Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 24
46%

Capítulo 24

Capítulo Veinticuatro

Vico

Me llevo la mano al estómago.

Otra vez no. Por favor. Otra vez no.

Pero a mi estómago le da igual. Se contrae con tanta fuerza que me enrosco de dolor sobre el colchón de mi furgoneta.

Oh.

Dios.

Oh, Dios mío.

Cuando por fin remite, alargo la mano hacia la sábana. No me queda nada de fuerzas, pero no es de extrañar. Llevo así media noche. Con esfuerzo, me subo la sábana hasta la nariz.

—Eh, dormilón —la voz suave de Hanna me llega al oído—. Habíamos quedado para salir hace una hora. ¿Dónde estás?

Dormilón, y tanto. Dejo escapar un quejido. Es todo lo que consigo hacer.

De pronto, el colchón se hunde a mi espalda. Un momento después, su rostro se inclina sobre mí, con un pliegue marcando el espacio entre sus ojos.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, apoyando el dorso de la mano en mi frente sudorosa—. Tienes fiebre.

No, es justo al revés. Estoy helado.

—Sí —respondo de todos modos, sin fuerzas para replicar.

—¿Dónde te duele? —su mirada recorre mi cuerpo hasta detenerse en el punto donde presiono los antebrazos contra el estómago—. ¿No será que el pescado de ayer estaba malo?

—No lo sé. Estaba tan especiado que… —otro retortijón se abre camino por mi cuerpo—. Ay, Dios.

Su mano roza con cuidado mi espalda.

—Voy a buscar ayuda.

—No hace falta —replico, pero sin fuerzas.

—Aguanta —dice, con ternura—. Ahora vuelvo.

Antes de que alcance a entender qué pasa, ella ya se ha ido.

Cierro los ojos e intento respirar hondo y de forma regular hasta que vuelva.

¿Por qué tuve que pedir pescado? Hanna incluso me había advertido de no comer nada en un restaurante vacío, quizá llevaba días en la nevera porque no había clientes.

Pensé que exageraba. Y ahora pago las consecuencias.

—Tenemos que meterlo en la casa —dice Hanna, subiendo a la furgoneta y sujetándome por los hombros.

Detrás de ella aparece el rostro preocupado de Pietro.

—¿Puedes caminar, Vico?

Asiento y, con la ayuda de Hanna, consigo incorporarme. En cuanto salimos de la camper, Pietro toma el relevo. Apoyado en él, me arrastro hasta el bungalow de Camilla.

—¿No deberías estar en el hospital? —le pregunto a mi cuñado—. ¿O en el taller?

Niega con la cabeza, sonriendo.

—No te preocupes, en un momento me voy. Hoy dejan irse a Camilla y a las peques a casa y, por supuesto, voy a recogerlas.

—¡Qué maravilla! —exclama Hanna con ese tono de alegría en la voz que tuvo la primera vez que vio a mis sobrinas—. ¿Puedo prepararles algo?

—Creo que basta con que cuides de nuestro paciente —dice Pietro, mientras me dirige hacia la casa.

Una vez dentro, me dejo caer en el sofá cama de la habitación de invitados y cierro los ojos, completamente exhausto. Apenas he recorrido unos cuantos metros, pero me han dejado sin fuerzas. Siento algo fresco en la frente y en las muñecas. Luego caigo en un plácido duermevela.

Una voz suave tararea una melodía delicada, y una sensación de consuelo me envuelve.

—Todo irá bien —dice ahora la voz. Una mano me aparta el pelo de la frente y una brisa suave me roza la piel. Luego vuelve el tarareo.

Un suspiro se me escapa de los labios. El nudo del estómago se afloja y dejo de tiritar.

—Ha comido pescado en mal estado. Pero a estas alturas seguramente ya ha pasado lo peor —dice más tarde la voz. Probablemente la voz de Hanna.

—Ojalá —dice otra voz.

Algo pesado y cálido se posa sobre la parte alta de mi brazo.

—Está muy pálido.

¿Será Alessia la que habla?

—Estará bien. Yo me encargo de cuidarlo, no hay problema.

Sin problema. Qué bien suena.

—Ve a ver a las bebés. Son adorables.

Sí que lo son. Esas pequeñas adorables con sus deditos todavía más adorables. Puedo imaginarme a una delante de mí, abriendo los ojos.

Tienen los ojos verde mar.

Oigo pasos. Suenan amortiguados y huecos.

—Llámame si me necesitas —se abre una puerta.

—Lo haré, Alessia. Gracias.

Una silla chirría suavemente al moverse y luego cruje. El tarareo vuelve.

Tan melódico. Tan agradable.

¿Será Hanna la que canta? Levanto los párpados, solo un instante.

En efecto, está sentada justo a mi lado y contempla unas fotografías aéreas de nuestra finca en la pared. Parece satisfecha. La imagen se oscurece, pero no lo permito. Vuelvo a abrir los ojos.

Ahí está ese brillo fascinante en sus ojos. Es tan sereno que hace que me olvide del dolor. Me giro para verla mejor y el sofá chirría.

De inmediato, vuelve la cabeza hacia mí. Incluso en mi estado de aturdimiento, la veo pellizcarse la mano.

No debería hacer eso. ¿Por qué se castiga siempre que se deja llevar por su imaginación?

—Buenos días —dice en voz baja, inclinándose sobre mí—. ¿Cómo te sientes?

Tengo la boca seca.

—Sediento —farfullo.

Como si ya lo hubiera previsto, toma un vaso y lo acerca a mi boca, dejándome beber de él con los labios.

—Solo un sorbo por ahora.

Asiento, invadido por una oleada de gratitud. Luego sorbo un poco. Solo su presencia ya me hace sentir mejor. Trago el líquido.

—Gracias —digo, y al mismo tiempo comprendo que no basta.

No tenía por qué hacer nada de esto. Podría haberse enfadado conmigo por no haber aparecido e irse sola de excursión. Podría haberme visto tirado en mi furgoneta, pensar que era un vago y darse la vuelta. Podría haberme dejado a mi suerte y nadie la habría culpado.

Pero no lo hizo.

Dirijo la mirada hacia la ventana. La luz que entra tiene un matiz cálido.

—¿Qué hora es?

Ella mira su teléfono.

—Un poco más tarde de las seis de la tarde.

—¿Has estado aquí todo el tiempo? —pregunto con cautela.

—Por supuesto —responde con un tono tan obvio que me hace sonreír—. Nunca te habría dejado así.

Eso es… tan desinteresado…

—Gracias —quiero decir algo más, pero las palabras no me salen.

Da la impresión de que ella tampoco quiere oír nada más. Con expresión atenta, se inclina sobre mí.

—¿Qué tal te ha sentado el agua?

Presto atención a mi cuerpo.

—Ya no tengo retortijones. Menos mal.

Sus labios se curvan en una sonrisa de alegría.

—Mañana estarás casi como nuevo. ¿Quieres descansar un poco más?

No. Quiero estar con ella. Niego con rapidez.

—Cuéntame algo de ti —te pido impulsivamente.

Me mira con el entrecejo fruncido.

—¿Qué quieres saber?

—Todo —respondo, y lo digo en serio. Me interesa cada detalle de su vida. Quiero saber qué le gusta comer, dónde fue al colegio, quiénes son sus amigos y por qué habla tan bien italiano.

—¿Todo? —alza una ceja.

Asiento.

—Desde que naciste hasta hoy.

Por un instante esboza una media sonrisa para sí. Luego empieza a contar. Ya ha oscurecido cuando llega a la parte de su hermano.

—Con Elina encontró al amor de su vida —dice pensativa—. Si es que el amor verdadero existe, entonces ellos dos lo han encontrado.

Existe. Lo sé, pero no lo digo en voz alta. Escucharla es como escuchar una melodía hipnótica. Y el hecho de que no haya mencionado a Florian lo vuelve aún más hermoso. Es como si él no existiera. Al menos no en sus pensamientos y quizá ni siquiera en su corazón.

No es que eso fuera a cambiar nada. Es solo que… es hermoso.

Con cada hora que pasa me siento mejor y, al final, me atrevo a incorporarme en el sofá. Ya no me siento como un bloque de hielo y el estómago solo me da un leve vuelco de vez en cuando. Pero todo eso cambia de golpe cuando mi mirada se fija en la estantería de enfrente.

—¿Cómo ha llegado esto aquí? —pregunto sin darme cuenta al principio de que he dicho en voz alta lo que estaba pensando.

Hanna se levanta y va hacia la estantería.

—¿Te refieres a esto? —saca el álbum con cuidado, como si fuera un tesoro, y lo sostiene entre las manos—. No quería que se perdiera, así que se lo traje a Camilla.

La forma en que pronuncia la última frase hace que trague saliva con dificultad. ¿No quería que se perdiera? Bueno, para eso ya es demasiado tarde.

—Vuelve a guardarlo —mi voz ha adquirido un matiz de pánico, y lo oigo con total claridad. Y ella también.

Mirándome directamente, aprieta el álbum contra el pecho.

—¿Pero por qué? Estoy segura de que está lleno de recuerdos bonitos.

Sí, lo está.

Y ese es precisamente el problema.

Se acerca a mí.

—¿Lo miramos juntos?

¡Dios, no!

—¿Para qué?

¿Para volver a sentir el dolor del que escapé con mi nueva vida? Desde luego que no.

Imperturbable, se sienta a mi lado en el sofá.

—Mi padre también murió joven —dice en voz baja—. Al principio fue muy duro, pero hoy atesoro todos los buenos recuerdos de él en el corazón —me dedica una sonrisa melancólica—. No los cambiaría por nada del mundo.

No puedo entenderlo. No tiene sentido.

—¿Por qué?

Sus labios se curvan en una sonrisa.

—Porque no quiero perderme ninguno de los recuerdos bonitos. No quiero olvidarlos; quiero que sigan vivos dentro de mí.

—Pero el dolor… —no debería haber dicho eso.

Ahora lo sabe.

Sabe que nada me asusta más que la agonía que llegó con la muerte de mi madre. A mí, a mis hermanas y, sobre todo, a mi padre. Su muerte lo destrozó todo. ¿Cómo podría recordar los buenos tiempos sin desesperarme ante el hecho de que murieron con ella?

En lugar de condenarme por mi cobardía, me dedica una sonrisa cálida.

—¿Sufres?

—Cada día —admito sin dudar. Está ahí siempre que el silencio se apodera de mí. Solo cuando la adrenalina me recorre las venas me libero de verdad de ello. Nunca se lo he contado a nadie. Solo Hanna tiene permiso para saberlo.

—Has intentado librarte. Pero sigue ahí —dice con dulzura. Luego deja el álbum sobre mi regazo con una mirada cargada de intención—. A veces, hay que dejar atrás los viejos caminos para poder adentrarte en los nuevos.

Bajo la mirada hacia la tapa de cuero y recorro el borde del álbum con la yema del índice. Aunque una parte de mí ya no lo quiera, una voz en mi cabeza me lanza una advertencia estridente.

—Todo podría ir a peor —digo en voz alta, poniendo palabras a lo que domina mis pensamientos.

—Es posible —me agarra del antebrazo y lo aprieta con suavidad—. Pero también podría pasar justo lo contrario.

Con cuidado, deslizo la mano bajo la tapa, con los dedos temblorosos.

—Estoy aquí —susurra Hanna.