CAPÍTULO 11 #3
El agua fría resbaló por sus mejillas, deslizando las gotas hasta perderse en el lavabo de porcelana blanca.
Aeris exhaló despacio, con los ojos cerrados.
La fatiga aún pesaba sobre su espalda como un lastre, cada músculo tenso tras la noche anterior y el informe que acababa de leer.
Se enderezó lentamente, observando su propio reflejo en el espejo del baño del juzgado.
Los espejos otra vez.
Tensó la mandíbula.
Desde la escena del crimen, cada reflejo le resultaba más pesado de lo normal, como si se multiplicara en algo más que una simple imagen de sí mismo.
Como si en algún rincón de esos reflejos hubiera algo que lo observaba desde el otro lado.
Paranoia. Cansancio. Un mal presentimiento que no se iba.
Se pasó una mano por la nuca y salió del baño con movimientos calculados.
Al cruzar el pasillo, la vio.
Nya Palacios estaba sentada en una de las sillas metálicas de la sala de espera, encogida en sí misma con los auriculares puestos, la mirada perdida en un punto inexistente.
No pertenecía a ese lugar, pero tampoco a ninguno en particular, y sin embargo, allí estaba.
Lo notó en la rigidez de su cuerpo, en la forma en que sus dedos tamborileaban contra su rodilla en un ritmo inconsciente.
Inquieta. Cansada. Contenida. Un animal enjaulado con la misma expresión que había visto en su rostro en la boda.
Recordaba perfectamente esa imagen. La forma en que ella observaba la escena, ajena a la celebración, con la misma mirada que él tenía cuando evaluaba un crimen.
Podría haber seguido de largo, ignorarla como hacía con casi todo el mundo fuera del juzgado.
Pero algo en la manera en que ella se recogía sobre sí misma, en cómo su atención parecía volar a otro lugar, lo hizo detenerse.
No era solo incomodidad. No era simple desinterés.
Era algo más profundo. Algo que reconocía.
Era la postura de alguien que, aunque estaba presente, no pertenecía a ese lugar.
Aeris no sabía por qué lo hizo. Pero habló.
—¿Estefanía?
La joven parpadeó, como si su mente hubiera tardado un poco en regresar de un lugar al que no quería volver. Sus ojos tardaron un segundo en reconocerlo y luego se afilaron levemente, con esa chispa de desconfianza que le resultaba tan familiar. Se quitó un auricular, sin responder de inmediato.
—No esperaba verte aquí —dijo Aeris con su tono neutro, pero con un matiz de curiosidad. Observó a su alrededor, como si pudiera encontrar alguna explicación en el aire—. ¿Tu padre te ha arrastrado a esto?
—Literalmente —murmuró Nya, girando la cabeza levemente hacia la puerta por la que su padre había desaparecido minutos antes. Suspiró, pasándose una mano por el cabello y luego encogiéndose de hombros—. Dice que tengo que aprender cómo funciona la ley en el mundo real. Como si no lo supiera ya.
Aeris la observó un instante más. No estaba seguro de qué era lo que veía en su mirada, pero algo en ella lo inquietaba.
No era fragilidad. No era debilidad. Era algo más complejo, algo encapsulado en capas de silencio y resistencia.
Como si llevara una armadura invisible que, pese a todo, no lograba ocultar las fisuras.
Por instinto, sin pensarlo demasiado, señaló con la cabeza hacia el pasillo. No fue una decisión racional, sino un impulso visceral, algo que escapó a su control antes de que pudiera detenerlo. Las palabras salieron antes de que pudiera cuestionarlas.
—Ven conmigo.
Nya frunció el ceño.
—¿A dónde?
—A mi despacho.
Ella lo miró como si intentara leer una intención oculta en su rostro, como si buscara una grieta en su impenetrable fachada.
¿Esperaba frialdad? ¿Indiferencia? ¿O algo más?
Sus ojos recorrieron cada matiz de su expresión con una intensidad que delataba el hábito de escudriñar a los demás, de anticipar una amenaza antes de que se hiciera evidente.
Pero Aeris Harper no dejaba escapar nada que él no quisiera mostrar.
Ni era un hombre que dejara escapar intenciones.
Finalmente, tras un breve instante de vacilación, se levantó de la silla y lo siguió.
No porque confiara en él, sino porque, en ese momento, cualquier lugar era mejor que la sala de espera.
Las voces de los abogados, los murmullos de los funcionarios y los pasos apresurados se entrelazaban en un zumbido constante que le resultaba insoportable.
Cada clic de los teclados, cada frase dicha en voz baja, cada movimiento apresurado, se clavaban en su mente como agujas.
Le recordaban lo asfixiante que era ese mundo, lo inevitable de su destino si cedía a lo que su padre quería.
Como si cada sonido fuese un eco de una jaula cerrándose a su alrededor.
Era un mundo de reglas, normas y estrategias, todo lo que ella detestaba.
Ambos caminaron en silencio por el pasillo del juzgado, cruzando miradas furtivas de funcionarios y abogados que se movían con la urgencia de sus propios problemas. Aeris notó que Nya mantenía la mochila pegada a su cuerpo, como si fuera su ancla en medio de la tormenta.
Al llegar, Aeris abrió la puerta y la dejó pasar primero.
—Cierra la puerta —indicó.
Nya arqueó una ceja, pero lo hizo.
El silencio se instaló entre ambos mientras Aeris caminaba hasta su escritorio, apoyándose en él con los brazos cruzados.
Nya, en cambio, se mantuvo de pie, observando el lugar con discreción.
Era un espacio frío y metódico, sin decoraciones innecesarias, sin nada que no tuviera un propósito, sin una grieta en su fachada.
Cada objeto estaba colocado con precisión milimétrica, cada libro en su sitio exacto, cada papel alineado con una disciplina casi obsesiva.
El aire olía a papel viejo y a una sutil nota de cuero, un aroma impersonal pero cargado de cierta solemnidad.
La rigidez del ambiente la hacía sentir aún más fuera de lugar, como si, al entrar, hubiera invadido un terreno vedado, un espacio donde la espontaneidad no tenía cabida.
Le resultaba asfixiante, como si el orden minucioso de ese despacho no fuera más que una extensión de la coraza de Aeris, un reflejo físico de su impenetrabilidad. Como él.
Había algo en ese despacho que le resultaba inquietante. No porque fuera un sitio hostil, sino porque reflejaba exactamente lo que Aeris era: control absoluto.
—¿Y bien? —preguntó ella finalmente, cruzándose de brazos—. ¿Por qué me has traído aquí? Espero que no vayas a interrogarme, Harper.
Aeris inclinó ligeramente la cabeza, analizando su tono.
—No lo sé —admitió.
No lo sabía. Pero en ese momento, tampoco quería que se marchara.