Capítulo 23
Capítulo Veintitrés
Hanna
Con movimientos torpes, abro la bolsa de brioches y coloco uno en el plato. La noche ha sido agotadora. Imágenes de Vico se colaban una y otra vez en mis sueños, imágenes que ni siquiera deberían existir.
Imágenes de él susurrándome palabras tiernas al oído. Acariciándome la mano. Meciendo al bebé entre sus brazos.
La cafetera zumba y saco una taza del mueble de arriba. Ni siquiera tengo que abrir la puerta, porque falta el panel de cristal. Nadie lo ha reemplazado, aunque los Olivetta parecen amar esta finca con todo su corazón. Todos, excepto Vico.
El timbre de mi teléfono me taladra los oídos. Tiene que ser Florian. En efecto, su nombre aparece en la pantalla. De inmediato, la culpa me oprime el pecho.
— Buongiorno, mio carissimo.
—¿Qué? —pregunta, desconcertado.
—Te he deseado buenos días, mi queridísimo —le explico en alemán.
Tengo la sensación de que hoy tengo que esforzarme el doble para demostrarle mi cariño.
Cruje una silla.
—¿Estás bien? —pregunta con desconfianza.
—Claro —sirvo el café en la taza y lo llevo hasta la enorme mesa de madera, el corazón de la cocina—. ¿Y tú?
Su respuesta es un gruñido malhumorado.
—¿Has recibido novedades? ¿Están listos los presupuestos?
Ayer llegaron los primeros presupuestos de un electricista y de un fontanero.
—No —respondo. Ni siquiera entiendo por qué le estoy mintiendo—. En Italia estas cosas tardan un poco más —añado en tono de disculpa.
—Entonces tienes que presionarlos, Hanna. No podemos esperar, y lo sabes.
Noto que intenta dominar la voz.
No está contento conmigo. Bajo la mirada hacia el suelo de piedra desgastada. Podría haberle dicho la verdad. No, debería haberle reenviado los presupuestos en cuanto llegaron.
—Lo haré.
—Sé que estás haciendo todo lo posible.
Oh, Dios, no, no es así. ¡Justo lo contrario!
Se me cierra la garganta, se me encoge el estómago. Vuelvo a meter los brioches en la bolsa.
—Es muy importante que sigas concentrada —continúa. Menos mal que hay cientos de kilómetros entre nosotros. Si pudiera ver mi cara ahora mismo, se daría cuenta enseguida de lo pésima pareja que soy para él—. ¿Hanna? —pregunta con tono acusador—. ¿Estás escuchándome?
—Claro que no —respondo con un chillido, como si de verdad me hubiera pillado soñando despierta.
Durante un momento solo oigo su respiración tensa. Probablemente esté valorando si seguir insistiendo.
—Está bien, sobre los artesanos... Llámalos otra vez hoy y diles que los presupuestos tienen que estar listos para mañana.
Aunque sé que lo hace por mi bien, su tono me mete presión. Camino de un lado a otro por la cocina, nerviosa.
—Lo haré.
—¿Y qué pasa con la familia Olivetta? ¿Has averiguado ya algo? —pregunta a continuación.
Mi mirada se posa en la cortina desgarrada, y la ventana que hay detrás está cubierta por una gruesa capa de polvo.
—Estoy en ello —digo, porque simplemente no sé qué más decirle.
Jamás podría confesarle lo mucho que he llegado a sentir por las hermanas. Y mucho menos puedo poner en palabras mi deseo más íntimo: que se queden con la finca. Que Vico se quede aquí, que su familia rota encuentre la paz y que vuelvan a producir el mejor aceite de oliva de la región.
—¿Es que ya no te importa nuestro futuro? —una oleada de decepción me golpea desde el otro lado de la línea.
—¡Claro que me importa! —respondo con la mayor firmeza posible. Puede que en los últimos días lo haya olvidado por momentos, pero eso no cambia que sea verdad—. Estamos construyendo los cimientos de una vida maravillosa —trago saliva—. Juntos.
—Juntos somos fuertes —dice con cariño—. Te necesito, Hanna. No puedo con todo esto sin ti. Lo sabes, ¿verdad?
El corazón me da un vuelco.
—Puedes contar conmigo —confirmo mientras la culpa me desborda. De inmediato regresa la jaqueca, acompañada de un pitido en los oídos. Entorno los ojos y me masajeo las sienes.
—Gracias —oigo decir a Florian, de todo corazón—. Mañana volvemos a hablar.
—Vale —murmuro, dejándome caer en una de las sillas cojas de madera.
Necesito mis pastillas con urgencia. Cuando me enfrente hoy a Vico debo tener la cabeza despejada. No puedo permitirme que me descoloque como hizo ayer. Y no solo porque no pueda darme el lujo de seguir distrayéndome de mi misión.
Miro con recelo la tirolina que se extiende a lo largo de todo el cañón.
—¿Lo dices en serio? —pregunto.
—Claro —responde Vico, encogiéndose de hombros con una naturalidad pasmosa, como si fuera lo más normal del mundo lanzarse a toda velocidad, a varios metros del suelo, entre rocas escarpadas—. Es totalmente segura. Y muy divertida.
Observo a los adolescentes que se atreven con aquel artilugio diabólico, protegidos solo por cascos naranjas, mientras lanzan gritos de alegría. Lo cierto es que parece que están viviendo algo que no van a olvidar fácilmente.
—Lo apunto en la lista y hacemos unas fotos —con eso debería bastar. Por desgracia.
—Pero ¿cómo piensas promocionar la tirolina entre tus huéspedes si ni siquiera sabes cómo se siente? —alza las cejas, animándome a seguir.
Desde que salimos de la finca por la mañana he intentado mantener suficiente distancia entre nosotros. No es nada fácil, aunque Vico también parece reservado hoy. No deja de cruzarse de brazos y dar un paso atrás, incluso cuando nuestros caminos ni siquiera llegan a rozarse.
—Mira, ahora va a montarse una niña —señala con el dedo hacia arriba. En efecto, veo a una chica de unos diez años que se abrocha el arnés de seguridad con entusiasmo.
—¿Crees que dejarían que los niños se montaran si fuera realmente peligroso?
—Lo más seguro es que no —admito, entrelazando los dedos con nerviosismo.
Tú no eres como ellos, Hanna, no lo olvides , gruñe la voz de mi madre dentro de mí.
Él aplaude con entusiasmo.
—Genial, pues hagámoslo.
Vuelvo a alzar la vista hacia la tirolina. La niña se impulsa desde la plataforma y desciende con los brazos abiertos, exultante.
—No te puedes hacer daño, por muy torpe que seas en otras cosas —oigo decir a Vico. No es la primera vez que parece saber exactamente lo que pasa por mi cabeza.
¿Por qué está tan empeñado en hacer algo aventurero hoy? Ya lo ha intentado varias veces, pero siempre he logrado convencerlo de lo contrario. ¿Será que necesita un chute de adrenalina?
A lo mejor, hasta es agradable…
Eso no es para ti. Más vale prevenir que curar, ya lo sabes , interviene de nuevo mi madre en mi mente.
—También podríamos ir directamente al restaurante; al fin y al cabo, también tenemos que probarlo —propongo a regañadientes.
Cuanto antes terminemos con todo, antes dejaré de lidiar con lo que me provoca su presencia. El cosquilleo en el estómago cuando sonríe y el calor en el pecho cuando me mira.
De pronto, da un paso hacia mí.
—Venga. Va a ser inolvidable, te lo prometo.
Está demasiado cerca para mi gusto.
La vida está para disfrutarla , susurra mi propia voz interior, como si intentara contrarrestar la de mi madre.
Asiento con dudas.
—Está bien.
Antes de que pueda arrepentirme, camino hasta la pequeña caseta de madera junto a la plataforma de salida.
Nos dan una charla de seguridad, nos proporcionan cascos y arneses, y luego nos unimos a la fila de personas que esperan su turno.
Hasta que nos toca, apenas hablamos. Vico no deja de teclear en su teléfono, y yo intento distraerme observando el entorno.
No sabía que en la Toscana hubiera un cañón.
Las rocas son tan escarpadas como las de casa, aunque no tan altas.
Un río turquesa serpentea por el valle a nuestros pies.
Incluso la vegetación es distinta al resto de la Toscana.
Hay bosques de verdad, e incluso distingo algunos abetos.
— Prego, signora —me indica el joven de pantalones de senderismo y mosquetón en mano, pero yo me quedo clavada en el sitio.
La inquietud me carcome por dentro. ¿De verdad es seguro? El suelo parece estar a kilómetros, y tendría que saltar desde la plataforma al vacío.
Si el gancho se suelta, te precipitarás al río. O, peor aún, caerás sobre las rocas afiladas del cañón.
Mientras mi madre brama en mi cabeza, Vico se coloca a mi lado. Con una mirada penetrante, me asiente con la cabeza.
—Saltaremos juntos —le dice al empleado, preparándose para el salto como si lo hiciera todos los días.
— Bene —el miembro del equipo de la tirolina me sonríe—. ¿Puedo? —pregunta con cortesía.
Dos mujeres detrás de mí carraspean ruidosamente.
—No va a pasar nada, ¿verdad? —le pregunto otra vez a Vico, solo para asegurarme. Que lo haya afirmado antes no significa necesariamente que sea verdad. Y que no haya peligro para nuestros cuerpos no quiere decir que mi corazón esté a salvo. Mucho menos si vamos a saltar juntos.
Vico asiente con firmeza.
—Te lo garantizo.
Las palmas de mis manos se humedecen. La gente que espera detrás murmura, molesta.
Todo está bien. No hay nada de lo que deba preocuparme.
Quiero intentarlo. Quiero disfrutarlo. El sudor se acumula en mi frente, pero aun así dejo que el hombre me asegure el arnés.
Luego, Vico se coloca detrás de mí y el empleado engancha nuestros arneses entre sí.
—¿Lista? —me susurra al oído.
Se me corta la respiración. No solo por lo que va a ocurrir en un momento, sino aún más por lo que está ocurriendo ahora mismo.
Las pulsaciones se me disparan.
—Lista —confirmo, con la voz temblorosa.
—Déjate caer en el arnés y empieza a correr —me indica el empleado. Sus palabras se mezclan con la excitación que recorre todo mi cuerpo. Siento cómo nos da un suave empujón, y Vico me rodea con los brazos con una ternura inesperada.
Siento el calor. Casi por instinto, mis pies empiezan a moverse sobre la plataforma, y luego pierdo el contacto con el suelo.
Entrecierro los ojos, y Vico lanza un grito de júbilo tan entusiasta que noto la vibración en su pecho, pegado a mi espalda.
Cada vez más deprisa, nos deslizamos por el aire.
El viento que silba nos roza la piel y tira de mi camiseta.
No me atrevo a mirar hacia abajo y agarro la cuerda con todas mis fuerzas.
¿El rugido en mis oídos es mi propia sangre o el aire que nos rebasa?
No lo sé. Pero sí sé que la adrenalina pura recorre cada centímetro de mi cuerpo.
Un hormigueo me recorre. Lo siento en la cabeza, en los dedos de los pies e incluso en el estómago. Me desborda. Y es una sensación increíble.
Un grito se me escapa de la boca, seguido de otro. Desahogarme así es tan liberador que ya no me importa si alguien me juzga por ello.
Entonces abro los ojos.
Estamos volando.
La vista del mundo allá abajo me deja sin aliento.
El agua turquesa, las formaciones rocosas de un marrón anaranjado, los árboles de un verde intenso.
No me canso de mirarlo todo. Saboreo cada segundo, me acurruco en los brazos de Vico y desearía que el recorrido no terminara nunca.
Aquí, en esta tirolina, no existe nada más que nosotros dos y la sensación de ser plenamente yo misma.
Las preocupaciones, las preguntas y las obligaciones dejan de existir.
Por primera vez, hasta donde alcanza mi memoria, no tengo miedo. Al contrario, siento en mi interior una fuerza profunda.
Todo es posible.
Y aunque el final de nuestro recorrido ya se ve a lo lejos, quiero aferrarme a esta claridad.
Avanzamos a toda velocidad hacia la estación de llegada.
La rapidez disminuye sin que yo tenga que hacer nada, hasta que nos detenemos.
Suspiro y apoyo la cabeza en el hombro de Vico, alzando la vista hacia él.
Me sonríe radiante.
Sin darme cuenta, le correspondo con una sonrisa y me giro un poco más hacia él.
Nos acercamos, arrastrados por esa fuerza mágica que hay entre los dos, más intensa que cualquier otra emoción que siento.
Todo es posible.
Con una expresión de puro gozo, abre los brazos. Antes de entender qué está pasando, ya me he girado del todo hacia él y me pego a su cuerpo. Su olor me envuelve. El corazón se me dispara, su respiración es agitada.
—Ha sido… ¡increíble! —exclamo, incapaz de callármelo—. Gracias por convencerme.
—De nada —me atrae aún más hacia él y me acaricia la espalda con suavidad.
En cuestión de segundos, siento que vuelvo a volar. Una ligereza me envuelve.
—Estoy muy orgulloso de que te atrevieras a hacerlo —me susurra al oído.
—Te lo debo a ti —inhalo hondo su olor y me abandono a cómo enturbia mis pensamientos. Él me ha regalado este momento de felicidad, a pesar de mi resistencia inicial.
Inevitablemente, recuerdo lo que Camilla me dijo el día anterior en el columpio: que Vico no sabía manejar los compromisos. Pero, con la forma en que me sostiene ahora mismo, todo dentro de mí se niega a creerlo.
—Eres maravilloso —me oigo decir—. ¿Por qué finges ante tus hermanas que las relaciones no significan nada para ti?
—Porque así es mejor —su voz suena frágil.
Mi intuición no me engañó.
—Tu familia es importante para ti. Y también tu casa, ¿verdad?
Niega despacio con la cabeza.
—Antes era así. Pero actualmente…
—¿Por qué? —pregunto.
A cada segundo que pasa siento cómo la adrenalina en mis venas se va disipando. Cada vez soy más consciente de lo equivocado que es estar en sus brazos y sentirme más segura que en ningún otro lugar.
Su abrazo se afloja.
—Simplemente, la familia no es para mí. Prefiero disfrutar de la vida, hacer lo que de verdad he venido a hacer.
¿Percibo añoranza en su tono? ¿O más bien resistencia, porque mis preguntas estropean el momento?
—Pero la familia es… —me interrumpo.
Esto no tiene sentido. Imaginar que Vico podría ser, en el fondo, distinto no es más que un autoengaño. Tengo que dejar de ver cosas que no existen. Además, esto no lleva a ninguna parte. Salvo a la culpa, y de eso ya tengo más que suficiente.
Ha sido maravilloso. Un instante en el que nuestras realidades parecían muy lejanas. Pero esto tiene que terminar.
Me desprendo de su abrazo, suelto el arnés y trato de adoptar una expresión decidida.
—¿Probamos el restaurante?
Enseguida da un paso atrás y se pasa las manos por el pelo.
—Sí, claro —responde con premura, dándose la vuelta.
En cuanto pone distancia entre nosotros, exhalo aliviada. Tengo que ignorar la parte de mí que está lo bastante loca como para añorar su cercanía.
Aunque no tuviera pareja. Aunque no estuviera a punto de comprar la finca de la familia Olivetta y destrozar así a su familia para siempre. Y aunque Vico quisiera una relación, y además con una soñadora como yo. Lo nuestro acabaría en desastre.