en su despacho.

Antonio rio mientras le apoyaba la mano en el hombro a su hija.

—No te preocupes. Ya me cuentas luego cuando llegues a casa. Mientras cenamos como una familia… —Dijo con una sonrisa falsa antes de inclinarse a hacia su hija para susurrarle al oído— Espero que no me dejes mal…

Antonio apretó suavemente el hombro de Nya, la cual se tensó un instante.

Fugazmente, casi imperceptible. Pero Aeris lo notó.

Sabía que, sin pretenderlo y sin saber por qué, le había dado a Nya un balón de oxígeno.

Ninguno de los dos dijo nada hasta que Antonio se despidió con una amabilidad pomposa, y salió por la puerta del despacho de Aeris. La puerta se cerró con un click .

Aeris volvió su mirada hacia Nya. Parecía que hasta que Parra no tuviera algún tipo de información adicional sobre el caso, lamentablemente, tendría que buscar otra cosa en la que entretener su mente inquieta. Así que en una décima de segundo, algo divertido despertó en su cabeza.

—Vamos —Dijo Aeris, levantándose de su silla.

Nya le miró, algo sorprendida, pero no lo mostró lo suficiente.

—¿Adónde?

Aeris se colocó la chaqueta con elegancia.

—Digamos que me gusta mucho tu inteligencia y creo que podrías darme ciertas nociones del caso. Y además, creo que será interesante tomar un café con una persona a la que me gustaría hacerle dos preguntas —Respondió mientras le tendía la mano, como un caballero, invitándola a levantarse.

Nya cogió su mano, el tacto era suave, cálido. Sacudió la cabeza suavemente mientras se levantaba. Nya no solía mostrar interés en los hombres más que en su inteligencia. Ninguno podía sorprenderla. Salvo él.

—¿Cuál es la primera? —Dijo mientras se colgaba su mochila a la espalda.

Aeris avanzó hacia la puerta, pero en lugar de abrirla, se volvió hacia ella. Si quería ver a Nya acorralada, era su oportunidad.

—Dime, Palacios.

Su voz era baja, sin urgencia. Como si la respuesta fuera irrelevante.

—¿Cuántas veces te rompió antes de que dejaras de llamarlo «papá»?

Nya sintió cómo su cuerpo respondía antes de que su mente pudiera controlarlo. Un leve endurecimiento de la mandíbula, un instante en el que su respiración se hizo más pesada. Pero Aeris lo vio. Lo sintió.

—¿Y la segunda? —Susurró ella evadiendo la pregunta, mirando esos ojos que no sabía por qué, se le manifestaban como un pozo a una oscuridad que amenazaba con consumirla.

Aeris abrió la puerta y la invitó a salir. Justo cuando pasó por su lado, con un susurro que lo sorprendió hasta a sí mismo, acercó los labios a su oído.

—El sábado —susurró Aeris, inclinándose levemente hacia ella—. ¿Qué vas a llevar puesto?

Nya frunció el ceño, desconcertada por el repentino cambio de tema.

—¿Por qué?

Aeris esbozó una sonrisa sutil, su tono bajo, medido.

—Para elegir el color de mi corbata. No me gusta desentonar con mi acompañante.

Nya se estremeció. No debería confiar en él. No debería sentirse tan aliviada de que interfiriera. Y, sin embargo, ahí estaba, siguiendo su paso sin una sola palabra de protesta.

Y sin que ninguno de los dos dijera nada más, salieron del despacho de Aeris con la certeza de que entre ambos se estaba empezando a tejer una conexión innegable.

Una que iba más allá de lo que la mente humana pudiera llegar a entender.