Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La sala de los espejos

Primer asesinato.

E l polígono industrial estaba muerto. Al menos aquella parte.

Un laberinto de estructuras oxidadas, naves abandonadas y sombras alargadas que se fundían con la negrura de la madrugada.

La humedad impregnaba el aire con un hedor metálico, mezclado con el rastro lejano del agua estancada de la depuradora cercana.

Más adelante, la tenue luz de la Inspección Técnica de Vehículos parpadeaba en la distancia, un recordatorio de la burocracia inmutable incluso en el corazón del abandono.

Durante el trayecto, su mente había divagado inevitablemente hacia su encuentro con Lucian Fauden.

Podía sentir aún la presión de sus manos, la voz grave y afilada como una navaja que se deslizaba por su consciencia.

«Deja de luchar contra ti mismo, Alexander.

No hay nada en ti que deba ser corregido.

» Un escalofrío reptó por su espalda al recordarlo.

Era mentira. Todo en él estaba roto, y lo único que lo mantenía funcional era el control absoluto que ejercía sobre sí mismo.

Y ahora, esa sensación de dominio se desmoronaba ante la idea de lo que le esperaba tras esas puertas.

El inspector Alberto Parra lo esperaba en la entrada, con el abrigo abierto y un cigarro entre los labios.

Alto, de complexión delgada pero con la resistencia curtida de alguien que había visto demasiada mierda en su vida, su cabello oscuro estaba siempre enmarañado, y su barba de tres días añadía a su expresión un aire de cansancio perpetuo.

Pero sus ojos, despiertos y astutos, eran los de un hombre que nunca dejaba pasar un detalle.

Inclinó la cabeza a modo de saludo, con la expresión de quien lleva demasiado tiempo lidiando con lo peor de la humanidad.

—Harper —dijo, dejando escapar una nube de humo—. Esta escena no te va a gustar.

Se llevaban bien.

Y todo porque ambos sentían el mismo asco por los prejuicios del mundo en el que vivían. Habían visto atrocidades a lo largo de su vida. Y ambos habían llegado a la misma conclusión. Si querían las cosas bien hechas, mejor hacerlas ellos mismos.

Aeris no respondió. Simplemente ajustó la corbata, un gesto mecánico, y cruzó la línea de cinta blanca con el emblema de la Policía Nacional con paso firme. Dentro, el aire estaba viciado, cargado de polvo y algo más denso, más cáustico: el inconfundible olor a sangre.

La sala de los espejos era una imagen sacada del mismísimo infierno.

Había al menos veinte de ellos, cada uno colocado en diferentes ángulos, multiplicando la imagen de la escena…

y la suya propia. Su reflejo se descomponía en fragmentos dispersos, como si los espejos se burlaran de la ilusión de control que intentaba sostener.

Algunos estaban intactos, otros tenían fracturas finas, fisuras que serpenteaban como grietas en una realidad distorsionada.

A cada paso que daba, su reflejo se replicaba incontables veces, distorsionado, fragmentado, hasta parecer una maraña de imágenes superpuestas que lo atrapaban en su propia mirada.

Era como verse multiplicado en un caleidoscopio roto, una sensación de ahogo sutil pero insistente.

En el centro, una silla de madera, con restos de sangre seca en los reposabrazos y las ataduras de seda negra cortadas, colgando aún como testigos silenciosos de la tortura previa.

Y en el suelo, boca arriba, la víctima.

Su piel, ahora de un blanco cadavérico, estaba moteada con los rastros oscuros de la sangre ya seca.

La iluminación artificial de las linternas forenses acentuaba la rigidez de su cuerpo, la forma en que sus extremidades estaban extendidas, como si en el último instante hubiera intentado aferrarse a algo, a alguien.

Sus ojos, abiertos y vacíos, reflejaban el resplandor de las linternas, creando un efecto de opaca desesperación.

Miraban fijamente hacia el espejo más grande, el único completamente intacto, donde un mensaje escrito en sangre destacaba con brutalidad .

«Uno de los reflejos no parpadeó.»

Aeris sintió la frialdad deslizarse por su espina dorsal.

Avanzó un par de pasos, sintiendo cómo sus propias pisadas resonaban en la estancia, multiplicadas por los espejos, como si él mismo se convirtiera en parte de la escena.

Se obligó a mantener su postura erguida, a recorrer cada detalle con la profesionalidad quirúrgica que había perfeccionado con los años.

Pero su mirada se quedó atrapada en el corte en la garganta de la víctima.

Precisión absoluta. No un ataque de ira, no un golpe impulsivo. Un tajo limpio, calculado, ejecutado con la maestría de quien sabe exactamente cómo matar.

—La hora de la muerte ronda entre las 22:30 h y las 23:30 h —afirmó Pedro Navarro con tono neutro—. Aunque podría haber un margen de error de treinta minutos arriba o abajo, dependiendo de factores ambientales.

Aeris desvió la mirada del cuerpo hacia Parra, su ceño apenas fruncido.

—¿La habéis identificado?

Parra asintió, mirando su bloc de notas.

—Encontramos su bolso en el escenario. No esperé a tu autorización, lo di por hecho. Se llama Helena Ortiz, natural de Madrid. 38 años. Fotógrafa profesional freelance . No se ha denunciado su desaparición según la central.

«¿Qué coño hacías tan lejos de casa, Helena?», pensó Aeris. Pero aquello en ese momento no era lo más importante.

—¿Quién la encontró?

Parra resopló, frotándose la nuca con una expresión cargada de hastío.

—Un yonqui de la zona. Vino aquí a chutarse y se topó con esto.

Fue él quien llamó a la Policía. Al parecer, esta nave es un lugar habitual para drogadictos.

No sería la primera vez que encontramos cuerpos aquí, pero esto...

—desvió la mirada hacia el cadáver de Helena Ortiz— esto es algo completamente diferente.

Parra miró alrededor con una expresión tensa, como si aún intentara procesar la escena.

—Joder, Harper. Mira la disposición de los espejos.

Esto no es un simple asesinato. Es una puta pesadilla.

Y lo peor es que esto no es un crimen aislado.

Esto es un mensaje. Nos están invitando a jugar.

La teatralidad… La frase en el espejo. Todo parece sacado de una mente enferma.

Y la expresión en su cara… parece que vio algo peor que la muerte.

Aeris se quedó en silencio un momento, observando su propio reflejo distorsionado en los múltiples ángulos de cristal. Luego, con un tono imperturbable, replicó.

—El miedo es un artista paciente, Parra.

No se conforma con un golpe rápido, sino que esculpe su obra en la mente de la víctima, la moldea hasta que la desesperación se vuelve insoportable.

No es el filo del cuchillo lo que mata primero, sino la certeza de que nadie vendrá a salvarte.

Y cuando finalmente se detiene, su rastro persiste, impregnando incluso a los muertos con su última huella.

La carne se enfría, la sangre deja de fluir, pero el miedo…

el miedo sigue ahí, atrapado en el reflejo de unos ojos que ya no ven.

—Está claro, pero hay algo más —su voz sonó más grave, más densa—. Harper, dime que no estamos lidiando con alguien que va a convertir esto en un puto espectáculo en serie.

Aeris alzó la vista y siguió la mirada del inspector hasta Pedro Navarro, el forense, que estaba examinando la zona con la meticulosidad metódica de quien ve el mundo en códigos de patrones.

Pedro Navarro era un hombre de unos cuarenta años, de complexión delgada y movimientos mecánicos, casi quirúrgicos.

Su cabello oscuro estaba siempre peinado de manera impoluta, sin un solo mechón fuera de lugar, y sus gafas de montura fina se deslizaban apenas un centímetro cuando bajaba la vista para observar un cadáver.

Asperger diagnosticado, no toleraba la incompetencia ni las pérdidas de tiempo, lo que lo hacía brusco, a veces insoportable, pero en su trabajo era impecable.

No le gustaba la gente, ni hacer concesiones sociales innecesarias.

Para él, los cuerpos hablaban más que las personas.

Pedro apenas parpadeó cuando tomó la palabra.

—El corte en la clavícula no fue letal. Se hizo antes del degollamiento, probablemente como un elemento de terror psicológico.

La víctima estaba consciente cuando le hicieron esto, sintiendo cada segundo de su impotencia, incapaz de moverse, pero totalmente lúcida.

El objetivo no era solo matarla, sino hacerle entender que su vida ya no le pertenecía.

Esta clase de precisión no es impulsiva.

Es metódica. Control absoluto sobre la víctima, sobre su miedo, sobre cada reacción.

Un depredador con paciencia quirúrgica. También encontramos material genético bajo sus uñas, lo que indica que intentó defenderse.

Lo mandaremos a la científica, pero llevará tiempo procesarlo.

Pedro se inclinó un poco más sobre el cadáver, como si sus palabras fueran una autopsia verbal.

—El miedo extremo puede hacer muchas cosas en el cuerpo.

Puede provocar un estado de parálisis temporal solo por el shock , pero hay métodos para amplificarlo.

Si la víctima fue sometida a una sustancia ansiógena combinada con un relajante muscular de dosis leve, su cuerpo se habría convertido en una prisión.

Imaginad querer huir, querer gritar, querer luchar…

pero no poder. Solo observar, solo esperar el final.

Y en ese estado, cada sensación se magnifica.

El roce de un filo contra la piel se convierte en un terremoto de agonía psicológica.

El cerebro registra el miedo con una claridad insoportable .

Aeris no apartó la mirada del cadáver. Su mente ya estaba un paso más adelante, procesando cada palabra de Pedro como un dato crucial.

Un método como ese no lo ejecutaba un asesino impulsivo.

Esto era metódico. Esto era un ritual. Asimiló la información, su mente procesando cada detalle como piezas de un rompecabezas macabro.

Su atención volvió al mensaje en el espejo.

« Uno de los reflejos no parpadeó »

Había visto asesinatos simbólicos antes. Psicópatas con obsesiones, patrones repetitivos. Pero esto no era simplemente una firma. Era un mensaje. Un acertijo dirigido a alguien que aún no conocían. Por un instante, algo le oprimió el pecho, un presentimiento que no podía explicar.

—¿A quién le estabas hablando cuando hiciste esto, hijo de puta?

—murmuró Aeris con frialdad, sin apartar la vista del mensaje en el espejo.

Luego, giró la cabeza hacia Pedro—. Quiero el informe toxicológico de inmediato.

Quiero saber qué drogas le suministraron.

Buscad entre los yonquis de la zona. Alguien tuvo que ver algo.

No me creo que nadie haya visto nada. Lo quiero todo para mañana a mediodía.

En mi correo o en mi despacho. Como mejor os venga. Tenemos que coger a este hijo de puta.

Aeris suspiró con pesadez, dándose cuenta de que la tensión se acumulaba en la base de su cuello. Sacó su pluma del bolsillo interior de la chaqueta y presionó más de la cuenta al firmar el acta, sintiendo la resistencia del papel bajo la punta. Cuando lo entregó a Parra, su mano aún estaba rígida.

—Aquí tienes. Formalidades cumplidas —dijo con sequedad.

—No sé qué me jode más, Harper. Que esto sea el inicio de algo más grande… o que ya haya comenzado y no lo sepamos.

Parra tomó el documento, pero no se movió de inmediato. Se quedó mirando la escena con el ceño fruncido, compartiendo una última mirada con el forense. Pedro seguía analizando los detalles con una expresión inescrutable, como si tratara de desentrañar el patrón de una mente inhumana.

Aeris salió de la nave sin más palabras.

El aire nocturno lo recibió con un frío húmedo que le caló hasta los huesos.

Caminó hasta su coche con pasos calculados, sintiendo la rabia bullendo bajo su piel.

Conocía el asesinato, la violencia, la brutalidad.

Había visto cadáveres en todas las posiciones posibles.

Pero esto era diferente. Esto no era solo muerte, era espectáculo. Era un mensaje escrito en sangre.

Se metió en el Kona y arrancó el motor. Las luces del tablero iluminaron su rostro tenso, la mandíbula apretada con una ira contenida. Se pasó la mano por el rostro y exhaló un suspiro contenido. No era el primer asesinato brutal que veía, pero ese… le jodía de una manera distinta .

Apretó el volante con más fuerza de la necesaria.

—Mierda… —murmuró entre dientes antes de salir del polígono y perderse en la carretera, con la sensación de que algo, en el fondo de su instinto, le decía que este caso iba a perseguirlo hasta las entrañas.