Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 12
24%

Capítulo 12

Capítulo Doce

Vico

Su mirada me recuerda a la de un conejo asustado. ¿De verdad piensa que no tengo dónde vivir?

—Vivo en mi furgoneta—la corrijo antes de que empiece a imaginarme durmiendo bajo los puentes y calentándome junto a un fuego en un bidón oxidado.

Mi respuesta no parece tranquilizarla. Leo el «¿por qué?» en la expresión de su cara.

—Pero…

La idea de que alguien pueda sentirse satisfecho con tan poco parece quedar fuera del alcance de la imaginación de una mujer de negocios.

—Siempre estoy exactamente donde quiero estar. Llevo mi hogar conmigo a todas partes —la miro con una sonrisa plena, pero ella sigue mostrándose escéptica—. Soy libre —añado, y noto el impacto de esas palabras en mí mismo en ese mismo instante.

Desde que dejamos atrás la finca, la presión en el pecho ha desaparecido. Los hombros se me han ido relajando con cada paso. Ahora, hablar de la vida para la que he nacido es como respirar oxígeno puro.

—Nadie es libre —Hanna juguetea con la carpeta con torpeza, incapaz, al parecer, de soltarla incluso aquí, en medio de la naturaleza.

Sin inmutarme, abro los brazos y digo:

—Yo lo soy.

—¿Pero de qué vives? —pregunta con timidez mientras seguimos acercándonos al valle.

Al entrar en la sombra de los árboles, cuyas ramas forman una bóveda sobre nosotros, por fin suelta la carpeta.

—¿Has oído hablar del trabajo por cuenta propia?

Asiente y, al menos, parece un poco más tranquila.

—¿A qué te dedicas?

—Diseño gráfico —mi respuesta parece complacerla.

Probablemente tenga ya toda la información que necesita.

Sin embargo, siento la necesidad de contarle algo más sobre mí—.

No es exactamente el trabajo de mis sueños, pero hasta que gane suficiente dinero con los saltos de gran altura, voy aceptando los proyectos justos para, al menos, llegar a fin de mes.

Y eso podría cambiar pronto. Solo falta que el ojeador se digne a responder de una vez.

Traga saliva.

—¿Saltos de gran altura? —De pronto, el pecho se le agita como si fuera ella quien estuviera a punto de saltar—. Eso es demasiado peligroso.

—No, si lo haces bien —enseguida me pierdo en pensamientos sobre mi pasión. Solo llevo unos días de vuelta en casa, pero ya echo de menos el deporte con cada fibra de mi ser—. Cuando dominas la técnica, es como volar. La adrenalina te recorre las venas y te sientes tan… ¡vivo!

No puedo evitar sonreír de oreja a oreja, con la esperanza de que se le pegue mi entusiasmo.

No aguanta mi mirada, como si viera en mis ojos algo que la aterrara. Se tira del flequillo, nerviosa.

—¿Te has hecho daño alguna vez?

Me detengo, me remango los vaqueros y le enseño la cicatriz que cruza mi pantorrilla.

—Había una roca en el agua.

Con una expresión de incredulidad, alarga la mano hacia mí. A pocos centímetros de rozar mi lesión, la retira de golpe.

—Siempre hay que tener cuidado—murmura, tan bajo que casi no la oigo.

Estoy demasiado ocupado intentando apartar la extraña sensación que se me extiende por el estómago.

Ella alza la vista hacia mí con una mirada penetrante.

—Lo primero es la seguridad —dice con tono serio.

—La seguridad es para los débiles —respondo, sin entender por qué me muestro tan distante con ella. Tal vez porque no me gusta cómo habla de mi pasión. O, quizá, porque espero sofocar así ese hormigueo extraño que me provoca.

Se endereza y, con el pelo revuelto y ese aspecto tan natural, parece un tierno elfo del bosque entre el follaje.

La mujer de negocios ha desaparecido.

—Pero también tienes que pensar en los demás. Imagina cómo se sentirían tus hermanas si un día te hicieras daño de verdad —lo dice con un matiz asustado y no sé si habla totalmente en serio.

Sin querer, doy un paso más hacia ella.

—¿Preferirías una vida larga y monótona antes que una más corta, pero llena de energía y emoción?

Como si dudara de sí misma, se encoge de hombros.

—Lo primero es la seguridad —repite.

Definitivamente, nunca se permite ningún capricho. Solo trabaja y duerme. No hay nada más en su vida. Inclino la cabeza y la observo.

—Nunca has sentido un subidón de adrenalina, ¿verdad?

Aprieta los labios y mira a su alrededor con premura. Casi puedo ver cómo su cerebro se esfuerza por encontrar una respuesta adecuada. Luego sigue avanzando por el sendero.

—Así que no —me respondo a mí mismo y la sigo.

Cuando salimos de entre los árboles, los rayos de sol bailan sobre el suelo. La alcanzo.

—¿Te das cuenta de todo lo que te estás perdiendo?

Como si encontrara su salvavidas, alza la carpeta de la lista de comprobación con énfasis.

—Hablando de perderse cosas, ¿qué era eso que querías enseñarme aquí abajo?

¿Cómo puede alguien ser tan comedido? Sobre todo, alguien que a veces parece tan ensimismado, como si su mente estuviera en un lugar completamente distinto. Tiene dos caras. ¿Cuál será su verdadero yo?

Estudio sus rasgos, pero la mandíbula tensa y el parpadeo acelerado no me dan ninguna respuesta.

—El géiser que tienes detrás —murmuro distraído.

Ella se gira hacia la fuente de agua que resopla a su espalda. No la había visto antes, por culpa de su estúpida lista. Creo que dice algo, pero no la escucho. Mi mente está ocupada imaginando qué pasaría si consiguiera que soltara el control.

¿Me dejaría ver a la verdadera Hanna? ¿Cómo reaccionaría cuando la descarga de la aventura le recorriera el cuerpo?

No es cosa mía enseñarle nada de eso. Y me da exactamente igual que vuelva a dejarme ver esa expresión fascinante y soñadora o no. Sin embargo, en mi interior ya empieza a tomar forma una idea, una manera de lograrlo.