CAPÍTULO 4 #2
El reflejo en el espejo la observaba sin parpadear.
Ojeras hundidas, piel pálida, el cabello revuelto como si hubiera estado luchando en sueños.
Pero algo no encajaba. Algo en su reflejo parecía tardar medio segundo más en reaccionar.
Se inclinó sobre el lavabo, abriendo el grifo y dejando correr el agua helada entre sus dedos antes de llevarla a su rostro.
El impacto fue inmediato, un choque de realidad que intentó anclarla al presente.
Pero el reflejo seguía allí.
Con sus cicatrices.
Con la marca en su clavícula, una de tantas que habían dejado en su piel aquella noche.
Recordó.
Recordó el amanecer en Suiza, la forma en que la encontraron sentada en el suelo del baño, el uniforme rasgado, la sangre seca en la piel.
Recordó la mirada incómoda de la profesora que la había levantado, como si no supiera qué hacer con ella.
Recordó la indiferencia en las palabras del director, la frialdad de su padre cuando lo llamó para pedir volver a casa.
«Tienes que aprender a encajar, Estefanía.»
Sintió cómo su mandíbula se tensaba, sus dedos crispándose sobre el borde del lavabo. Fue la última vez que lo llamó «papá».
Y la última vez que creyó que alguien la protegería.
El reflejo en el espejo del baño seguía observándola cuando Nya apartó la vista. El agua fría resbalaba por su piel, pero no disipaba el peso en su pecho. La ansiedad seguía ahí, enredada en su garganta como un nudo imposible de deshacer.
Sabía que no podría dormir.
Con pasos silenciosos, caminó de vuelta a su habitación y encendió la lámpara de su escritorio. La tenue luz bañó los papeles esparcidos junto a su portátil cerrado, un desorden cuidadosamente mantenido. Se dejó caer en la silla, con los hombros tensos, y abrió el ordenador con un gesto mecánico.
El monitor iluminó su rostro pálido mientras introducía su usuario: «Erebos Nyght».
Ese nombre no era un simple seudónimo. Era su refugio, la piel que vestía cuando el mundo real se volvía insoportable.
Erebos Nyght era la voz que decía lo que Nya no podía.
La sombra que escribía lo que ella callaba.
Nadie conocía la existencia de su blog, ni siquiera su padre, ni su familia, ni aquellos que se creían cercanos a ella.
Allí, en la penumbra de la red, su oscuridad podía respirar sin restricciones.
Abrió una nueva entrada y sus dedos comenzaron a deslizarse sobre el teclado.
Una punzada momentánea la atravesó el pecho mientras escribía, pero estaba demasiado absorta en su relato como para prestarle atención.
El Último Reflejo
Una habitación. Cerrada. Sellada. Un espacio sin puertas ni ventanas.
Y espejos.
Infinitos, alineados en cada pared, reflejándola desde todos los ángulos posibles. No podía moverse sin verse a sí misma multiplicada en una sinfonía de distorsiones.
Al principio, su reflejo imitaba cada gesto. Cada leve movimiento. Cada parpadeo.
Pero pronto, algo cambió.
Uno de los reflejos no parpadeó cuando ella lo hizo.
Otro inclinó la cabeza con un retraso imperceptible.
Los reflejos comenzaron a volverse más lentos, erráticos. Como si estuvieran calculando. Como si estuvieran decidiendo algo.
El aire se volvió más denso. Su respiración, más corta. No estaba sola.
Un reflejo sonrió.
No ella. No su imagen real. Uno de los espejos.
La sonrisa era afilada, burlona. Como si la hubiera estado esperando todo ese tiempo.
Y entonces, vio la sombra detrás de ella.
Alta. Silenciosa. Sin rostro, pero con una presencia tan tangible como el cristal que la rodeaba. No podía verla directamente, pero ahí estaba, reflejada en todos los ángulos posibles. Una silueta oscura con los dedos extendidos, acercándose.
Intentó gritar, pero los espejos absorbieron su voz.
No había escapatoria.
No había salida.
Solo el filo del cristal cuando la atrapó.
«No mires al espejo».
Nya se apartó del teclado, su pecho subiendo y bajando con una respiración irregular. Había escrito aquello en un trance, sus pensamientos derramándose en la pantalla como tinta oscura.
Bajó la mirada.
La hora en la pantalla no tenía sentido.
Parpadeó, desconcertada. Juraría que apenas habían pasado minutos. Pero el reloj decía lo contrario. Dos horas. Un abismo de tiempo en blanco en su mente. Sus manos estaban frías, agarrotadas, como si hubieran seguido moviéndose mucho después de que su conciencia se desconectara.
Su pulso se aceleró. El teclado seguía iluminado, las palabras en la pantalla seguían ahí, pero no recordaba haber escrito la última línea .
Apoyó la espalda contra la silla y cerró los ojos un instante. Pero en su mente, la imagen persistía.
La habitación de espejos.
La sombra detrás de la protagonista.
Y la sensación de que aquello no era solo una historia.
Suspiró y cerró el portátil. El reflejo de la pantalla apagada devolvió su imagen distorsionada por la penumbra de la habitación.
Por un instante, tuvo la sensación de que algo en su reflejo no estaba bien.
El contorno de su rostro parecía desdibujarse, como si no fuera realmente ella quien estaba al otro lado.
Lucian Fauden.
El nombre no era un recuerdo. Era una advertencia susurrada en su sangre.
Frío. Implacable. Inevitable. Un latido errático sacudió su pecho, una punzada que subió por su garganta como si el mero recuerdo de él tuviera un peso físico.
Su mente titubeó, atrapada en la sensación de que esta desconexión no era nueva.
¿Cuándo fue la primera vez que sintió algo así?
Su memoria la arrastró, fugaz, a noches oscuras que no quería desenterrar, a un tiempo donde se aferraba a su propia destrucción sin saber cómo salir. Y a él. Siempre a él.
Las palabras que él le dijo una vez se deslizaron en su memoria, arrastrando consigo el peso de todo lo que representaba.
Lucian nunca hablaba sin propósito. Sus palabras eran cebos lanzados con precisión quirúrgica, esperando el momento exacto para envenenar la mente de quien las escuchaba.
Y cada vez que lo recordaba, la certeza se volvía más clara: él nunca hacía advertencias. Profetizaba.
«Algún día, alguien romperá tu mundo sin siquiera tocarte»
Pensó en Aeris. En su mirada durante la cena. En la forma en que la sujetó al bailar, con la misma certeza con la que Lucian una vez la había desarmado. Pero Aeris no era Lucian. Él no la quería rota. La quería despierta. Y eso era mucho más peligroso.
Se recostó en la cama, sintiendo la rigidez de sus propios músculos. Su cuerpo pedía descanso, pero su mente se negaba a detenerse. Sabía que no iba a dormir. No con el eco de Lucian en su cabeza. No con la certeza de que la advertencia que una vez ignoró estaba cobrando vida.
No con la sombra de un recuerdo acechándola.
No con la certeza de que algo había cambiado esa noche.