Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La realidad

L a medianoche envolvía la finca como un manto de sombras frías, estirándose sobre la tierra con el peso del silencio y la humedad del rocío.

Nya conducía con una mano en el volante y la otra descansando en el marco de la ventanilla, los dedos apenas rozando el aire nocturno.

El trayecto de vuelta a casa siempre tenía un regusto amargo.

Como si cada kilómetro que la acercaba a la finca fuera un recordatorio de la presión que la esperaba entre aquellas paredes, en la figura de Antonio Palacios.

Aparcó el coche en el lateral de la casa, donde las luces de la fachada apenas alcanzaban a iluminar la entrada.

Se quedó sentada unos segundos, escuchando el motor apagarse, sintiendo el eco de la música del café literario en el que había estado.

No importaba cuánto intentara alejarse, siempre terminaba volviendo allí, a la casa que no consideraba un hogar, sino una prisión con paisajes hermosos.

Salió del coche y cerró la puerta con suavidad.

El aire olía a tierra húmeda y a madera envejecida.

La finca era majestuosa, con su estructura de piedra y madera oscura, un testimonio del poderío de los Palacios, de la riqueza generacional que su padre pretendía que heredara.

Pero ella nunca quiso esa vida. No la quería a los diecisiete y mucho menos la quería ahora.

Al abrir la puerta principal, el sonido amortiguado de la televisión rompió la quietud de la casa. Antonio estaba despierto.

Nya avanzó con la calma de quien ya se sabe parte de un ritual repetitivo. La escena siempre era la misma: Antonio, sentado en su sillón de cuero, un vaso de licor en la mano, la mirada afilada como cuchillos cuando ella cruzaba la sala.

—¿A estas horas, Estefanía? —La voz de Antonio era un filo afilado por el descontento, pero su tono se mantenía contenido, calculador.

—No me llames así… —corrigió ella sin mirarlo, quitándose la chaqueta y dejándola sobre una silla.

—Eso pone en tu DNI, te jodes… —replicó su padre, bebiendo un sorbo de whisky .

Nya se apoyó en el respaldo del sofá, cruzándose de brazos. Su mirada se encontró con la suya, fría, indescifrable.

—Si solo has esperado despierto para hacerme perder el tiempo con esto, podemos ahorrarnos la conversación.

Antonio la estudió, los ojos oscuros reflejando más de lo que su boca decía. La tensión entre ambos era como un alambre de púas, invisible pero doloroso.

—No voy a estar aquí para siempre, Estefanía. Alguien tendrá que hacerse cargo de todo esto.

Nya exhaló con cansancio.

—Siempre la misma historia…

—Porque tú quieres —Antonio dejó el vaso en la mesa con un golpe seco—. La finca necesita alguien que la dirija. ¿O es que piensas seguir huyendo toda tu vida de quién eres?

—No estoy huyendo, Antonio. Solo estoy viviendo mi vida lejos de tus expectativas —respondió con calma, pero la dureza en su voz era evidente.

Antonio la miró detenidamente, como si buscara alguna grieta en su osadía. Se inclinó en su sillón, su gesto endurecido por la rabia contenida.

—Te di la mejor educación. La carrera de Derecho en Deusto, los mejores profesores, contactos que cualquiera envidiaría.

Todo lo que necesitabas para hacer algo con tu vida.

Y mírate ahora… desperdiciándolo en esas reuniones literarias, en viajes…

¿Para qué quieres el dinero de esta familia, si no lo usas en nada que valga la pena?

Nya se mantuvo impasible, pero sus manos se cerraron con fuerza sobre sus brazos cruzados. Antonio golpeó el reposabrazos con la palma abierta, su paciencia agotándose.

—Eres una Palacios. Esto es lo que eres. Lo que siempre has sido. Pero sigues comportándote como si pudieras elegir.

—Porque puedo elegir —respondió ella, su voz como una daga envainada—. Y elegí hace mucho tiempo que no quiero ser como tú.

Antonio soltó una risa amarga, sarcástica, inclinándose hacia ella.

—Tienes razón. No eres como yo. Yo no iba por ahí actuando como si fuera una maldita estúpida atormentada.

Yo me hice un hombre, un líder. ¿Tú qué eres?

¿Una niñata que vive la vida de persona libre?

—Antonio sacudió la cabeza, con la decepción destilando de cada palabra—.

Tú no eres libre, Estefanía. Tú has crecido en la vida que yo, Antonio Palacios, elegí para ti.

Y ya no hablemos de lo que hiciste con la oportunidad que te di.

Cuando llamaste desde Suiza, lloriqueando, pidiendo volver.

¿Y para qué? Para quejarte porque no te aceptaban.

¿Qué querías que hiciera? ¿Librar tus batallas?

Te dije lo que necesitabas oír: encaja, porque el mundo no va a cambiar por ti.

Nya sintió el impacto de esas palabras en su pecho, pero no dejó que se reflejara en su rostro.

No valía la pena. Antonio nunca lo había sabido.

Nunca había visto lo que realmente pasó.

No vio las noches de miedo, las heridas en su piel, las cicatrices que aún la marcaban.

No supo que su hija dejó de llamarlo «papá» la misma noche en que entendió que no le importaba lo más mínimo.

—Lo que me dijiste aquella noche… Antonio…

fue una lección —susurró ella, mirándolo fijamente—.

Pero no la que crees. Aprendí que estoy sola.

Que, si quiero algo, debo conseguirlo por mi cuenta.

Que nadie vendrá a salvarme. Y ¿sabes qué?

Me alegro de haberlo aprendido. Me hizo fuerte.

Mucho más de lo que tú nunca entenderás.

Antonio entrecerró los ojos, pero no respondió. Por primera vez en mucho tiempo, pareció no encontrar palabras que fueran lo suficientemente crueles para quebrarla.

La televisión seguía sonando de fondo. Nya apenas prestó atención al telediario hasta que captó ciertas palabras que lograron abrirse paso en su consciencia.

«—Última hora. La Policía ha acordonado una nave industrial abandonada en el Polígono Industrial El Portal, en Jerez de la Frontera. Según fuentes cercanas, se ha hallado un cuerpo, pero el levantamiento aún no se ha producido, ya que están a la espera de la llegada del juez de guardia.»

Sus ojos se desviaron hacia la pantalla, observando la imagen de las sirenas reflejadas en los espejos de un almacén en penumbra.

«—La escena del crimen ha sido descrita como inusual, aunque aún no se han revelado detalles oficiales.»

Antonio cambió de canal sin darle importancia, pasando a un programa de debates políticos.

—Entonces, dime, ¿vas a seguir yendo a esas estúpidas reuniones literarias, o te tomarás en serio tu futuro? —preguntó con desdén— No te eduqué para esto, ¿sabes?

Nya parpadeó, sintiendo un leve hormigueo en la nuca. Durante un segundo, tuvo la sensación de que algo no encajaba, como si el tono del periodista hubiese tenido un matiz extraño. Pero Antonio cambió de canal y la idea se disipó en su mente.

—Lo que haga con mi tiempo es asunto mío —replicó con frialdad.

Antonio resopló y sacudió la cabeza con desprecio.

—¿Sabes cuántos matarían por la educación que has tenido?

Derecho en Deusto, la mejor preparación, los mejores contactos.

Y, en lugar de aprovecharlo, decides perder el tiempo en reuniones literarias y viajes.

¿Para qué? —Antonio entrecerró los ojos, observándola con la severidad de un juez dictando sentencia—.

Es patético, Estefanía. No eres una niña. Deberías estar pensando en tu futuro.

Nya dejó escapar una risa seca, carente de humor.

—Pensar en mi futuro, claro. ¿Te refieres a que debería convertirme en tu marioneta y dirigir esta finca? ¿Ser la hija obediente que asume su lugar en el negocio familiar? Lo siento, Antonio, pero eso no va a suceder.

Antonio se inclinó hacia ella, sus ojos brillando con una dureza férrea.

—Mira a Aeris Harper —dijo de repente—. Ese sí es un hombre con visión. Un excelente partido. Un rico heredero que juega a ser juez, pero, al menos, sabe cómo moverse en el mundo. Sabe lo que es la responsabilidad. No va por ahí perdiendo el tiempo con cuentos de adolescentes frustradas.

El comentario la golpeó de forma inesperada.

Aeris Harper. Su mente lo visualizó en la boda, aquella expresión contenida, la frialdad en su porte que no era más que un disfraz de algo más profundo, algo que casi nadie veía.

Instintivamente, sus labios se separaron para responder antes de que siquiera lo pensara.

—Aeris es más que eso —dijo en voz baja, pero con firmeza.

Antonio se burló, alzando una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y qué más es, según tú? ¿Otro hombre más que cree que puede huir de lo que es?

Nya sintió un escalofrío recorrerle la columna. No supo si fue por la rabia o por el peso de la verdad en las palabras de su padre. Pero no iba a darle la satisfacción de discutirlo. Simplemente lo miró con una expresión vacía, su postura relajada, pero su interior hirviendo.

—Lo que haga con mi tiempo y con quién lo pase es asunto mío —repitió, su tono más afilado esta vez.

Antonio la observó por un largo instante antes de sacudir la cabeza con decepción.

—Siempre con esa actitud —se levantó con pesadez, pasándose una mano por el rostro—. Algún día te darás cuenta de que la vida no es un juego, Estefanía. Y cuando lo hagas, espero que no sea demasiado tarde.

Nya no respondió. Lo vio salir de la sala y perderse en el pasillo que llevaba a su habitación.

La conversación había terminado, como todas.

Inconclusa, inútil. Un ciclo repetitivo de palabras vacías que no llevaban a ninguna parte.

Como si cada frase intercambiada no fuera más que una herida reabierta, una prueba constante de que Antonio jamás la entendería, ni siquiera lo intentaría.

Suspiró y sacó su teléfono del bolsillo, buscando distracción.

Tenía varias notificaciones en su blog. Subió las escaleras hasta su habitación y cerró la puerta tras de sí, disfrutando de la privacidad que le quedaba en aquella casa, como si aquel gesto fuese la única forma de marcar un límite entre su mundo y el de su padre.