Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

—¿Qué otras decisiones has tomado sin considerar mi opinión? —pregunto, cada vez más intranquila. Me está ocultando algo, estoy segura. Cruzo los brazos sobre el pecho, hasta donde me lo permite la escayola, y observo cómo sus movimientos se vuelven cada vez más nerviosos—. Suéltalo ya.

Traga saliva con dificultad y luego se da la vuelta.

—Es por nuestro bien —dice. Alterado, va de un lado a otro—.

Tienes que entenderlo, hice todo para que tengamos un futuro seguro.

Por ti, Hanna. ¡Solo por ti! —se detiene junto a la ventana, se vuelve y junta las yemas de los dedos, formando un triángulo con las manos—.

Esto es lo que siempre quisiste. Nada era más importante para ti que eso.

Quizá espera que me acerque a él. Que le dé las gracias por cuidarme tanto y que me alegre de que esté dispuesto a cargar con ese peso por mí.

Pero así no puede seguir. Durante años le he dejado hacer lo que quería, olvidándome de mí por el camino. Eso tiene que acabar ahora.

—Eso es cierto. Sin embargo, no puedes decidir por mí el camino que vamos a tomar juntos —respondo.

Con expresión gélida, se acerca a mí.

—¿Y ahora, de repente, eso te supone un problema? —la voz casi se le quiebra— ¿Qué te pasa, Hanna? ¿Ese seductor te ha metido esas ideas en la cabeza?

¿Seductor?

No. Esto no va a funcionar. Sé perfectamente lo que intenta hacer, pero no va a funcionar. No hoy.

—No intentes desviar el tema. Te he preguntado algo y quiero oír la respuesta. Ahora mismo —digo con firmeza, sin permitirme apartar la mirada—. ¿Qué otra decisión has tomado?

Resopla con desprecio.

—He puesto la pensión como garantía del préstamo. Tenía que hacerlo. Si no, jamás me habrían dado tanto dinero en el banco.

Un momento. ¿Ha hipotecado nuestra pensión para pedir un préstamo a su nombre?

¿Ese lugar al que él solo se refiere como la pensión en vez de nuestra pensión, aunque yo he invertido miles de horas de trabajo no remunerado y el poco dinero que tenía de la venta de las joyas de la familia en su reforma?

Si todo esto sucede, ¡al final se habrá enriquecido gracias a mí!

—¡No puedes hacer eso! —resuello, pero las palabras se me atascan.

Niega con la cabeza, sin comprender.

—Claro que puedo. La pensión es mía. ¿Se te ha olvidado?

—En los papeles, quizá. Pero cuando vendí el anillo de mi padre para invertir en la reparación del tejado, me prometiste que… —no puedo seguir. Porque oigo lo ingenua que sueno. Las lágrimas me nublan la vista.

En ese momento, su expresión se suaviza. Se acerca y me sujeta con delicadeza por la parte superior de los brazos.

—¿Por qué haces un drama? Nos vamos a casar, Hanna. Entonces todo será nuestro, de los dos —dice en voz queda—. ¿Es que no ves que estás siendo injusta conmigo?

¿De verdad es así? ¿Estoy siendo injusta con él? ¿O es justo al revés?

Sollozo, sin saber ya qué pensar. Nunca me he interpuesto en los planes de Florian.

Él era el que hacía que las cosas pasaran. Yo, la soñadora inútil.

¿Quiénes somos realmente ahora?

¿Seguimos siendo los mismos?

Y si lo somos, ¿está bien que seamos así?

En sus ojos busco respuestas a mis preguntas.

—¿No he estado siempre ahí para ti? —pregunta, tan lleno de decepción que el corazón se me encoge dolorosamente— ¿No te he dado siempre lo que necesitabas? Primero un trabajo, luego un hogar. Y ahora incluso la posibilidad de un futuro económicamente seguro.

—Sí —admito, y todo lo que dice es cierto.

Y, sin embargo, en lo más hondo siento que, bajo esa superficie tan lógica, hierve otra verdad—.

Pero toda moneda tiene dos caras, y tú siempre te has encargado de que yo solo vea la que te beneficia —digo, sorprendiéndome a mí misma con mis palabras.

De pronto se me secan las lágrimas. Lo miro fijamente a los ojos—. ¿Alguna vez te he importado de verdad?

Inclina la cabeza.

—Desde luego.

—Entonces, ¿por qué nunca me has pedido mi opinión? —cierro los puños, el sudor empapándome las palmas— ¿Por qué has dictado el rumbo de nuestras vidas como si la mía te perteneciera por completo?

En realidad, puedo responder yo misma a la pregunta. Porque lo permití. Fue tanto culpa mía como suya. Él era el ejecutor absolutista. Yo, la obediente silenciosa.

Aprieto los labios para que no note cuánto me tiemblan. Estamos más cerca del núcleo de nuestra relación que nunca. Y sé que ha llegado el momento de ir a lo esencial.

Lo miro directamente a los ojos.

—¿Me quieres? —pregunto con intensidad.

Sin dudar ni un segundo, asiente con fuerza. Antes de que pueda decir nada más, levanto la mano.

—A mí, Florian. No a la Hanna diligente que te hornea pan, limpia las cabañas sin quejarse y siempre se esfuerza por complacerte —hago una breve pausa para subrayar mis palabras—. A la persona que soy aquí dentro —me llevo la mano al corazón—. Con todos mis sueños, mis fortalezas y mis debilidades.

Al principio veo desconcierto en sus ojos, pero luego sus músculos faciales se van relajando poco a poco. Abre la boca, aunque no dice nada.

—No puedes responder a la pregunta, ¿verdad? Porque en realidad no sabes quién soy —constato.

Nunca le han interesado mis pensamientos. Y hace unos instantes entendí por qué.

Para él, yo también siempre había sido solo Hanna Daydreamer.

—Yo… —empieza.

Niego con la cabeza y bajo la mirada hacia mi anillo de compromiso. Lo contemplo unos segundos, luego suelto el aire despacio y alzo de nuevo la vista hacia Florian.

—A veces hay que dejar atrás los viejos caminos para poder adentrarte en los nuevos —digo con la voz estrangulada. Con movimientos lentos, me quito el anillo del dedo, con la sensación de estar librándome de un grillete.