Capítulo 6
Capítulo Seis
Vico
Solo por hoy.
Esa es la frase que me repito desde que me desperté. Y ahora, mientras me acerco a la mansión, esas palabras siguen resonando en mi cabeza.
Le enseñaré a Hanna la finca, las estancias principales, los exteriores e incluso el cobertizo de las herramientas, si hace falta.
Luego habremos terminado aquí y no tendré que volver a pisar nunca más la casa principal.
Todo lo que venga después será más fácil.
En las próximas semanas nos limitaremos a seguir el programa turístico.
Me sentiré mucho mejor en cuanto termine el día de hoy y mañana dejemos la finca atrás.
Muchísimo mejor.
Para distraerla de la casa, llevo en la mano la guía de la Toscana que encontré en la estantería de mi hermana.
No tendremos que volver aquí si lo hago bien.
He señalado con un signo de exclamación mis ideas para los alojamientos.
Hoy se llevará una rápida impresión de la casa de campo, que con suerte comprará, y después nos lanzaremos de lleno a la tan cacareada magia de la Toscana.
Al acercarme al portón de entrada, me parece ver un movimiento fugaz detrás de la ventana de mi antiguo cuarto de la infancia. ¿Era Hanna? ¿Me estaba observando?
Absorto en mis pensamientos, entro en la casa y recorro el pasillo con la cabeza gacha. Esa es la estrategia para hoy.
No mires. Y sonríe siempre, como si no hubiera ningún problema.
Solo por hoy. Luego será más fácil.
Llamo a la puerta de Hanna. Con expresión concentrada, la abre y me saluda en un italiano sorprendentemente bueno. Una vez más, lleva el pelo salvaje y despeinado, el flequillo cayéndole de forma irregular sobre las cejas.
Debajo brillan sus ojos verdes. Ayer estaban agitados, pero hoy parecen suaves, quizá incluso cautelosos.
— Buongiorno —digo, intentando sonar despreocupado—. ¿Lista para la visita por la casa?
—Desde luego —responde. Toma la cámara de la cómoda y se cuelga la correa al cuello. Luego saca una carpeta con pinza con lo que parecen mil hojas y un bolígrafo. Se coloca delante de mí como una alumna aplicada, perfectamente preparada.
—¿Estos zapatos son adecuados? —pregunta, señalando las zapatillas color marrón claro que también llevaba ayer.
La verdad es que no tengo ni idea. No sé qué ha pasado aquí en los últimos cuatro años. Cuando me fui de la finca, ya estaba en mal estado. Lo que he visto hasta ahora no invita precisamente al optimismo.
— Perfetto —digo de todas maneras, porque es fundamental presentar la casa lo mejor posible.
Ella me mira expectante.
—Entonces, ¿a qué estamos esperando?
Estamos esperando a que caiga un rayo que me libre de este recorrido por mi pasado. Noto cómo me suben las náuseas y desearía poder cancelarlo en este mismo instante.
Solo por hoy .
Doy un paso atrás y señalo hacia el pasillo.
—Pase usted —invito.
Con una expresión extrañamente severa, pasa a mi lado y recorre el ancho corredor, con esas grandes baldosas de piedra que forman un dibujo de distintos colores.
—¿Esta es la zona de entrada? —pregunta, aunque resulta obvio. Asiento y ella toma notas en su carpeta con pinza.
Tiene la mandíbula tensa y no se parece en nada a la mujer encantadora que conocí ayer en la carretera comarcal. Qué lástima.
—¿Cuál es la superficie útil? —pregunta.
No tengo ni idea, así que me encojo de hombros.
—¿Acaso importa?
En lugar de contestar, sigue avanzando por el pasillo.
—Calcularía unos veinte metros de largo —dice al llegar al otro extremo. Mide el ancho del mismo modo y toma notas—. Tendremos que medirlo bien más tarde —murmura, tensa.
Luego examina el yeso, que antes fue blanco y ahora está cubierto por una pátina grisácea. Se acerca a la ventana de suelo a techo con doble acristalamiento y hace fotos de la grieta que la cruza entera.
Es un alivio que esté tan concentrada en su trabajo. Así no nota el malestar que me retuerce el estómago. Ese cristal roto tiene su historia, igual que todo lo demás aquí, y me da pavor adentrarme más en la casa.
—¿Qué hay detrás de esta puerta? —Su pregunta me arranca de mis pensamientos.
La miro de reojo y respondo:
—Nada —me maldigo. Sueno asustado, como si tuviera algo que ocultar—. Solo es un trastero —añado con una sonrisa forzada, deseando que no entre en la habitación de mi madre.
Ahí fue donde murió.
A toda prisa, la conduzco hacia la doble puerta de enfrente, que da al salón.
—Este es el cuarto más grande de la casa —digo con tono prometedor mientras abro las hojas de par en par.
—¡Oh! —se queda inmóvil, como una estatua. La carpeta con pinza casi se le escurre de la mano.
Sigo la dirección de su mirada y yo también me quedo paralizado.
Este era nuestro centro de reunión. La chimenea abierta, los muebles antiguos y las gruesas alfombras en las que nos tumbábamos de niños, mientras mi madre nos leía cuentos de hadas.
Las pesadas cortinas burdeos detrás de las que nos escondíamos para no tener que lavarnos los dientes.
La vitrina con las copas de cristal de las que bebíamos a escondidas cuando mis hermanas me obligaban a hacer de príncipe para ellas.
Nada de todo eso existe ya.
Al ver la zona de estar abandonada, cubierta con plásticos, la lámpara de araña envuelta en telarañas y los escasos restos de las molduras del techo, se me hace un nudo en la garganta.
Esto está en ruinas. No queda nada de la familia Olivetta.
En este momento hay algo de lo que estoy seguro: hasta un solo día es demasiado.
No puedo con esto. No puedo recorrer este edificio que se viene abajo e ignorar los mensajes que me gritan desde cada rincón. Puede que mi padre y mis hermanas lo vean de otra manera, pero están equivocados.
—¿Sabes qué? Voy a traerte un plano y así podrás recorrerlo todo a tu ritmo —logro decir a duras penas.
Ella no contesta.
Giro la cabeza hacia ella y enseguida entiendo por qué guarda silencio. Su expresión me dice que ni siquiera está aquí.
Se encuentra en otro sitio.
Sus ojos brillan como el mar en un día soleado.
Oigo cómo su respiración fluye con una calma que, casi por arte de magia, se me contagia.
Hipnotizado, contemplo cómo sus labios se curvan cada vez más.
Luego inclina la cabeza, como si escuchara una melodía que solo existiera en lo más hondo de su alma.
Nunca he visto nada tan cautivador.
Aunque ni siquiera me mira, me tiene atrapado. Es como una obra de arte de la que quiero explorar hasta el último detalle.
Parpadea y un brillo húmedo se aferra a sus pestañas oscuras.
—Buenos días —susurro, con más ternura de la que pretendía.