Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Silenciando el ruido

E l reloj marcaba las ocho de la tarde cuando Aeris Harper dejó atrás el juzgado.

Rara vez se iba a casa a comer o a descansar.

Era un adicto al trabajo. El día había sido realmente agotador, pero lo que lo consumía no era el peso del trabajo, sino la sombra de algo mucho más antiguo.

Algo que había despertado en su interior con el caso de Manuel Peña, algo que exigía ser silenciado.

Había caminado hacia su coche con la precisión meticulosa que aplicaba a cada aspecto de su vida.

El abrigo largo negro lo envolvía como una segunda piel mientras encendía un cigarro con manos que parecían más firmes de lo que realmente eran.

Un niño rico no debería estar tan destrozado por dentro.

No uno como él, heredero de «Harper Holdings», criado entre privilegios, educado en los mejores colegios de Europa.

Pero el dinero nunca había sido un escudo contra la verdadera violencia, contra la brutalidad de un padre que moldeaba con puños y desprecio.

Aeris Harper, único hijo varón de Edmund Harper y Margaret Wren-Harper, nunca había querido ser parte del mundo al que pertenecía por derecho de sangre.

Su padre había planeado su futuro con precisión quirúrgica: diplomacia, negocios, poder.

Su madre, menos imponente pero igualmente fría, le inculcó el arte de la elegancia, la cultura y la apariencia impecable.

Pero ni una vida entre élites ni la fortuna de la familia Harper le salvaron de lo inevitable: el desprecio absoluto de su progenitor al descubrir que su hijo no encajaba en su molde de perfección.

Porque su hijo amaba sin importar el género .

Abrió la puerta del coche y se hundió en el asiento.

El interior olía a tabaco y a cuero tratado, un aroma que siempre le resultaba reconfortante.

No encendió el motor de inmediato. Se quedó con las manos sobre el volante, la mirada fija en un punto indefinido.

Respiró hondo. Su reflejo en el retrovisor le devolvió una imagen fría, calculada, perfecta en apariencia.

Pero por dentro, el nudo en su pecho se apretaba más con cada latido.

Sabía hacia dónde tenía que ir.

No era la primera vez. Pero tampoco lo hacía con frecuencia. No cuando podía evitarlo. Solo acudía cuando la presión en su interior se volvía insoportable, cuando la necesidad de desconectar se convertía en un grito ensordecedor en su mente.

Con el motor en marcha, salió a la carretera.

Su Hyundai Kona negro avanzó por las calles con discreción, una elección intencional.

El Aston Martin DB11 seguía aparcado en su garaje, un símbolo de la vida que nunca había querido, un recordatorio de la riqueza que rechazaba.

Prefería el anonimato, la funcionalidad sobre el lujo.

En el Kona, nadie lo miraba dos veces. Podía ser simplemente un hombre más en la ciudad.

Un coche de alta gama que apenas usaba, como casi todo en su vida.

Tenía propiedades en Londres, Escocia y España, pero no eran más que espacios vacíos.

Riqueza sin propósito. No había tocado una sola libra ni euro de su herencia directa.

Su sueldo como juez le bastaba. «Harper Holdings» podía seguir siendo el imperio de su padre.

Él solo quería ser algo más que un nombre en la familia de los intocables.

Solo se reunía cada seis meses con los administradores del grupo empresarial, porque quizá no quería tocar la herencia, pero tampoco quería que lo tomaran por idiota.

Mantenía el control de absolutamente todo.

El club «La Quinta Piel» no existía. No en el sentido convencional.

No aparecía en ningún registro oficial, no tenía carteles ni luces de neón anunciando su presencia.

Era un lugar para aquellos que sabían exactamente lo que buscaban.

Un refugio para quienes necesitaban perderse, entregarse, desaparecer de sí mismos aunque fuera por unas horas.

Aeris no iba allí por placer. No como otros.

Él iba porque era el único sitio donde su mente podía detenerse.

Y allí, a las 22:30 de la noche, Aeris Harper cruzaría su umbral.

Al llegar, aparcó el coche en el callejón discreto que conducía a la entrada.

De la guantera, sacó una máscara de cuero que cubría la mitad de su rostro, lo justo para que no lo reconocieran.

Antes de ponérsela, el portero, un hombre alto de rostro impasible, lo reconoció de inmediato y le abrió la puerta sin hacer preguntas.

Dentro, la atmósfera era densa, cálida, envuelta en luces rojas y sombras profundas.

El sonido de la música era una pulsación sorda en el aire, un ritmo que vibraba en las paredes y en la piel.

Se dirigió directamente a la barra, sin mirar a nadie en particular. Allí no era Aeris Harper, allí era… Alexander.

Pidió un whisky doble y lo bebió de un solo trago. Sin hielo. El alcohol quemó su garganta, pero no lo suficiente. Nada era suficiente. Cerró los ojos un instante, dejando que la música lo envolviera, que la sensación de perder el control empezara a filtrarse en su sistema.

Y entonces, sintió la presencia a su lado.

Una sombra proyectada en el mármol negro de la barra. Un hombre alto, de presencia imponente, que se acercó con la naturalidad de alguien que ya había decidido cómo terminaría la noche.

Aeris no levantó la mirada de inmediato. Solo exhaló, dejando el vaso vacío sobre la barra, y esperó.

Aquella noche, no quería pensar. No quería ser Aeris Harper.

Solo quería desaparecer.

—Alexander —la voz del hombre era un roce grave y profundo contra el ruido de la música, un murmullo de mando más que un saludo.

Aeris alzó la mirada con lentitud, reconociéndolo al instante.

No era nuevo. No era un desconocido con el que tuviera que tantear los límites.

Todos lo llamaban Lucian. No sabía su nombre real, ni lo necesitaba.

Su relación no requería de nombres completos, de historias de fondo ni de confesiones.

Solo existían las reglas implícitas, el mutuo acuerdo de lo que cada uno era dentro de aquellas paredes.

Lucian vestía con la misma elegancia medida de siempre, un traje negro ajustado, la camisa entreabierta lo justo para denotar control sin ostentación.

Sus ojos, de un gris helado, escudriñaban a Aeris con un análisis paciente, como un cazador evaluando si su presa estaba lista para entregarse.

No había sonrisa en su rostro, solo certeza.

—Has tardado en volver —dijo, con esa voz baja y grave que vibraba más que hablaba.

Aeris sostuvo su mirada sin inmutarse, aunque en su interior el aire se sentía más pesado. No era una acusación. No había reproche en esas palabras, solo una constatación de la realidad. Que Aeris evitaba volver a este lugar hasta que no le quedaba más remedio.

—No he tenido necesidad hasta hoy —respondió, su tono tan afilado como un cuchillo bien equilibrado.

Lucian inclinó la cabeza, como si la respuesta le divirtiera, como si supiera que la mentira estaba implícita en cada palabra. Pero no lo retó. No era el momento. Deslizó sobre la barra una tarjeta negra con un código inscrito en plata, el pase a una de las habitaciones privadas del club.

Aeris la tomó con un movimiento preciso, sintiendo el relieve de los números bajo la yema de los dedos. Ese pequeño rectángulo de plástico sellaba un pacto tácito.

—Nada de preguntas —murmuró, porque esa era la única condición que importaba.

Lucian se inclinó apenas sobre él, lo justo para rozarle la mandíbula con los labios, una provocación calculada, una advertencia implícita.

—Nada de preguntas —repitió, con la certeza de un depredador que ya ha decidido el destino de su presa.

El aire entre ellos se volvió denso, una anticipación eléctrica cargada de promesas no dichas.

Aeris sintió el pulso latirle en las muñecas mientras se levantaba.

No dudó, no titubeó. Solo caminó hacia la habitación que lo esperaba, dejando atrás su nombre, su control y todo lo que lo ataba al mundo exterior.

El latido de la música en el club resonaba en las paredes como un pulso febril, acompasado al ritmo de la respiración de Aeris.

«Enemy» de Sam Tinnesz vibraba en el aire, un arrullo oscuro y sensual que envolvía la habitación en una sinfonía de deseo y sometimiento.

La melodía se filtraba bajo su piel como un veneno lento, penetrante, aumentando la tensión que serpenteaba entre sus músculos, cada acorde desgarrando su control capa por capa.

El cuero de las correas se ceñía a sus muñecas con la firmeza de un ancla, inmovilizándolo, sometiéndolo al juicio de las sombras.

La presión era exacta, medida con la precisión de un artista que sabía cómo moldear sin romper.

Cada nudo, cada vuelta de la cuerda sobre su piel, era una sentencia silenciosa que lo anclaba al presente, que lo forzaba a sentir, a hundirse en la certeza de que allí no había máscaras, no había juicios, solo el peso ineludible de su propia naturaleza.

Lucian se movía con la certeza de un depredador que conoce cada una de las debilidades de su presa, deslizando los dedos por la piel de Aeris con la intención de recordarle exactamente dónde estaba, lo que era, lo que anhelaba y temía a partes iguales.

Su toque no era apresurado; era una caricia calculada, un roce de autoridad que no buscaba pedir permiso, sino tomar lo que ya le pertenecía.

Cada roce era un recordatorio de que la resistencia era fútil, de que el placer y el tormento eran las dos caras de una misma moneda .

—Siente —susurró Lucian junto a su oído, su voz un roce áspero contra su piel—. Deja que arda.