Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 7 #2
16%

CAPÍTULO 7 #2

Aeris apretó la mandíbula, su respiración cada vez más pesada, la lucha interna más brutal.

Su mente se aferraba a la disciplina férrea con la que había construido su vida, pero su cuerpo traicionaba cada una de esas barreras.

No podía evitar la reacción visceral a cada palabra, a cada roce.

Su piel se estremecía bajo el toque de Lucian, sus músculos tensos como si estuviera atrapado en el borde de un precipicio.

El cuero crujía con un sutil quejido cuando Lucian ajustó las correas, apretando un poco más, marcando su dominio con un gesto sutil pero definitivo.

Aeris sintió el tirón en sus muñecas, la inmovilidad absoluta, la realidad de que ya no tenía escapatoria.

Lucian lo miró con esa media sonrisa cruel, con esa paciencia infinita de quien ya ha ganado pero disfruta de la lucha previa a la rendición.

—No hay nada en ti que esté mal —murmuró, sus labios apenas rozando su cuello—. Solo lo que te obligaron a reprimir.

Aeris cerró los ojos, un latido errático en su garganta.

Sus pensamientos eran un caos silencioso, una batalla sin vencedores.

Sabía que debía resistirse, que debía sostener la imagen de control absoluto.

Pero aquí, ahora, con las correas inmovilizándolo y la voz de Lucian filtrándose en su mente como una sentencia irrefutable, la elección se volvía más difusa.

Y en el fondo, Aeris ya sabía cuál sería su decisión.

Mientras tanto, en algún lugar lejano a Sevilla, en una habitación plagada de espejos, la víctima despertó con un jadeo ahogado, su respiración formando un halo de vapor en la frialdad del cristal que la rodeaba.

Sus ojos parpadearon con desesperación, tratando de enfocar la realidad borrosa que la envolvía.

El suelo bajo su cuerpo era liso y helado, una superficie de un material que no reconocía.

La misma canción, «Enemy» de Sam Tinnesz resonaba en la habitación, su ritmo intenso palpitando a través de sus huesos como un latido artificial, como un aviso ominoso de lo inevitable.

Intentó moverse, pero su cuerpo no le respondió de inmediato.

Un mareo opresivo la golpeó, como si su propia mente estuviera envuelta en una niebla espesa que le impedía recordar.

¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado allí?

La música seguía retumbando en las paredes invisibles de aquella cárcel sin puertas, cada compás afilado como un eco que se incrustaba en su cráneo.

La chica se arrastró torpemente hacia adelante, sus palmas deslizándose sobre el suelo sin hallar agarre.

Su reflejo la imitó al instante, una y otra vez, replicado hasta el infinito en los espejos que la rodeaban.

Su corazón tamborileaba contra su pecho, su pulso desbocado en una mezcla de terror y confusión.

Se obligó a respirar hondo, pero el aire entró en sus pulmones con un temblor, cargado de un perfume denso, extrañamente familiar, con un deje metálico que erizó su piel.

Su reflejo la observaba con la misma desesperación que ella sentía, pero algo en ello no estaba bien.

Sus movimientos eran simultáneos, pero en su mirada parecía haber algo más, algo que no se reflejaba en su propia conciencia.

Como si los espejos no solo reflejaran su cuerpo, sino también algo más profundo, algo que la acechaba desde el otro lado del cristal.

Tragó saliva, su garganta seca y rasposa. Quiso gritar, pero el sonido murió en su boca antes de ser pronunciado. Aquello no era un sueño. No era una pesadilla. Era real.

Y estaba completamente sola.

Lucian sujetó el rostro de Aeris con una presión firme, obligándolo a sostenerle la mirada.

No había ternura en el gesto, solo autoridad, un recordatorio de quién marcaba el ritmo en aquella danza de poder.

Aeris exhaló, sintiendo el peso de su propia resistencia doblarse sobre sí mismo, retorciéndose en una lucha interna que no podía ganar.

—Nada en ti está mal —murmuró Lucian, su voz acariciando su piel como una sentencia ineludible—. Deja de pelear contigo mismo. Déjate sentir.

Aeris negó, una respuesta muda, su orgullo aferrándose al último vestigio de control que podía fingir.

Pero Lucian ya lo conocía demasiado bien.

Sonrió apenas antes de deslizar la yema de los dedos por su garganta, descendiendo con un roce tan leve como una promesa de algo más oscuro.

Un roce que era un susurro de algo primitivo, algo que Aeris se negaba a nombrar, pero que ardía en su piel como un veneno dulce.

El cuero crujía con cada movimiento, los nudos de las cuerdas anclándolo en su lugar, recordándole que no había escapatoria, que su voluntad ya no le pertenecía.

Lucian inclinó el rostro, su aliento cálido deslizándose sobre la piel de Aeris antes de que sus labios rozaran su cuello.

No fue un beso, no fue una caricia, fue un reclamo. Un anclaje a la realidad .

Aeris tensó la mandíbula, su pecho subiendo y bajando con respiraciones cada vez más erráticas. Su cuerpo ardía, cada terminación nerviosa despierta, cada pulsación latiendo en su piel con la crudeza de una necesidad que lo asfixiaba. Y sin embargo, su mente seguía negándose a ceder.

—Esto no está bien —susurró entre dientes, una protesta sin fuerza, ahogada entre el placer y la culpa.

Lucian rápidamente sofocó sus palabras. Sujetó su mentón con firmeza y lo obligó a mirarlo, su sonrisa depredadora, su mirada oscura, inquebrantable.

—Sigues pensando en el bien y el mal —susurró, recorriendo con los labios la línea de su mandíbula, arrastrando la lengua por la tensión de su cuello—. Pero aquí no hay juicios, Alexander. Aquí solo hay lo que deseas y lo que temes. Y ambos son lo mismo.

El aire en los pulmones de Aeris se volvió pesado, denso, como si estuviera inhalando algo que lo consumía desde dentro.

Las correas en sus muñecas eran un recordatorio constante de su indefensión elegida, de la rendición que tanto odiaba admitir.

Pero su cuerpo ya había tomado la decisión que su mente rechazaba.

Lucian lo sabía, y Aeris lo maldijo por ello.

La palma de Lucian se deslizó por su torso, abriendo su camisa con movimientos calculados, lentos, disfrutando de cada segundo en el que Aeris se tensaba bajo su toque.

La piel expuesta tembló bajo el contacto, un leve estremecimiento traicionero que no pasó desapercibido.

Lucian sonrió, presionando con sus dedos el contorno de sus costillas, explorando cada milímetro con la paciencia de un cazador saboreando el momento previo al ataque.

—Lo sientes —afirmó con voz grave, deslizando su lengua por la clavícula de Aeris antes de morderla con la suficiente fuerza para que un jadeo escapara de su garganta—. ¿Cómo puedes seguir negándolo?

Aeris apretó los ojos con fuerza, su cabeza inclinándose hacia atrás, la piel de su cuello expuesta, vulnerable.

No podía hablar, porque cualquier palabra sería una mentira.

No podía moverse, porque cualquier intento de resistencia sería una farsa.

Su cuerpo temblaba bajo el dominio absoluto de Lucian, su voluntad hecha trizas entre la línea difusa del placer y la culpa.

Y cuando los labios de Lucian descendieron, cuando sus manos se apoderaron de cada centímetro de su piel con una violencia medida, con una exigencia que no permitía dudas, Aeris finalmente lo entendió.

No había escapatoria.

El eco de unas botas resonando en el suelo rompió el silencio como un presagio. La víctima abrió los ojos con un sobresalto, su respiración entrecortada empañando el espejo frente a ella. Su reflejo le devolvía la imagen de su propio pánico, pero la habitación seguía vacía. No había nadie más.

O eso creía.

—Siempre nos creemos especiales —susurró una voz desde los espejos, una melodía suave, controlada, sin prisa—. Siempre pensamos que seremos la excepción.

El corazón de la víctima se desbocó. Giró sobre sí misma, buscando la fuente de la voz, pero la habitación permanecía inmutable. No había ventanas, no había puertas visibles. Solo su reflejo, multiplicado hasta el infinito en los espejos que cubrían cada pared.

Y en uno de ellos, la sombra.

Apenas un contorno, una silueta difusa al principio. Pero cuando intentó fijar la vista en otro espejo, la sombra estaba más cerca.

—El miedo es un espejo —susurró la voz, serpenteando en su mente—. Solo refleja lo que ya estaba dentro de ti.

Lucian lo sentía en cada jadeo entrecortado, en la forma en que el cuerpo de Aeris se arqueaba involuntariamente contra él, atrapado en la perversa intersección de sometimiento y deseo.

Los dedos de Lucian, firmes y calculados, recorrieron su piel con una caricia que era a la vez una sentencia.

Sabía dónde presionar, dónde dejar la huella de su dominio.

—Nada en ti está mal, Alexander —susurró, su voz deslizándose sobre su piel como una confesión prohibida—. Solo tienes que permitirte sentir.

El pulso de Aeris se aceleró, su aliento atrapado en su garganta.

Su mente luchaba contra el eco de aquellas palabras, contra la brutal certeza de que Lucian lo tenía exactamente donde quería.

Cada roce, cada exigencia silenciosa despojaba una capa más de su negación, hasta dejarlo al descubierto, indefenso ante su propio deseo.

Las rodillas de la víctima flaquearon. Su reflejo temblaba junto a ella, un eco de su propio terror proyectado en cada ángulo de la habitación.

Intentó moverse, pero su cuerpo no respondía.

No sabía si era parálisis por el miedo o algo más profundo, algo que la había atrapado en un juego que no comprendía.