Capítulo 4
Capítulo Cuatro
Vico
La mujer de antes me ronda la cabeza durante el resto del camino. Hay algo en ella que se me escapa. Algo que no sé explicar, pero que sé que está ahí.
Sin embargo, ya no consigue distraerme ahora que avanzo con la furgoneta hacia la entrada.
Las palmas de las manos se me humedecen al instante y aferro el volante con fuerza.
Solo tengo que recorrer unos cientos de metros de camino de grava flanqueado por una hilera de cipreses y hierba que me llega a la rodilla. Ya estoy aquí.
Ya estoy en casa.
Justo enfrente de mí se alza la mansión de mi familia.
Al lado de los altos árboles asoma también el bungalow carmín de Camilla, construido aparte.
Aliviado por no tener que entrar en la casa principal, aparco detrás del bungalow.
Apago el motor y el hip-hop se interrumpe, dejando tras de sí un silencio inquietante en el que puedo oír los latidos de mi corazón.
Se me revuelve el estómago.
Nada me gustaría más que dar media vuelta.
Pero no es una opción. Mejor acabar cuanto antes, así que me bajo de la furgoneta y voy directo a la puerta principal de madera.
Antes de que pueda llamar, se abre. Sin embargo, no es Camilla quien está de pie en el recibidor de baldosas. Es mi hermana pequeña, Alessia.
Con un gesto amplio se aparta de la cara los rizos que le caen hasta la cadera, y su enorme escote deja un hombro al descubierto.
—¡Ya ha llegado! —grita hacia el interior de la casa, antes de lanzarse a mis brazos.
La alzo y doy una vuelta con ella, igual que hacíamos antes. Y por un instante, todo vuelve a parecerse al pasado.
Cálido. Seguro. Cariñoso.
—Hola, pequeña tormenta —digo, incapaz de reprimir una sonrisa.
—Por fin —deja escapar un suspiro hondo, luego se separa de mí, parpadeando deprisa—. Entra —dice, dando media vuelta y desapareciendo dentro de la casa.
El momento despreocupado se esfuma de golpe.
Siento al instante que por dentro se gesta una gran batalla.
Me cuesta descalzarme las chanclas y seguir a mi hermana hasta la cocina, moderna y espaciosa.
Veo a Camilla sentada en un sillón color crema frente al ventanal que va del suelo al techo, con las mejillas sonrosadas y las manos apoyadas en la barriga redonda.
Maldita sea, es enorme. ¿Son gemelos? Más bien parece que lleve cuatro ahí dentro.
—No te preocupes, que me mantengo lejos de la playa —bromea mientras pone los ojos en blanco hacia el ventilador del techo, que en marzo casi nunca hace falta, pero hoy gira perezoso.
Le dedico una sonrisa traviesa.
—Bien, así no tengo que llamar tampoco a Greenpeace —Camilla suelta una risita y me acerco a ella para darle un abrazo cuidadoso. Quema como un radiador en pleno invierno—. ¿Cómo estás? —pregunto.
El embarazo debe de estar pasándole factura.
En lugar de contestar, asiente contra mi hombro. Y de pronto, sin previo aviso, se echa a llorar a moco tendido.
Primero Alessia y ahora Camilla. Toda mujer a la que abrazo hoy está al borde del llanto, o llorando, directamente.
Por una fracción de segundo, los ojos verde mar de la austríaca cruzan por mi mente, como si fueran un salvavidas para no pensar en el comportamiento de mis hermanas. Pero tengo que afrontarlo.
Le acaricio la espalda con suavidad.
—¿Qué pasa? —intento que la voz me salga firme, porque quiero estar ahí para ella— ¿Pasa algo con los bebés?
Ella le resta importancia con un gesto y me indica que me siente en el sofá rinconero de cuadros azules.
Alessia me pone delante una copa alta de grappa y deja la botella de orujo transparente justo al lado, como si diera por hecho que enseguida me serviré un trago.
Niego en silencio con la cabeza. Sea lo que sea que tengan que contarme, puedo con ello sin alcohol.
No me mira a los ojos. En lugar de eso, intercambia miradas cargadas de significado con Camilla y al final se acomoda al otro lado de la mesa de centro, sobre las baldosas claras del suelo. El ventilador sigue su traqueteo. El sofá cruje con cada movimiento.
Dios mío, ¿es que nadie va a decir algo de una vez?
Miro a Alessia, luego a Camilla, apremiándolas en silencio para que hablen.
—Gracias por estar aquí —dice con una voz frágil, como si hubiera ensayado las frases—. Necesitamos tu ayuda. —Hace una pausa, traga saliva con dificultad y respira de forma entrecortada.
Me acerco más y le tomo la mano entre las mías.
—Sea lo que sea, estoy aquí para ti.
—Hay algo que tienes que saber. Algo… que te he ocultado. Y siento no habértelo dicho antes… —Camilla busca auxilio en Alessia, que parece la apuntadora dispuesta a rescatarla.
La incertidumbre me roe el estómago y ahora también los pulmones. Siento que no tengo aire suficiente.
—Alessia, anda, díselo tú —dice por fin Camilla.
Con un arranque repentino de valor, Alessia suelta de golpe:
—Papá está enfermo. Y la empresa está en bancarrota. —En cuanto pronuncia las palabras, se pone en pie de un salto, camina hasta el ventanal y nos da la espalda.
No consigo ordenar los pensamientos, así que me vuelvo hacia Camilla, que ha hundido la cara entre las manos. Gotas gruesas de lágrimas le resbalan despacio por el interior de los antebrazos hasta perderse en el hueco de los codos.
Quiero preguntarle cómo ha pasado todo, desde cuándo lo sabe y por qué no acudió a mí antes. Pero, al mismo tiempo, me asusta tanto su respuesta que no soy capaz de hacer la pregunta. Y lo que es más importante: de pronto caigo en la cuenta del tipo de ayuda que quieren pedirme.
Quieren que vuelva y que ayude a salvar el legado de la familia.
Su casa.
Nuestra casa.
Acompañado por los sollozos apagados de Alessia y las lágrimas silenciosas de Camilla, alargo la mano hacia la grappa . Vacío el vaso de un trago y lo vuelvo a llenar de inmediato.
Maldita sea.
De pronto, Alessia se vuelve y sus rizos se balancean hacia atrás.
—Papá quiere hablar contigo. —Su tono sobrio no se parece al de mi hermana pequeña, cuya voz suele tener una cadencia melodiosa—. Te está esperando en la biblioteca.
Me clavo las uñas en las palmas.
—De acuerdo —respondo, aunque no lo esté en absoluto.
Nadie contesta, y yo también me quedo sin palabras. Casi como un autómata, me pongo en pie y echo a andar hacia allí.
De repente, alguien me agarra del brazo.
—Espera.
Me vuelvo en redondo y me topo con los ojos enrojecidos de Alessia.
Sé que me ven como su roca en aguas turbulentas. Y eso es lo que quiero ser para ellas.
Pero ahora mismo, sinceramente, no soporto ni una mala noticia más.
—Hablamos luego —digo deprisa, deseando alejarme.
Lejos de sus lágrimas, cuya sola visión me deja hecho polvo.
Con las manos hundidas en los bolsillos del vaquero, avanzo por el sendero trillado hasta la entrada trasera de la casa principal.
Evito alzar la vista. No quiero contemplar el venerable edificio ni cómo ha cambiado en los casi cuatro años de mi ausencia.
Con la cabeza gacha, abro la pesada puerta de madera, con sus ornamentos tallados al detalle, y entro en la penumbra del pasillo.
Me recibe un aire húmedo y frío. Solo unos cuantos pasos más sobre el suelo de piedra irregular me separan de la biblioteca.
Allí me veré cara a cara con mi padre, después de todo este tiempo, para explicarle por qué me resulta imposible seguir con su trabajo.
Mi futuro está en los acantilados más altos de Europa. En el que antes fue mi hogar, todo me resulta asfixiante.
Me marchitaría si me quedara aquí, donde las mismas cortinas siguen hinchándose con la brisa suave que se cuela por las ventanas mal selladas.
Solo este pasillo ya me oprime el pecho.
Porque, en mi mente, me veo de niño, recorriéndolo con nada más que un bañador puesto y el sabor de las uvas azucaradas en la lengua.
Riendo a carcajadas porque podía escapar sin esfuerzo de mis tres hermanas durante nuestro juego.
Aquí todo fue precioso durante tanto tiempo.
Pero esa época se ha acabado para siempre.
Yo ya no pertenezco a este lugar. Con las ruinas del pasado he levantado, a duras penas, una vida nueva. Una vida que amo.
Mientras tanto, he llegado a la biblioteca. La puerta oscura, con sus herrajes metálicos, está solo entreabierta, pero del interior no llega ningún sonido. Lo único que alcanza mis oídos es el bramido de mi propia sangre.
Esto es absurdo. No hay nada que temer, así que me sobrepongo y entro con paso firme.
El suelo de madera cruje bajo mis pies, y el aire está tan viciado que parece que nadie ha ventilado esta habitación en años.
Hasta diría que aún percibo un leve rastro del penetrante olor a jabón médico que flotaba aquí durante mi última estancia en este cuarto.
Mi mirada recorre las estanterías que van del suelo al techo, cubiertas por una gruesa capa de polvo.
Ninguno de los dos mil libros parece haberse movido en años.
La habitación parece muerta.
Igual que mi padre, al que distingo en ese momento en un sillón antiguo de cuero marrón.
Está sentado, inmóvil, mirando a través de la ventana sucia.
Sus zapatillas, de tela fina, están deshilachadas en los bordes, y el pantalón de chándal y la camisa descolorida le cuelgan del cuerpo como de una percha.
Las manos le tiemblan sobre el regazo. Tiene las uñas largas, y la piel escamosa y lívida.
Dios mío, ¿qué le ha pasado?
—Hola, padre —digo mientras me acerco a él.
No levanta la vista hacia mí ni pronuncia palabra.
Es como si ni siquiera se diera cuenta de que estoy aquí.
Pero yo percibo su presencia con una nitidez dolorosa.
Veo cada detalle: la frente profundamente surcada, el cabello demasiado ralo para sus casi cincuenta y cinco años, las mejillas hundidas, el tono grisáceo de la piel.
No lo entiendo. Cuando me fui de la Toscana hace cuatro años, estaba estable.
Había olvidado cómo reír con alegría y sentir una felicidad auténtica, pero sus músculos eran fuertes y, detrás de su expresión atormentada, seguía presente aquella voluntad de hierro.
Aunque no lo viera, sentía que seguía ahí.
Estaba seguro de que todo iba a salir bien. Pero la forma en que hoy se encoge en el sillón, con la mirada perdida en el vacío a mi espalda, habla por sí sola.
Mi padre no está enfermo en el sentido en que yo pensaba antes.
Me giro, pero no veo ningún medicamento ni aparato médico en esta habitación.
Ni siquiera distingo una de esas bebidas nutritivas.
Su cuerpo está sano. Pero su alma sufre, y solo hay una explicación posible.
La muerte de mi madre no solo le ha arrebatado el amor de su vida.
Contemplo por la ventana las colinas suavemente onduladas de Collina da Sogno y carraspeo con esfuerzo.
—¿Querías hablar conmigo? —pregunto, porque no me atrevo a preguntarle cómo se encuentra. Ni siquiera un ciego pasaría por alto el aura de decadencia que rodea a mi padre.
Su sillón cruje levemente y, de inmediato, capta toda mi atención. Asiente con lentitud.
—Gracias por venir —murmura, agotado.
Se me revuelve el estómago al pensar en lo que está a punto de ocurrir.
Inspira hondo, como si se dispusiera a sumergirse bajo el agua.
—Vamos a vender la finca.
¿Qué? Esta finca es toda su vida. La heredó de su padre y estaba destinada a pasar a manos de sus hijos. Camilla había aceptado hacerse cargo de la herencia. Todos los detalles estaban resueltos.
Me dejo caer de rodillas a su lado, incapaz de creerlo.
—Pero entonces…
—Se habrá acabado —termina mi frase mi padre—. Ya está. Por fin. Se acabó.
Aunque sus palabras son apenas un susurro, percibo el peso que encierran. Quiere cortar todos los lazos. Borrar cada recuerdo.
El entusiasmo con el que defendió este pedazo de tierra durante toda su vida ya no existe.
No sé qué pensar de todo esto y ni siquiera entiendo lo que esta información provoca en mí. Es como si llevara un vacío por dentro que lo engulle todo.
—Hay un posible comprador que ha mostrado interés.
Llega hoy —dice, mientras las gotas de sudor resbalan por su frente y delatan lo agotadora que resulta esta conversación para él—.
No quiero cargar aún más a tu hermana. Camilla ya tiene bastante con ayudarme con los trámites de la venta. Se aferra a su tierra. Pero tú…
Yo no. Eso es lo que él cree. Y seguramente tiene razón. Aquí me acechan demasiados recuerdos, demasiada nostalgia y aún más dolor. La sensación de hogar murió en mí hace mucho tiempo. Tal vez sea lo mejor.
—Alessia ha preparado tu antigua habitación para él.
Tienes que enseñarle la finca y las tierras.
También le prometí que le mostraríamos los lugares de interés de los alrededores —alarga la mano hacia mí.
Una frialdad vacía roza mi piel, como si me tocara un fantasma—.
Se quedará tres semanas para verlo todo con calma.
Luego tendrá que decidir si quiere comprar, ¿entiendes?
En su voz hay una determinación ajena a la fragilidad que suele dominarla. Habla en serio. Sea cual sea el motivo por el que este comprador en particular tiene tanta prisa, ahora mismo parece ser lo más importante.
No quiero preguntar porque, al fin y al cabo, da igual. Sé que probablemente sea la mejor solución para todos. Zanjaríamos todo de una vez. Arrancaríamos la tirita de la piel y aguantaríamos un segundo el ardor insoportable para, por fin, ser libres.
El hecho de que ahora tenga que quedarme varias semanas no me entusiasma. Pero si es necesario, lo haré. Apoyo con cuidado la mano en su hombro huesudo y asiento.
—Yo me encargo.