Los colores que deseamos (Amor y otros sueños 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Capítulo Tres

Hanna

Todo brilla.

Sus ojos azules. El pelo hasta los hombros. La barba de varios días.

Parpadeo.

¿Dónde estoy?

—¿Estás bien? —pregunta el rostro curtido al otro lado de la puerta. Creo que es italiano. ¿O era inglés?

¿Qué está pasando aquí?

El calor asciende dentro de mí, en un hormigueo intenso que trepa desde la muñeca y se extiende hacia arriba. Bajo la mirada, pero lo único que veo son los vellos de mis antebrazos erizados, como si estuvieran imantados.

No entiendo qué sucede. Y no es lo único. Con un gesto nervioso, me toco las sienes, intentando atrapar los pensamientos fugaces que se desvanecen en mi mente.

— Sto bene —balbuceo, aunque en realidad no sé si estoy bien.

El desconocido me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa y entorno los ojos. La imagen irreal y luminosa del hombre se va volviendo más nítida y, de pronto, siento que me hundo en el azul de sus ojos. Son como un lago de montaña, fresco y cristalino.

—Yo… ¿qué iba a decir?

En ese momento da un paso atrás.

—Este no es el mejor sitio para echarse una siesta —explica.

¿Qué quiere decir con eso?

¿Me he quedado dormida? ¿Me he sumido tan profundamente en mis sueños que ya no reaccionaba? Por favor, no.

Hago memoria, escarbando en mis recuerdos. No. Eso no fue lo que pasó. ¡Es culpa de mi migraña!

La emoción por la inminente partida me mantuvo despierta durante casi media noche. Junto con el largo trayecto por carretera y seguramente algo de deshidratación. Debería cuidarme mejor. No es de extrañar que me diera un ataque tan fuerte que incluso veía doble.

Por supuesto, en mis pensamientos mi madre alza el dedo índice en señal de reproche. Podría haber sido peligroso .

—Dolor de cabeza —respondo, desorientada—. Era demasiado arriesgado seguir conduciendo.

Aunque mi italiano suele ser bueno, no estoy segura de que lo que acabo de balbucear sea correcto. Probablemente piense que estoy un poco loca. Preparada para encontrarme con una expresión de desdén, alzo la vista hacia él.

—Lo entiendo —dice con naturalidad, encogiéndose de hombros.

Aunque se comporta como si no fuera nada del otro mundo, siento la necesidad de explicarle.

—Me detuve para tomar una pastilla. —Con el dedo índice señalo mi bolso abierto, del que asoma, en efecto, la caja del medicamento— Tarda un poco en hacer efecto. Mientras esperaba, debí de quedarme dormida.

Bien hecho, Hanna.

—¿Y ahora cómo te sientes? —me observa con atención.

—Estoy bien. Puedo seguir conduciendo —respondo, y es verdad—. El dolor ha remitido y solo estoy un poco cansada.

—Que tengas un buen viaje —murmura mientras hunde las manos en los bolsillos de sus vaqueros raídos.

—Gracias —respondo, alargando la mano hacia la llave de contacto y girándola—. Por todo —añado. Al fin y al cabo, quién sabe qué habría pasado si él no me hubiera despertado.

Las comisuras de su boca apenas se curvan hacia arriba, pero en sus ojos también hay un destello extrañamente melancólico. Me hace un gesto de despedida y, al mismo tiempo, me parece que su postura me ruega que me quede.

Está claro que mi cabeza no funciona del todo bien después del ataque de migraña.

Yo también alzo la mano a modo de saludo y piso con suavidad el acelerador.

Pongo en marcha el motor y, aunque debería concentrarme en la carretera, la mirada se me va una y otra vez al retrovisor.

Allí veo al desconocido observándome durante un rato, antes de ponerse unas gafas de aviador y volver tranquilamente hacia su furgoneta.