Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

El comentario no tenía peso en apariencia, pero Aeris nunca decía nada sin intención.

Se quedó observándola, midiendo la reacción, buscando el más leve cambio en su postura, el más sutil parpadeo que delatara algo.

Nya inclinó la cabeza ligeramente, como si analizara la frase desde diferentes ángulos, y entonces sonrió.

No era una sonrisa abierta ni amable, sino de esas que solo curvan un lado de los labios, cargadas de una ironía que pocos sabían manejar con verdadera elegancia.

—Es que no soy como la mayoría.

El filo en su voz era sutil, pero presente.

Aeris lo reconoció al instante porque era el mismo que solía usar él cuando quería probar los límites de alguien sin hacerlo evidente.

Se preguntó cuántas veces habría jugado ese mismo juego con otras personas y cuántas de ellas habrían caído en la trampa de subestimar lo que se escondía detrás de sus respuestas medidas.

Las palabras flotaron entre ellos con una tensión contenida, un choque de fuerzas que no necesitaba elevar el tono para sentirse.

No bajaron la guardia. No era su estilo.

El aire entre ambos estaba cargado de algo que Aeris no terminaba de definir, pero que lo mantenía atento, como si estuviera al borde de descubrir algo importante.

Nya desvió la mirada por un instante, apenas un segundo en el que sus pestañas se bajaron con deliberada calma, y Aeris notó algo.

No era nerviosismo, no era incomodidad con él.

Había algo más. Algo que la inquietaba, algo que se filtraba en su compostura perfecta como una grieta minúscula en una máscara bien construida.

Interesante .

—Y dígame, señorita Palacios —continuó, bajando un poco la voz, como si la conversación solo les perteneciera a ellos—, ¿en qué se diferencia del resto?

El desafío estaba planteado. Aeris observó la reacción. Un pestañeo. Una exhalación contenida. Un dedo deslizándose apenas sobre el borde de la copa, como si su mente hubiera necesitado una distracción mínima para no responder demasiado rápido.

«Interesante. No esperaba la pregunta».

Nya ladeó la cabeza con calma, pero sus dedos no dejaron de moverse. Como un tic imperceptible.

Aeris no necesitaba moverse para dominar la situación. Su mera presencia era suficiente para alterar el ritmo de los demás, y Nya no era la excepción.

La observó sin apuro, sin permitir que su mirada vacilara ni un instante.

Sabía que había algo en ella que no encajaba del todo en aquel escenario, y su instinto le decía que aquello que la diferenciaba no era solo actitud.

Nya mantenía la postura relajada, con los hombros levemente inclinados hacia atrás, pero sus dedos delataban otra cosa.

Jugaba con el tallo de la copa, con el mantel, con el tenedor.

Pequeños gestos de ansiedad que pasaban desapercibidos para cualquiera que no supiera lo que estaba buscando.

Pero Aeris sí lo sabía.

No era simple inquietud. No era incomodidad con él. Algo más la mantenía alerta, y eso era lo que realmente le interesaba.

—¿En qué se diferencia del resto? —repitió con calma, casi degustando las palabras.

Nya ladeó la cabeza apenas unos grados, y en la penumbra de su expresión apareció un destello de burla contenida.

—Si tuviera que explicarlo, no sería tan evidente, ¿no cree?

Aeris sonrió, o al menos, lo más cercano a ello. Una curva mínima en la comisura de sus labios.

—Las cosas que son evidentes suelen ser las más fáciles de ignorar —murmuró.

Ella sostuvo su mirada por un segundo demasiado largo.

Luego bebió un sorbo de su copa, como si aquello no tuviera importancia, pero él vio el leve movimiento de su garganta al tragar, la rigidez casi imperceptible en su mandíbula.

La gente que mentía en una sala de vistas tenía los mismos reflejos.

Interesante.

El silencio entre ellos se volvió espeso, cargado de algo más que simples palabras educadas. Nya jugueteó con la servilleta, deslizando el borde entre sus dedos. Un movimiento sutil, casi insignificante. Casi.

Aeris lo había visto antes. En la sala de vistas, cuando un acusado contenía un tic antes de responder. En los testigos que intentaban aparentar seguridad, pero cuyos cuerpos los traicionaban con cada inhalación demasiado medida.

No era nerviosismo. No con él. No encajaba en la imagen pulida y calculada que la joven presentaba al mundo. Pero en los pequeños gestos, en los silencios entre palabra y palabra, algo dentro de ella se estaba desmoronando.

Él conocía bien ese tipo de contención. Lo había visto en los testigos que tenían algo que ocultar. En los acusados que sabían que cada palabra podía condenarlos. Era el reflejo de alguien que pesa sus movimientos como si cada uno pudiera tener consecuencias que aún no estaba lista para enfrentar.

La observó con renovado interés, la atención precisa de un cirujano que disecciona cada detalle antes de hacer su primera incisión. Nya mantuvo la compostura, pero ahora lo veía. Ahora sabía que él lo veía.

Ella alzó una ceja, sosteniendo su copa con la misma gracia estudiada de antes.

—¿Algo en lo que pueda ayudarle, señor Harper? —su voz era un susurro suave, apenas lo suficientemente alto para que él lo escuchara.

Aeris apoyó la yema de los dedos en el borde de su copa, sin apartar la mirada de ella.

—Solo observo —respondió con calma—. Es lo que hago mejor.

Ella no apartó la vista. No desvió la mirada. Y Aeris supo entonces que la batalla no había terminado. Apenas estaba empezando.

No era un juego de poder. No era un intento de intimidación. Era curiosidad.

Algo en ella le recordaba a un testigo en la sala de vistas, a alguien que está escondiendo algo que aún no ha decidido si confesar.

La cena avanzaba entre conversaciones entrelazadas y brindis pausados.

El murmullo de los invitados se mezclaba con el suave tintineo de copas y el leve crujir de la cubertería contra la porcelana.

El ambiente, aunque distendido en apariencia, seguía cargado de sutilezas, de palabras calculadas y miradas que decían mucho más de lo que los labios pronunciaban.

Nya pensó que había superado la peor parte de la velada. Creyó que había recuperado el control de la situación, manteniendo su papel con la destreza de siempre. Pero entonces escuchó su nombre.

—Querida Nya —la voz cálida de Carmen Solano se alzó con esa naturalidad despreocupada que solo tienen quienes no entienden el peso de ciertas peticiones—, no puedes escabullirte tan fácilmente. Esta noche es especial para nosotros, y queremos que digas unas palabras.

El aire pareció volverse más denso en un instante.

La sonrisa de Nya permaneció intacta, pero sintió el golpe como un disparo en seco.

Un latido errático se alojó en su pecho, recorriéndole la garganta como si hubiera tragado hielo.

La presión en su pecho se intensificó, los nudillos de su mano izquierda se tensaron sobre la tela del vestido antes de que pudiera obligarse a soltarlos.

No hubo un cambio visible en su rostro. Solo un segundo de pausa.

Un instante diminuto en el que procesó la información y volvió a enmascararse.

Pero Aeris estaba entrenado para detectar esas fisuras.

La pausa era ínfima, casi imperceptible.

Casi. No era miedo. No era simple nerviosismo.

Era el tipo de tensión que viene de quien ha aprendido que cualquier error puede costarle caro.

No quería hacerlo. Pero tampoco podía negarse.

—Por supuesto —respondió con suavidad, alzando su copa con un gesto grácil. Su tono era impecable, carente de cualquier rastro de vacilación.