CAPÍTULO 2
Destino en la mesa
E l banquete había comenzado, transformando inevitablemente la atmósfera.
El bullicio inicial se había disipado, reemplazado por el tintineo de copas, el chirrido de sillas y la conversación medida de los asistentes.
Pero Harper sabía que la relajación era solo una ilusión.
En un evento de aquella magnitud, donde cada presencia tenía un propósito, las mesas no eran simples lugares de descanso.
Eran trincheras. Había mesas de aliados y de enemigos, lugares donde se negociaban favores con sonrisas vacías y territorios donde se enterraban viejas rencillas bajo brindis hipócritas.
Los anfitriones habían trazado el mapa con precisión quirúrgica, decidiendo quién debía sentarse junto a quién.
El destino de la noche estaba escrito en el orden de los asientos.
Aeris Harper no tenía intención de quedarse demasiado.
Aquella boda no era más que otra demostración de la maquinaria social funcionando a toda potencia, y aunque su trabajo lo había acostumbrado a moverse entre gente de ese tipo, no sentía la menor inclinación de permanecer más tiempo del estrictamente necesario.
Su plan era sencillo: mantener la cortesía, ceder a la hospitalidad, y salir en cuanto la oportunidad se presentase.
Pero Antonio Palacios tenía otros planes.
—Aeris, ven con nosotros. No querrás terminar en una mesa de desconocidos, ¿verdad? —Antonio sonrió. No fue una invitación. Fue un jaque mate.
Aeris sintió el movimiento antes de que sucediera, pero no tuvo escapatoria. Antonio ya lo había colocado en el lugar exacto donde lo quería. Una trampa que no necesitó más que una sonrisa bien calculada .
El toque en su hombro fue ligero, pero tenía el peso de una sentencia inapelable. Aeris no apartó la mirada, no dejó que Antonio viera la derrota en su rostro. Pero en su mente, el juego ya estaba decidido.
—Por supuesto —respondió, con la voz medida de quien no deja que el contrincante vea su jugada.
Ella estaba ahí.
El rostro de Estefanía Palacios, impasible y sereno, apenas mostró una reacción al verlo acercarse. Pero sus ojos sí. Durante una fracción de segundo, captó la chispa de sorpresa, esa pausa imperceptible antes de que volviera a erigir la misma máscara de siempre.
«No por elección», pensó Aeris. No había forma de que ella hubiera solicitado estar en la misma mesa que él.
Y si no lo había hecho, significaba que alguien más lo había decidido por ella.
Alguien como Antonio, quizás, con su perpetua costumbre de manipular el tablero sin que los demás se dieran cuenta de que estaban participando en su juego.
Aeris tomó asiento sin apurarse, midiendo cada movimiento con la misma precisión que empleaba en la sala de vistas.
Había aprendido hacía mucho que, en ciertos entornos, la paciencia valía más que la rapidez.
Su mirada se deslizó brevemente sobre Nya antes de apartarse sin señales de reconocimiento, como si fuera una más entre los rostros que lo rodeaban.
Como si no hubiera sentido esa chispa eléctrica en la atmósfera al darse cuenta de que estaban, una vez más, en el mismo espacio.
La cena apenas comenzaba, pero algo le decía que no sería un simple acto de protocolo.
La copa de vino giraba entre los dedos de Nya con la perezosa cadencia de quien ya conocía el guion.
El cristal era fino, de esos que se rompían con un susurro si se sostenían con demasiada fuerza.
La bebida desprendía un aroma a frutos oscuros y madera vieja, mezclándose con el vago perfume de cera derretida y flores frescas que impregnaba la estancia.
No necesitaba una presentación. No con él.
Y, sin embargo, ahí estaba su padre, con esa cadencia medida, con la voz rebosante de autoridad envuelta en falsa cortesía.
—Aeris, seguro que recuerdas a mi hija, Estefanía —dijo Antonio con su tono afable, ese que solo usaba cuando ya había ganado la partida antes de mover la primera pieza—. No creo que hayáis coincidido antes, pero seguro que os llevaréis bien.
La pausa. Sutil, casi imperceptible, pero ahí estaba. Lo dejó en el aire, observándolos con la paciencia de un cazador que espera a ver quién parpadea primero.
Ah, el juego. Su padre disfrutaba demasiado de esas maniobras. Pero lo que Antonio no entendía era que ella también sabía jugar.
Nya se permitió una sonrisa ligera, casi perezosa, pero no dirigida a Aeris, sino a su propio padre.
Una sonrisa que decía: «Sé lo que intentas hacer, pero no te lo pondré fácil».
Aquel tipo de formalidades eran tan absurdas como inevitables.
Aeris no reaccionó más allá de una leve inclinación de cabeza, su expresión neutra, impasible, como si la presentación tuviera algún tipo de validez real.
El juez sabía perfectamente quién era ella. Y ella quién era él. Pero jugarían el juego que Antonio había preparado para ellos.
—Encantado —musitó Aeris con aquella formalidad estudiada.
Nya sostuvo la copa en alto y la llevó a sus labios con deliberada calma antes de responder. El vino dejó un rastro afrutado en su boca, un dulzor engañoso que no terminaba de enmascarar la aspereza del roble en su retrogusto.
—El placer es mío.
En la superficie, todo era correcto, intachable.
Pero Antonio los miraba con la atención del que mide el efecto de cada palabra, cada gesto.
El aire olía a una mezcla de tabaco, cuero y perfume caro, un telón de fondo que reforzaba la opresión de la situación.
Nya lo conocía demasiado bien como para saber que su padre no hacía nada sin un propósito.
Y que, en aquel momento, estaba observando, esperando, calibrando.
Su padre aún no sabía si Aeris era un problema o una ventaja. Y Nya no tenía intención de ayudarle a descubrirlo.
No pudo evitar que su mente viajase años atrás.
La primera vez que entendió realmente el significado de la palabra «decisión» en los labios de Antonio Palacios.
Tenía nueve años cuando un caballo de la finca, un alazán robusto llamado Relámpago, tropezó en una zanja y se fracturó una pata.
Para ella, en su inocencia infantil, existía la esperanza de que los veterinarios pudieran arreglarlo.
Que, con cuidados y paciencia, Relámpago pudiera volver a correr.
Pero Antonio no veía las cosas de ese modo. Era un hombre duro, y sobre todo práctico.
El sol abrasaba la piel de su nuca cuando su padre la llevó hasta el establo. Relámpago yacía en el suelo, su costado subía y bajaba con respiraciones pesadas, cada exhalación más débil que la anterior. Había miedo en sus ojos oscuros. Miedo y dolor.
Antonio Palacios no dudó. Nunca dudaba.
Sacó el revólver con la misma calma con la que uno sacaría un reloj de bolsillo.
—Nada debe prolongarse más de lo necesario —La voz de Antonio sonó como una sentencia. Sin emoción. Sin prisa.
Apuntó.
Pero no disparó de inmediato.
Durante un segundo, solo un segundo, dejó que el peso del arma llenara el aire. Un segundo de silencio opresivo, de espera insoportable.
Y entonces disparó.
El eco del arma le reventó los tímpanos, vibrando en sus huesos como si un rayo la hubiera partido en dos. La sangre salpicó la arena con un sonido húmedo y denso, una mancha oscura esparciéndose bajo el cuerpo inmóvil de Relámpago.
El caballo dejó de respirar. Y ella también.
Un temblor subió por su garganta, quemándole el pecho. Pero su padre ya estaba guardando el arma, como si aquello no hubiera sido más que un trámite más.
Sin mirar atrás.
De vuelta en la mesa, sus dedos se crisparon sobre la copa de vino. Un reflejo involuntario. Un eco de aquella primera lección.
Ese era su padre. Un hombre que no se detenía, que veía el mundo en términos de utilidad y control.
Y ahora, mientras lo observaba jugar su partida con Aeris Harper, Nya comprendió algo con la frialdad de quien ya no espera misericordia. La única diferencia entre aquel día y esa noche era el arma.
Antes, su padre empuñaba un revólver. Ahora, un nombre.
Y, como siempre, estaba dispuesto a apretar el gatillo.
—¿Señorita Palacios? —La voz de Aeris rompió su ensimismamiento como una piedra arrojada a un lago en calma.
El peso de su recuerdo se disipó de golpe, arrastrado de regreso a la mesa y a la conversación en la que no quería estar.
Parpadeó un par de veces antes de alzar la mirada, encontrándose con los ojos de Aeris, expectantes, inquisitivos.
No había urgencia en su tono, ni un atisbo de emoción evidente en su rostro, pero Nya sabía leer entre líneas. La había estado observando.
Con un ligero ajuste en su expresión, curvó los labios en una sonrisa apenas perceptible.
—¿Sí, señor Harper? —respondió con una calma ensayada, como si la voz de su padre y el eco de aquel disparo no hubieran retumbado en su mente hacía solo unos segundos.
Aeris observó cómo Nya giraba su copa entre los dedos, con la misma calma con la que alguien barajaría una jugada antes de decidir qué carta poner sobre la mesa.
Se fijó en sus gestos, en la manera en que mantenía la postura relajada, aunque cada pequeño detalle de su lenguaje corporal gritara otra cosa.
No era inquietud lo que veía en ella, sino una forma de contención. Una máscara.
El ambiente alrededor de ellos se llenaba de conversaciones animadas y risas, pero en su mesa la tensión se hilaba de forma casi imperceptible, tejida en cada pausa, en cada matiz de sus palabras.
—Simplemente me parece curioso —comentó Aeris, con la cadencia despreocupada de quien deja caer una observación casual—. Pensé que conocía a la mayoría de los Palacios.