Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1) CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

Antonio Palacios no era un hombre que levantara la voz para imponer autoridad. No lo necesitaba. Su mera presencia bastaba. No hacía preguntas. No pedía favores. Sus palabras eran afirmaciones disfrazadas de sugerencias.

—Aeris —lo llamó, y Harper supo que aquella conversación no era opcional.

La paciencia se esfumó en un instante. No giró de inmediato.

Durante una fracción de segundo, se debatió entre la cortesía y el impulso de ignorar al hombre y seguir caminando.

Pero Antonio Palacios no era alguien a quien se pudiera desairar con facilidad.

Con un ligero suspiro, Aeris se volvió, ajustando su expresión a la neutralidad habitual con la que enfrentaba cualquier inconveniente.

—Antonio —respondió con una inclinación apenas perceptible de la cabeza. Su tono era cortés, pero carente de cualquier calidez innecesaria.

Antonio Palacios no parecía notar la impaciencia en su postura, o si lo hacía, simplemente decidió ignorarla.

Su porte imponente y su mirada inquisitiva lo convirtieron en un oponente formidable en cualquier conversación.

Aeris lo conocía lo suficiente para saber que cuando Antonio quería hablar, era mejor escucharlo.

—Quería discutir algo contigo —dijo el hombre, acomodándose el puño de la camisa bajo la impecable chaqueta de su traje—. Es sobre un caso que está por llegar a tu juzgado. Algo delicado.

Aeris no reaccionó de inmediato, pero lo reconoció al instante. No hacía falta que Antonio dijera más.

Los rumores habían estado flotando en los pasillos del edificio judicial desde hacía semanas. Un asunto sucio, de los que no dejaban cabos sueltos. Uno de esos casos en los que la verdad no importaba, solo la versión que pudiera sostenerse sin derrumbarse.

—Ya sé cuál dices —murmuró Aeris, su tono afilado como una hoja de bisturí—. Y si ha llegado hasta mí, significa que alguien está perdiendo el control de la historia.

Antonio no negó ni afirmó nada, pero su silencio bastó para confirmar la sospecha.

Aeris asintió con la mandíbula tensa, su mente dividida entre el sentido del deber y la mujer que, ahora, quedaba fuera de su alcance.

No era el momento, no era el lugar, pero aun así, mientras Antonio hablaba, su mirada buscó a Nya entre los asistentes, entre los destellos de copas elevadas en brindis vacíos y conversaciones monótonas.

Pero ella ya no estaba.

El lugar donde la había visto antes estaba vacío.

Algo en su pecho se tensó. Como cuando un testigo se retracta en el último momento o una prueba crucial desaparece del expediente.

Aeris apretó ligeramente los labios. Frustración. No. No era solo eso.

No era enojo, no era decepción. Era algo más insidioso, algo que se enroscó en su pecho con una intensidad irracional. No entendía por qué importaba, pero el hecho de que hubiera desaparecido sin que él pudiera anticiparlo le provocó una irritación sorda, latente.

—¿Me estás escuchando, Aeris? —La voz de Antonio lo trajo de vuelta a la realidad.

Aeris parpadeó, enfocándose de nuevo en el hombre frente a él. Su expresión no cambió ni un ápice.

—Por supuesto —mintió sin titubear.

Antonio lo observó durante un instante más de lo necesario, como si sopesara algo en su mente.

Finalmente, asintió, satisfecho de momento con la respuesta de Aeris.

La conversación continuó, un intercambio de datos, de previsiones, de detalles jurídicos que Aeris procesó con la misma eficiencia de siempre.

Pero en el fondo de su mente, en un rincón que no estaba dispuesto a reconocer, la inquietud persistía.

Había algo peligroso en ella, algo que no encajaba del todo con la imagen calculada que proyectaba.

Y lo peor no era eso. Lo peor era que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de si quería alejarse de esa sombra… o hundirse en ella.

—Es un buen hombre, Aeris —dijo Antonio, bajando un poco la voz, como si el simple hecho de pronunciar aquellas palabras fuera una confesión—. Tú y yo sabemos que no haría algo así. No es su estilo.

Ahí estaba. La petición implícita. Aeris exhaló despacio, sin apresurarse en responder.

—Si es inocente, lo sabré. —Su tono era medido, tan afilado como un filo de navaja—. Y si es culpable, lo siento, pero también lo sabré. La justicia es igual para todos, Antonio.

El hombre apretó los labios, claramente insatisfecho con la respuesta. Pero conocía a Aeris lo suficiente como para no insistir. La amistad tenía sus límites, y Antonio acababa de encontrar el de Harper.

—Solo quería que lo supieras —murmuró finalmente, ajustándose la chaqueta—. A veces, las circunstancias… hacen que las cosas parezcan lo que no son.

Aeris no respondió. Simplemente sostuvo la mirada de Antonio por un segundo más de lo necesario antes de girarse. No tenía sentido seguir prolongando aquella conversación. No cuando la verdadera pregunta que rondaba su mente no tenía nada que ver con la justicia.

Nya se había desvanecido en la multitud.

Y Aeris Harper no estaba acostumbrado a perder de vista lo que le interesaba.