CAPÍTULO 11 #2
Nya suspiró y lo siguió con pasos pausados.
Su padre caminaba con esa postura erguida y llena de seguridad que había perfeccionado durante años.
Un hombre de negocios del campo, acostumbrado a estar en el centro de cualquier habitación, convencido de que el mundo giraba en torno a su nombre y fortuna.
Cuando cruzaron las puertas del edificio judicial, el ambiente cambió.
La frialdad de las paredes blancas, el murmullo constante de abogados y funcionarios, el eco de los tacones resonando en los pasillos.
Era un mundo ajeno para Nya, pero uno en el que su padre se movía con la naturalidad de quien pertenece a esa casta que cree que las leyes están hechas para su conveniencia.
—Hoy aprenderás lo que es ser una Palacios de verdad —dijo Antonio mientras se dirigía al mostrador de información—. Necesitas ver cómo funciona esto de verdad, no como en las prácticas. No todo en la vida son cuentos y fantasías.
Nya frunció el ceño. No todo en la vida era cuentos y fantasías, pero al menos en su literatura encontraba más verdad que en las farsas que su padre vendía como realidad.
Tras pasar el arco de seguridad, Antonio saludó a los Guardias Civiles de la entrada.
Él iba con su peculiar vestimenta de señor importante.
Pantalón de vestir, camisa gris impecable y americana marrón.
Nya por el contrario no renunció a su personalidad.
Sus vaqueros, sus deportivas negras, su camisa de cuadros blanca y negra abierta, con su camiseta negra debajo.
Esa era ella. Y como colofón, su mochila negra, donde llevaba consigo lo más importante.
Su portátil, su libreta donde apuntaba sus ideas y pensamientos, y su e-book , su mejor amigo, el que le calmaba la ansiedad cuando no podía escribir.
Verlos juntos era una dicotomía entre lo que la sociedad consideraba correcto, y lo que no va acorde a sus estándares.
Se quedaron junto al mostrador mientras Antonio intercambiaba palabras con una funcionaria de rostro cansado.
Su padre era un hombre acostumbrado a que todo el mundo se moviera con rapidez a su alrededor, y el retraso de un solo minuto en su agenda ya era suficiente para fruncirle el ceño.
Nya, en cambio, se cruzó de brazos, observando a su alrededor.
Gente de traje moviéndose de un lado a otro con expedientes bajo el brazo, funcionarios organizando papeles, agentes de la Policía Nacional escoltando a algún detenido, los agentes judiciales anunciando y llamando a la gente para entrar en sala en el juicio que se estuviera celebrando.
Todo en ese lugar olía a normas, burocracia y al constante tic-tac de un sistema que pretendía impartir justicia pero que, en el fondo, no podía debido a las interferencias del poder.
Y Nya lo aprendió a la fuerza en Deusto.
Y no porque se lo enseñaran con un libro, sino con los hechos que se desarrollaban a diario.
Era un sistema fácilmente manipulable… si dabas con las personas adecuadas.
—Siéntate ahí y espérame —ordenó Antonio, señalando con un gesto breve el banco de madera del pasillo—. No te muevas hasta que termine.
Nya alzó una ceja. Tenía conocimientos para defender a un acusado, redactar un recurso o tumbar un argumento en una sala llena de jueces.
Pero para su padre, seguía siendo una niña que debía quedarse sentada y callada.
Sin discutir, caminó hacia los asientos de madera y se dejó caer en uno de ellos con un suspiro resignado.
Sacó su móvil del bolso, revisando las notificaciones sin interés.
Un par de mensajes sin responder, algún comentario nuevo en su blog, nada que llamara demasiado su atención.
Se puso los auriculares y dejó que la música hiciera lo que mejor sabía hacer: ahogar la realidad.
La canción elegida fue « Welcome to fire » de Willyecho.
Mientras la música resonaba en sus oídos, sus pensamientos comenzaron a divagar.
La literatura era su escape, su trinchera contra un mundo que nunca le había ofrecido un refugio real.
Escribir era la única forma en la que se sentía libre, en la que su voz importaba sin importar el apellido que cargaba.
Pero para su padre, todo eso era una pérdida de tiempo.
«No todo en la vida son cuentos y fantasías.»
La frase retumbó en su cabeza. Su padre nunca había entendido que en sus relatos había más verdad de la que jamás encontraría en un juzgado.
Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la pared. Si pudiera desaparecer en su mundo de tinta y papel, lo haría sin dudarlo. Pero estaba allí. Atrapada entre la sombra de un apellido y la presión de un futuro que nunca pidió.
Lo único que le quedaba era esperar. Esperar a que su padre terminara su declaración. Esperar a que la mañana terminara. Esperar a que, de alguna manera, su vida pudiera ser suya algún día.
Mientras esperaba, su mente la llevó a una noche que nunca había querido recordar.
El humo de cigarrillo flotaba denso en el aire viciado del club, mezclándose con el sudor y el perfume barato de quienes la rodeaban.
La música no solo vibraba en los altavoces, sino dentro de su propio pecho, haciéndolo retumbar como si fuera un eco hueco.
Cada latido era un golpe sordo, cada inhalación un arrastre pesado que se filtraba en su sistema junto con el alcohol y lo que fuera que le habían pasado esa noche.
Nya no era ella. No esa noche.
Esa noche era solo un cuerpo que se dejaba llevar, una sombra desdibujada entre luces estroboscópicas y rostros borrosos que se entremezclaban en la distorsión del neón y la penumbra.
Su piel ardía por dentro y por fuera, como si quisiera quemarse a sí misma desde dentro.
No quería pensar. No quería recordar. Solo quería fundirse con la nada.
Llevaba seis meses en Bilbao. Seis meses lejos de la finca, lejos de la sombra de su padre, lejos de todo lo que alguna vez le dijeron que debía ser.
Durante el día era la estudiante perfecta: notas impecables, participaciones brillantes, la imagen de una joven que haría honor al apellido Palacios.
Pero cuando caía la noche, la farsa se desmoronaba.
No existían exámenes ni discursos elocuentes, solo el abismo de su propia mente, y la única forma de silenciarlo era apagarse a golpes de botellas vacías, drogas de nombres irrelevantes y besos sin significado.
La chica que bailaba con ella reía, pero el sonido se sentía lejano, distorsionado, como si viniera de una película mal editada.
Alguien le pasó otra copa. O quizás fue ella quien la pidió.
No importaba. No importaba nada. Solo la sensación de hundirse más y más en el agujero negro que había cavado para sí misma.
Solo la necesidad de acallar la voz en su cabeza que nunca descansaba.
La voz que le susurraba recuerdos de Suiza.
De noches aún más frías que las de Bilbao.
De ecos de risas crueles y cuchillas sobre su piel.
Cerró los ojos por un instante, pero el vértigo fue peor.
El club era una trampa de neón y sombra, un refugio intoxicante donde podía disolverse sin que nadie hiciera preguntas.
Su mente flotaba, y cada latido bombeaba veneno en sus venas, llevándola a un estado de existencia nebulosa.
El mundo se tambaleaba, pero ella lo aceptaba.
Se entregaba. Porque en ese estado, nada podía alcanzarla.
Ni el asco, ni la culpa, ni las cicatrices que no se veían pero que aún sangraban bajo su piel.
Las luces del club giraban como espirales hipnóticas, atrapándola en un torbellino de sonidos y sombras. Su piel hormigueaba, su cabeza flotaba en un océano de vacío. Y, por primera vez en toda la noche, sintió que iba a colapsar.
Y entonces, entre la niebla de luces y humo, lo vio.
No era un rostro más en la multitud. No era otro fantasma de la noche.
Él la observaba .
No como los demás.
No con deseo. No con morbo.
Con algo peor.
La miraba con un interés clínico, como si ya supiera quién era. Como si la estuviera esperando. Como si la conociera sin haber cruzado nunca una palabra. Su postura era demasiado relajada, como la de un depredador que ya ha decidido cuándo atacar.
Nya sostuvo su mirada, desafiándolo. Pero él no la desafió de vuelta. Solo sonrió, y con voz tranquila, le dijo.
—Si sigues por este camino, solo hay dos finales. Y los dos terminan con un cuerpo en el suelo.
La frase la atravesó como un puñal.
Porque él no hablaba en sentido figurado.
Hablaba de lo que ya había visto antes.
Hablaba de lo que ya sabía.
Por primera vez en mucho tiempo, Nya sintió algo más fuerte que la necesidad de autodestruirse.
La música seguía tronando en el fondo, pero de repente ya no la escuchaba.
Solo el latido en sus sienes, el veneno quemándole las venas, el eco de sus palabras.
Sus piernas tambalearon un poco y, por un instante, sintió que caería.
Pero una mano la sostuvo por el antebrazo antes de que pudiera perder el equilibrio por completo. Fría. Firme.
—Vamos —dijo él, sin soltarla, sin apartar su mirada de ella—. Antes de que decidas convertirte en otro cadáver en la acera.
Esa fue la primera vez que Lucian Fauden le habló.
Y esa noche, la primera vez que entendió que su oscuridad no la haría desaparecer… solo la transformaría.
Había pensado que la oscuridad era un agujero en el que podía lanzarse sin fin, una caída perpetua donde el dolor ya no la alcanzara. Pero Lucian le mostró otra cosa.
La oscuridad podía usarse.
Podía domarse.
Podía devolverle el control que creía haber perdido para siempre.
Esa noche no fue su final.
Fue el principio de algo nuevo.
Algo que aún no tenía nombre.
—¿Estefanía?
Aquella voz la sacó de su ensimismamiento, trayéndola de nuevo a la realidad.
Y cuando levantó la mirada, se encontró con la única mirada que reflejaba la única oscuridad que podía igualar la suya. La de Aeris Harper.