CAPÍTULO 3
Corazón Oscuro
L a noche había avanzado, arrastrando consigo el refinamiento de las primeras horas y dejando en su lugar la distensión propia de la barra libre.
La pista de baile era un escenario de cuerpos en movimiento, de risas que se elevaban sobre la música y copas que se alzaban entre brindis despreocupados.
La formalidad se había diluido en la brisa cálida de la madrugada, y la elegancia medida de los invitados se había transformado en una despreocupación embriagadora.
Nya se encontraba atrapada en una maraña de conversaciones, atenciones y pequeños compromisos sociales.
Cada cierto tiempo, alguien la retenía con una copa en la mano, agradeciendo su hospitalidad, recordando anécdotas de la infancia o halagando la belleza del evento.
Sonreía, asentía, respondía con la misma destreza con la que se movía entre la multitud, pero en el fondo sabía que estaba esquivando algo más que los brindis interminables.
Aeris.
Desde la cena, no había vuelto a acercarse, pero tampoco había desaparecido.
Se mantenía en el límite de su visión, siempre a una distancia prudente, como si estuviera aguardando el momento adecuado.
No la buscaba activamente, pero tampoco la perdía de vista.
Y lo sabía, porque en cada pausa, en cada instante de respiro entre conversaciones, sentía su mirada fija en ella.
El sonido inconfundible de una guitarra y el murmullo grave de una voz conocida inundaron la estancia.
«Shape of My Heart» de Sting comenzó a sonar a través de los altavoces, y la atmósfera pareció ralentizarse con la cadencia melancólica de la melodía.
Alrededor, las parejas se mecían con la naturalidad de quienes ya habían abandonado cualquier resistencia al momento.
Nya sintió que el aire cambiaba. Como si la noche hubiera contenido la respiración por un instante.
Aeris seguía allí.
Y esta vez, la distancia entre ellos comenzaba a acortarse.
Aeris había esperado bastante. No porque dudara, sino porque sabía que la paciencia era una de sus armas más letales.
Observó cómo Nya se movía entre la gente, atrapada en la marea de interacciones sociales, obligada a sonreír, a asentir, a dejarse envolver por la cortesía.
Pero la vio, realmente la vio. No en los gestos ensayados ni en la gracia con la que se deslizaba entre los invitados, sino en esos segundos en los que su mirada se perdía en el vacío, en los momentos en que se giraba levemente, como si buscara una salida sin parecer descortés.
Esperó hasta que la multitud la dejó sola por un instante. Y entonces, se movió.
El cambio en la música fue su señal. Las primeras notas de «Blackheart» de Two Steps from Hell comenzaron a reverberar en el ambiente, como un latido oscuro que resonaba bajo los murmullos.
La melodía se alzó con una intensidad sigilosa, cargada de algo más profundo que una simple invitación al baile.
No era una canción romántica convencional.
No invitaba a la ternura, sino a la tensión.
Al roce entre lo inevitable y lo prohibido.
Aeris cruzó la distancia con la misma determinación con la que abordaba un interrogatorio.
No había dudas en sus pasos, ni titubeos en su postura.
Se detuvo frente a ella, el murmullo del mundo desvaneciéndose en el eco de la música.
La luz tenue proyectaba sombras sutiles en su rostro, marcando la dureza en sus facciones y el brillo calculador en su mirada.
Extendió la mano con la calma de quien ya conoce la respuesta.
—¿Bailamos, señorita Palacios? —su voz fue baja, lo justo para que ella la escuchara entre el compás envolvente de la música.
Nya no respondió de inmediato. Sus ojos se encontraron en un duelo silencioso, una batalla de voluntades que no necesitaba palabras.
Aeris notó cómo su respiración se volvió más lenta, no en señal de nerviosismo, sino de cálculo.
Estaba sopesando su siguiente movimiento, midiendo las consecuencias antes de decidir si entrar en el juego.
Alrededor de ellos, el mundo seguía en movimiento, pero en ese momento, solo existían ellos dos.
Nya podía decir que no. Quizá debiera hacerlo. Pero la simple idea de rechazarlo implicaba admitir que aquello le importaba, que su presencia alteraba la serenidad ensayada que mantenía. Y no podía permitirse ese lujo.
La música no solo envolvía la atmósfera; la moldeaba, la volvía densa, peligrosa. No era una melodía para enamorarse. Era el eco de algo que precedía al desastre.
La profundidad de la melodía parecía sincronizarse con la tensión que vibraba en el aire entre ambos. No era una pieza diseñada para el romance, sino para el desafío, para el roce de dos fuerzas que se midieran sin retroceder.
Aeris no apartó la mano, pero tampoco insistió.
Su postura seguía inquebrantable, su expresión carente de urgencia, pero no de expectación.
Sabía que ella no diría que no. Lo estaba viendo en la forma en que sus labios se curvaban apenas, en la manera en que sus dedos rozaron la tela de su vestido antes de exhalar con lentitud.
Nya inclinó ligeramente la cabeza, dejando que una sonrisa de desafío, tenue pero latente, apareciera en sus labios.
—¿Sabe usted bailar, señor Harper? —preguntó con la misma calma con la que alguien deslizaría una carta ganadora sobre la mesa.
El destello en la mirada de Aeris le confirmó lo que ya sabía. No era solo un baile. No era solo un momento. Era una batalla que estaban dispuestos a pelear, incluso si ninguno de los dos tenía claro el premio.
Con la misma lentitud medida, sus dedos se entrelazaron con los de él, y la noche se tragó todo lo demás.
El primer contacto fue mínimo. Pero lo que contenía era mucho más vasto que el roce de dos pieles.
Aeris la sostuvo con la firmeza de alguien acostumbrado al control.
Su mano en la curva de su cintura no era un reclamo, sino una certeza.
Nya, por su parte, descansó la suya en su hombro con una ligereza engañosa, como si se concediera a la danza sin perder el dominio de sus propios movimientos.
Se dejaron llevar por la música, no con la cadencia plácida de dos personas que bailan, sino con la cautela de dos sombras midiendo sus límites en la penumbra.
Los violines se alzaron en la melodía, y con ellos, el ritmo de sus cuerpos se ajustó al pulso grave de la composición. Aeris la guió con precisión, sin titubeos, y Nya le permitió hacerlo, pero solo hasta donde ella decidía. No se trataba de una entrega, sino de un equilibrio sutil.
El mundo exterior se desdibujó en un eco lejano.
No importaban los murmullos de los invitados, ni las luces ambarinas que flotaban en el aire, ni siquiera la brisa de la madrugada que filtraba el aroma de los viñedos.
Solo la sensación de la música latiendo entre ellos, como una pregunta sin respuesta, como una amenaza latente.
Cada paso era una nueva prueba. Un roce de control y desafío.
Nya lo miró, y en sus ojos no había rendición.
Aeris sostuvo la mirada, y en la suya no había clemencia .
El baile, más que una danza, se convirtió en un pacto silencioso.
Un juego que ninguno estaba dispuesto a perder.
Los compases de la música marcaban el ritmo de una conversación muda entre ellos.
No era un intercambio de palabras, sino de intenciones.
Aeris presionó apenas con su mano en su cintura, sintiendo la resistencia medida de Nya, el modo en que ella se negaba a ceder más de lo necesario.
Era un equilibrio en constante ajuste. Un enfrentamiento envuelto en la elegancia del movimiento.
El roce de sus cuerpos era sutil, pero el calor era palpable. Cada giro, cada desplazamiento en la pista, estaba calculado, pero había algo más allá de la mecánica del baile. Un magnetismo silencioso. Algo primitivo que latía bajo la superficie.
Nya no apartó la mirada. No rompió la conexión. Aeris tampoco. Ambos mantenían el pulso con la precisión de dos duelistas, conscientes de que el primero en bajar la guardia perdería algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a entregar.
El violín alcanzó su punto álgido, un crescendo que tensó el aire como un hilo de seda a punto de romperse.
En ese instante, Aeris percibió el cambio.
Un destello en su mirada. Un sutil ajuste en su respiración.
No un suspiro, no un jadeo. Algo más primitivo: una falla en el control absoluto que ella siempre proyectaba.
Un parpadeo tardío. Un pestañeo que duró apenas un segundo más de lo normal.
Un intervalo breve, pero que a él no le pasó desapercibido.
Y supo, en ese preciso momento, que aquel baile no era solo un desafío.
Era un presagio.
El zumbido de un móvil vibró contra su pecho, rasgando la burbuja en la que se encontraban. Aeris apenas se apartó, sin soltarla del todo. La sacudida de la realidad llegó como una bofetada.
Nya lo sintió antes de que él siquiera llevara la mano al bolsillo.
La forma en que su agarre cambió, en que su cuerpo pareció endurecerse con una tensión distinta a la que había impregnado el baile.
Se quedó allí, expectante, mientras Aeris sacaba el teléfono con un movimiento seco y deslizó el dedo sobre la pantalla.
—Harper —Su voz cortó el aire como un bisturí, sin rastro del hombre que, segundos atrás, había sostenido su cintura con la precisión de un depredador jugando con su presa .
Nya observó cómo su expresión cambiaba. No de manera brusca, pero suficiente para que ella lo notara. La sombra de la diversión que había en sus ojos se disipó, reemplazada por la dureza de la realidad que acababa de irrumpir entre ellos.
—¿Dónde? —preguntó, sin inflexión en la voz. Asintió levemente, aunque quien estaba al otro lado de la línea no podía verlo. Su mandíbula se tensó apenas cuando escuchó la respuesta— Entendido. Llego en veinte minutos.
Aeris colgó. Dejó escapar un suspiro casi imperceptible antes de volver la mirada a Nya. Aún la tenía sujeta, aunque su contacto ya no llevaba el matiz del desafío. Ahora era otra cosa. Algo más frío. Más real.
—¿Va todo bien? —preguntó ella, con fingida indiferencia.
—Gajes del oficio. La Policía Nacional ha solicitado la presencia del juez de guardia —explicó, ajustando el nudo de su corbata con un gesto automático—. Levantamiento de un cadáver.
Nya parpadeó, no sorprendida por la información en sí, sino por la manera en que él lo decía. Como si no fuera la primera vez. Como si fuera parte de su vida. Un matiz de su rutina que pocos comprenderían.
—Interesante —murmuró, sosteniéndole la mirada—. ¿Siempre asiste usted personalmente?
—Siempre. Prefiero ver la realidad con mis propios ojos. A fin de cuentas, soy quien instruye un caso.
Un silencio se instaló entre ellos, pesado, cargado de algo que ninguno de los dos quiso verbalizar. La música seguía sonando a su alrededor, indiferente a la desconexión que se había abierto entre ellos en cuestión de segundos.
Aeris inclinó la cabeza apenas, una despedida silenciosa. Su expresión se había vuelto inescrutable otra vez, pero Nya vio lo que había más allá del control. Una sombra de cansancio. O quizás de otra cosa.
—Debería decir que ha sido un placer, señorita Palacios. Pero los placeres, como las ilusiones, tienden a disiparse demasiado rápido —su voz recuperó su tono usual, frío, metódico.
Nya inclinó la cabeza, evaluándolo.
—Pero no lo va a decir —concluyó ella, con una sonrisa ladeada.
Aeris esbozó una sombra de sonrisa.
—No acostumbro a mentir.
Y sin más, la soltó. Dio un paso atrás y se giró, abandonando la pista con pasos medidos, dejando tras de sí la sombra de lo que había ocurrido entre ellos. La música seguía sonando, pero para Nya, algo en el aire había cambiado.
No era solo la interrupción de la llamada .
Era el presentimiento de que esa despedida no era definitiva.
Y, por alguna razón, esa certeza la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.