Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La cara oculta

E l despacho de Aeris en el juzgado era un refugio de orden y control.

Cada libro estaba alineado con precisión quirúrgica, los expedientes ordenados en pilas asfixiantemente simétricas sobre la mesa.

Pero ese día, la sensación de control era una ilusión frágil.

Había sido un día realmente duro para él.

Y lo peor es que nadie sabía que había sido así.

Cerró la puerta tras de sí y exhaló lentamente. El peso del interrogatorio, de la ira contenida, golpeó su pecho como un puño invisible. Se llevó una mano a la corbata y la aflojó con un movimiento brusco. La presión en su cuello, tan tenue como era, le resultaba insoportable en ese momento.

Se apoyó en el escritorio, sus dedos clavándose en la madera.

Como si el tacto fuera lo único que lo mantenía anclado al presente.

El eco de las palabras de Peña aún resonaba en su cabeza.

«Maricón asqueroso», «desviadito», «puta vergüenza».

Su mandíbula se tensó. No era solo rabia. Era algo más antiguo, más profundo.

Cerró los ojos y, sin quererlo, la memoria lo arrastró al pasado.

La luz del comedor de su casa en Madrid era demasiado tenue aquella noche, filtrándose a través de los ventanales con vistas a la ciudad.

Una de las residencias de la familia Harper, una más de la red de propiedades que su padre, Edmund Harper, había gestionado a lo largo de su carrera como diplomático.

Mármol italiano, candelabros de cristal y un mobiliario diseñado para impresionar a embajadores y ministros.

Pero en ese momento, a Aeris todo aquello le resultaba irrelevante.

Solo veía sombras alargadas en las paredes, como si el lujo solo sirviera para disfrazar algo podrido en su núcleo.

Sentado frente a su padre, sentía el peso de su juicio antes incluso de que hablara. Sabía lo que venía. Lo había sentido en la rigidez de su madre al poner los platos en la mesa, en el leve tic en la mandíbula de su padre mientras servía el vino caro que solía degustar tras cada cena.

—¿Es verdad lo que me ha dicho tu madre? —La voz de su padre fue un filo cortante. No levantó la vista del plato, pero cada palabra cargaba una amenaza velada.

Aeris tragó saliva. Sabía que no tenía sentido mentir.

Su madre ya lo había hecho por él, con su silencio incómodo, con su manera de evitar mirarlo a los ojos después de encontrar aquella carta que nunca llegó a enviar.

La carta que escribió con torpeza, con la emoción desbordando en cada palabra.

Una carta que nunca debió haber caído en sus manos.

—Sí —respondió, sin adornos, sin excusas.

El sonido de los cubiertos contra el plato fue como un disparo. Su padre se levantó de golpe, la silla raspando el suelo de manera ensordecedora.

—No en mi casa —gruñó, con la voz cargada de una furia contenida—. No con mi apellido.

Aeris no se movió. No podía. Sentía cada músculo de su cuerpo tensarse, preparándose para un golpe que aún no había llegado.

—No quiero volver a escuchar nada sobre esto —continuó su padre, Edmund Harper, caminando alrededor de la mesa con el porte inflexible de un hombre acostumbrado a dictar órdenes, como un general que supervisa el estado de su tropa—.

Vas a olvidar esa mierda. ¿Me oyes? Vas a enterrar esa enfermedad antes de que te destruya.

Antes de que nos destruya a todos. ¿Tienes idea de lo que esto significaría para nuestra familia?

Para Harper Holdings, para todo lo que hemos construido durante generaciones.

¿O acaso quieres que todo Madrid nos vea como la familia que crio a un pervertido?

Cada palabra se hundía en su piel como una aguja helada. Pero no dijo nada. No suplicó, no intentó justificarse. Solo asintió. Porque aprendió muy joven que, con su padre, la resistencia solo traía más dolor.

Pero esa vez no fue solo un golpe. Fueron varios.

El primero lo despojó del equilibrio, la violencia calculada de su padre lo lanzó al suelo con la frialdad de quien ha decidido que el dolor es un método de corrección.

No tuvo tiempo de reaccionar. La patada en las costillas llegó con la precisión de un verdugo.

No lo hacía con furia descontrolada. Lo hacía con la precisión quirúrgica de quien ha decidido que el dolor es la única enseñanza válida.

Como si cada golpe fuera una lección impuesta a la fuerza.

Como si con la brutalidad pudiera moldearlo en algo que nunca sería.

—¡Eres una vergüenza! ¡Dios te va a castigar! —bramó su padre, su voz temblando de ira.

Aeris no se movió. No se defendió. No lloró.

Se quedó en el suelo, con los labios apretados, con el sabor metálico de la sangre en la boca.

Mirando el techo con la mente en blanco.

La única reacción que obtuvo de él fue el parpadeo lento de quien se niega a darle satisfacción.

A Edmund Harper eso lo enfureció más. Lo agarró por el cuello de la camisa y lo levantó a medias, acercando su rostro al suyo, su aliento cargado de vino y odio.

—Yo no crie un hijo enfermo —susurró con un tono helado.

Aeris sintió su propio pulso retumbar en sus oídos, pero siguió sin reaccionar. No porque no sintiera el dolor, sino porque sabía que ceder era peor.

Su padre lo soltó con un empujón. Se quedó de pie, mirándolo con el desprecio absoluto de un hombre que había decidido que su hijo ya no era su hijo. Lo último que le dijo antes de alejarse fue una sentencia que quedaría grabada en su mente para siempre.

—Prefiero un hijo muerto antes que un hijo como tú.

Y entonces se marchó, como si no hubiera pasado nada. Como si Aeris no estuviera en el suelo, con la mejilla marcada y las costillas punzando con cada respiración. Como si solo hubiera roto un objeto defectuoso.

Aeris abrió los ojos de golpe, la respiración agitada.

Su despacho volvió a materializarse a su alrededor, pero la tensión en su pecho no desapareció del todo.

Pasó una mano por su rostro y se enderezó, recuperando su postura habitual.

Control. Frialdad. Nada de lo que ocurrió aquella noche importaba ahora.

Pero sí importaba. Cada vez que veía a otro Manuel Peña, su pasado volvía a escupirle a la cara.

Cada vez que veía a un hijo sentado en un juzgado con el rostro marcado por los golpes de un padre que debía haberlo protegido.

Cada vez que reconocía en esos ojos la misma desesperanza que había sentido a los catorce años, cuando comprendió que no importaba cuánto se esforzara, para su padre siempre sería un error que debía corregirse a golpes. Y aquel error se llamaba bisexualidad.

El hijo de Manuel Peña y él no eran tan diferentes.

Ambos habían sido juzgados y condenados por algo que no eligieron ser.

La única diferencia era que Aeris había aprendido a sobrevivir en silencio, a convertirse en un hombre impenetrable, a dejar que la rabia y el dolor se transformaran en disciplina.

Pero ese chico aún tenía la esperanza de que el mundo le hiciera justicia. Aeris ya no creía en eso.

Exhaló despacio y se encaminó hacia la ventana. La ciudad de Jerez seguía ahí, indiferente, imparable. Y él también lo haría.

Se ajustó de nuevo la corbata y volvió a su escritorio. Aún había trabajo por hacer.