Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Capítulo Siete

Hanna

En sus ojos hay algo tan suave que me encantaría perderme en ellos.

—¿Estabas soñando? —pregunta.

¿Qué? ¡No!

De pronto, me doy cuenta de lo que acaba de pasar.

¿Cómo he podido?

—¿Quieres contarme lo que has visualizado? —añade con tono cálido. Suena como si no hubiera nada que deseara más que conocer el mundo del que acabo de despertar.

A toda prisa, doy un paso atrás. Estos ensueños pertenecen a Hanna la Soñadora, y yo no puedo ser ella. Hace muchos años, juré que nunca le mostraría a nadie lo que sucede dentro de mí cuando me pierdo en mis sueños. Fue la mejor decisión de mi vida.

Da un paso hacia mí, como si estuviera en trance.

—Era hermoso, ¿verdad?

Tiene que dejar de hacer ese tipo de preguntas, porque nunca las voy a responder.

Un recuerdo inmediato aflora en mí y el corazón se me encoge.

Pero, al mismo tiempo, sé lo importante que es no olvidar.

Al fin y al cabo, me ayuda a seguir experimentando las consecuencias de mis ensoñaciones y hoy me lleva al momento en que estoy de pie en el escenario, delante de todo el colegio, a punto de presentar mi proyecto para embellecer el edificio escolar.

Todos estaban allí. No solo mis compañeros de clase, sino también mi familia. Los vecinos, incluso el sacerdote. Sin pensar en las posibles consecuencias, me perdí en ese escenario dentro de mis sueños.

No me limité a hablar de paredes azules y cortinas de estampados salvajes. En mi imaginación veía también cojines de colores donde pudiéramos sentarnos. Y una tienda de pueblo improvisada donde vender frutas y verduras mientras aprendíamos matemáticas.

Olvidé dónde estaba, solo tenía ante mí la imagen de una escuela en la que no había que estar quieto para poder aprender.

La visión en mi mente era tan vívida que deseaba con desesperación compartirla con todos. Con los ojos cerrados, pronuncié un discurso apasionado. No solo hablé de lo que veía, sino también de lo que oía, olía y saboreaba en ese momento. Y de cómo sería aprender cada día con alegría y curiosidad.

Era un tipo de escuela completamente nuevo. Fue fantástico.

Pero solo para mí.

Cuando abrí los párpados después de mi presentación, con una sonrisa radiante en la cara, los profesores me miraban sorprendidos. Mis compañeros susurraban emocionados entre ellos y se burlaban de mí.

—Hanna la Soñadora —gritó de pronto uno de ellos.

Todos en el auditorio lo oyeron. La risa llenó la sala de inmediato.

Las náuseas me subieron de golpe. A medida que los gritos de «Hanna la Soñadora» se hacían más fuertes, el estómago se me encogía sin tregua.

Buscando ayuda, miré a mi madre. No necesitaba nada más que una sonrisa tranquilizadora o un gesto cariñoso con la cabeza.

Cualquier cosa que me hiciera ver lo mal que estaba que los demás se rieran de mí.

Pero lo único que recibí fue una mirada avergonzada, antes de que se apartara y, muerta de vergüenza, se disculpara ante la directora por mi comportamiento.

Entonces, y también ahora, tragué con dificultad. Aquella experiencia se me grabó a fuego en el alma, y ni siquiera fue la única. Pasó mucho tiempo, pero al final entendí lo inútil y absurda que era mi imaginación.

Es una maldición.

Por mucho que lo intente, no puedo apagarla, pero al menos he aprendido a ocultarla. Y hoy tengo que hacerlo más que nunca. Al fin y al cabo, quiero que Vico me vea como una mujer de negocios, no como una ridícula soñadora.

Sin saber qué otra cosa hacer, agarro la cámara y huyo de él, haciendo fotos al azar. Solo cuando siento que he recuperado el control me atrevo a mirarlo de nuevo.

Su expresión amable ha desaparecido. Una vez más, me muestra ese rostro cansado. No tengo ni idea de por qué, y da igual. Me ayuda a interpretar mi papel.

—Este será el vestíbulo —intento sonar segura. Eso es lo que hacen las mujeres de negocios, pienso—. ¿Hay acceso directo a la zona exterior?

Carraspea.

—Por supuesto —dice, señalando la puerta de cristal que conduce a una terraza.

Camino hacia la puerta y distingo una pérgola torcida y plantas muertas en macetas de terracota. Pero cuando intento abrirla, el picaporte se me queda suelto en la mano.