Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El Juez que no perdona

E l frío mármol del juzgado devolvía un reflejo impersonal bajo la luz despiadada de los fluorescentes.

El eco de los pasos de Aeris resonaba en la atmósfera estéril del juzgado mientras avanzaba con la precisión calculada de un hombre acostumbrado a moverse entre sombras y verdades ocultas.

Vestía su traje impecable, la corbata ajustada con un nudo meticuloso, la expresión impasible que había perfeccionado con los años.

Pero por dentro, se lo llevaban los demonios.

Los detalles del sumario estaban grabados en su memoria, aunque no los necesitaba para saber lo que iba a encontrarse al otro lado de la puerta de la sala de vistas, donde siempre celebraba las declaraciones.

Aeris no era un Juez que tramitase las declaraciones en la oficina judicial donde un funcionario las transcribiera.

No. Él escuchaba, observaba, y siempre que podía, las transcribía él mismo, palabra por palabra, a pesar de que podía limitarse a escucharlo, pues la misma se grababa en «Arconte».

El investigado era más que un sujeto corriente para él.

Un hombre de cincuenta años, Manuel Peña, imputado por maltratar a su propio hijo de diecisiete, de forma continuada durante cuatro años.

Un hijo que aún tenía marcas visibles en el rostro de la última paliza que motivó la denuncia, que llevaba en el cuerpo el rastro de la violencia, pero que en su mirada conservaba el orgullo de quien ha decidido hablar.

De quien ha dicho «nunca más». La denuncia estaba respaldada por el parte de lesiones del Hospital San Juan Grande, y además, el forense había visto al chico un par de días antes.

Y para coronar, existían testificales que corroboraban dichos maltratos.

Un caso sólido. Un caso sin escapatoria.

Pero el investigado se lo había puesto un poco difícil.

Lo había citado dos veces por medio de la oficina, y a la tercera hizo lo que debería haber hecho al principio.

Lo puso en busca y captura. Dos días tardaron en detenerlo.

Y ahora estaba en el calabozo de aquel Juzgado, esperando a declarar por haberle propinado a su hijo palizas de muerte.

Aeris sintió la tensión acumulada en su mandíbula mientras recorría con la mirada los nombres impresos en la portada del expediente.

Había instruido decenas de casos de violencia intrafamiliar, había visto lo peor de la naturaleza humana y, aun así, ese en particular se le pegaba a la piel como un veneno.

No porque fuera inusual. No porque fuera excepcionalmente atroz.

Sino porque conocía el trasfondo de esa historia demasiado bien.

Respiró hondo, obligándose a exhalar con lentitud. Control. Frialdad. Imparcialidad.

Pero su cuerpo lo traicionaba. Sentía el latido acelerado de su corazón golpeando contra sus costillas, una tensión sorda en la nuca que no desaparecía.

No era miedo. No era ira. Era algo más profundo, algo viscoso y antiguo, una emoción que nunca había permitido salir del todo a la superficie.

Un eco de algo enterrado en su memoria, de una voz que aún resonaba en los rincones de su mente con palabras que jamás debería haber escuchado siendo niño.

Las paredes del juzgado, con sus columnas con gotelé amarillento y su aire solemne, deberían haber sido un refugio de justicia.

Pero en aquel momento le parecían un recordatorio de lo cínico que podía llegar a ser el mundo.

¿Cuántos habían salido de aquel mismo edificio con una sonrisa torcida en el rostro, libres de toda culpa solo porque sabían jugar con el sistema?

¿Cuántas veces había visto a verdugos convertirse en víctimas cuando abrían la boca en sala ?

El aire estaba cargado de un silencio expectante.

Desde el otro lado de la puerta, podía escuchar el sonido amortiguado de una silla arrastrándose, un murmullo contenido, el ligero roce de papeles pasando de una mano a otra.

Todo era rutinario, todo era como debía ser, y sin embargo, Aeris sentía como si estuviera a punto de pisar un campo minado.

Parpadeó lentamente y giró la muñeca, observando el reloj. Quedaban segundos para la hora exacta de la declaración. Aferró el expediente con más fuerza. No se permitía temblar, ni tampoco vacilar. No frente a aquel hombre. No frente a nadie.

«Nada de lo que ocurra aquí cambiará lo que ya pasó. Pero al menos puedo hacer que este cabrón pague por lo suyo».

Pasó la mano lentamente por la solapa de su chaqueta, un gesto mecánico, para mantener encerrado a su demonio interior. Empujó la puerta y entró en la sala de vistas número uno.

El ambiente era denso, opresivo, cargado con la energía estática de algo a punto de estallar.

La sala de vistas, a pesar de su sobriedad, parecía un escenario en el que se representaría un juicio moral tanto como legal.

En la pared tras el estrado, el retrato de su majestad el Rey Felipe VI presidía la sala.

La mesa de Aeris estaba impecable, con cada expediente de las declaraciones que había hecho ya, alineados con precisión, y el programa para grabar la declaración esperando atrapar cada palabra, cada respiración.

Frente a él, Manuel Peña se encontraba sentado en la silla frente al micrófono, esposado, y custodiado por los dos Policías Nacionales que lo habían traído desde la comisaría de Jerez; con la mirada desafiante y el gesto pétreo de quien ha vivido convencido de que nunca tendrá que rendir cuentas.

La arrogancia se le filtraba por cada poro, desde la forma en que mantenía el mentón alzado hasta la manera en que se recostaba en la silla como si la acusación fuera una molestia menor.

Ni siquiera las esposas le infundían respeto.

No parecía encogido como los demás. Manuel Peña, realmente se creía por encima de todo, incluso de la propia justicia.

Aeris dejó el expediente sobre la mesa con un leve golpe seco.

No demasiado fuerte, no demasiado débil.

Lo suficiente para que todos en la sala supieran que aquello no era un simple trámite.

Que esa vez, Manuel Peña no iba a salir ileso.

Tras ponerse su toga, que descansaba en el respaldo de su silla, se sentó sin apartar la vista del detenido.

Clara, la agente judicial ya esperaba para iniciar la grabación de la declaración.

Y en el estrado a su izquierda se encontraba Fidel, el Ministerio Fiscal adjunto al Juzgado de Aeris.

El abogado defensor de Manuel Peña estaba sentado en su lugar, a la derecha del Juez, en un profundo silencio.

Era el típico abogado de guardia que hubiera preferido que el caso le tocase a otro.

El típico que no haría más preguntas de las necesarias, si es que hacía alguna.

Con un gesto suave, Clara comenzó la grabación.

—Procedimiento Sumario nº 5/2023. Señor Peña —comenzó con una voz controlada, afilada en su neutralidad—, comparece en este acto para declarar en calidad de investigado por un presunto delito de violencia doméstica contra su hijo.

Antes de comenzar, le recuerdo que tiene derecho a guardar silencio, a no declarar contra sí mismo, a no confesarse culpable, a no contestar a todas o a cualquiera de las preguntas que se le formulen.

Derecho a asistencia médica, y a la asistencia jurídica, que en este caso le asiste su letrado aquí presente del turno de oficio.

¿Ha comprendido sus derechos tal y como se los he leído?

El hombre resopló, cruzándose de brazos con una sonrisa ladeada.

—Vaya formalidad —murmuró, con la condescendencia de quien cree estar por encima de la ley—. Sí, los comprendo.

Aeris mantuvo su expresión imperturbable.

—¿Desea usted declarar? —Preguntó con su característica frialdad.

—¡Pues claro, muchacho!

—Señoría… —Susurró Aeris.

Manuel levantó las manos en señal de soberbia.

—Un hombre… con puñetas en las mangas, pero si insiste… señoría…

Por un instante, la sala quedó en un mutismo expectante. Nadie se movió. Nadie respiró más de la cuenta. Peña sonrió primero. Aeris no reaccionó.

«A ver si te queda soberbia después de que te destroce, hijo de puta».

—Bien. Procedamos.

La tensión en la sala de vistas era densa, casi tangible.

El leve zumbido del ordenador y el crujido ocasional de una silla se mezclaban con la respiración contenida de los presentes.

Manuel Peña mantenía su postura arrogante, con una sonrisa ladeada que denotaba desprecio absoluto por el proceso.

Aeris, en cambio, permanecía impasible. Su mirada era un bisturí afilado, diseccionando cada gesto del investigado con una precisión quirúrgica.

—Señor Peña —Aeris tomó la palabra, su tono fue medido, carente de emoción—, ha manifestado su deseo de declarar. Comencemos con lo básico. ¿Puede explicarnos su relación con la víctima?

Manuel se encogió de hombros, soltando una carcajada seca, sin alegría. Un ladrido de desprecio.

—Víctima, dice usted. Es mi hijo. Un malcriado que se ha vuelto un desagradecido. Lo he criado, le he dado todo, y así me lo paga, inventándose historias para joderme la vida.

Aeris no reaccionó. Sus dedos tamborilearon levemente sobre la mesa, un movimiento casi imperceptible.

—Si realmente quiere joderle la vida… ¿por qué no se ha presentado voluntariamente a la primera citación? Lo habría aclarado rápidamente.

Manuel resopló, hastiado.

—Porque yo no he hecho absolutamente nada, no tengo por qué venir a darle crédito a las historias inventadas del mariposón de mi hijo.

Aeris tensó la mandíbula, pero mantuvo la compostura.

—¿Niega entonces haberle infligido las lesiones reflejadas en el parte médico y el informe forense?

Manuel resopló de nuevo, acomodándose en la silla como si el trámite le resultara aburrido. Pero si quería largarse del Juzgado, tenía que declarar para que lo pusieran en libertad.