CAPÍTULO 12 #2
La disposición del cadáver. Los espejos.
La precisión del corte. Todo se alineaba con un patrón meticuloso, como si cada elemento hubiera sido colocado con un propósito específico.
Nya frunció el ceño apenas un instante, pero Aeris lo notó.
Era el tipo de gesto que alguien hacía cuando algo no encajaba del todo.
Por un fugaz instante, una chispa de reconocimiento cruzó su mente.
Algo en esa disposición le resultaba inquietantemente familiar, pero no lograba ubicarlo del todo.
Sus relatos siempre habían sido un reflejo de su propia oscuridad, pero lo que tenía delante no se parecía exactamente a lo que había imaginado.
Su escenario había sido otro, más íntimo, más contenido, quizá una habitación de hotel, una antesala de un castillo abandonado, pero no aquello.
No la crudeza de una nave industrial vacía.
—Macabro —murmuró, pasando las páginas con lentitud—. Parece una escenografía de terror. Casi como si el asesino quisiera que alguien apreciara su obra.
—¿Qué te dice la víctima? —preguntó Aeris, apoyando los codos sobre la mesa.
Nya se tomó un momento antes de responder.
—No es un asesinato caótico, ni un ajuste de cuentas.
No hay signos de violencia previa, la forma en que la posicionaron sugiere que el asesino tenía el control absoluto.
Pero… —Se inclinó un poco hacia adelante, fijando su atención en una de las fotografías de la escena—.
La expresión de su rostro. No es solo miedo.
Es terror absoluto. Como si hubiera visto algo que la dejó paralizada antes de morir.
Aeris la estudió en silencio. Era una observación certera. Su respuesta indicaba que pensaba como él: más allá de la superficie, más allá de la sangre y la teatralidad, intentando leer el verdadero mensaje detrás de la muerte.
—El miedo puede ser un arma —murmuró Aeris—. Puede ser más letal que el filo de un cuchillo si se usa correctamente.
Nya levantó la mirada, fijándose en la forma en que Aeris tamborileaba los dedos sobre el escritorio, una señal inconsciente de tensión contenida. Por un instante, se preguntó qué sabía él sobre el miedo.
—¿Tenéis el informe de tóxicos? —preguntó mientras buscaba en la carpeta de forma minuciosa, analizando cada documento con precisión .
Aeris asintió, cruzándose de brazos.
—«Midazolam», «diazepam» y «alprazolam». Un cóctel diseñado para inducir sumisión y amplificar el terror. La víctima no podía moverse, pero sentía todo.
Nya exhaló lentamente, procesando la información. Sus dedos se deslizaron sobre la fotografía, como si buscara algo más entre las sombras de la imagen.
Cada vez que sus ojos se movían por las líneas del informe, Aeris notaba pequeños gestos: una leve contracción en su mandíbula, un parpadeo más lento cuando pasaba por la autopsia. Pequeñas grietas en su control absoluto.
—Mmmm… Eso me dice que, si el asesino usó «midazolam», tuvo que conseguirlo de alguna parte.
No es un sedante que puedas comprar en cualquier farmacia, y mucho menos sin receta.
Eso me dice que el asesino quizá tenía contactos médicos, o quizá…
¿robara los medicamentos en alguna farmacia?
—preguntó, como si lanzara una idea al aire.
Aeris la observó con atención renovada. Su mente funcionaba rápido, demasiado rápido. Y lo más interesante era que no parecía haberse percatado de lo cerca que estaba de tocar algo más profundo.
—Pocas personas razonan tan rápido. No sé si eso me gusta o me preocupa —Dijo con una leve sonrisa.
Se permitió una pausa antes de lanzar una pregunta con aparente indiferencia.
—Con una mente como la tuya, Palacios, ¿por qué no ejerces? —preguntó con una calma estudiada, observando cada reacción que pudiera filtrarse en su rostro.
Nya tardó un instante en responder. No porque no tuviera una respuesta, sino porque no era una que solía compartir. Se humedeció los labios, su mirada vagando fugazmente por la carpeta antes de volver a Aeris.
—Porque mi padre no es el hombre honorable que la sociedad cree —soltó con una frialdad calculada—. Si ejerzo como abogada, intentará usarme para tapar toda la mierda que tiene bajo la alfombra. Y no quiero ser partícipe de eso.
Aeris no reaccionó de inmediato, pero la observó con un nuevo matiz de interés. Su respuesta no solo tenía peso, sino que insinuaba algo más profundo. Algo que aún no estaba del todo dicho.
«Si Antonio Palacios tiene tanta mierda bajo la alfombra, en algún momento alguien intentará levantarla», pensó entrecerrando los ojos fugazmente.
—Pareces muy segura…
Nya respiró hondo.
—Quizá porque hay dos cosas que son sagradas en mi vida. Y la primera es que no soy como mi padre —Respondió.
Aeris continuó observándola con detenimiento, analizando todo lo que decía.
—¿Y la otra?
Solo un instante, y sus ojos se cruzaron.
—Que mi vida la controlo yo… Es lo único que no dejaré que corrompa…
Hizo una pausa, bajando la mirada muy despacio. No en señal de sumisión, sino como una persona que ya había dicho suficiente, y mientras jugueteó de nuevo con su brazalete, continuó.
—Uno no llega a ser lo que es Antonio Palacios sin corromperse por el camino… —murmuró Nya, con una media sonrisa vacía.
El juez inclinó ligeramente la cabeza, archivando cada palabra en su memoria con precisión quirúrgica.
Palacios no solo se negaba a ejercer bajo la sombra de su padre, sino que sabía demasiado bien lo que su apellido significaba.
Y en ese momento, Aeris supo que lo que ella no decía era tan importante como lo que acababa de revelar.
Justo en ese momento, la puerta se abrió bruscamente.
—Estefanía, ya hemos terminado.
Antonio Palacios irrumpió en ese despacho con su habitual aire de autoridad. Su mirada se deslizó hacia Aeris con la calculada frialdad de un hombre acostumbrado a evaluar ventajas.
Nya se enderezó en la silla, la tensión en sus hombros era evidente. Aeris la notó de inmediato.
—Antonio… —saludó Aeris con calma, sin moverse de su asiento.
El empresario le dedicó una mirada analítica.
—Espero que mi hija no te haya hecho perder el tiempo, Aeris. Me han dicho que estaba aquí. Ya sabes, conozco gente en el Juzgado.
Aeris sostuvo la mirada de Antonio con la calma de un depredador que aún no ha decidido atacar.