Los crímenes de «Erebos Nyght» (Erebos Nyght 1)
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PROLOGO
L a tinta y la sangre
E l neón mortecino se filtraba por el ventanal, bañando las mesas en un violeta enfermizo.
La música ambiental casi no se percibía, una leve tormenta de notas distorsionadas que se confundía con la radio encendida detrás de la barra.
Un par de noctámbulos ocupaba la esquina del fondo, susurrando secretos que se perdían en el olor a café requemado y a tabaco clandestino que alguien fumaba en la puerta.
En una de las mesas cercanas a la ventana, el asesino removía su café con una cuchara de metal, clink-clink , girando con un ritmo hipnótico sobre el remolino oscuro. No estaba allí por el sabor rancio del café ni por la atmósfera decadente.
Estaba allí por ella.
Por Erebos Nyght.
La luz del móvil le helaba las pupilas. En su mirada ardía la devoción de un perro fiel… pero un perro rabioso, ansioso por morder.
En el hilo musical del local irrumpió un riff sombrío. El asesino alzó los ojos un instante: « Sweet Dreams » en la versión de Marilyn Manson reptaba por los altavoces con su oscuridad inconfundible.
El bajo retumbaba en los precarios altavoces, entremezclándose con su respiración contenida. Un acompañamiento perfecto para el culto perverso que estaba por oficiar.
Bajó de nuevo la vista al móvil: la última entrada del blog -una mera actualización anecdótica- no le interesaba. Deslizó con decisión hasta llegar más abajo, donde habitaban una de sus escrituras sagradas.
«El Hombre del Cuadro» .
Un escalofrío ascendió por su espalda, reverberando en cada vértebra. Ese título ejercía el mismo poder sobre él que la llamada de un dios que exige sacrificios. Y aquel relato, tiempo atrás, le había enseñado algo más grande que cualquier doctrina: la verdadera dimensión del terror.
El lienzo estaba en blanco.
Siempre estaba en blanco antes de empezar.
Las primeras pinceladas eran sutiles, casi un roce sobre la superficie impoluta, un leve trazo de grafito para delinear la silueta. El artista siempre comenzaba así. Como un susurro. Como una caricia.
El modelo se sentó en la silla, con el torso desnudo, la piel pálida a la luz de la lámpara de estudio. Los retratos exigían paciencia. Él lo sabía. El artista también.
--No te muevas --murmuró el pintor, con la voz envuelta en una calma engañosa.
La primera línea de pintura besó el lienzo con un trazo de umbra tostada.
El modelo parpadeó. Algo en la atmósfera había cambiado. El aire estaba más denso, más frío. Un escalofrío reptó por su columna.
Fue cuando notó la primera punzada.
No fue un dolor intenso. Solo un pequeño corte, un roce afilado justo bajo la clavícula.
El pintor sonrió.
--No te preocupes --susurró--. La carne es solo otro pigmento.
El modelo intentó moverse, pero la atadura en su muñeca se tensó. Solo entonces se dio cuenta de las correas sujetándolo a la silla. Solo entonces comprendió que no se trataba de una simple sesión de pintura.
--No --su voz murió en su garganta.
Pero el artista ya había empezado.
La segunda línea en el lienzo apareció al mismo tiempo que la hoja deslizándose sobre su piel. Un tajo limpio. Superficial, pero suficiente para que la sangre brotara en un hilo delgado, perfecto.
El pintor sumergió la brocha en el rojo cálido que se derramaba y volvió a trazar el contorno del rostro en el lienzo.
--La sangre seca con una textura fascinante. Es más vibrante que cualquier óleo --dijo, como si estuviera hablando del clima.
El modelo intentó gritar. No pudo.
El artista había pensado en eso. Un trapo empapado en trementina sellaba su boca.
--No arruines la composición --lo reprendió con dulzura--. Ya casi he terminado.
Cada trazo en el cuadro se reflejaba en la piel del modelo. Cada línea replicaba el corte en su carne. Era un reflejo perfecto.
El modelo no podía moverse. No podía hacer nada más que ver cómo su imagen cobraba vida en el lienzo, cómo su esencia se transfería a la pintura mientras su cuerpo se vaciaba poco a poco.
Cuando la última pincelada estuvo terminada, cuando el artista se alejó para observar su obra completa, exhaló un suspiro de pura satisfacción.
La carne aún latía.
La sangre aún goteaba.
El hombre en la silla seguía vivo, pero su mirada estaba vacía. Perdida en el reflejo de su propio rostro, atrapado en la tela.
El artista inclinó la cabeza y limpió la brocha con un trapo blanco.
--Ahora sí --murmuró--. Perfecto .
Perfecto.
Él lo había hecho realidad.
Se revolvió en la silla, complacido con el recuerdo.
El café estaba frío. Igual que su última obra.
El coleccionista de arte, atado frente a su cuadro favorito.
El lienzo, empapado en su sangre.
Cada corte en su piel, reflejado en la pintura. Perfecto.
La carne aún latía cuando el último trazo estuvo completo, un reflejo perfecto de su agonía convertida en arte. El retorcer de la madera al romperse, la textura del óleo mezclándose con el horror de un rostro mudo, condenado a convertirse él mismo en un retrato de muerte.
Se revolvió en la silla, complacido con el recuerdo. « Sweet dreams are made of these… » rugía Manson en la radio, como una banda sonora cruel que empujaba su memoria a retorcerse en ese gozo macabro. Su piel se erizaba con cada nota, como un pacto secreto con la oscuridad que solo él comprendía.
Erebos Nyght lo había guiado con su relato.
Y él, como un artista enfebrecido, había tomado la inspiración y la había elevado a la carne.
A la sangre.
Ella describía la oscuridad con la precisión de quien lleva algo podrido en el alma, y él… había reconocido en esas palabras la complicidad necesaria.
Uno de los suyos.
Solo que ella aún no lo sabía.
Tomó un nuevo sorbo. Le resultaba casi humorístico que el resto de los parroquianos siguieran con sus charlas triviales, ajenos a la revelación que él había vivido.
Ningún policía había sido capaz de seguir el rastro de su obra.
Ni una pista, ni una sospecha. No había vuelta atrás, no cuando uno se siente un dios emergiendo de la tinta.
«Tinta… o sangre» pensó, saboreando el concepto.
Porque toda historia de Erebos Nyght conducía a la inevitabilidad del dolor, y el asesino, con su devoción, la había perfeccionado.
Transformar la ficción en acto final.
Sus dedos se deslizaron por la pantalla, repasando líneas y párrafos que ya conocía de memoria: « El Hombre del Cuadro miraba desde el lienzo, esperando su momento para cruzar al otro lado …».
Un escalofrío de placer le recorrió la espina dorsal. Era casi como un rezo. Se sabía cada adjetivo, cada frase sórdida. Y lo mejor de todo: no podía detenerse .
La sed por llevar esas visiones a la realidad se había convertido en su droga personal.
Cerró un instante los ojos, dejándose mecer por la voz de Manson que susurraba sobre dulces sueños y destinos crueles. En su fuero interno, los latidos palpitaban con un ritmo contrario a la piedad, exigiendo más muertes escritas, más guías para su siguiente obra.
Porque ahora quería más.
Mucho más. Ya no se conformaría con seguir a la sombra de Erebos Nyght; deseaba que ella misma formara parte de la sinfonía siniestra que había iniciado.
Imaginó sus ojos, los de la autora, al descubrir lo que era capaz de hacer con sus palabras.
Un escalofrío de delirio serpenteó en su interior.
Iba a forzarla a comprender. A mostrarle que la oscuridad no era solo una fantasía literaria, sino una puerta que se abre a cuchilladas en la carne de los demás.
Y, por qué no, en la suya. Quería verla cruzar el umbral, mancharse las manos con tinta y sangre y sentir la epifanía de saberse todopoderosa.
—Puedo empujarla —susurró él, sin sonido, moviendo apenas los labios. Un camarero pasó a su lado y no le prestó atención. El asesino se regocijó en el anonimato—. Puedo hacerla matar.
En ese anhelo, se entrecruzaban sus planes.
Podía ver la secuencia: un nuevo crimen basado en otro relato de Erebos, llevado al extremo de la crueldad.
Así la obligaría a fijar sus ojos en él, a investigar, a no poder apartar la mirada.
Luego, cuando estuviera más acorralada, le mostraría que el siguiente paso era suyo.
¿Cuán tensas podrían ponerse las cuerdas de la voluntad antes de romperse?
La cuchara se detuvo. El café se había enfriado.
Afuera, la noche madrileña desplegaba su manto de neones y callejones sombríos, terreno fértil para depredadores y almas perdidas.
Se levantó con parsimonia, dejó unas monedas junto a la taza y susurró un « Sweet Dreams …
», su risa ahogada perdiéndose con la última estrofa que moría en los altavoces.
—El próximo relato —susurró, mientras se guardaba el móvil en el bolsillo—. El próximo será más… personal.
Se imaginó la cara de Erebos al ver su nueva obra imitando cada una de sus oraciones. O, mejor aún, improvisando con su propia sangre la continuación de un relato inacabado. Esa perspectiva le suscitaba un gozo tan intenso que tuvo que soltar aire despacio para contenerse.
¿Cómo reaccionaría ella al notar que sus pesadillas cobraban vida?
¿Se rompería o se uniría a la danza?
En la puerta, encendió un cigarrillo, a pesar del letrero de prohibido fumar, y dejó que el humo se mezclara con el olor a gasolina y adoquines mojados.
La Bohème quedaba atrás con su tenue iluminación.
La calle se desplegaba ante él como un escenario vacío, esperando la próxima representación.
En su cabeza, seguían reverberando las notas de Marilyn Manson, un eco que marcaba su pulso con crueldad.
—No puedo detenerme, Erebos —dijo, casi con ternura. Y en ese susurro oscuro, estaba la promesa de un futuro manchado de sangre.
Alzó el cuello de su abrigo y se adentró en la penumbra de la ciudad, dejando a su paso el poso de un café olvidado y el olor a tabaco. Todo quedaba en segundo plano cuando uno tenía la mirada puesta en un único objetivo: romper el límite entre la tinta y la carne, entre la ficción y la vida.
La tinta y la sangre eran, al fin y al cabo, la misma cosa, y él no descansaría hasta que la autora de sus pesadillas lo entendiera tan bien como él.
Su siguiente obra ya estaba en marcha.
Y esta vez, no se conformaría con emular sus relatos.
No.
Esta vez, quería algo más.
Quería que Erebos Nyght viera lo que había creado.
Quería que entendiera lo que significaba escribir con tinta de sangre.
Quería que ella… matara.
Toda persona tiene un lado oscuro.
Toda cuerda se rompe si se tensa lo suficiente.
Y él se encargaría de ello.
Y si la tinta no era suficiente, él mismo se encargaría de escribir con sangre.