Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Eso al menos, en condiciones normales, porque todos los presentes en aquella sala sabían que, con un caso así, Aeris no dejaría que se fuera a casa. Aeris Harper siempre sería el Juez que no perdona.

—Ese chico siempre ha sido torpe. Se cayó. ¿Es mi culpa que no sepa ni andar sin tropezarse?

Fidel, el fiscal, alzó una ceja, pero no interrumpió. Aeris, en cambio, se inclinó ligeramente hacia adelante.

—¿Y los testigos? Tres vecinos han declarado haber escuchado insultos y golpes. Uno de ellos incluso afirmó haber visto cómo lo empujaba contra la pared del patio trasero.

El gesto de Peña se endureció por un breve instante antes de recuperar su altanería.

—Vecinos metiches. Siempre metiendo las narices donde no deben. No saben nada.

—Curioso —Aeris hojeó el expediente sin mirarlo—, porque el atestado menciona reiteradas intervenciones en su domicilio por llamadas anónimas. ¿También se lo inventan?

Peña apretó la mandíbula. Por primera vez, la soberbia titubeó en su expresión. Aeris lo notó.

—Vamos a ser directos, señor Peña. Según la declaración de su hijo, indicó que usted lo consideraba una «deshonra». ¿Puede explicarnos por qué usó ese término?

Manuel alzó la barbilla, cruzando los brazos.

—Porque lo es. No es un hombre, es… —hizo un gesto de desdén con las manos, todavía esposadas—. Una maricona que pretende que lo trate como si fuera normal. Como si tuviera que aceptar esa aberración .

El silencio en la sala fue pesado. Aeris inspiró hondo.

La pluma entre sus dedos quedó completamente inmóvil.

Luego, la giró con un leve movimiento de la muñeca, un gesto mínimo, pero lo suficiente para que Fidel supiera que algo en él acababa de tensarse más allá del punto de retorno.

Su mirada, sin perder la calma, se tornó más afilada.

—Entonces, según usted, la violencia era una forma de corrección, ¿es eso?

—¡Yo no lo he tocado! —escupió Peña de golpe, levantándose de la silla violentamente—. ¡Lo que haga en mi casa le importa una mierda a la gente!

Aeris lo dejó hablar. Esperó. Lo miró con la frialdad de un verdugo calculador.

—Entonces, si no lo ha tocado, ¿cómo explica las marcas de golpes recientes en su torso y rostro? ¿Cómo explica que su hijo haya declarado, jurando decir verdad, que usted lo golpeó reiteradamente durante más de cuatro años por su orientación sexual?

El abogado defensor carraspeó, pero Peña levantó la mano.

—¡Ese mocoso siempre ha sido un mentiroso!

Lo crie para ser un hombre y me salió torcido.

¿Cómo no voy a estar cabreado? ¡Un enfermo, un maricón asqueroso!

¿Usted sabe lo que es criar a un hijo y que de pronto le salga desviadito , que le mire a los ojos y le diga que se acuesta con otros hombres?

¡Eso no es normal, eso es una maldita aberración!

Los dos agentes a su lado se tensaron, preparados para sujetarlo si hacía falta, viendo la hostilidad de su lenguaje no verbal.

Fidel, el fiscal, apartó la mirada un instante, conteniendo la repulsión evidente en su rostro.

El abogado defensor no hizo nada. Solo suspiró, como si estuviera resignado a la condena inevitable de su cliente.

—¡Le enseñé cómo ser un hombre! —continuó Peña, su rostro enrojecido por la furia—.

¡Le enseñé a trabajar, a pelear, a no llorar!

¡Pero no! ¡Quería ser una princesita! ¡Quería besar a otros niñatos!

¡Le di una casa, le di comida, le di mi apellido, y así me paga!

¡Mintiéndole a todos vosotros, jodiéndome la vida!

Aeris lo observó con la serenidad de un depredador que sabe que su presa ya está atrapada. Sus dedos apretaron la pluma con una fuerza casi dolorosa, pero su voz no se inmutó.

—Dígame, señor Peña, ¿cuándo exactamente dejó de considerar a su hijo como tal? ¿Cuándo dejó de cumplir con su expectativa de ser «un hombre de verdad»?

La pregunta hizo que Peña se inclinara hacia adelante hacia el micrófono, con los ojos encendidos de rabia.

—¡Desde el día en que me miró a la cara y me dijo que le gustaban los hombres! ¡Desde ese día dejó de ser mi hijo! ¡Era mi primogénito, mi orgullo, y lo ha convertido en una puta vergüenza! ¡No merece mi apellido!

Aeris no parpadeó. Sus dedos apenas rozaron la pluma, como si meditara si romperla entre sus manos.

—Así que, según usted, su hijo dejó de ser una persona digna de respeto el día que le confesó su orientación. Y, desde entonces, usted decidió castigarlo. Porque, para usted, ser diferente es un crimen.

El silencio fue absoluto. Peña respiraba con pesadez, con la rabia todavía burbujeando en su interior, pero no supo qué responder.

Aeris se reclinó en su silla, con una exhalación sutil.

—No tengo más preguntas, por el momento —Giró suavemente la cabeza hacia Fidel—. Por parte del Ministerio Fiscal… ¿alguna pregunta?

Fidel lo tenía claro.

—Ninguna, señoría.

Antes de que Aeris pudiera dirigirse al abogado defensor, éste ya se encontraba recogiendo la carpeta con el parte de guardia y los formularios de justicia gratuita.

—No tengo preguntas, señoría.

Aeris asintió lentamente y, con impasibilidad, soltó la pluma.

Clara detuvo la grabación. La sala quedó en un silencio sepulcral.

Aeris inspiró hondo y se acomodó en su silla. Su voz, cuando habló de nuevo, fue firme, con la autoridad inapelable de quien pronuncia una sentencia ya sellada en su mente.

—Dado lo expuesto en esta comparecencia y en aplicación del artículo 505 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, este instructor, in voce , decreta la prisión provisional, comunicada y sin fianza para el investigado Manuel Peña, a la espera de juicio.

Proceda su inmediato traslado al centro penitenciario Puerto II.

El abogado defensor ni siquiera intentó una réplica. Fidel asintió, conforme. Los agentes se movieron al instante para levantar a Peña, quien, aún esposado, comenzó a despotricar mientras lo obligaban a ponerse en pie.

—¡Esto es una puta vergüenza! ¡Soy un padre corrigiendo a su hijo, no un criminal! ¡Sois todos unos mierdas progres, jodiendo el país! ¡Harper, hijo de puta, que esto no se va a quedar así!

Aeris no se inmutó. Ni siquiera lo miró. Simplemente hizo un gesto a Clara.

—La sesión ha terminado.

Los agentes arrastraron a Peña fuera de la sala entre insultos y forcejeos. Aeris soltó la pluma y dejó caer la espalda contra el respaldo de su silla. Su rostro seguía impasible, pero dentro de él, algo ardía con furia contenida.