Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Sombras en el reflejo

L a habitación de Nya era un reflejo de su propia naturaleza: un equilibrio precario entre la calma y el caos.

Los libros encuadernados en cuero fingían orden, pero los lomos gastados eran cicatrices de noches sin tregua.

Todo estaba en su sitio, no por necesidad, sino por una ilusión de control.

Pero en la penumbra, los espejos no reflejaban el orden.

Solo distorsionaban la verdad. Al otro lado, un ventanal de cristal dejaba que la brisa nocturna revolviera las cortinas de terciopelo oscuro, proyectando sombras alargadas sobre el suelo barnizado.

Los reflejos en el cristal no eran solo sombras proyectadas; parecían estar esperando algo.

Un parpadeo fuera de tiempo, una fracción de segundo en la que pudieran reclamar su propia identidad.

Como si, al apagar la luz, dejaran de imitarla y comenzaran a ser algo más.

La chimenea apagada aún conservaba el aroma tenue de leña quemada, mezclándose con el leve perfume de vainilla y sándalo que solía impregnar las sábanas de su cama.

Nya entró en la habitación descalza, cerrando la puerta con un movimiento lento, casi ceremonioso.

El silencio era profundo, pero no acogedor.

No recordaba en qué momento se había separado del resto.

La fiesta había sido un collage de voces y rostros superpuestos, conversaciones que parecían repetirse en un bucle sin sentido.

Como si hubiera vivido la misma escena varias veces sin darse cuenta.

¿Había pasado una hora? ¿Dos? No estaba segura.

Había algo en la quietud de la madrugada que la inquietaba, como si la oscuridad contuviera secretos que aguardaban a que apagara la luz para revelarse.

Aún no tenía sueño, y lo sabía desde antes de subir las escaleras.

Su mente seguía activa, vibrante, atrapada en el eco de la noche que había transcurrido.

En cada mirada cruzada. En cada palabra no dicha.

Se desabrochó el cierre del vestido con un movimiento mecánico, dejando que la tela resbalara por su piel hasta amontonarse en el suelo, formando un charco de azul marino a sus pies.

La sensación del aire fresco contra su cuerpo fue una especie de liberación, pero también una exposición involuntaria.

Avanzó hacia el espejo de cuerpo entero situado en la esquina de la habitación, un mueble antiguo con un marco de caoba oscura y relieves tallados a mano.

Su mirada se deslizó por el espejo, con la precaución de quien palpa una herida aún latente.

Las cicatrices eran líneas pálidas contra su piel, recuerdos silenciosos que se extendían desde su clavícula hasta su costado, continuando en su cadera como un mapa de dolor que solo ella podía leer.

Viejas heridas, cerradas hacía años, pero que en noches como aquella parecían pesar más.

Pasó los dedos por una de ellas, la más pronunciada, sintiendo la textura levemente rugosa bajo la yema.

Había aprendido a convivir con ellas, a aceptar que formaban parte de su historia, pero había momentos en los que la memoria era implacable.

Un latido errático la sacó del ensimismamiento. Un latigazo seco en el pecho, como un eco de algo que no estaba allí. Frunció el ceño. Su respiración se aceleró, no por ansiedad, sino por una certeza inexplicable. No era miedo. No era recuerdo. Era otra cosa. Algo que aún no podía nombrar.

Apartó la mirada y suspiró. No estaba de humor para perderse en pensamientos inútiles.

Se colocó una camiseta suelta y un pantalón corto, ropa lo suficientemente cómoda para leer un rato antes de intentar dormir.

Caminó hasta la mesita de noche y cogió su móvil, desbloqueándolo con un gesto automático.

Deslizó el dedo por la pantalla hasta Spotify .

La ansiedad siempre la atacaba en la madrugada, y la música era su forma de enjaularla.

Su refugio. Conectó el altavoz Bluetooth y buscó en su lista de reproducción nocturna.

Sam Tinnesz [feat. Yacht Money]. « Play with Fire ».

La melodía comenzó a llenar la habitación, su voz rasgada y la percusión marcando un ritmo hipnótico que la envolvió en una burbuja de falsa tranquilidad.

Con la música de fondo, se dejó caer sobre la cama con un libro en la mano.

La lámpara de la mesita de noche proyectaba una luz suave, cálida, que apenas alcanzaba los rincones más alejados de la habitación.

El libro era una de sus lecturas habituales, una novela de thriller psicológico que había leído al menos tres veces -«El Psicoanalista», de John Katzenbach-, pero que siempre encontraba nueva cada vez que la abría.

Pasó una página. Luego otra. La siguiente…

estaba doblada. Frunció el ceño. No recordaba haberla doblado.

Pero al deslizar los dedos sobre la página, sintió un leve escalofrío.

Una punzada de vacío en la mente, como si un instante de su memoria hubiera sido arrancado.

Como si el tiempo no hubiera transcurrido de manera lineal, sino fragmentada.

Un zumbido lejano, molesto, se instaló en sus oídos, haciéndola fruncir el ceño. Como si alguien hubiera encendido una televisión en otra habitación, una vibración casi imperceptible. Sacudió la cabeza, intentando ignorarlo, pero algo dentro de ella se estremeció.

¿Cuánto tiempo había pasado realmente?

Fuera de la finca, el viento agitaba las hojas de los viñedos, produciendo un susurro bajo que se colaba a través de la ventana entreabierta.

Un sonido tenue, casi imperceptible, pero que en la soledad de la madrugada se amplificaba.

La sensación de intranquilidad seguía ahí, agazapada en algún rincón de su pecho.

Como si algo invisible en la habitación estuviera observándola.

Bostezó levemente, dejando el libro sobre su abdomen y cerrando los ojos un instante. Solo un segundo, se dijo. Solo un respiro antes de continuar.

El sueño la envolvió con la sutileza de un veneno. Antes de darse cuenta, la música había cambiado. « My Immortal » flotaba en el aire, pero sonaba distorsionada, como si alguien la estuviera reproduciendo en una cinta vieja. Y entonces, sintió las manos en su cuello.

La música seguía sonando en algún lugar del internado. Un eco distorsionado de «My Immortal» de Evanescence flotaba en el aire, mezclándose con la risa ahogada de las sombras que la rodeaban.

Había aprendido a no llorar. Al principio, aún creía que el mundo era justo. Que la crueldad tenía límites. Que había alguien que vendría a detenerlos. Luego entendió que nadie iba a venir.

Creció entre campos dorados, entre la risa de los caballos y la calidez de la tierra andaluza, creyendo que la gente era como el sol: brillante, fuerte, infinita.

No entendió lo que era la verdadera maldad hasta aquella noche.

Era invierno en Suiza, y la nieve cubría el internado como un sudario. El frío se filtraba por las paredes, por los pasillos largos y silenciosos. En su cuarto, con la luz de su lámpara iluminando un libro de «Jane Eyre», sintió la primera punzada de alerta cuando alguien llamó a su puerta.

—Ven con nosotras —dijeron.

La voz era femenina. Dulce. Hipócrita.

Se dejó llevar porque quería pertenecer. Quería creer que la burla era una forma torcida de aceptación.

El pasillo estaba oscuro cuando la hicieron entrar en los baños. Demasiado oscuro.

No supo que era una trampa hasta que sintió las manos en su cuello.

El juego de los débiles.

La sujetaron sin esfuerzo. Tres chicos. Dos chicas.

Manos que apretaban. Sonrisas que no eran humanas.

La cinta cubrió su boca. Los cinturones apretaron sus muñecas hasta que la piel ardió. No intentó gritar. No porque no pudiera, sino porque sabía que no serviría de nada.

—Vamos a enseñarte algo —susurró una de las chicas, una rubia de apellido impronunciable. Una princesa de hielo con una sonrisa que cortaba más que una navaja.

Una de las hebillas del cinturón le presionó la muñeca. Otra le mordió la piel del cuello cuando la empujaron contra el suelo.

—Las chicas como tú no entienden su lugar —murmuró uno de los chicos. Su aliento olía a vodka y cigarrillos caros.

La navaja descendió por su clavícula con la delicadeza de un trazo intencional. Un susurro caliente en su oído: «Siempre serás un cordero rodeado de lobos.» No era una amenaza. Era una sentencia.

Nya despertó con un jadeo entrecortado. Su garganta ardía.

Su piel estaba fría, perlada de sudor, pero sus muñecas dolían como si las cintas siguieran allí.

Sus manos temblaron. El aire pesaba. Como si el pasado no la hubiera soltado del todo.

Su respiración se le escapaba entrecortada, descompasada.

La presión en su pecho aumentó, como si alguien invisible le estuviera apretando el esternón.

Llevó una mano instintivamente al lugar de la opresión, sin darse cuenta del gesto.

El aire tenía un aroma extraño. Nieve. O tal vez cigarrillos caros. Algo que no debería estar allí, pero que flotaba en su mente como un eco sensorial de su memoria.

La música había cambiado.

No era « My Immortal ». Ahora sonaba otra canción, más lejana, como si la lista de reproducción hubiera avanzado sin que ella lo notara. Pero no recordaba haber pasado ninguna canción. Ni siquiera recordaba haber escuchado el final de la anterior.

¿Cuánto tiempo había estado dormida realmente?

Se apartó las sábanas con torpeza, sus piernas cediendo un instante cuando intentó incorporarse. Necesitaba aire, agua, cualquier cosa que la sacara de la presión que aún le oprimía el pecho. Caminó hasta el baño con pasos temblorosos, encendiendo la luz con un movimiento brusco.