CAPÍTULO 1 #2
Parpadeó. El sonido volvió a normalizarse, pero su visión se tornó extrañamente nítida. Demasiado nítida. Como si todo a su alrededor estuviera ralentizado.
Tragó saliva. Nadie parecía notar nada. Nadie más lo percibía. Solo ella.
Durante un instante, el murmullo pareció doblarse sobre sí mismo. Un eco retrasado. Como si hubiera escuchado esas mismas palabras antes.
Parpadeó. El sonido se fragmentó, como si la conversación a su alrededor se dividiera en capas superpuestas. Los labios de la mujer a su derecha se movieron… pero la voz llegó un segundo después. Como un programa de televisión mal sincronizado.
Su respiración se entrecortó levemente, una punzada de desorientación que desapareció tan rápido como llegó.
Pero algo no encajaba.
El sonido no debería llegar con retraso. El mundo no debería sentirse tan… distante.
Nya parpadeó de nuevo, sacudiéndose la sensación. No era nada. Solo el cansancio. O el ruido. O todo a la vez.
Pero no, todo seguía igual. No había repetición. No había eco.
Nya se mantenía dentro de la conversación pero nunca realmente en ella, flotando en la superficie sin dejar que la corriente la arrastrara. Sonreía cuando debía, asentía en el momento justo, respondía con la cantidad exacta de interés. Era un juego que conocía demasiado bien.
Pero entonces lo sintió.
Esa mirada.
Un escalofrío le recorrió la espalda como la caricia de un cuchillo afilado .
No era la primera vez que lo notaba, pero aquella vez decidió no ignorarlo.
Alzó la vista y lo encontró.
Aeris Harper.
Apartado del bullicio, como si el evento fuese una obra de teatro que no le interesaba ver, observándola con el gesto de quien examina una pieza única en una colección llena de imitaciones.
Había algo en él, en su forma de mirar, en la manera en que su presencia no pedía permiso para hacerse notar.
No sonreía, no se apresuraba en fingir cortesías.
Simplemente estaba ahí, con el aire de un lobo que aún no decide si su presa le resulta intrigante o solo otra sombra en la noche.
Había muchas formas en las que un hombre podía mirar a una mujer. Aeris Harper lo sabía. Había pasado años observando a la gente. Era parte de su trabajo, de su instinto. Y lo que veía en Nya Palacios no encajaba del todo.
No era una víctima de su entorno, como otros. No era una jugadora, como la mayoría. Había algo en ella, en la forma en que se movía, en la manera en que su presencia parecía controlada al milímetro. Como si no estuviera ahí por elección, sino por obligación.
Era solo una sensación. Un detalle menor. Pero Aeris no era un hombre que ignorara los detalles.
Los recuerdos cruzaron su mente en un latido.
No conocía a Harper en profundidad, pero su reputación bastaba para que su nombre se pronunciara en susurros entre la gente que habitaba los círculos de poder.
Frío. Implacable. Un juez sin misericordia, un hombre que se movía en el filo de la legalidad como si fuese su segunda piel.
Alguien que no se inmutaba ante el peso de sus propias decisiones.
Nya recordaba sus palabras y su exquisita oratoria de las conferencias que había dado un par de años atrás mientras estudiaba en Deusto.
Pero lo que más recordaba era cómo, en una de ellas, alguien a su lado había susurrado: « Harper es un hombre peligroso, pero no el único del que deberías cuidarte ».
La frialdad, la precisión con la que Aeris, como Juez, diseccionaba los protocolos de una fase de instrucción y enjuiciamiento, resultaron muy interesantes para Nya, aunque no de la forma que el resto de alumnos, que veían a un Juez atractivo que hacía que sus libretas quedaran en blanco.
Era un hombre inexpresivo en apariencia, pero tras esa mirada se escondía un pozo de oscuridad en el que siempre se sintió identificada.
Y ahora, estaba ahí, observándola.
Nya sostuvo la mirada, sin apartarse, sin demostrar sorpresa. No era una presa fácil. A pesar de su juventud, el tiempo la había hecho como era. Inexpresiva, desconfiada …
Él no apartó la vista.
El aire entre ambos se tensó. No era la primera vez que intercambiaban miradas en eventos como aquel, siempre había alguien que lo arrastrase a la finca de alguna manera.
Además, Harper era amigo de su padre, Antonio Palacios, pero aquella noche había algo diferente.
Algo en la quietud de Harper, en la forma en que la estudiaba, en la lentitud de su exhalación.
Como si ya hubiera llegado a una conclusión sobre ella y estuviese decidiendo qué hacer con la información.
Nya esbozó una sonrisa, apenas una sombra en sus labios. Lo suficiente para reconocer la mirada, para aceptar el desafío implícito en aquel instante congelado entre ellos.
No se trataba de admiración ni de simple curiosidad. Era la familiaridad de quien reconoce a otro con los mismos fantasmas. La misma capacidad para moverse en las sombras sin perderse en ellas.
Era algo más.
Algo oscuro.
Algo que apenas estaba a punto de empezar.
Aeris Harper no solía dudar. Era un hombre de decisiones rápidas y ejecuciones precisas. Pero aquella noche, en aquel maldito lugar lleno de hipocresía y apariencias cuidadosamente elaboradas, vaciló.
La vio sonreír. Apenas un destello fugaz en sus labios, como una promesa a medias o un desafío que solo él podía percibir.
Estefanía Palacios, Nya. Había algo en ella que no cuadraba con el resto de los asistentes, una grieta en la perfección, un resquicio de sombra en una sala cegadoramente iluminada.
Y Aeris quería saber qué se escondía detrás.
No debería haberle importado. Él no era un hombre que se permitiera distracciones, y sin embargo, se encontró avanzando sin pensarlo demasiado, sus pasos guiados por un instinto que no lograba racionalizar. No la había buscado. Pero ahora que la había encontrado, le resultaba imposible ignorarla.
Unos metros. Solo unos metros lo separaban de ella.
Y la interrupción llegó.