Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Encendió el portátil y revisó la bandeja de comentarios. Como siempre, había mensajes de lectores, algunos elogiando sus relatos, otros dejando preguntas sobre su proceso creativo. Pasó los ojos por ellos con rapidez hasta que uno llamó su atención por una fracción de segundo.

« Interesante relato. La realidad a veces imita al arte »

Se quedó mirándolo por un momento. Luego, rodó los ojos y pasó al siguiente sin darle importancia.

Pero, en el fondo, una punzada incómoda le recorrió la nuca.

Había miles de comentarios como ese, pero algo en la construcción de esa frase, en la manera en que las palabras parecían calculadas, la hizo fruncir el ceño.

No obstante, dejó que se diluyera en la maraña de pensamientos que bullían en su cabeza.

Abrió un documento en blanco, lista para escribir.

Porque escribir era lo único que la mantenía cuerda.

No era solo una forma de expresión, era una necesidad, una válvula de escape para todo lo que no podía decir en voz alta.

Cada relato era un vómito de ansiedad, una forma de dar forma a su oscuridad sin que esta la devorara desde dentro.

Cada palabra que tecleaba era una cicatriz que se abría para sanar, un fragmento de sí misma que entregaba al mundo bajo la máscara de Erebos Nyght.

Apoyó las yemas de los dedos en el teclado, dejó que su respiración se acompasara con el parpadeo del cursor.

La historia estaba ahí, esperando ser contada.

La ansiedad aún le palpitaba en las costillas, pero sabía que, cuando terminara de escribir, la oscuridad dentro de ella estaría un poco más tranquila. Al menos por un tiempo.

La Orquesta de los Condenados

El silencio era un cuchillo.

La sala de conciertos estaba vacía. No había público, no había murmullos, ni respiraciones contenidas esperando la primera nota. Solo el aire espeso de la soledad, la humedad impregnando las paredes, y la presencia invisible de algo que no debía estar allí.

El músico ciego se sentó frente al piano. Sus dedos se posaron sobre las teclas con una precisión que no necesitaba de la vista. Sabía que alguien lo escuchaba. Lo sentía en los huesos.

No podía detenerse.

Cuando la primera nota resonó, un aplauso solitario rompió el aire. No había nadie en la sala. Pero alguien estaba ahí.

Las sombras se deslizaron por el suelo como aceite negro. Se arrastraron entre las butacas vacías, rozando la madera con un crujido que sonaba demasiado a huesos rotos. El músico tragó saliva, su corazón golpeando su pecho como un tambor de guerra.

Segunda nota.

Las sombras avanzaron.

Tercera nota.

Una carcajada, baja y sórdida, se filtró entre las paredes.

Cuarta nota.

Un susurro en su oído: «No puedes detenerte.»

Las yemas de sus dedos empezaron a arder. Un dolor punzante, como si la piel se desgarrara con cada tecla que presionaba. Sintió algo cálido resbalando por sus manos. No necesitaba ver para saber lo que era.

Su propia sangre manchando el marfil.

Pero no podía detenerse.

La sinfonía se volvió frenética. Su respiración era un jadeo entrecortado. Las sombras se retorcían a su alrededor, danzaban con cada golpe de tecla. Sus pies temblaban sobre los pedales. Su cuerpo gritaba por descanso, pero el piano lo devoraba nota a nota.

El dolor se hizo insoportable cuando sus uñas se partieron contra el marfil. Se astillaron como vidrio, desprendiéndose en fragmentos carmesí. La carne de sus dedos se abrió, la piel colgando en jirones. Y aun así, el piano no lo dejó parar.

Los susurros se convirtieron en gritos. Voces superpuestas, condenadas, atrapadas en aquella sala desde el principio de los tiempos. «Sigue tocando.» «No pares.» «No nos dejes solos.»

No podía detenerse.

Pero sus manos ya no respondían.

Cuando la última nota murió en el aire, el aplauso volvió a resonar. Más fuerte. Más burlesco. Un eco cruel que lo envolvió en una ovación de muerte.

Las sombras lo alcanzaron.

El músico sintió un filo helado en la garganta.

Un último susurro. «Bravo.»

Y después, solo el silencio.

El piano, cubierto de sangre, permaneció abierto. Listo para el próximo condenado.

Nya dejó que sus dedos se alejaran lentamente del teclado.

Observó la pantalla, el parpadeo del cursor esperando, como si exigiera algo más, una última palabra.

Pero no había nada más que decir. Sus manos bajaron a su regazo y, sin pensarlo, se frotó el antebrazo.

Un escozor la hizo fruncir el ceño. Miró su piel a la tenue luz de la pantalla y distinguió unas marcas rojizas.

Arañazos. Superficiales, pero recientes.

Su respiración se agitó por un instante. ¿Cuándo se los había hecho?

Exhaló un suspiro, presionó el botón de publicar.

Movió el ratón para cerrar la ventana cuando notó algo extraño. Una notificación que no recordaba haber visto antes. Un comentario. Solo cuatro palabras.

« Es una pieza perfecta ».

Frunció el ceño. No era inusual recibir mensajes de lectores, pero algo en la frialdad de esa frase, en la precisión con la que estaba escrita, le hizo sentir un leve escalofrío.

Pero dejó que se deslizara en la maraña de pensamientos que ya llenaban su mente.

Apagó la pantalla y se alejó, sin ver que la notificación desaparecía por sí sola segundos después.

El cansancio la golpeó de golpe, pero no era solo agotamiento físico.

Era algo más profundo, como si hubiera derramado algo más que palabras en la historia.

Como si parte de ella se hubiese filtrado entre las líneas, consumida en cada frase.

Sus músculos se sentían pesados, su respiración más lenta.

Apretó los dedos, notando un leve temblor en las yemas.

No era la primera vez que le ocurría, pero esa noche, la sensación fue más intensa. Más real.

Se levantó de la silla, sintiendo la tensión acumulada en su espalda, en sus hombros, en su pecho. No miró la pantalla una vez más. No revisó lo escrito. No lo necesitaba. La historia ya no le pertenecía.

Se giró hacia la ventana, hacia la noche.

No podía ver su reflejo en el cristal, solo la oscuridad que la esperaba al otro lado.

Pero por un instante, un destello fugaz captó su atención.

Algo en el reflejo pareció moverse... un detalle mínimo, imperceptible.

Parpadeó y el cristal solo le devolvió la negrura del exterior.

Pero, justo en el centro, donde su aliento debería haberse disipado sin dejar rastro, el vaho seguía ahí.

Como si otra respiración se hubiera superpuesto a la suya.

Pero algo la incomodó. Su postura en el reflejo. ¿Había inclinado la cabeza en ese ángulo? ¿Había exhalado justo en ese instante? Por un segundo, juraría que la figura en el cristal no era un reflejo, sino alguien observándola desde el otro lado. El frío le recorrió la espalda, helado y punzante.

Se acercó un poco más, entrecerrando los ojos. Su propio rostro le devolvió la mirada. Nada extraño. Nada fuera de lugar.

«Estoy paranoica», se dijo, apartándose con un suspiro.

Pero antes de girarse, pasó la yema de los dedos por el cristal.

La superficie estaba helada, pero en el lugar donde había visto el vaho, sintió un leve calor disipándose.

Como si alguien, en el otro lado, hubiera hecho exactamente lo mismo, tan solo un segundo antes.

Pero la sensación quedó ahí, atrapada en el rincón más oscuro de su mente. Como si, al otro lado del cristal, alguien hubiese parpadeado un segundo después de que ella lo hiciera.

Y, en algún rincón de la noche, alguien leía su historia… mientras la sangre aún goteaba de sus dedos.