CAPÍTULO 10 #2
Aeris subió las escaleras con la pesadez de quien carga un cadáver invisible sobre los hombros.
El eco de sus propios pasos en la casa vacía era la única compañía que tenía, resonando contra las paredes como un recordatorio de su soledad autoimpuesta.
Al llegar a su habitación, no encendió la luz.
No la necesitaba. La tenue iluminación de las farolas callejeras se filtraba por los ventanales, proyectando sombras alargadas y distorsionadas sobre el suelo de madera.
Se quitó la corbata con un movimiento lento, mecánico.
La dejó caer sobre la silla junto a la ventana, seguido por los gemelos de la camisa, que rodaron con un leve tintineo hasta detenerse sobre la mesita de noche.
Desabrochó los botones con la precisión de un cirujano y deslizó la tela empapada del sudor de una noche interminable por sus brazos.
Luego los pantalones, los calcetines, los zapatos bien lustrados.
Finalmente, quedó desnudo ante el espejo de cuerpo entero que se alzaba en la esquina de la habitación.
Se miró sin ver realmente. No era la primera vez que lo hacía, pero siempre era lo mismo: un cuerpo marcado por el tiempo y el pasado.
No en la forma en que lo estaba el cadáver de Helena Ortiz, pero las heridas eran igualmente profundas.
La cicatriz irregular en la parte baja de su espalda, recuerdo de la hebilla del cinturón de su padre cuando tenía trece años, el ardor abrasador que dejó en su piel cuando aprendió que el amor paternal no siempre era protección.
Las finas líneas blancas en sus costillas, no tan viejas como quisiera, cortes deliberados hechos por alguien que debía protegerlo, pero que en su lugar decidió castigarlo.
Un surco más grueso en la clavícula, cortesía de una botella rota durante una pelea en un callejón de Londres que no debería haber sucedido, una noche donde su furia y su vulnerabilidad se encontraron con el filo de la desesperación.
Cada una de ellas contaba una historia que no estaba dispuesto a relatar, pero que su piel llevaba como un registro imborrable.
Un mapa de su existencia, una prueba de que había sobrevivido a más de lo que nunca diría en voz alta.
Desvió la mirada y entró en el baño. Abrió el grifo y dejó que el agua caliente llenara el espacio con vapor antes de meterse bajo la ducha.
El primer contacto con el agua le arrancó un suspiro pesado.
No de alivio, sino de resignación. Se apoyó contra la pared de azulejos fríos y dejó que el agua golpeara su cuello, deslizándose por su espalda como si pudiera borrar todo lo que estaba atrapado en su mente.
Pero no podía. La sala de los espejos seguía allí, en el rincón más oscuro de su memoria reciente. El reflejo multiplicado de Helena Ortiz, su expresión de horror petrificada en el último segundo de su vida. La frase escrita con su sangre en el espejo. «Uno de los reflejos no parpadeó».
Se frotó el rostro con ambas manos, apretando los ojos con fuerza.
No había un solo ángulo en esa maldita sala que no mostrara la misma imagen: una mujer que había pasado sus últimos minutos en un terror absoluto.
Y él. Su propio reflejo observando todo, como si hubiera sido parte de la escena sin darse cuenta.
Como si el espejo le devolviera algo que no podía ver a simple vista.
Parra tenía razón en una cosa. Aquello no era un asesinato impulsivo.
Era algo calculado. Planeado al milímetro.
Pero, sobre todo, era un mensaje. La precisión quirúrgica del tajo en la garganta.
La disposición del cuerpo. La ausencia total de pruebas físicas.
¿Para quién era esa demostración? ¿Para la policía? ¿Para la prensa? ¿Para sí mismo ?
¿Para él?
Frunció el ceño y dejó caer la cabeza hacia adelante, apoyando la frente contra la pared.
Estaba cansado. No solo físicamente, sino en un nivel mucho más profundo.
No era la primera vez que lidiaba con un homicidio brutal.
No sería la última. Pero algo en aquello era diferente.
Había un patrón en formación, una mente detrás de todo esto que no dejaba cabos sueltos. Y eso lo inquietaba.
El agua caliente golpeaba su piel, pero no podía calmarlo.
Se llevó las manos al cuello y masajeó la tensión acumulada, sintiendo la cicatriz apenas perceptible en su clavícula.
Su respiración se volvió más pesada. Un fragmento del pasado cruzó su mente sin permiso: un golpe seco, el ardor de la piel abierta, su padre mirándolo con la misma expresión con la que miraba cualquier error que necesitaba corregirse.
Un temblor sutil recorrió su columna vertebral, pero lo reprimió con un suspiro contenido.
Cerró los ojos y permitió que el cansancio lo invadiera por un instante, solo un instante, antes de obligarse a volver al presente.
Había un cadáver en la Zona Franca en Cádiz, y un asesino suelto en la ciudad.
No tenía el lujo de perderse en pensamientos inútiles.
Suspiró y cerró el grifo. El agua dejó de correr, y el silencio lo envolvió como un sudario. Pero incluso entonces, cuando la brisa nocturna enfrió su piel y el vaho en el espejo comenzó a disiparse, tuvo la absurda sensación de que alguien más lo estaba mirando desde el otro lado del cristal.
No tardó mucho en colocarse un pijama sencillo. Pantalón gris y camiseta negra. Sin florituras.
El sonido de sus pasos resonó en el suelo de mármol mientras descendía por la escalera de madera noble.
Aún sentía la piel caliente tras la ducha, pero el alivio había sido fugaz, un espejismo que se desvaneció en cuanto sus pensamientos retomaron su curso habitual.
Aeris caminó hasta su biblioteca con una precisión mecánica, como si sus pies ya conocieran el camino sin necesidad de pensar.
Encendió el portátil con un movimiento lento, casi vacilante.
No tenía intención de revisar expedientes ni informes.
Algo lo guiaba, una inquietud sorda, un presentimiento que le reptaba por la espalda como un susurro velado.
Se frotó el puente de la nariz con los dedos, tratando de espantar la sensación de que el insomnio le estaba jugando una mala pasada.
Abrió el navegador por costumbre, revisando el vacío de la pantalla con el ceño fruncido. Casi sin pensar, deslizó el cursor sobre su correo, luego Facebook , pasando entre publicaciones sin prestarle atención. Su mente estaba en otro lugar.
Fue un detalle mínimo lo que hizo que su mano se detuviera por un segundo. Una publicación en su feed , perdida entre fotos sin interés y titulares de prensa. Ni siquiera tenía claro por qué le apareció.
«Uno de los reflejos no parpadeó…»
Aeris parpadeó. Su ceño se frunció apenas. La misma frase.
Miró el nombre del usuario. Un perfil anónimo, con una foto de avatar genérica. El comentario estaba bajo un enlace a un blog llamado «Erebos Nyght». No conocía ese nombre. No le sonaba de nada.
Deslizó el ratón sobre el enlace, indeciso por un instante. Pero no hizo clic .
Estaba agotado. Su cabeza pesaba más de lo normal. Y probablemente era una coincidencia.
Exhaló un suspiro pesado y pasó a otra página.
Un error de su cansancio. Un maldito déjà vu .
Movió el cursor para cerrar el navegador, pero en el último segundo, justo antes de que la pantalla se apagara, el reflejo de la luz en el monitor pareció distorsionarse, como si una sombra fugaz hubiera cruzado detrás de él.
Su mandíbula se tensó. Esperó un latido. Luego otro. Silencio.
Se frotó los ojos con los dedos y dejó el portátil a un lado, sin saber que aquella publicación seguiría rondando en algún rincón de su subconsciente.
No la recordaría hasta más tarde.
Hasta que fuera demasiado tarde para ignorarla.