Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Capítulo Ocho

Vico

Incrédula, me tiende el pomo roto.

—Vamos, te enseño las otras habitaciones —digo a toda prisa. No solo para acabar con este suplicio, sino también porque Padre fue muy claro ayer. Ella tiene que comprar la propiedad. Cuantos menos desperfectos descubra, mejor.

—¿La terraza tiene una escalera exterior? —pregunta, ignorando mi pregunta.

Con un gesto de cabeza le indico que tenemos que salir de esta maldita habitación y la guío por la escalera desgastada hasta la planta superior. Aquí nos quedamos, frente al pasillo aparentemente interminable, con diez puertas a cada lado.

Dudo que pueda enseñarle ni una sola habitación sin que mi instinto de huir me desborde.

—Por favor, echa un vistazo. Te espero aquí y con gusto responderé a todas tus preguntas.

En lugar de sacar la cámara, me observa con inquietud. Luego golpea el suelo de madera con la punta del zapato, como si fuera de un vidrio delicado.

—Parece bastante peligroso.

«Sí, la finca es una ruina». ¿Eso es lo que quiere oír de mí?

—¿Tienes un casco de obra? ¿O zapatos de seguridad? —se aparta a toda prisa un mechón de la cara—. Por el riesgo de lesiones.

Ahora está exagerando. De manera automática, mi mirada recorre su frágil figura.

—Es seguro, no te preocupes.

—Pero yo… —se interrumpe a mitad de frase. Luego endereza la espalda y empieza a caminar.

La sigo con la mirada, pensativo. No consigo descifrar a esta mujer. A veces es como un hada fascinante que me atrapa sin esfuerzo, hasta el punto de asustarme. Y luego, de pronto, se convierte en una mujer de negocios dura, sin concesiones.

Como ahora. De vez en cuando, aparece en mi campo de visión, inspeccionando una habitación tras otra, tomando fotos y apuntando notas. Ni una sola vez vuelve a mostrar esa expresión de antes, cuando por un instante pareció inaccesible. Mejor así.

No quiero volver a pasar por lo que ocurrió en la sala de estar. En ese momento, había algo mucho más peligroso que unas tablas podridas.

Muchísimo más peligroso. Quería estar con ella, sentir con ella y compartir sus pensamientos. Si me lo hubiera permitido, mi corazón habría quedado indefenso, y eso no puede ocurrir jamás.

Aprovecho la pausa para leer el mensaje de mi entrenador, Matteo. Me informa de que ha conseguido inscribirme en el cuadro principal de una competición en Bari a mediados de abril.

Una oportunidad así solo se presenta una vez en la vida , escribe, y tiene toda la razón. ¿Cuándo vuelves? Tenemos que trabajar, sí o sí, en tus mortales .

Antes de que pueda reaccionar, Hanna vuelve a plantarse delante de mí con su ridícula carpeta con clip.

—¿Hay algún sótano? —pregunta.

—Una bodega —pero no quiero enseñársela—. ¿Por qué?

Por un momento baja la mirada hacia su lista de control, como si ahí pudiera encontrar la respuesta a mi pregunta, porque ni ella misma la sabe.

—Tengo que verla —dice distraída—. Necesito comprobar si es adecuada para realizar eventos. Es importante por... —su dedo recorre una línea de texto— las posibilidades de financiación.

Antes habló de un vestíbulo y ahora de eventos. ¿Qué pretende hacer con la finca de mi familia?

—¿Piensas convertir la finca en un lugar para eventos? —En cuanto formulo la pregunta, un escalofrío helado me recorre la espalda.

Esto está de más. Vender es la decisión correcta. Da igual lo que el comprador haga luego con la casa y el terreno. Lo único importante es que nada me recuerde la tragedia que tuvo lugar aquí.

—Una pensión —responde.

¿No debería estar sonriendo o mostrando algo de entusiasmo? En lugar de eso, parece tensa. Da la impresión de que solo le importa el dinero.

—¿Cuántas habitaciones crees que podemos habilitar aquí?

Algo dentro de mí se resiste a pensar en una respuesta para esa pregunta. Tampoco me gusta su tono frío de mujer de negocios.

—No tengo ni idea —replico seco. Me pongo en marcha a regañadientes hacia la bodega.

Abrazando la carpeta contra el pecho, Hanna me sigue. Trago saliva cuando llegamos a la maciza puerta de madera de la bodega.

—Tendremos que aclararlo en los próximos días. También necesitamos revisar habitación por habitación y evaluar los daños —dice ella.

¿Cómo?

No. Eso no es lo que estaba previsto.

No puedo. No puedo pasarme días hurgando en el pasado con ella. ¡Quién sabe qué podríamos descubrir!

Dominado por el pánico, le pongo a Hanna la guía de viajes entre las manos.

—Tengo que irme ya. Recorre el resto por tu cuenta. Dentro encontrarás todo lo que necesitas saber sobre excursiones y actividades —digo, jadeando. Pero el aire que intento aspirar me envenena los pulmones—. Ven a cenar al bungalow de ladrillo rojo, a las ocho.

Ya está. No puedo hacer más. Tiene todo lo que necesita y he transmitido la invitación de Camilla. Tal como prometí.

Ahora, lo único que quiero es irme de aquí.

Sin esperar su reacción, me doy la vuelta y avanzo por el pasillo hacia la luz intensa de la salida. Ojalá pudiera refugiarme en mi furgoneta, pero Pietro se la llevó al taller para hacerle unas reparaciones. Mañana me la devolverá y entonces volveré a ser libre.

Con los dedos temblorosos, saco el teléfono y tecleo un mensaje para Matteo:

Mañana por la tarde estaré de vuelta.

Al instante, me siento aliviado.

Mañana me pondré en marcha y dejaré atrás este pedazo de tierra asfixiante.

Por muy horrible que sea decepcionar a mi familia y por mucho que quisiera ser tan fuerte como creen, sencillamente, no puedo con esto.