Capítulo 42
Capítulo Cuarenta Y Dos
Vico
Sobre nuestras cabezas planean gaviotas que lanzan chillidos agudos, y debajo las olas se estrellan con fuerza contra la costa.
Aquí, en Bari, incluso a principios de abril las temperaturas son agradables por las tardes, aunque el agua sigue fresca.
La suave brisa marina me revuelve el pelo.
Lo aparto de un gesto para fijarme en la pantalla de la videocámara que Matteo sostiene en la mano.
Mi entrenador reproduce la grabación a cámara lenta. En el video, avanzo hasta el borde del acantilado con mi short de baño y compruebo mi posición. Luego, con un impulso potente, ejecuto un mortal con tirabuzón.
—Aquí —Matteo detiene la imagen y señala con el dedo mis piernas—. Mira qué torcidas están.
Asiento distraídamente.
—Las tensaré más, lo entiendo.
Por un instante, su mirada se posa en mí. Es mejor hacer como si no viera la expresión interrogante de su rostro.
—¿Qué más? —procuro sonar al menos un poco implicado.
Vuelve a poner el video.
—Todo el mortal es una mierda. Esa falta de tensión en el cuerpo se hace patente en el tirabuzón —niega con la cabeza y detiene otra vez la grabación—. Mira las pantorrillas y los pies. ¿Cómo te ha salido tan mal?
—Ya —murmuro, enfadado conmigo mismo.
Si en la competición dentro de dos semanas salto así, puede que pierda mi patrocinio. Las cláusulas del contrato son estrictas. Si no cumples, estás fuera.
—Voy a intentarlo otra vez —me giro deprisa para volver al punto de partida.
—Pero esta vez, concéntrate, por favor —me grita Matteo a la espalda.
Se ha dado cuenta. Por mucho que intente estar del todo presente en lo que amo, los saltos de acantilado, no consigo dejar de pensar en Hanna.
No nos despedimos. La noticia de su compromiso me golpeó con tanta fuerza que no fui capaz de verla una última vez.
Se acabó. Debería serme indiferente, pero mi corazón se rebela.
Se va a casar con Florian. Y con él convertirá mi hogar en una pensión.
Aprieto los puños y sacudo la cabeza para librarme de la opresión en el pecho. Estos pensamientos no tienen cabida aquí. Lo que me rodea ahora (el acantilado, el mar embravecido, mi deporte), eso es lo que importa. Así que inspiro hondo el aire salado y avanzo hasta el borde mismo de la roca.
—Enséñame lo que sabes —grita Matteo desde abajo—. Tú puedes.
Sé que quiere ayudarme, pero así solo aumenta la presión. En esos instantes antes del salto, donde antes había calma dentro de mí, hoy reina el caos. Aun así, asiento con energía.
Mis pensamientos dirigen mi vida, y yo controlo mis pensamientos. Mientras me recuerde que puedo hacerlo, podré.
Puedo hacerlo.
Concéntrate. Tensa los músculos. Ojos fijos. Despegue.
Arqueo el cuerpo en el mortal. Me abrazo las piernas… y desearía estar abrazando a Hanna.
Busco el agua con la mirada para orientarme. El mar es verde, igual que sus ojos.
¿Y ahora qué?
¿Qué tenía que hacer?
De pronto impacto con fuerza contra la superficie del mar. Los músculos se me aflojan y un dolor sordo me atraviesa todo el cuerpo. Fracciones de segundo después, las piernas tocan el fondo arenoso.
Maldita sea.
La he cagado otra vez. Este era el vigésimo intento de esta sesión de entrenamiento, y con cada salto lo estaba haciendo peor.
Permanezco bajo el agua todo el tiempo que aguanto la respiración. A estas alturas ya sé cómo reaccionará Matteo a este salto. Pero ¿qué se supone que debo hacer? Ya estoy intentando todo, y ni siquiera pensar en la enfermedad de Hanna me ayuda a sacarla de la cabeza. Mucho menos del corazón.
A brazadas firmes, nado hacia las rocas y me impulso fuera del agua.
Matteo deja escapar un suspiro, agotado.
—¿Qué te pasa?
En lugar de contestar, me encojo de hombros y agarro la toalla.
—¿Es la presión de la competición? —deja la cámara a un lado y señala con la barbilla las sillas plegables que trajimos—. Vamos. Suéltalo.
Rendido, me dejo caer en una de las sillas y contemplo la inmensidad del mar mientras me seco los hombros.
—Yo tampoco sé qué me pasa.
—No has entrenado durante varias semanas. Es normal que estés algo fuera de forma. Pero lo que he visto hoy… —vacila antes de decir la verdad, aunque su desconcierto es evidente—. Y no solo hablo de tus saltos.
Así que eso también lo ha notado. Y yo que pensaba que se lo estaba ocultando bastante bien. Me sujeto la cabeza entre las manos y respiro hondo.
—Esté donde esté tu cabeza, desde luego no estás aquí —dice con seriedad, y de pronto siento su mano en mi hombro—. Somos amigos. A lo mejor puedo ayudarte, pero solo podré si te sinceras conmigo.
—Te lo agradezco, pero ya no hay nada en lo que puedas ayudarme —respondo.
Durante la cena en la viña tuve la oportunidad de cambiar el rumbo de las cosas. Podría haber apostado todo para averiguar qué siente de verdad Hanna y si hay un futuro para nosotros.
Pero no lo hice.
En vez de eso, la dejé marchar. Puede que incluso la empujara directamente a los brazos de Florian. Encima, ahora la finca está vendida.
—Es demasiado tarde.
Me da unas palmadas en el hombro.
—Te entiendo —dice, aunque no tiene ni idea de lo que me pasa. ¿Cómo va a saber que, de pronto, me muero de ganas por una mujer, cuando siempre le he dicho lo mucho que valoro mi libertad?—. ¿Y ahora qué? ¿Cómo hacemos para que esto no se nos vaya de las manos?
Ojalá lo supiera. Lo miro, buscando ayuda.
—Dicen que el tiempo lo cura todo, ¿no?
Al instante veo a mi padre delante de mí. Con todo su dolor y su desesperación. Y empiezo a darme cuenta de lo ingenuo que es esperar que algún día vaya a olvidar a Hanna.
—Supongo que sí —Matteo suena bastante más optimista de lo que yo me siento—. Pero la competición es dentro de dos semanas. Si no…
—Lo sé.
A pesar del caos de mis sentimientos, tengo muy claro lo que está en juego.
Puedo perder mi único plan de futuro si no consigo deshacerme de mi otro sueño, que siempre estará fuera de mi alcance.
Con los puños apretados, me levanto de un salto de la silla plegable.
—Hora de intentarlo otra vez.