CAPÍTULO 2 #3
Se levantó con una elegancia medida, copa en mano, deslizándose entre las mesas con la compostura de quien ha sido entrenado para moverse en escenarios así desde la infancia.
Pero por dentro, sentía el peso oprimiendo su pecho, una presión sorda que le advertía que aquello no era solo un discurso.
Era una exposición. Un momento en el que todos los ojos estarían sobre ella.
Y un par de ellos, en especial, no la dejaban en paz.
Aeris la observaba con detenimiento desde la mesa.
No con la simple curiosidad de los demás, sino con el escrutinio quirúrgico de alguien que estaba descifrando un enigma, pieza por pieza.
Nya no necesitaba mirarlo directamente para saber que la estaba analizando.
Podía sentirlo, como un peso tangible sobre su espalda.
Mientras caminaba hacia el centro de la sala, supo con certeza que él lo había notado.
No solo su incomodidad.
No solo que odiaba hablar en público.
Sino que había algo en su historia que la hacía temer la exposición.
Y esa idea la aterraba más que el discurso en sí.
Cuando se detuvo en el centro de aquella carpa, Nya alzó la copa y barrió la multitud con la mirada, buscando en los rostros de los asistentes un punto de anclaje. Su vista se detuvo en Carmen, su amiga de la infancia, la única razón por la que estaba dispuesta a soportar aquello.
—Podría decir muchas cosas esta noche —comenzó, su voz clara, pero sin perder la suavidad con la que siempre modulaba sus palabras—. Pero creo que lo mejor es recordar de dónde venimos.
Se giró hacia la novia, esbozando una sonrisa más genuina.
Cada palabra era un hilo tensado sobre un abismo, pero su voz se mantuvo firme.
—Carmen y yo crecimos en esta finca. Para muchos, «La Negra» es solo un lugar hermoso, pero para nosotras es mucho más que eso.
Es el escenario de nuestros primeros secretos, de nuestros juegos interminables, de las tardes en las que nos escapábamos para escondernos entre los viñedos, convencidas de que el mundo terminaba donde se perdía la vista del cortijo.
Unas risas suaves recorrieron la sala. Carmen asintió con nostalgia, sus ojos brillando con el reflejo de los recuerdos compartidos.
—Recuerdo cuando jugábamos a imaginar cómo serían nuestras bodas —continuó Nya—.
Juramos que nos casaríamos aquí, que haríamos una fiesta tan grande que todo Jerez nos envidiaría.
Pero, por supuesto, a los trece años no pensábamos en detalles como el precio del catering o los inevitables discursos incómodos.
Más risas. El ambiente se relajó apenas un poco, y Nya aprovechó para respirar con disimulo.
—Hoy, Carmen, cumples ese sueño —dijo, con una calidez inusual en ella—. Y no puedo imaginar un regalo mejor que darte este lugar, que ha sido testigo de nuestra historia, para que sea ahora testigo de este nuevo capítulo en tu vida.
Carmen llevó una mano al pecho, visiblemente emocionada, y Nya se permitió sostener la mirada un segundo más antes de girarse hacia Raúl, el novio.
—Raúl, te cedo a mi mejor amiga, pero con una advertencia —agregó con un toque de humor—. Si alguna vez la haces llorar, te recuerdo que tengo una amiga preciosa, una excusa… y un sitio donde enterrarte. Así que, cuídamela ¿vale? Porque te llevas un tesoro.
Las carcajadas estallaron con fuerza, disipando cualquier tensión. Carmen se echó a reír entre lágrimas y Raúl levantó su copa con una sonrisa de complicidad.
Nya tomó un último aliento antes de concluir.
—Brindemos por Carmen y Raúl, por su amor, por su futuro y porque esta finca siga siendo el refugio de grandes momentos como este.
Las copas chocaron, el sonido del cristal llenó la estancia. Nya sonrió. Todo estaba en su sitio. Todo era perfecto.
Cuando bajó la copa, sus dedos tardaron en responder. Apenas un segundo. Pero Aeris lo vio.
El sutil temblor en su mano. La pausa mínima antes de soltar el cristal. Un pestañeo más lento. Un parpadeo que duró demasiado .
Y entonces lo supo. Algo no estaba bien.
El mundo se desajustó, no de golpe, sino como si el tiempo se resquebrajara en un déjà vu helado.
Parpadeó. La sala se torció en ángulos imposibles.
El aire olía distinto. ¿Quemado? No. A cenizas.
A algo que no estaba ahí. El mundo flotó por un instante, alejándose en una distorsión sutil.
Trató de hablar, pero su lengua se sentía demasiado gruesa en su boca.
Su respiración se volvió más consciente. Demasiado consciente. Como si cada inhalación requiriera más esfuerzo del que debería.
Un latido fuera de ritmo. Un golpe seco en la caja torácica, como si algo invisible se enroscara en su diafragma.
Un destello en la visión. Un cambio de luz que no había sucedido en la realidad.
«Aquí no… por favor».
Un parpadeo, y el mundo se encogió en los bordes. No negro. No exactamente. Como si la imagen se duplicara medio segundo antes de corregirse. Trató de enfocarse en un punto fijo, en algo que la anclara. Pero los rostros a su alrededor se desdibujaban, y su mente tardaba demasiado en procesarlos.
Una voz. Aeris. No podía oírla del todo. O sí. No lo sabía.
Su cuerpo estaba perdiendo la batalla antes de que ella pudiera reaccionar.
Un lapso. Un parpadeo demasiado lento.
Un error casi invisible.
Lo suficiente para que Aeris lo viera.