Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Capítulo Once

Hanna

Con el teléfono pegado a la oreja, miro al espejo y me arreglo el flequillo. Mis ojos parecen más claros de lo habitual y, a mis espaldas, las baldosas rotas del baño resplandecen en un azul celeste intenso.

—Ya he hecho un primer recorrido por la finca. Hoy te mandaré las fotos —le digo a Florian, que debe de estar deseando tener por fin alguna información inicial.

—¿Has contactado también con los artesanos? —pregunta con un tono extrañamente ausente. Al fondo oigo el susurro de papeles.

¿Acaso está en la lista? Debí pasarlo por alto. O, peor aún, olvidarlo.

—Todo en marcha —respondo. No quiero que piense que estoy aquí en las nubes, en lugar de sacar adelante nuestra misión.

—Sin presupuestos no puedo calcular el importe del crédito. Los bancos quieren un desglose claro —suspira, agotado. El crujido de la silla de su escritorio sugiere que se reclina hacia atrás. ¿Se estará pasando también la mano por el pelo?

Su estado de ánimo me pone en guardia. Suena exhausto.

—¿Pasa algo?

—Lo tengo todo controlado. No te preocupes. Esto va a funcionar. Solo necesito las cifras —responde, con tanta suavidad que sus palabras me reconfortan un poco.

Pensativa, tomo la toalla y me dirijo a la puerta.

—Las tendrás lo antes posible.

Salgo al pasillo y me apresuro hacia mi habitación. Aunque puedo usar el baño de aquí y la parte de la cocina que todavía funciona, sigo sintiéndome una extraña.

Florian deja escapar el aire, aliviado.

—Gracias, Hanna. Eres increíble.

Solo por cómo lo dice, juraría que está sonriendo.

De pronto me quedo inmóvil. Se me encienden las mejillas y los labios se me curvan solos. Nadie me ha mostrado nunca tanto aprecio como él. Es la prueba de que la nueva Hanna es digna de cariño. Y de que mi decisión de ocultar a la Hanna soñadora es la correcta.

—Oh, no es nada.

—Para mí sí lo es —dice, y luego carraspea—. Tengo que volver al trabajo. La becaria es un poco… torpe. Necesita apoyo.

Me acerco a la ventana y aparto la fina cortina blanca para mirar afuera. No sé qué esperaba, pero ver el patio vacío delante de mí me decepciona.

—Lo entiendo. Que tengas un buen día.

—Igualmente. —Una voz al fondo lo llama por su nombre—. Por cierto, ¿qué vas a hacer hoy?

—Voy a explorar los alrededores —respondo—. Probablemente sola, pero no pasa nada. Puedo con ello.

—Un momento, ahora voy… —suena amortiguado, como si hubiera tapado el auricular con la mano. Luego se oye un ruido en la línea—. ¿Camilla te está tratando bien? ¿Va todo bien?

Me aparto de la ventana.

—Es un encanto —respondo.

Por lo visto, él ya tiene bastantes preocupaciones propias y no necesita cargar también con las mías.

—Me alegro mucho, Hanna. Hablamos otra vez mañana. No te olvides de los artesanos, ¿vale? —un golpe sordo hace que me cueste entender sus palabras—. ¿Quieres que te mande un recordatorio?

Florian me conoce demasiado bien.

—Claro —respondo, guardando mi equipo de fotografía en la mochila—. Pero ahora asegúrate de ayudar a Natalie. No quiero que se equivoque.

—Ah, sí, debería hacerlo —su risa despierta mi curiosidad. Solo llevo dos días fuera. ¿De verdad ha podido salir ya algo mal? ¿Qué ha hecho Natalie?—. Hablamos luego —con estas palabras, cuelga antes de que pueda preguntar más.

Aparto el teléfono de la oreja y miro la hora en la pantalla. Ya casi es mediodía.

Llevo cuatro horas esperando en vano a que venga alguien a recogerme. Alessia me prometió anoche que no me dejaría sola. Pero ahora parece que tengo que admitir que me ha dejado plantada.

Me dejo caer de espaldas en la cama, fijo la vista en la grieta del techo y me masajeo las sienes.

Unos golpes vacilantes llegan hasta mis oídos. Debe de ser Alessia. ¡Menos mal!

Me incorporo de golpe de la cama y me arreglo la camiseta.

—Adelante.

La puerta se abre y, en lugar de Alessia, es Vico quien aparece en el umbral. Su pelo, hasta los hombros, enmarca un rostro peligrosamente atractivo. Lleva unos vaqueros gastados y unas chanclas cuyas costuras parecen a punto de reventar.

—¿Lista para hacer un poco de turismo? —pregunta, como si no me hubiera rechazado ayer, y me dedica una sonrisa indecisa.

De pronto, noto un calor extraño que me recorre entera.

—Eh… —Dios mío, ¿por qué justo ahora me quedo sin palabras? Esto es de lo menos profesional.

Eres una mujer de negocios, Hanna, no lo olvides.

Él alza una ceja.

—¿O prefieres explorar la zona por tu cuenta?

—No —respondo a toda prisa, dándome la vuelta hacia la mochila—. Podemos salir ahora mismo.

—Genial.

No termino de descifrar el matiz de su voz.

—Genial —respondo, adoptando el gesto resuelto de la dueña de una pensión en plena fase de expansión. Siento como si me colocara una máscara, mientras me calzo a toda prisa las zapatillas y me acerco a él. Pero es necesario para que no me descoloque aún más. ¿Adónde vamos?

Él me cede la iniciativa y cierra la puerta tras nosotros.

—Adonde tú quieras.

Mi lista de comprobación está en la mochila, así que no tengo ni idea de adónde quiero ir.

Mordiéndome el labio inferior, me dirijo hacia la salida.

—¿Qué me recomiendas?

—Todo el mundo sabe que las colinas, el vino y la pasta son lo más famoso.

Pero es aburrido —responde pensativo. Por un instante, sus ojos azules, normalmente reservados, se encienden.

Qué encantador parece de repente. Señala su furgoneta Volkswagen—.

Sube, por favor, hoy vamos a hacer que tu cerebro explote.

¿Acaba de decir que quiere que me explote el cerebro o lo he entendido mal?

No solo sus palabras, también la visión de su furgoneta me hace dudar. De cerca, el vehículo parece a punto de quedarse tirado en la carretera en cualquier momento.

Probablemente sea lo suficientemente segura, pero el miedo me aprieta demasiado como para subirme.

Tengo un don para lesionarme constantemente. Ha sido así toda mi vida. Mi madre me machacó tanto con que tuviera cuidado que terminé acostumbrándome a evitar hasta el riesgo más pequeño.

Es un poco absurdo, pero no consigo librarme del miedo.

—Mejor conduzco yo —digo enseguida y asiento en dirección a mi Golf rojo.

Se le marca un pliegue profundo entre las cejas y, de pronto, deja de parecer encantador. Aun así, me muero de ganas de saber qué le está pasando ahora mismo por la cabeza.

¿Lo he herido? ¿Pensará que soy una estirada? ¿O estará intentando averiguar por qué le desconcierto tanto, igual que me pasa a mí con él?

Durante unos segundos nos quedamos mirándonos. Luego vuelve a cerrar la puerta de su furgoneta.

—Está bien —asiente, encogiéndose de hombros, y se acerca tranquilamente.

Jamás nadie había aceptado una propuesta mía así, sin más. Con un gesto de agradecimiento, me encamino a mi auto y me deslizo en el asiento del conductor.

Pongo el motor en marcha, lo acelero con cautela me incorporo a la vía de acceso.

—¿Adónde vamos?

Su sonrisa prometedora es contagiosa.

—Es una sorpresa. De momento, en la salida, gira a la derecha.

¿No me lo va a decir, en serio? ¿Por qué?

Bueno, al menos es distinto y tiene su punto tierno. De alguna manera.

—Vale —murmuro, y tomo la curva hacia la carretera comarcal asfaltada.

Por el camino, concentro toda mi atención en el asfalto. No solo porque la seguridad al volante va primero, sino también porque hay algo en Vico que me pone nerviosa.

La forma en que, nada más sentarse, va directo a la radio para subir el volumen. Cómo canta a gritos, sin importarle lo más mínimo que esté completamente desafinado. Y las miradas que me lanza de vez en cuando. Luego se le dibuja una media sonrisa y, al final, aparta la vista.

Inevitablemente, me pregunto qué pensará de mí. Qué cree que ve cuando me mira. Y por qué se comporta de una forma tan distinta desde que dejamos atrás la finca.

De pronto, se gira hacia mí.

—Venga, canta.

—No me sé esta canción —remarco las palabras con un gesto despectivo de la mano.

—Da igual —aunque no lo mire, noto su mirada. Me arde toda la mejilla derecha—. Lo único que importa es pasarlo bien.

¿Pasarlo bien? Alzo una ceja. Eso tiene que ver con soltarse. Y por mucho que me encantaría soltarme, por desgracia no me parece una buena idea.

Intrigado, se inclina hacia mí.

—Tú no tienes ni idea de lo que es eso, ¿verdad?

Eh…

—Inténtalo —insiste, mientras sube la música tan alto que el bajo me retumba en el pecho y baja la ventanilla.

Por el rabillo del ojo veo cómo el viento le revuelve el pelo con suavidad. Tiene el rostro iluminado de felicidad mientras canta y mueve los pies al ritmo. Desprende algo que yo también quiero sentir.

Alegría. Libertad.

Por impulso, empiezo a tararear en voz muy baja. Aunque casi no me oigo, la sensación es maravillosa. Sin pensarlo, muevo la cabeza al compás y los dedos bailan sobre el volante. Durante unos instantes, me limito a disfrutar del momento. Pero enseguida se desvanecen las últimas notas de la canción.

Sonriendo, Vico baja el volumen de la radio.

—Puedes aparcar ahí arriba, junto a la colina.

Preferiría mil veces seguir conduciendo un rato más por la Toscana, disfrutar del paisaje y de todo lo que la música ha despertado en mí.

Pero en cuanto distingo el aparcamiento delante, recuerdo por qué estamos aquí.

Me doy cuenta de que, otra vez, lo había olvidado.

A regañadientes, me coloco mi fachada profesional y me bajo.

—Ahora empieza lo emocionante —bromea Vico. Alzando las cejas, me guía hacia una valla de madera envejecida, semejantes a las que se ven en el Tirol alrededor de los prados de caballos.

—Yo no veo nada emocionante por aquí. —Además, no hay ni un solo turista, lo cual me pone en guardia.

Se ríe entre dientes, alza el dedo índice y se acerca.

—No tan rápido —dice. De pronto, está tan cerca que la brisa suave arrastra hasta mi nariz el olor fresco de su piel—. Cierra los ojos.

Con este suelo tan irregular, vas a tropezar y golpearte las rodillas , me advierte mi madre.

—Mejor no —maldición, sueno como una niña insegura. No puedo permitir que me descoloque así.

De golpe, me giro y camino hacia la valla. Pero en cuanto llego, vuelvo a estar en guerra conmigo misma.

—Vaya —susurro, sobrecogida ante un mundo distinto a todo lo que he visto.

Los distintos tonos de verde de las colinas suaves brillan bajo la luz del sol mientras cúmulos algodonosos se deslizan con pereza por el horizonte.

Distingo casas de tejados de terracota, parcialmente ocultas tras pequeños bosques.

En las laderas crecen viñedos. Entre todo este paisaje se alza una neblina que le da un aire de misterio y, otra vez, me hace olvidar por qué he venido.

Los velos blancos se enroscan en los troncos de los árboles y se deslizan sobre las hierbas altas de los prados.

Estoy a punto de perderme en este espectáculo, de querer rendirme y dejar que la imaginación tome el control. Quiero oír qué música encaja con este lugar, ver cómo se avivan los colores y sentir que formo parte de este paraíso natural.

Pero no puedo.

A toda prisa, me pellizco el antebrazo y, demasiado tarde, me doy cuenta de que Vico me está observando. Frunce el ceño, intrigado. Para evitar que siquiera lo mencione, me quito la mochila del hombro y saco la lista de comprobación. No me gusta, pero ahora me sirve de apoyo.

Me aclaro la garganta.

—¿Cómo se llama este sitio? —Mi voz suena clara y sobria, justo como debería.

Sin embargo, a Vico no parece hacerle gracia. Me mira como si de pronto me hubiera convertido en un monstruo. Con las manos en los bolsillos, aparta una piedra de una patada.

—Sasso Pisano.

Mientras busco el nombre en la lista, lanzo la siguiente pregunta.

—¿Y de dónde sale esta niebla?

—Actividad geotérmica.

—Geo... ¿qué?

Este lugar no aparece ni de lejos en la lista de Florian. ¿Debería echarme atrás? ¿Qué haría él en mi lugar?

—Vamos, vamos a echar un vistazo más de cerca —dice Vico, señalando un sendero que baja por la ladera desde el aparcamiento.

—¿Con esos zapatos? —señalo sus pies, desconcertada.

—Me gusta vivir al límite —responde. Su mirada, retadora, se cruza con la mía; luego se da la vuelta y echa a andar.

¿Qué otra cosa puedo hacer más que seguirlo? Con la vista clavada en el suelo, desciendo por el sendero pedregoso. Temo estar perdiendo el tiempo aquí, porque estoy segura de que este lugar no es lo primero que se les viene a la cabeza a los turistas cuando piensan en unas vacaciones en la Toscana.

De pronto, se detiene en seco y me estrello contra su espalda. Otra vez, su olor me inunda la nariz. Tan fresco. Tan ligero. Huele a vacaciones.

Bajo la mirada.

—Hueles a tu tierra.

No. No puede ser que haya dicho eso en voz alta. ¿O sí?

En la fracción de segundo en que me doy cuenta de que, por un momento, ha fallado la barrera entre mi cerebro y mi boca, sus músculos también se tensan.

—Esta no es mi tierra.

El instinto me dice que quería añadir algo más, pero no lo hace. Al menos, no me reprocha ni el choque torpe ni mis palabras irreflexivas. Suelto el aire, aliviada, y me aseguro de poner cierta distancia entre los dos.

—Pero creciste aquí, ¿no?

Como si le costara quedarse quieto, vuelve a ponerse en marcha.

—Hace mucho que no vivo aquí.

El sendero serpenteante se vuelve llano y, pese a su calzado, poco adecuado, ahora avanza más deprisa.

Lo alcanzo.

—¿Y dónde vives entonces?

Me lanza una mirada cargada de intención.

—En todas partes.

¿En todas partes? ¿Qué se supone que significa eso? Nadie puede vivir en todas partes. Todo el mundo necesita un lugar al que llamar hogar, un sitio que le proporcione seguridad y estabilidad.

—Te he desconcertado.

No es una pregunta; es una constatación. Y parece divertirle.

¿Debería admitir que tiene razón? Mejor no.

—Eres... ¿cómo se dice en italiano? ¿ senza dimora ? —pregunto al fin, sin dar con la traducción exacta.

Cuesta creer que de verdad no tenga un lugar al que llamar hogar.

Es cierto que su ropa no indica precisamente que le sobre el dinero, pero siento la certeza de que me está mintiendo.

Me está poniendo a prueba para ver si soy una mujer de negocios seria o solo una soñadora ingenua. Puede que sea eso.

Mejor no dejar traslucir ni una sombra de inseguridad.

Mientras caminamos, recorre con la mirada la inmensidad del valle que se abre ante nosotros en toda su belleza idílica. El viento suave le despeina el cabello y se lo echa a la cara. No es la primera vez que me pregunto en qué estará pensando. Y me muero de ganas de oír su respuesta.

—Algo así —responde enigmático.