Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La fortaleza de la soledad

E l rugido amortiguado del motor se apagó en el garaje techado del patio, dejando tras de sí un eco hueco que se disipó entre las paredes de piedra.

Aeris cerró los ojos un instante, dejando que el silencio lo envolviera.

La humedad nocturna había empapado el aire con el aroma terroso del ladrillo antiguo y la vegetación del patio, un perfume inconfundible de helechos y jazmín que flotaba en la penumbra.

Por un momento, el contraste entre la nave industrial y su casa se sintió brutal, como si hubiese cruzado un umbral invisible entre el horror y una paz engañosa.

Bajó del coche con movimientos pausados, el chasquido de la puerta resonando como un disparo en la quietud.

A su alrededor, el patio central se extendía como un santuario olvidado de otra época.

Las columnas de mármol blanquecino sostenían un techo cubierto de vigas de madera, y el suelo de azulejo hidráulico, con sus patrones geométricos desvaídos por los años, reflejaba débilmente la luz de los faroles de hierro forjado.

Las sombras de las plantas trepadoras se deslizaban por las paredes de tonos caldera, dibujando formas espectrales con cada mínimo soplo de viento.

Avanzó por el patio con la seguridad de quien conoce cada centímetro del lugar.

No encendió las luces. No las necesitaba.

El crujido de sus zapatos sobre la piedra, el eco sordo de su propia respiración, el leve chirrido de las bisagras al empujar la gran puerta de madera.

Todo componía una sinfonía de movimientos ensayados.

Su hogar era un refugio, pero no un consuelo.

Aquellas paredes, con sus retratos antiguos y su decoración de tiempos más opulentos, le recordaban día tras día que la soledad podía ser más densa que el aire cargado de incienso viejo que aún impregnaba algunos rincones.

El sonido de la puerta al cerrarse resonó en el gran vestíbulo, seguido del eco amortiguado de sus pasos cuando cruzó hacia el corazón de la casa.

La penumbra del interior lo acogió con la familiaridad de un refugio al que siempre regresaba, pero que nunca terminaba de sentir como suyo.

Un leve aroma a cera de abeja flotaba en el aire, mezclado con la fragancia tenue de la madera antigua y el cuero envejecido de los sillones, junto al eco lejano de la humedad atrapada en las paredes gruesas de piedra.

Cada rincón de la casa palacio exudaba historia, un peso silencioso que a veces se sentía como un eco del pasado persiguiéndolo en la penumbra.

La gran mesa del patio interior, con su mantel de encaje desordenado y el reflejo marchito de la lámpara de araña en su superficie pulida, parecía un escenario detenido en el tiempo. Allí todo permanecía intacto, como si la casa esperara a alguien más, a un habitante que nunca terminó de llegar.

La quietud del lugar era total, interrumpida solo por el ocasional crujido de las vigas al asentarse con el cambio de temperatura nocturno.

A lo lejos, el sonido de una gota deslizándose por la tubería en el fregadero resonó como una aguja perforando la calma.

Afuera, el viento nocturno rozaba las contraventanas, susurrando en un lenguaje de maderas antiguas y hojas secas arrastradas por el empedrado.

Aquella casa era un refugio, sí, pero también una prisión construida por su propia voluntad.

Un espacio enorme y silencioso donde su soledad podía expandirse sin restricciones, donde su mente podía divagar sin interrupciones.

Un castillo de sombras y ecos que había elegido habitar, porque la alternativa era enfrentarse a todo lo que había enterrado en su interior.

Aeris avanzó por el pasillo lateral, siguiendo el contorno de la casa hasta su despacho-biblioteca.

Al cruzar el umbral, la penumbra se volvió cálida, cargada de la esencia de papel viejo y barniz.

Las estanterías de madera oscura se alineaban con metódica simetría, repletas de libros con lomos desgastados y títulos en relieve dorado.

Sobre el escritorio, de madera maciza y con marcas de tinta impregnadas en su superficie, descansaban varias carpetas apiladas con documentos jurídicos, un cenicero con colillas a medio consumir y una copa de cristal con restos de whisky .

Exhaló despacio, dejando caer las llaves y el móvil sobre la mesa.

Se despojó del abrigo con movimientos automáticos, desabrochándose los primeros botones de la camisa con una sensación de liberación contenida.

No encendió el tocadiscos, aunque su mano rozó por inercia la carátula de un viejo vinilo de jazz .

Demasiado tarde para la música. Demasiado temprano para dormir.

El eco de la frase en el espejo volvió a invadir su mente.

« Uno de los reflejos no parpadeó ».

Su mirada se perdió en la oscuridad de la estancia, observando su reflejo en el cristal de la ventana.

La imagen que le devolvía la mirada parecía tener vida propia, como si un pensamiento oculto se agitara detrás de esos ojos idénticos a los suyos.

Por un instante, sintió que no era él quien observaba, sino algo más, algo atrapado en la superficie del vidrio, esperando el momento de liberarse.

Un escalofrío le recorrió la espalda con la precisión de una hoja afilada deslizándose sobre la piel.

Su respiración se volvió lenta, controlada, pero su pulso traicionaba la inquietud.

En esa quietud absoluta, la silueta en el cristal parecía querer decirle algo, un susurro mudo cargado de significado, un mensaje que aún no estaba listo para entender.

Suspiró pesadamente y llevó una mano a su nuca, masajeando la tensión acumulada.

Se obligó a apartar la mirada del reflejo y centrarse en el presente.

Se aflojó la corbata con un gesto automático, y desabrochó los puños de la camisa mientras caminaba por la estancia.

Allí, entre las paredes cubiertas de libros, la penumbra se sentía más densa, más íntima, como un refugio donde los pensamientos podían vagar sin restricciones.

Encendió el tocadiscos de vinilo en un rincón, dejando que la aguja cayera sobre la superficie y el sonido rasposo inicial diera paso a una melodía melancólica, « Lullaby » de Loreena McKennitt.

Un susurro de cuerdas que parecía mimetizarse con su estado de ánimo, envolviéndolo en una nostalgia casi palpable.

Cogió la botella de whisky de la estantería y sirvió un trago generoso, el líquido ámbar capturando la tenue luz de una lámpara distante.

El aroma del licor, mezclado con la madera envejecida y el cuero de los muebles, le recordaba que estaba en su espacio, en su santuario y, sin embargo, la sensación de intranquilidad persistía.

Se dejó caer en el sillón de cuero oscuro, sin encender ninguna luz adicional.

Solo dejó que el peso del asesinato se asentara en su mente, que la fatiga se filtrara por cada grieta de su autocontrol.

¿Por qué aquella vez le molestaba más que otras?

La precisión del asesinato. La teatralidad.

La frase en el espejo. Todo era demasiado meticuloso, demasiado calculado.

Había visto muchas muertes, demasiadas, pero aquella se sentía diferente.

Casi como si el asesino no solo estuviera matando, sino comunicando algo.

Pasó una mano por su costado, donde las cicatrices antiguas marcaban su piel como recordatorios indelebles de su pasado.

Marcas de una guerra personal que nadie más veía, de un sufrimiento que había aprendido a convertir en disciplina.

Pero, aun así, había noches como esa en las que la oscuridad conseguía colarse por las grietas .

Bebió un sorbo del whisky , sintiendo el ardor recorrerle la garganta, pero el calor del alcohol no disipó la frialdad instalada en su piel.

Sus ojos volvieron, inevitablemente, al reflejo en la ventana.

Y esta vez, se preguntó si realmente estaba solo en la habitación.

Había algo sutilmente erróneo en la imagen que tenía ante él, algo en la forma en que su reflejo le devolvía la mirada que le provocó un escalofrío helado en la nuca.

Por un instante, juraría que el reflejo no parpadeaba al mismo ritmo que él.

Su propia imagen, atrapada en el cristal, parecía observarlo con una intensidad distinta, como si fuera otra persona al otro lado.

Un depredador, acechándolo desde el otro lado del vidrio.

No era solo un juego de luces, no podía serlo.

La sensación de que el ambiente se volvía más denso lo golpeó de lleno, el aire pesándole en el pecho.

El whisky quemó su garganta cuando dio otro trago, como si el alcohol pudiera despejar la sensación de que algo en aquella casa estaba fuera de lugar.

Pero el malestar persistía, arrastrándose por su columna vertebral como una sombra que se negaba a disiparse.

No quiso analizarlo más. No a esas horas.

No con el cansancio pesándole en los huesos y el asesinato aún impregnado en su mente como un eco lejano y a la vez ineludible.

Apretó los labios, apartó la mirada y dejó el vaso sobre la mesa con un leve golpe seco, como si con ello pudiera silenciar la inquietud que reptaba en su conciencia.

Sin embargo, el sonido resonó más de lo esperado en la estancia, como un susurro de advertencia.

Un escalofrío sutil recorrió su nuca, no por miedo, sino por algo más físico, más real.

Frunció el ceño y pasó los dedos por la piel expuesta, sintiéndola extrañamente fría, como si el aire hubiera cambiado de temperatura en un solo punto.

Un absurdo. Un engaño de su propio cuerpo.

Sus dedos tamborilearon sobre el cristal, indecisos, y por un momento se preguntó si la sensación de ser observado no era más que una trampa de su agotamiento…

o algo más tangible acechando en la penumbra.