Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 11
24%

CAPÍTULO 11

Ecos de un asesino

E l amanecer apenas lograba filtrarse a través de los ventanales del despacho, tiñendo el cristal de un gris mortecino cuando Aeris dejó la carpeta sobre la mesa con un golpe seco.

Todo en su oficina era un reflejo de su propia mentalidad: ordenada, meticulosa, sin espacio para lo superfluo.

Pero aquella mañana, la pulcritud de su entorno contrastaba con la fatiga que lo carcomía por dentro.

Se frotó las sienes con dos dedos, intentando disipar el peso de la noche anterior.

No había dormido, o al menos no lo suficiente como para llamarlo descanso.

Lo que tenía encima no era simple cansancio, era algo más profundo: el desgaste de una mente que no encontraba respiro.

El asesinato de Helena Ortiz aún danzaba en su mente como una maldición imposible de disipar. La disposición del cadáver, los espejos multiplicando su imagen hasta el infinito, la sangre seca formando la maldita frase en el cristal.

«Uno de los reflejos no parpadeó.»

Exhaló lentamente. Había visto muchas escenas de crimen en su carrera.

Demasiadas. Pero algo en aquella le revolvía el estómago de una forma que no lograba explicar.

No era solo la brutalidad quirúrgica con la que habían degollado a la víctima, ni la absoluta ausencia de pruebas físicas.

Era la teatralidad, la puesta en escena tan milimétrica.

Aeris era metódico. Analizaba las cosas con frialdad quirúrgica, diseccionaba los crímenes hasta despojarlos de cualquier atisbo de emoción. Y, sin embargo, algo en esa muerte le producía un escalofrío que no había sentido en años.

Se giró hacia la ventana, observando las primeras luces de la mañana reflejadas en la superficie de su escritorio.

Luego bajó la mirada al informe que aún no había abierto, pero que había impreso antes de salir de casa.

Parra sabía que Aeris quería las cosas cuanto antes.

Le daba igual que fuera un borrador sin firma definitiva, lo que importaba era el contenido.

El atestado.

Justo cuando su mano rozaba el informe, la puerta se abrió con brusquedad, rompiendo la quietud del despacho. Parra entró con su andar pesado, el ceño más fruncido de lo habitual, y dejó caer un sobre marrón sobre la mesa sin preámbulos.

—Harper —gruñó, su voz cargada de una tensión inusual—. Aquí tienes la perla que estabas esperando.

Aeris apenas alzó la vista del escritorio.

—¿Te has caído de la cama? ¿O tampoco has dormido?

—¿Cómo coño dormir después de esto? —espetó Parra, pasándose una mano por la nuca, visiblemente tenso.

Aeris detectó el leve tic en su mandíbula, esa rigidez en la expresión que solo aparecía cuando algo realmente le carcomía por dentro. Parra no era un hombre fácil de impresionar, y sin embargo, algo en ese caso lo estaba sacudiendo de verdad.

El juez suspiró y cogió el sobre, deslizando los dedos por el borde con la calma de quien está acostumbrado a ver lo peor del mundo contenido en unas cuantas páginas mecanografiadas.

Sus ojos recorrieron el texto con rapidez, absorbiendo cada palabra con una impasibilidad que solo se rompía en la tensión imperceptible de su mandíbula.

—No te va a gustar esto, Harper.

—¿Tóxicos? —preguntó sin levantar la vista.

Parra se cruzó de brazos, apoyándose contra el escritorio. Sus nudillos estaban blancos.

—Y el informe forense. Lo que esperábamos.

No solo la sometieron a un terror extremo, también tenía una mezcla de «alprazolam», «diazepam» y una dosis elevada de «midazolam».

Un cóctel perfecto. El «midazolam» se usa en sedaciones prequirúrgicas.

Induce un estado de sumisión total. Si lo mezclas con «diazepam», amplificas el efecto relajante.

Y el «alprazolam»… bueno, ya sabemos cómo es.

Ansiolítico de acción rápida. La receta perfecta para convertir a alguien en un prisionero de su propio miedo.

El informe de Navarro lo describe como un cóctel diseñado para inducir parálisis y amplificar la percepción del terror. No podía moverse, pero sentía todo.

Parra chasqueó la lengua y dejó escapar un suspiro tenso.

—Es una tortura, Harper. Pero no una que deje huellas visibles.

Solo las ataduras. Solo el silencio. Su cuerpo no habla, pero su cerebro…

su cerebro debió es tar gritando hasta el último segundo.

Hasta que la garganta dejó de hacerlo. Mira lo que dice, textualmente: « Las dosis de benzodiacepinas sugieren un control total sobre la víctima en un período prolongado.

No era solo una cuestión de inmovilizarla.

El asesino necesitaba que estuviera completamente consciente mientras la dominaba psicológicamente ».

Aeris apretó los labios. El asesino no solo quería matar. Quería que su víctima saboreara el terror en su máxima expresión antes del golpe final. Ni siquiera prestó atención su móvil.

Parra no pudo evitar ver cómo una notificación aparecía entre varias, olvidadas en su pantalla.

« Publicación destacada: El Último Reflejo – Erebos Nyght ».

Pero Aeris no veía nada. Estaba centrado en el informe.

Su mirada recorrió las páginas con una intensidad acerada, cada palabra hundiéndose en su mente como un eco sordo.

Se pasó una mano por la mandíbula, como si con ello pudiera disipar la tensión.

—¿De dónde cojones sacó el asesino «midazolam»? —murmuró, pasando las páginas con un movimiento lento y calculado—. No es un sedante que puedas conseguir en cualquier lugar, y menos sin receta. Esto implica acceso a contactos médicos, o al menos a alguien con conocimientos específicos.

Se detuvo un instante, exhalando despacio, permitiéndose procesar lo que estaba leyendo.

Había visto muchas muertes, demasiadas, pero esa tenía algo distinto.

Algo metódico. Algo perversamente íntimo.

Su pulgar se deslizó sobre el filo del papel, casi como un gesto inconsciente, como si el simple contacto con las palabras escritas pudiera darle más respuestas que los propios hechos.

Parra, desde el otro lado del escritorio, notó la forma en que Aeris tensaba los dedos contra las páginas. Resopló, cruzándose de brazos, como si estuviera esperando una reacción más visceral que nunca llegó.

—Esto no fue un impulso… es un crimen metódico. Este hijo de puta lo planeó todo al milímetro —Murmuró Aeris apretando la mandíbula—. Ni un pelo, ni un fragmento de piel bajo las uñas, ni una maldita huella en la sangre. Es como si hubiera operado en una puta burbuja estéril.

—Y eso es lo que me jode, Harper —murmuró Parra, con el ceño fruncido—. Este cabrón no improvisó nada. Lo tenía todo planeado. Por favor, dime que no estamos lidiando con alguien que va a convertir esto en un puto espectáculo en serie.

Aeris cerró el informe y se recostó en su silla. Su mirada se oscureció un instante, como si las sombras de su mente se profundizaran con aquella pregunta.

—No puedo decirte eso, Parra. No todavía. Solo que espero que no.

El inspector lo miró en silencio durante unos segundos, luego negó con la cabeza y pasó una mano por su nuca con evidente frustración.

—Ya. Eso imaginaba.

Aeris exhaló lentamente .

—Mantenme informado en tiempo real. Tengo el teléfono abierto.

—No te preocupes —Dijo Parra mientras se acercaba a la puerta—. Pero te diré una cosa. Si este cabrón sigue así, no va a necesitar fans, va a tener su propio club de lectura criminal.

Aeris tamborileó los dedos sobre la carpeta mientras Parra abandonaba su despacho. Había un mensaje oculto en todo esto. No era solo la teatralidad. No era solo la sangre en los espejos. Era la sensación de que el asesino no estaba hablándole a la policía.

¿A quién le estaba hablando, entonces?

Cerró los ojos por un breve instante, dejando que la idea flotara en su cabeza. Luego, con la determinación de alguien que había aprendido a ignorar su propio cansancio, abrió la carpeta de nuevo.

Era hora de seguir desentrañando el enigma.

Juzgados de Jerez de la Frontera. Avenida Tomás García Figueras. 09:00 h.

El coche de Antonio Palacios se deslizó hasta la entrada del edificio judicial con la misma prepotencia con la que su dueño dominaba cada espacio al que entraba.

Un Mercedes negro, reluciente, con los cristales tintados y la arrogancia de quien se cree dueño del mundo.

Nya, en el asiento del copiloto, mantenía la mirada fija en la ventanilla, observando la fachada del juzgado con el hastío de quien preferiría estar en cualquier otro lugar.

—Cuando decidas ejercer de lo que estudiaste, tendrás que acostumbrarte a este sitio —soltó su padre con su tono seco, sin mirarla, sin siquiera fingir que aquello era una conversación y no una orden más en la interminable lista de instrucciones que había dictado sobre su vida—.

No te pagué la carrera en Deusto para que te convirtieras en una inútil.

Nya apretó la mandíbula, pero no respondió. Nunca lo hacía. Discutir con Antonio Palacios era como discutir con una pared: inquebrantable, impenetrable y demasiado egocéntrico como para considerar otra perspectiva que no fuera la suya. Él hablaba, ella escuchaba. Así había sido siempre.

El interior del coche olía a cuero caro y a un perfume demasiado intenso, el tipo de fragancia que usaban los hombres que querían dejar claro que su presencia era más importante que la de los demás.

Nya tragó saliva y salió del coche antes de que su padre pudiera seguir con su monólogo sobre el deber, la familia y la obligación de mantener la reputación de los Palacios.

El aire fresco de la mañana le golpeó el rostro, y por un momento, pensó en simplemente seguir andando.

Seguir de largo y desaparecer entre la multitud, como si pudiera borrar su apellido con la misma facilidad con la que borraba líneas en sus relatos.

Pero la voz de su padre la ancló de nuevo a la realidad.

—Vamos. No tengo todo el día.