Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Duelo de silencio

A eris Harper apoyó los codos sobre la mesa con la lentitud de un verdugo afilando su hoja.

La paciencia era un arma, y él sabía cómo usarla.

Su mirada, tan gélida como un bisturí, diseccionaba a Nya Palacios con la precisión de quien está acostumbrado a exponer mentiras y verdades ocultas.

Al otro lado del escritorio, ella mantenía una postura relajada en apariencia, pero en sus ojos oscuros latía algo que él reconocía demasiado bien: cálculo.

En aquel despacho, el silencio era más que una ausencia de palabras; era un duelo sin espadas, donde cada respiración marcaba un compás invisible de tensión.

No tenía grietas, igual que él. Ordenado, estructurado, inamovible.

Un espacio en el que ella no encajaba, pero tampoco tenía intención de hacerlo.

Sin embargo, Nya no solo lo miraba, lo diseccionaba.

Aeris sintió el peso de esa mirada de una forma diferente, como si ella no estuviera simplemente observándolo, sino buscándole grietas, una debilidad, algo más.

Había visto ese tipo de mirada antes, en los juzgados, en personas que ocultaban más de lo que decían.

Pero en ella, había algo más. No era solo cautela, ni desconfianza.

Había un matiz de reconocimiento, como si en la frialdad de Aeris, en su manera de sostener el control con puños de hierro, ella viera algo que le resultaba familiar.

Como si viera en él un reflejo distorsionado de sí misma.

Las armaduras no eran metáforas. Eran cicatrices forjadas en la piel, recuerdos de heridas antiguas que nunca terminaban de cerrarse.

Nya aprendió a construirlas desde niña, capa sobre capa, hasta volverse indescifrable.

Pero Aeris Harper… él era distinto. Su armadura no parecía construida con dolor, sino con una voluntad férrea, tan perfecta que resultaba antinatural .

Aeris no hablaba por hablar. No iniciaba conversaciones a menos que tuvieran un propósito.

Y en aquel momento, algo en Nya despertaba su curiosidad.

No era el apellido Palacios. No era la posible conexión con su padre.

Era algo en ella, en la manera en que sostenía la mirada, como si pudiera ver más allá de la superficie.

Como si supiera que él también ocultaba algo.

Aeris Harper era un hombre impenetrable, de esos que dominan las palabras como un bisturí.

Pero incluso el acero más pulido tenía una vibración mínima antes de un corte.

Cruzó los dedos sobre el escritorio y la observó con detenimiento.

—Eres abogada, ¿no? —Su tono era neutral, casi aburrido. Pero Nya no se dejó engañar.

Él le estaba tendiendo una trampa. Lanzando un desafío. O tal vez, ambas cosas.

Nya alzó una ceja con aire despreocupado, pero en su mente, ya estaba moviendo las piezas del tablero.

—Deusto —continuó Aeris antes de que ella pudiera responder—. Hace unos años di una conferencia allí. No recuerdo verte.

No era una observación casual. Era una prueba.

Ella inclinó la cabeza apenas un ápice, un gesto casi imperceptible de evaluación.

Sus ojos recorrieron el rostro de Aeris con la precisión de quien busca grietas en una estructura aparentemente impenetrable.

No solo observaba, diseccionaba. Medía la rigidez de su postura, la ausencia de titubeos en su mirada, el control absoluto en cada uno de sus movimientos.

Era el tipo de hombre que no dejaba que nada se filtrara, y sin embargo, había algo en él que le resultaba inquietantemente familiar.

Había aprendido desde muy joven a ocultar lo que no quería que el mundo supiera, y lo que menos le interesaba en ese momento era discutir su paso por la universidad con un juez que parecía conocer demasiado bien el peso del silencio.

—No asistí a muchas conferencias —se encogió de hombros, con una mueca ligera.

Aeris notó la naturalidad calculada de su respuesta. Ni una mentira abierta, ni una verdad completa. Interesante. Se preguntó si su ausencia había sido simple desinterés o si había algo más bajo la superficie.

—Deusto no es una universidad cualquiera —comentó, con una leve inclinación de cabeza—. No todo el mundo tiene acceso a estudiar allí.

Nya no reaccionó a la insinuación. Aeris notó el parpadeo sutil, la manera en que su mirada se endurecía apenas un instante antes de relajarse. No era orgullo lo que la mantenía impasible. Era algo más enraizado.

—Mi padre tiene dinero. Y eso, en este país, abre cualquier puerta .

Lo dijo con la neutralidad de quien comenta el clima, pero Aeris captó el matiz. No era una respuesta. Era una cortina de humo.

Aeris la observó un instante más, calibrando sus palabras con la precisión de quien está diseccionando un testigo en el estrado.

—Y ahora, ¿qué? —preguntó finalmente.

Nya tardó un segundo en responder. Demasiado rápido, y parecería que había ensayado la respuesta. Demasiado lento, y revelaría duda. Encontró un punto medio, dejando escapar una pequeña sonrisa ladeada.

—Viajes —dijo finalmente, dejando la palabra en el aire como una prueba. Como si esperara que él decidiera si la aceptaba o no.

Aeris siguió observándola. Él también había aprendido a leer las grietas en los discursos de la gente, a notar las contradicciones en las historias que parecían demasiado simples.

Viajes. Un concepto lo suficientemente vago como para no decir absolutamente nada.

Pero ahí estaba: un leve desvío de la mirada, apenas un pestañeo más largo de lo normal, una tensión mínima en los músculos de su mandíbula.

No era una mentira descarada, pero tampoco era la verdad completa.

Aeris lo registró todo, almacenando la información como piezas sueltas de un rompecabezas que aún no sabía cómo encajar.

«Está mintiendo. O no del todo», pensó.

No la presionó. Aún no.

—Interesante —murmuró, desviando la mirada fugazmente al documento que reposaba en su escritorio.

Una carpeta con el atestado del asesinato de Helena Ortiz, esperando a ser leído de nuevo.

Aeris deslizó los dedos sobre la superficie de la carpeta, sin abrirla aún.

La conversación con Nya requería toda su atención, pero aún así, su mirada estaba en la carpeta del atestado.

Inconscientemente, su pulgar tamborileó contra la mesa, un ritmo apenas perceptible pero que delataba la tensión contenida en su interior.

Sus ojos se desviaron por un instante hacia el nombre de la víctima, como si intentara ensamblar las piezas sueltas en su cabeza.

La sensación de que había algo más bajo la superficie de aquel crimen persistía, anidándose en su subconsciente como una advertencia muda.

Nya lo observaba. Su mirada se había deslizado hacia la carpeta un instante. Aeris Harper era meticuloso, y ella no estaba acostumbrada a ser observada con tanta paciencia. Pero por alguna razón, parecía que su mente estaba en otra parte. En otro nombre. En otra mujer muerta.

Cuando él volvió a mirarla, Nya seguía con la misma expresión inescrutable. Pero ahora, algo en la forma en que ella mantenía la vista fija en él le resultaba diferente.

Había visto hombres como él antes. O eso creía. Pero había algo en la forma en que Aeris Harper se contenía, como si llevara un grillete invisible que no permitía que nada escapara. Y eso… eso le resultaba demasiado familiar.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Aeris se preguntó qué era lo que ella veía en él.

Para Nya, Aeris Harper era una incógnita.

Un hombre que parecía tener todas las respuestas, pero que ocultaba las suyas con el mismo control férreo con el que analizaba a los demás.

No todos los hombres con control férreo son iguales.

Algunos se reprimen por miedo. Otros, por necesidad.

Y otros, porque si no lo hicieran, todo se derrumbaría.

Nunca le habían gustado los hombres predecibles.

Y Harper era cualquier cosa menos predecible.

Y Nya nunca había podido resistirse a un buen enigma.

Aeris deslizó los dedos de nuevo sobre la carpeta cerrada, sin abrirla.

Su mente seguía atrapada en el caso, en la maldita frase escrita en sangre en el espejo, en la teatralidad del asesinato.

No solía hablar con nadie sobre los casos en curso, pero había algo en Nya Palacios que le hacía querer probar su mente.

Deusto no era cualquier universidad, y si ella había sobrevivido a su formación allí, tenía que haber desarrollado una agudeza que él quería examinar.

No solo la observaba, quería ver cómo funcionaba.

Levantó la mirada hacia ella, sin cambiar su expresión inmutable. Decidió darle algo con lo que trabajar, una prueba sutil para medir su capacidad de análisis.

—Muy bien, Palacios.

Su tono era neutro, casi aburrido. Pero ella sintió el peso de la prueba antes de que él terminara de formular la pregunta.

—¿Qué ves en un crimen sin testigos, sin huellas, pero con un mensaje escrito en sangre?

Nya ladeó la cabeza, pero no respondió enseguida. Lo estaba analizando a él tanto como la pregunta.

—Depende —musitó, girando el brazalete de cuero entre sus dedos—. Si el asesino planeó la escena con esa precisión, no buscaba esconderse. Quería ser visto. Quería que alguien entendiera lo que estaba diciendo. Así que la verdadera pregunta no es por qué mató. Es para quién era el mensaje.

Aeris mantuvo el silencio un segundo más de lo necesario. Un juez acostumbrado a diseccionar mentes había encontrado a alguien que pensaba exactamente como él .

Permitió que una leve sombra de aprobación cruzara fugazmente su mirada.

Luego, deslizó la carpeta hacia ella con un gesto sutil, invitándola a observar el contenido sin necesidad de palabras.

Nya bajó la vista, tomándose un momento antes de abrir la carpeta.

Su expresión no cambió cuando sus ojos recorrieron las primeras líneas del atestado.