Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 24 #2
47%

Capítulo 24 #2

No sé si son sus palabras o el calor que se expande por donde me sostiene. No sé si es la luz tenue o mi cuerpo aún debilitado. Pero ya no quiero resistirme.

Desde que volví, me resulta cada vez más difícil mantener en pie la barrera protectora que llevo dentro. Quiero intentarlo si existe la posibilidad, aunque sea mínima, de dejar atrás el dolor.

Conteniendo la respiración, levanto la tapa. Mis padres me sonríen desde una foto arañada. Mi padre lleva traje y mi madre, un vestido blanco.

—Se casaron el cinco de agosto. Nadie hace eso; hace demasiado calor y, además, era miércoles.

Pero ese era su día especial —aclaro apenas termino de decirlo y enseguida carraspeo—.

Mi padre siempre decía que aquel día sucedieron tantos milagros que ninguna otra fecha habría sido adecuada para celebrar el mayor milagro de todos.

Su amor.

Hanna no responde; simplemente sigue sujetándome del brazo, dándome el tiempo que necesito.

Paso las páginas y voy mirando las fotos. Descubro imágenes de la finca antes de que construyeran el granero, a mis padres junto a sus abuelos durante la cosecha de aceitunas y a mi madre en la almazara. Solo unas páginas después, suelto una carcajada.

—Este soy yo —Dios mío, qué anticuado es ese conjunto de bebé. El pelele parece tejido a mano. Doy unos golpecitos en la foto—. ¿Me habrías reconocido?

Ella se inclina sobre el álbum.

—Esos ojos, los reconocería entre miles —dice con una sonrisa—. Tus padres parecen estar increíblemente orgullosos.

Y lo estaban.

—Para ellos, sus hijos lo éramos todo.

Paso las páginas del álbum y se me aparecen imágenes de mis hermanas con vestidos bonitos, nuestras escasas vacaciones familiares en los Dolomitas y a mi madre reparando con mimo las grietas de la fachada de la finca.

Veo todo que un día fuimos. Veo el vínculo que sostuvo a nuestra familia en los tiempos difíciles y veo, en nuestros ojos, el amor por nuestra tierra.

Veo todo lo que perdimos. Y duele todavía más de lo que jamás habría imaginado.

En una foto, mi madre sostiene mi diploma de secundaria del Liceo Artístico y sonríe radiante a la cámara. Ya entonces estaba enferma. Pero nadie lo sabía.

Parece sana. Y feliz.

—Quería que siguiera estudiando, aunque siempre estuvo claro que… —la voz se me quiebra. No puedo decirlo; es demasiado.

—Que algún día heredarías la finca —termina Hanna por mí.

Asiento con los labios apretados. Así era. Hasta que cumplí veintitrés años, jamás habría imaginado que no formaría parte de la tradición familiar.

—Pero las cosas fueron de otra manera —digo con amargura— y sigo pasando las páginas del álbum.

De pronto, la respiración de Hanna se vuelve entrecortada y yo también siento como si me faltara el aire. Me entra la necesidad de cerrar el álbum, pero Hanna me detiene.

Su dedo índice recorre la foto de mi madre demacrada y calva que, a pesar de la enfermedad, sonríe a la cámara como si fuera el día más feliz de su vida.

—¿Qué tipo de cáncer tenía?

Trago saliva con dificultad.

—Un tumor cerebral —mis palabras resuenan en el silencio que se abre entre nosotros.

Pasan unos segundos sin que ninguno diga nada.

Hanna no me presiona. Soy yo quien, de pronto, siente la necesidad de contar más—.

Al principio, solo eran despistes. Nada más.

Se olvidaba de comprar leche o de llamar a una amiga y luego no recordaba por qué.

—Empeoró, ¿verdad? —dice Hanna, como si supiera perfectamente lo insidiosa que puede ser una enfermedad así.

—Una vez compró un automóvil nuevo porque había olvidado que ya tenía uno.

Dios mío, la forma en que miró a mi padre cuando él le explicó que no lo necesitaba. Incrédula. Estupefacta. Y luego, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, rompió a llorar.

—Solo pudimos devolverlo porque logramos convencer al vendedor de que ella no estaba en condiciones mentales de hacer la compra. Incluso tuvimos que redactar un documento formal para acreditarlo.

—¿Tuvieron que incapacitarla legalmente? —Hanna se lleva la mano a la boca y me mira con los ojos muy abiertos.

—Y eso fue solo el principio.

Al final ya no podía hacer nada por sí misma.

Absolutamente nada.

Se me agolpan dentro las imágenes de ella en su lecho de muerte. Y de cómo me sonreía con una fuerza descomunal a pesar de su cuerpo cada vez más débil.

—Mi padre luchó por ella. Movió cielo y tierra para intentar salvarla. No le importó la incomprensión de los lugareños. Hizo caso omiso de las advertencias urgentes de los médicos para que se preparara para lo peor.

Sé lo que está pensando ahora Hanna: No es de extrañar que él no haya sido capaz de sobrellevar su muerte hasta hoy. Y probablemente tenga razón.

—¿Y tú? ¿Tú también lo ignoraste? —pregunta.

¿Cómo podría haber hecho algo así? Su final inminente estaba siempre presente. Sabíamos que llegaría. Todos lo sabíamos.

Me aclaro la garganta para deshacer el nudo que se ha formado y sigo pasando las páginas del álbum.

De nuevo me topo con una foto del cinco de agosto.

Sus bodas de plata. A pesar de que la quimioterapia le había arrebatado hasta la última gota de energía, insistió en celebrarlo.

Quería bengalas y globos, una tarta de tres pisos y los mejores entrantes de la región, aunque estaba claro que no podría probar bocado.

Con cuidado, recorro con el dedo su rostro decidido en la imagen, que de pronto se vuelve borroso ante mis ojos.

No soporto ver el vestido veraniego blanco ondeando sobre sus hombros huesudos.

Y cómo nos sonríe a todos, como si quisiera infundirnos valor cuando en realidad éramos nosotros quienes tendríamos que haber sido fuertes por ella.

Paso las páginas deprisa, pero lo que encuentro en las siguientes es aún peor que lo anterior.

Están vacías.

Nuestra familia murió con mi madre.

Me cubro el rostro con las manos. Hanna se acerca un poco más y me rodea con el brazo.

—Todo irá a mejor, te lo prometo. Y algún día podrás mirar al pasado y al futuro con esperanza.

No se lo creería a nadie más. Pero a ella sí.

No porque también haya perdido a uno de sus padres y haya pasado por algo parecido.

Es más bien por la forma en que pronuncia esas palabras.

Con una certeza y una esperanza en el porvenir tales que vuelvo a sentir que estoy descubriendo una faceta completamente nueva de ella.

Y me hace sentir algo que llevo mucho tiempo sin querer admitir: que jamás podré llenar el vacío que tengo dentro con adrenalina.