Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

Un sonido seco y cortante la hizo saltar.

Uno de los espejos se había quebrado, una fisura delgada serpenteando como una herida abierta en la superficie del cristal.

La víctima sintió el vértigo del pánico y, en un impulso ciego, alzó la mano para rasguñar el reflejo que tenía más cerca.

Sus uñas se clavaron en la superficie fría…

pero el reflejo tardó un segundo más en reaccionar.

La sombra se deslizó más cerca en los espejos, pero cuando miró la habitación real, seguía sin haber nadie allí. Un sollozo se atascó en su garganta.

—¿Sabes qué es lo peor del miedo? —murmuró la voz, cada palabra goteando veneno—. No es el dolor. No es la muerte.

La víctima cerró los ojos con fuerza, intentando convencerse de que aquello no estaba pasando, que despertaría en cualquier momento.

—Es el momento en el que comprendes que nadie va a venir a salvarte.

Cuando Lucian cerró la boca sobre su piel, mordiéndolo con la suficiencia de un cazador que disfruta de su presa, Aeris soltó un gemido ahogado, la tensión convirtiéndose en algo electrizante.

Su espalda se arqueó, la correa alrededor de sus muñecas le cortaba el flujo de sangre, marcando su sumisión de manera tangible.

Los latidos de la música se entrelazaban con el ritmo febril de su respiración.

Lucian lo exploró con una seguridad devastadora, manos que se adueñaban de su carne, labios que dejaban rastros de fuego en su piel.

No había tregua, no había escapatoria. Solo el placer, solo la caída libre en la oscuridad.

La última resistencia de Aeris se quebró cuando sintió la lengua de Lucian descender, arrastrándolo hacia un abismo del que ya no podía escapar.

Su mente se apagó, su cuerpo cedió, entregándose a la sensación con un grito que se perdió en la música.

Y cuando finalmente alcanzó el clímax, con su espalda arqueada y su garganta liberando un gemido entrecortado, supo que había perdido, que había cedido.

Lucian le besó la piel, con la calma de quien ya sabía el resultado antes de empezar.

—¿Lo ves…? —susurró contra su oído, mientras Aeris intentaba recuperar el aliento, sus fuerzas dr enadas, su cuerpo temblando— Solo tenías que permitirte sentir.

El llanto la sacudió. Su reflejo la imitó, una coreografía grotesca de su propia desesperación. Pero en uno de los espejos, en uno solo, la imagen no parpadeó con ella.

Entonces, la sombra se movió.

Ya no solo en los reflejos. La habitación se llenó de su presencia, un peso intangible en el aire que le oprimía el pecho.

Sintió el roce de algo afilado en su clavícula, un corte limpio, apenas una advertencia.

El calor de su propia sangre resbaló por su piel, un hilo delgado que marcaba su destino.

—Uno de los reflejos no parpadeó —susurró la sombra a su oído.

El cuchillo descendió con una precisión escalofriante.

La víctima sintió el metal deslizarse por su piel antes de que el dolor siquiera llegara. Un corte limpio, sin titubeos. Como si la carne no se abriera, sino que se rindiera.

La sangre salpicó los espejos, creando formas caóticas en el cristal.

Pero cuando la luz parpadeó, las manchas parecieron dibujar un patrón. Algo inquietantemente familiar. Como si alguien hubiera dispuesto el cuerpo exactamente así por una razón.

Su imagen se desdibujó en el cristal, pero algo permanecía ahí, observando.

Sonriendo.

Aeris aún estaba atrapado en el latido irregular de su pecho cuando el teléfono vibró sobre la mesa.

El sonido le atravesó el cráneo como un disparo.

El eco de Lucian aún marcaba su piel, la saliva en su clavícula aún no se había secado, y sin embargo, el mundo ya reclamaba su otra máscara.

Tragó saliva. Su mente tardó unos segundos en recordar cómo se fingía humano.

—Maldita sea.

Con un suspiro exasperado, giró la cabeza y estiró la mano con torpeza, sus músculos aún tensos tras la intensidad de lo vivido. La pantalla del móvil brillaba con un nombre que le hizo fruncir el ceño: Javier Cabo.

La frustración se clavó en su pecho como una maldita espina.

Lo había olvidado por completo. Cabo tenía planeado un viaje esa semana, algo sobre un retiro con su esposa en la sierra, un intento desesperado por salvar su matrimonio.

Le había insistido en cambiar la guardia, y Aeris, en un momento de indiferencia, había aceptado sin pensar demasiado. Ahora, se arrepentía.

Era su noche. Su maldita noche.

Lucian observó con una sonrisa indulgente mientras Aeris cogía el teléfono, su voz aún algo ronca cuando deslizó el dedo para aceptar la llamada.

—Dime.

—Harper, necesitamos presencia judicial.

Aeris cerró los ojos por un instante, maldiciendo internamente. Porque si llamaban a un juez de guardia a esas horas, solo podía significar una cosa: un muerto.

—¿Dónde?

—Polígono Industrial «El Portal». Se han encontrado con una escena... peculiar.

Aeris resopló, incorporándose, sintiendo cómo la realidad lo golpeaba con la misma intensidad con la que minutos antes había perdido el control. Miró de reojo a Lucian, cuya expresión era de puro entretenimiento. Pasó una mano por su rostro «De la que te has librado, Javier».

—Voy para allá.

Aeris se levantó con lentitud, aún sintiendo el eco de la sesión en sus músculos, la piel marcada por el dominio de Lucian.

Caminó hasta donde había dejado su ropa y comenzó a vestirse con la precisión metódica de alguien que necesita recuperar el control.

Se abrochó la camisa, deslizando los botones con un ritmo pausado, el ritual que lo ayudaba a reconstruir la barrera entre él y lo que acababa de permitir.

Lucian lo observó con una sonrisa velada, apoyado en el marco de la puerta, los brazos cruzados sobre el pecho desnudo.

—Siempre haces lo mismo —dijo con tono casi divertido—. Te vistes como si cada prenda fuera un escudo, como si pudieras encerrar lo que eres bajo un maldito traje.

Aeris no respondió de inmediato. Se puso los pantalones, ajustándolos con la misma precisión con la que se cerraba emocionalmente ante cualquier posibilidad de vulnerabilidad. Luego, cogió la corbata y la pasó alrededor de su cuello con un gesto mecánico.

—Funciona —murmuró finalmente, con voz grave.

Lucian soltó una leve carcajada y se acercó, deteniéndose a su espalda. Sus manos rozaron la nuca de Aeris antes de deslizarse por sus hombros con la misma familiaridad con la que lo había dominado minutos antes.

—Sabes que hay otros caminos —susurró, con un tono más bajo, más íntimo—. Lady Black, por ejemplo.

Aeris se tensó, esta vez sin disimulo. Sus manos se detuvieron en el nudo de la corbata, pero no giró la cabeza.

No necesitaba preguntar quién era. Lo sabía.

Lady Black era un nombre que flotaba en los círculos más oscuros de la sumisión, un eco persistente en los murmullos de quienes hablaban con reverencia y temor.

Pero Aeris no era como ellos. Nunca había permitido que una mujer lo dominara. Y nunca lo haría.

—No —su voz fue un filo seco, tajante.

Lucian sonrió con la calma de un depredador que sabe que su presa solo necesita tiempo para aceptar lo inevitable.

—No es lo que imaginas, Alexander. No es crudeza. No es castigo. Su dominio es diferente. Más sanador que cruel. Más necesario que brutal.

Aeris resopló, volviendo a atar la corbata con más fuerza de la necesaria.

Sentía el peso de la conversación hundiéndose en su pecho, un peso que no quería reconocer.

La idea le resultaba insoportable. No porque dudara de su control, sino porque algo en su interior se revolvía ante la posibilidad de que Lucian tuviera razón.

—No me interesa —dijo finalmente, su tono afilado.

Lucian inclinó la cabeza, sus dedos rozando suavemente la marca aún visible en la muñeca de Aeris, las sombras del sometimiento aún grabadas en su piel.

—Eso dices ahora —murmuró con una certeza inquietante—. Pero hay cosas que ni tú puedes negar.

Aeris no pudo evitar estremecerse, sintiendo en su interior algo parecido a la curiosidad ante la insistencia de Lucian.

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Te has liberado con ella? ¿Has sanado con ella? —Preguntó, con cierto tono burlón, solamente para que lo dejase en paz.

Lucian esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos, envuelta en un halo de misterio.

—La conozco mejor que nadie, Alexander… yo la creé —Respondió.

Aquella respuesta era la última que podía esperar.

Siempre había sabido que Lucian era un dominador excelente, pero jamás esperó que él pudiera «crear» a una dominatrix como Lady Black.

Y más… cuando el propio Lucian siempre era cruel cuando se le pedía en el contrato.

Aeris lo había vivido en su propia piel.

Las palabras «sanación», «liberación», no encajaban en el perfil de maestría que Lucian Fauden tenía.

Aeris se apartó bruscamente, cogiendo su chaqueta y deslizándosela por los hombros en un gesto definitivo. No iba a permitir que la conversación se prolongara más. No iba a darle la satisfacción de verlo dudar.

—Debo irme.

Lucian no dijo nada más, solo sonrió. Porque sabía que la semilla ya estaba plantada. Y que, tarde o temprano, Aeris volvería a escuchar su nombre.

Lady Black.