CAPÍTULO 1
Sombras entre copas
Seis meses después.
L as bodas eran una farsa. Siempre lo habían sido.
Sonrisas forzadas, discursos que nadie recordaría al día siguiente, y alcohol como única salvación ante el tedio.
Aeris Harper no se molestaba en ocultar su aburrimiento mientras pasaba la vista por la extensa hacienda que servía de escenario para el evento.
Había sido arrastrado a aquella celebración por su amigo Diego Alarcón, un abogado de familia con más conexiones en Jerez de la Frontera de las que alguien decente debería tener.
« Te vendrá bien salir un poco, Harper », le había dicho con esa insistencia insufrible. « Además, la familia Palacios estará allí. Convendría que te acerques ».
La Finca «La Negra» era un espectáculo de exceso andaluz.
Extensiones infinitas de viñedos y tierras de cría, con caballos pura sangre al fondo y un cortijo blanco inmaculado con tejas rojizas, imponente en el centro.
Fuentes con mosaicos árabes adornaban el patio principal, donde el bullicio de los invitados se mezclaba con el flamenco suave de una guitarra española en vivo.
Todo en aquel lugar rezumaba un aire de aristocracia decadente, de grandeza forzada que se mantenía a base de apariencias y dinero viejo.
El aroma a jazmín y leña flotaba en el aire, pero había algo más.
Algo metálico. Como olor a hierro caliente.
Aeris lo reconocía. Lo había olido antes, en los pasillos del juzgado, en los informes forenses, en las salas de autopsias.
No era literal, no aún. Pero era una sensación que se pegaba a la piel como un mal presentimiento, como la antesala de algo inevitable.
Un tintineo de cristales rotos lo sacó de su ensimismamiento .
Giró la cabeza en el mismo instante en que una copa de vino tinto se deslizaba por el mantel blanco, el líquido esparciéndose como una mancha oscura sobre la tela inmaculada.
La mujer que sostenía la copa -rubia, envuelta en un vestido de seda marfil- parpadeó con desconcierto antes de soltar una risa nerviosa, disculpándose con la camarera que se apresuró a limpiar el desastre.
Pero Aeris no apartó la mirada de la mancha en la tela.
Vino tinto. Espeso, denso bajo la luz dorada del patio. Parecía… sangre.
Una sensación incómoda se enroscó en su pecho. Un presentimiento que no pudo sacudirse.
Había estado en muchas bodas. La mayoría eran escenarios de batallas sociales disfrazadas de festividades. Pero aquella tenía otro matiz. No solo hipocresía. No solo negocios ocultos bajo sonrisas. Algo más denso, algo que, si cerraba los ojos, podía casi saborear en el aire.
Entrecerró los ojos. No era la primera vez que tenía esa sensación en eventos como aquel. Era como si la alta sociedad oliera a sangre, a puñaladas cubiertas de perfume caro.
La comida era un despliegue de tradición y opulencia.
Jamón ibérico de bellota cortado a cuchillo, servido sobre bandejas de plata, quesos payoyos, curados y fuertes, acompañados de picos crujientes, platos de gazpacho y salmorejo servidos en pequeñas cazuelas de barro, chacinas, montaditos de pringá , tortilla de patatas…
todo dispuesto sobre largas mesas de madera con manteles bordados.
Vinos de la tierra, olorosos y finos, sirviéndose en copas de cristal tallado.
Aeris apartó un vaso de rebujito que alguien intentó ponerle en la mano y se refugió junto a una columna del patio, limitándose a observar en silencio.
La multitud era un desfile de hipocresía.
Hombres de trajes oscuros con chalecos a medida, cada uno con su propio aire de importancia, hablando de negocios entre apretones de manos falsamente afectuosos.
Mujeres envueltas en vestidos que parecían diseñados para resaltar cada curva, sonriendo con la artificialidad de quien ha pasado demasiado tiempo en este tipo de eventos, lanzando miradas medidas y calibradas como si fueran parte de un juego de ajedrez silencioso.
Había un patrón en todo ello. Movimientos ensayados, conversaciones predecibles, sonrisas que se desvanecerían apenas cruzaran las puertas de la finca.
Y entonces la vio.
Estefanía Palacios.
No encajaba en ese cuadro de frivolidad maquillada.
Vestía de azul marino, discreta entre el mar de colores chillones que llevaban las demás.
No se contoneaba como las otras mujeres ni sonreía con la superficialidad de la alta sociedad.
Se movía con una naturalidad inusual, casi con la intención de no destacar.
Pero la ausencia de pretensión la hacía más visible.
Un contraste que no se esforzaba en ocultar.
Aeris la siguió con la mirada mientras ella cruzaba el patio, saludando con un leve asentimiento a los conocidos sin detenerse demasiado en ninguno.
Su elegancia radicaba en la indiferencia.
No necesitaba la aprobación de los presentes.
No buscaba brillar. Y, sin embargo, destacaba más que cualquier otra mujer en la fiesta.
Diego apareció a su lado con una copa en la mano.
—Veo que la has encontrado.
Aeris no apartó la vista de ella.
—No estaba buscándola.
—Pero ahora lo haces.
Diego sonrió con la expresión de quien lo ha visto todo antes.
—Estefanía es diferente. Lo sabes, ¿no? No es como las demás mujeres.
—No lo es.
—Eso puede ser un problema.
Aeris entrecerró los ojos.
—¿Por qué lo dices?
—Porque no le interesan los juegos. No como a los demás. No se deja impresionar por fortunas ni apellidos. Y tampoco necesita que la salven.
Aeris se permitió una leve sonrisa.
—¿Quién ha dicho que quiero salvarla?
Diego se rio por lo bajo.
—Porque la gente como tú no sabe hacer otra cosa. Venga ya, Harper, eres un puto juez despiadado, pero ves un cachorrito en la carretera y te empeñas en salvarlo.
Aeris lo miró de reojo, sin sonreír.
—Los cachorros mueren igual que los demás.
Diego alzó una ceja, divertido.
—Ya. Y sin embargo, aquí estás.
Aeris dejó la copa en la mesa más cercana. Diego lo conocía demasiado bien. Sabía que no había mordido el anzuelo, pero lo había considerado. Y eso, en sí mismo, ya era una respuesta.
—Si no la quieres para ti, ¿por qué me la señalas?
—Porque disfruto viendo cómo te complicas la vida. A veces me pregunto si en el fondo lo necesitas.
Aeris no respondió. Pero Diego vio el ligero apretón en su mandíbula y sonrió .
—Eres un cabrón.
Diego alzó su copa en un brindis irónico antes de perderse entre la multitud.
Aeris volvió a fijar su atención en Estefanía.
Ella estaba hablando con un hombre mayor, un gesto serio en el rostro, la espalda recta como si cada palabra tuviera un peso que no podía ignorar.
No reía por compromiso, no hacía gestos innecesarios.
No encajaba y, al mismo tiempo, parecía más en control de la situación que cualquier otro en esa boda.
Aeris exhaló despacio.
No encajaba. No como las demás mujeres en esa boda.
No como las personas que él solía vigilar.
Había una brecha en la fachada de Estefanía Palacios, una grieta demasiado limpia en la porcelana perfecta.
Y eso lo molestaba. No porque la encontrara atractiva, sino porque su existencia rompía un patrón.
Interesante. Muy interesante.
Estefanía Palacios -o Nya, como prefería que la llamasen desde la adolescencia- avanzaba entre los invitados con la misma gracia medida de siempre, un equilibrio perfecto entre cortesía y desapego.
Su mirada recorría el gentío con precisión quirúrgica, catalogando rostros, reacciones, palabras envueltas en azúcar y veneno.
La alta sociedad era un enjambre de sonrisas afiladas y promesas vacías, y ella sabía moverse en él como una sombra en una habitación iluminada.
Saludaba con una leve inclinación de cabeza, intercambiaba palabras amables sin detenerse demasiado, como si temiera que el contacto prolongado con aquellas figuras esmaltadas pudiese adherirse a su piel y mancharla.
Su nombre real le pesaba. Estefanía sonaba a legado, a imposición, a la imagen impecable que sus padres habían modelado con esmero.
Pero Nya… Nya era el susurro de una adolescente que se negaba a ser devorada por el protocolo, una cicatriz oculta tras la piel de porcelana.
Era un secreto que solo unos pocos conocían, una barrera entre su verdadero ser y la máscara que el mundo esperaba de ella.
La boda de Carmen Solano y Raúl Moreira era un acontecimiento que había estado escrito en la historia de su infancia desde que ambas jugaban a imaginar castillos y finales felices en los jardines de la finca.
Carmen era más que una amiga de la familia; era un lazo que había sobrevivido a la crudeza del tiempo y las expectativas.
Cuando le pidieron que cediera la Finca «La Negra» para la celebración, no lo dudó.
En un mundo donde cada gesto tenía un precio, ella quería que este regalo fuese algo puro, sin transacciones implícitas, sin favores que cobrar después.
Carmen era su amiga. La única que tenía.
El vestido azul marino abrazaba su figura con una elegancia casi sofocante.
No le pertenecía; era un disfraz, un papel que debía representar con precisión.
Su familia lo aprobaba. La prensa lo alabaría si tuviese la oportunidad de capturarla en una fotografía.
Y sin embargo, la verdadera Nya se escondía bajo la seda y el encaje.
Nadie sospechaba que, en lugar de los tacones que se esperaban en una noche como aquella, sus pies descansaban en la comodidad de unas deportivas bien ocultas bajo los pliegues del vestido.
Era su pequeña victoria silenciosa, un recordatorio de que aún conservaba una parte de sí misma lejos de los dictados de la sociedad.
Las voces a su alrededor eran un murmullo constante, como un río de promesas repetitivas. Felicitaciones mecánicas, adulaciones vacías… y, de repente, algo cambió. Un eco. Un retraso. Como si estuviera viendo una película desfasada.