Capítulo 14
Capítulo Catorce
Vico
La migraña de Hanna parece haberse esfumado durante la noche. Como siempre, se aferra a la carpeta que lleva en la mano como si fuera un salvavidas.
—Spiaggia Bianche? —pregunta.
En realidad, me da bastante igual adónde vayamos. Lo importante es alejarnos de aquí.
—¿Eso es una pregunta o tu respuesta? —replico de todos modos, solo para verla sonreír.
—Mi respuesta —dice con seriedad y enseguida se dirige a toda prisa hacia su automóvil. Hay algo distinto en ella hoy, comparado con los últimos días. Está a la defensiva. Y su mirada es inquisitiva desde que nos saludamos, como si intentara averiguar si tengo malas intenciones.
Sea lo que sea, no va a impedir que lleve a cabo mi plan y le enseñe un poco de lo que significa la libertad. Tal vez eso sea justo lo que necesita ahora.
—La playa no está lejos de aquí; podemos ir a pie —le grito, mientras se aleja.
Ella se gira en redondo y alza las cejas.
—¿Quieres ir caminando?
Ni hablar. Desde luego que no quiero eso.
—Ven conmigo —digo.
—¿Adónde? —me mira con esa expresión inquieta que hace que me entren unas ganas enormes de rodearla con los brazos.
¿De qué tiene miedo? ¿De mí? Le dedico una sonrisa traviesa para ver si se relaja un poco.
—Ya lo verás.
No le gusta mi respuesta, pero no tiene otra alternativa si quiere ir a Spiaggia Bianche. Cuando llegamos al bungalow de Camilla, abro la puerta del jardín donde están escondidas las Vespas de mi hermana y de su marido.
—¡Tachán! —anuncio, señalando con ambas manos las auténticas Vespas italianas, blancas y rojo Ferrari, que se alzan delante de nosotros—, hoy vamos a viajar con estilo.
—No —todo su cuerpo se tensa.
¿En serio? ¿De verdad no se permite ni un poco de diversión?
—Pero tienes que probar todo lo que pueden hacer los huéspedes. Un paseo en Vespa es justo lo que los turistas quieren hacer en la Toscana.
Ella se lleva las manos a la cintura.
—¿Ah, sí? Tú ni siquiera vives aquí. ¿Cómo sabes lo que les gusta hacer a los turistas?
Porque yo crecí aquí. Esa sería la respuesta correcta, pero me la guardo. No quiero que empiece a hacer preguntas sobre el pasado.
—No tienes ni idea de lo que te pierdes —respondo, decepcionado, mientras vuelvo a cerrar la puerta del jardín.
De pronto parece arrepentida.
—Lo siento —dice, aunque no tiene por qué disculparse conmigo por contener cualquier atisbo de felicidad.
Le resto importancia con un gesto.
—No pasa nada. Es tu vida —en cuanto pronuncio esas palabras, siento de golpe que hay una parte de mí que no quiere aceptarlo. ¿Por qué? ¿Por qué me importa tanto sacar a la verdadera Hanna de su escondite?
—¿Vamos en mi auto? —señala el anodino Golf que yo pensaba dejar en el aparcamiento de fuera de la finca.
—Claro —respondo, encogiéndome de hombros, intentando sacudirme la decepción de no haber logrado que sonriera. No debería sentirme así.
Codo con codo, regresamos arrastrando los pies. Pero durante el trayecto no puedo evitar observarla a escondidas. Mi mirada se queda fija en sus labios. Demasiado tiempo. Parecen suaves.
En ese instante se mueven.
—Ahí está, ¿no, Vico? —dice, volviéndose hacia mí—. Hemos llegado.
Un latigazo me recorre el cuerpo y doy un respingo, abriendo mucho los ojos.
Sí, ahí está, Spiaggia Bianche.
Intento recomponerme mientras Hanna se baja del coche.
¿Qué acaba de pasar?
Da igual. Ahora toca volver a ser yo mismo.
Quizá podamos subirnos a la lancha rápida o alquilar unas motos de agua. Un poco de adrenalina me vendría de perlas para impedir que estos sentimientos raros vuelvan a aflorar.
—Espero que hayas traído tu bikini —digo con un tono deliberadamente despreocupado, dando un portazo.
O no me ha oído, o se hace la distraída.
—¿Dónde puedo sacar buenas fotos? —pregunta con ese tono profesional suyo.
Otra oleada de decepción me recorre.
¿Por qué no puede olvidarse por una vez de su estúpida cámara y de su lista de tareas? Estamos en la playa más bonita de la Toscana y lo único que se le ocurre es pensar en sus obligaciones.
A regañadientes, señalo el extremo sur del aparcamiento.
—Si caminamos por aquí, llegaremos a la playa natural. Esas fotos serán un imán para los turistas.
Se cuelga la mochila al hombro y se pone en marcha delante de mí. La miro, desconcertado. Hace apenas dos días conseguí que se relajara un poco e incluso tarareara con la radio. Hoy está más estirada que nunca.
Es mejor así, de todos modos , me repito mientras la alcanzo y camino en silencio a su lado hasta que la playa aparece ante nosotros.
De un blanco deslumbrante, salpicada en ciertos puntos de hierba de duna. Solo unas pocas casetas de playa de colores vivos bordean este tramo, que en marzo sigue casi desierto.
—Preciosa, ¿verdad? —le pregunto a Hanna, que está a mi lado.
—Sí —se limita a decir, dejando que la mirada recorra varias veces el paisaje. Su expresión se ha suavizado un poco, y entre destellos alcanzo a ver lo increíblemente hermosa que es.
A todo el mundo le pasa lo mismo cuando ve este lugar por primera vez.
Nadie espera encontrar una playa así en la Toscana, donde uno siente que está en el Caribe.
Las conchas clarísimas y el mar turquesa que lame con suavidad la orilla crean una atmósfera tan exótica que solo faltan unas palmeras para completar la ilusión.
De pronto, se quita la mochila del hombro.
—El agua es fantástica. De verdad, alucinante —saca la cámara y dispara varias fotos.
—¡ Ciao , Vico! —me grita alguien desde lejos.
Conozco esa voz. Miro alrededor y distingo a mi mejor amigo de la juventud frente a una de las casetas, saludando con la mano.
Adriano no ha cambiado gran cosa. Lleva el pelo, negro como el carbón, un poco más corto, pero su sonrisa amplia es exactamente la misma.
Ya viene hacia mí, dispuesto a darme un abrazo de oso.
No puedo evitar sonreír.
—Hola, señor desconocido.
—Vico, no tenía ni idea de que estabas aquí —dice, dándome varias palmadas en la espalda antes de soltarme del abrazo.
—He llegado hace apenas unos días. Iba a escribirte, pero ya sabes cómo son las cosas.
Por el rabillo del ojo noto que Hanna me lanza una mirada penetrante.
Adriano, que para esta época del año ya está moreno, le resta importancia con un gesto.
—No pasa nada, el destino ha querido que nos encontremos. —Su mirada se desliza hacia Hanna—. No tenía ni idea de que tú… pero me alegro. Es… genial.
Hanna y yo alzamos la mano al mismo tiempo.
—Solo le estoy enseñando la zona, nada más —aclaro, intentando parecer lo más tranquilo posible.
—Así que te ha tocado a ti —responde él, con una mirada cargada de comprensión—. Me he enterado. Tiene que ser duro.
Lo sabe. Claro que lo sabe. Collina da Sogno es un pueblo maldito; aquí no hay secretos. Mientras me estrujo el cerebro buscando la forma de terminar la conversación cuanto antes, Hanna da un paso al frente.
—¿El qué tiene que ser duro? —pregunta con una curiosidad inquieta.
—Nada —respondo deprisa, antes de que Adriano pueda decir nada más, y le lanzo una mirada cargada de intención. Hanna no debe enterarse de la historia de mi familia. Además, quejarme no va a cambiar nada.
Por un momento, Adriano mira a Hanna y luego a mí y fuerza una sonrisa.
—Lo siento, pero el deber me llama. Debería… —dice con un tono que suena a pregunta, algo que Hanna sin duda capta.
Genial.
Asiento.
—Ha sido un placer conocerte. Hablamos, Vico.
Me da otro abrazo rápido antes de alejarse a grandes zancadas por la arena, hacia la caseta azul y blanca con techo de chapa ondulada.
—Ha sido raro —comenta Hanna mientras guarda la cámara en la mochila—. ¿Qué quería decir con que tenía que ser duro?
—Solo está molesto porque no me he puesto en contacto con él —digo, aliviado de que se me ocurriera esa excusa tan rápido, y le dedico una sonrisa—. Cambiando de tema, ¿y tu bikini? ¿Lo has traído?
Como si le hubiera propuesto nadar entre tiburones sin jaula, se queda paralizada.
—Yo…
Su reacción con la Vespa era más o menos comprensible, pero ¿qué problema puede haber con un poco de agua?
—¿Es que no sabes nadar?
Niega con la cabeza, inquieta.
Hay algo en su expresión que me mueve a seguir preguntando.
—¿Por qué?
El labio inferior desaparece entre sus dientes y sus dedos juguetean, nerviosos. Llena los pulmones de aire y mira hacia el mar, como si allí estuviera la respuesta.
—Nunca aprendí de verdad —dice al fin.
—¿En Austria no hay lagos? ¿Ni piscinas?
Le hago un gesto para que camine conmigo unos pasos por la playa.
Con vacilación, se quita los zapatos y se une a mí en la orilla, donde la arena está humedecida por las olas, que llegan mansas.
—Claro que hay.
—Pero los niños en Austria solo aprenden a esquiar, ¿no? —pregunto, lanzando las chanclas a un lado para que la arena no se meta entre la piel y la tela.
En silencio, vuelve a negar con la cabeza.
No es asunto mío. Y tampoco quiero saberlo.
—Tienes miedo. Miedo de todo —digo, sin embargo—. Dime por qué.
Su mirada se desliza hacia mí, como si intentara calibrar si puede confiar en mí. Por impulso, asiento. Pasa lo que me parece una eternidad antes de que abra la boca.
—Cuando tenía seis años, estuve a punto de ahogarme.
Me mira con aire culpable y, de pronto, no queda ni rastro de la mujer de negocios controlada que me mostró tan a menudo en los últimos días. También ha desaparecido sin dejar huella esa expresión sutilmente acusadora.
—Tuvo que ser espantoso.
No me extraña que tenga tanto miedo. Ahora me siento fatal por no haberme tomado en serio su pánico antes.
—Acababa de aprender a nadar y pensaba que se me daba bien. En la piscina pública podía hacer varios largos sin ningún problema —se recoge el pelo detrás de la oreja y fija la mirada en la lejanía—. Estaba convencida de que ya estaba lista para intentarlo en el lago —la voz se le quiebra.
A duras penas contengo el impulso de rodearla con el brazo, de proteger ese cuerpo frágil. En cambio, carraspeo con fuerza para dejar atrás esa idea.
—¿Qué pasó?
Se encoge de hombros.
—Me eché a nadar la zona más profunda. Y lo siguiente que recuerdo es estar tendida en la orilla, volviendo en mí. Con el sabor del agua del lago en la boca.
Me toca decir algo. Pero no tengo ni idea de qué podría consolarla.
—Perdón por haber insistido antes —murmuro, sintiéndome como un completo idiota.
—No lo sabías —responde con una sonrisa.
—Cuéntame algo más de ti —me sorprendo diciendo—. ¿Por qué te dan miedo las motos?
En cuanto las palabras salen de mi boca, me doy cuenta de que ha sido un error.
Cuanto menos sepa de ella, mejor. Así no nos acercaremos demasiado, y eso es lo único que importa.
Despierta en mí una sensación que ya tuve en nuestro primer encuentro.
Un calor suave al que no debo prestar atención si no quiero acabar como mi padre.
Mordiéndose el labio inferior, cruza los brazos sobre el pecho.
—Porque me hago daño con todo lo que pruebo, aunque no sea tan peligroso como ir en moto. Lo del lago no fue lo único que aterrorizó a mis padres.
Me viene a la cabeza la cicatriz que vi bajo su barbilla la primera vez que nos vimos. Quién sabe en qué otros sitios habrá sufrido heridas. ¿De verdad se puede ser tan torpe?
—Así que has empezado a tener cuidado, por si acaso —retomo sus palabras de antes—. ¿Quizá demasiado?
Niega con vehemencia.
—Mi vida está bien. No me falta nada. Estoy sana y nadie tiene por qué preocuparse por mí —asegura.
Con estar bien no basta.
—Pero si nunca te permites hacer algo fuera de tu zona de confort, corres el riesgo de perderte muchas cosas —replico. Aunque ahora entiendo mejor por qué se comporta así, todavía me cuesta ver hasta qué punto se encierra en sí misma.
—Solo tenemos una vida —gira la cabeza para mirarme—. Elegimos un camino y nunca sabremos qué nos habría deparado el otro.
Tal vez tenga razón.
—Pero ¿cómo sabes si has elegido bien? —pregunto.
Las comisuras de sus labios se curvan y su expresión adquiere ese encanto peligrosamente soñador.
—Quizá por el corazón —susurra tan bajo que, de pronto, siento que las rodillas me flaquean.