Capítulo 2
Capítulo Dos
Vico
Mi corazón desbocado late al mismo ritmo que las olas que se estrellan contra las rocas.
La sangre me recorre las venas, cargada de ira y desasosiego.
Detrás de los párpados cerrados veo destellos de luz anaranjada y roja, y siento la dureza de la piedra bajo los pies.
Un leve sabor a sal se me queda en la lengua y una brisa fresca me roza los antebrazos. Con la cabeza inclinada, abro los ojos.
Lo primero que veo son mis dedos de los pies, aferrados a la roca como garras de gato. El borde del acantilado se abre justo delante de mí. Abajo, el agua se estrella con furia contra las paredes, pero no puede alcanzarme. Entre nosotros se extienden unos veinte metros de puro vacío.
Veinte metros de nada.
Un paso más hacia delante. Respiro hondo.
Estoy a punto de hacerlo.
Voy a saltar.
El corazón se me desboca y la adrenalina me inunda el cuerpo. Siento la energía que me recorre hasta la punta de los dedos. La descarga me llena como nada más en el mundo. Estoy aquí y estoy listo. Todo lo demás pierde importancia.
Con cada músculo en tensión, me impulso sobre las puntas de los pies y alzo los brazos. Este es mi momento. Ahora o nunca.
En un solo movimiento fluido, flexiono las rodillas, tomo impulso y me lanzo con fuerza desde la roca.
Salgo disparado hacia arriba.
Pero una fracción de segundo después, caigo hacia la nada. Encojo las piernas y giro sobre mi propio eje.
El azul intenso del agua es mi guía. No lo pierdo de vista, controlo mi posición en el aire y dejo que los músculos hagan su trabajo.
Otro salto mortal en carpa.
Estiro todos los miembros. Hasta la punta de los pies.
El rugido del océano va en aumento. Siento su energía y las primeras gotas frías tocan mi piel ardiente.
En línea recta, me lanzo a toda velocidad hacia el agua.
Una última vez, compruebo mi posición. Es perfecta. Todo es perfecto.
Con una sensación de dicha, cierro los ojos. Quiero saborear la descarga de adrenalina mientras recorre mi cuerpo.
Con la violencia de un accidente automovilístico, el agua frena mi caída. Si me relajara ahora, podría romperme los huesos. Así que lo doy todo. Cada fibra de mi cuerpo tiene que trabajar mientras el mar me envuelve con toda su fuerza.
¡Bam!
Hace un instante, estaba a merced de la gravedad, pero ahora el agua me recoge.
Me dejo hundir hasta el fondo y abro los ojos.
Sobre mí, la luz del sol atraviesa el mar inquieto y dibuja líneas temblorosas sobre la arena.
Las algas se mecen plácidas en la corriente y un cangrejo se esconde bajo una roca, a mi lado.
Mi corazón se serena y un silencio se instala dentro de mí.
Me asusta, así que me impulso con fuerza desde el fondo y salgo a la superficie.
Alzo los brazos bien alto y me dejo flotar en el agua.
Los espectadores en los acantilados aplauden, pero no los oigo por encima del estruendo ensordecedor de las olas.
Nado con energía hacia la lancha neumática que me espera, me impulso y subo a bordo.
Antes de poder apartarme del rostro el pelo empapado, que me llega a los hombros, el conductor acelera el motor y pone rumbo a la costa.
Mientras encajo los golpes secos de las olas, bajo el cierre del traje de neopreno y busco con la mirada a la persona por la que he dado todo en este salto: el ojeador de talentos.
Está allí, de pie, sobre la roca baja cubierta de hierba costera. Su pelo ralo ondea al viento y apunta algo en su libreta. Gracias a sus gafas de sol enormes, apenas puedo adivinar ningún gesto en su cara.
Por favor, que sea una buena evaluación.
En mi cabeza repaso de nuevo el salto. ¿Llevaba las piernas perfectamente paralelas durante el giro extendido?
¿Hice los mortales limpios? Sé que mi cuerpo estaba en una posición impecable al entrar en el agua.
Cualquier otra cosa la notaría ahora con toda claridad, porque el mar no perdona el más mínimo error.
Aun así, solo con eso no bastará para conseguir por fin un contrato de patrocinio.
No con los competidores a los que he visto saltar hoy.
Unos minutos después, mientras subo descalzo los escalones tallados en el acantilado y paso junto al ojeador, él asiente con aprobación, pero no se acerca a mí. Por suerte, no tengo tiempo de darle vueltas a lo que eso podría significar, porque mis colegas me rodean enseguida.
Matteo me tiende el puño.
—Impresionante —dice.
No puedo evitar que se me escape una sonrisa de alivio. Si mi entrenador califica el salto de impresionante , entonces ha sido realmente impresionante.
Mi oportunidad sigue viva.
Si lo hago igual de bien en las próximas dos rondas, quizá por fin logre hacer realidad mi gran sueño: ganarme la vida con los saltos de acantilado. Necesitaré la recomendación del ojeador para conseguir un contrato de patrocinio y pasar a la liga profesional. No hay nada que desee más.
Durante la hora siguiente lo doy todo para bordar la actuación. Con mi último salto, tomo conciencia de que ahora el destino lleva las riendas. Solo puedo confiar en que recuerde que me debe algo de redención.
Cuando llego a mi furgoneta, bajo la luz suave del sol del atardecer después del espectáculo, no logro reprimir un bostezo.
Estoy agotado. Pero también increíblemente feliz.
Con un suspiro de satisfacción, me dejo caer en el asiento del conductor y alargo la mano hacia una barrita energética del paquete medio vacío.
Apenas doy el primer bocado cuando suena el móvil.
Es una videollamada de Camilla. Masticando con gusto, descuelgo.
—Hola —digo, dejando el teléfono a un lado para tomar mi sudadera con capucha del asiento trasero.
Aunque aquí hace un calor agradable durante el día, cuando se acerca la noche las temperaturas bajan.
—¿Vico? No te veo —en su tono percibo una urgencia contenida—. ¿Qué le pasa otra vez a este cacharro?
—Un momento —me paso rápido la sudadera por la cabeza, agarro el teléfono y lo acerco a la cara—.
Ya estoy —en cuanto pronuncio las palabras, me quedo inmóvil.
Aunque el corte de pelo corto y desflecado de Camilla no ha cambiado en años y ya me he acostumbrado a sus mejillas, que últimamente están más redondas, hoy se me antoja extraña.
Mi hermana toma aire hondo y fija la mirada en mí.
—¿Dónde estás? —pregunta.
—En la costa Amalfitana. ¿Por qué? —doy otro mordisco a la barrita energética y la observo con más atención. Su rostro, normalmente risueño, se ha quedado congelado en una expresión de preocupación.
—Ya veo —responde, sin contestar a mi pregunta.
Una sensación extraña empieza a treparme por dentro.
—¿Estás bien? Tienes muy mala cara.
Se queda callada y juguetea con su oreja con nerviosismo. Su alianza reluce dorada. Algo no va bien. Lo noto.
No debería dejar que su inquietud me afecte. Sin embargo, me pasa igual.
Aparto a un lado la barrita a medio comer.
—¿Qué pasa?
—Nada —susurra—. Solo estoy un poco cansada.
Puede que sea verdad, pero seguro que no es solo eso. Entre nosotros se instala un silencio incómodo. Podría dejarlo estar, no preguntar más. Sin embargo, no soy capaz.
—¿Me necesitas? —pregunto— ¿Quieres que vuelva a casa?
Dios mío, ¿qué estoy diciendo?
No puedo volver allí. Solo de pensarlo se me revuelve el estómago. Un sudor frío me perla la frente. Además, mi próxima competición es este fin de semana.
Camilla niega en silencio con la cabeza, pero sus ojos gritan con fuerza: «Sí».
¿Y ahora qué?
¿Debería fingir que todo está bien?
Tengo la garganta cerrada. El cielo, tras el parabrisas, se oscurece a toda velocidad.
Ojalá pudiera detener el tiempo, pero no serviría de nada.
Por muchos escalofríos que me recorran la espalda al pensar en volver a mi pueblo, no voy a abandonar a mi hermana.
No después de todo lo que ha hecho por mí.
Para aliviar la opresión en mi garganta, carraspeo con fuerza.
—Saldré mañana por la mañana, temprano.
Mi intento de sonar despreocupado ha sido un desastre. Ese graznido forzado seguro que me ha delatado. Ojalá no note que mi sonrisa no es más que una mueca.
Asiente, parpadeando más de lo normal. Luego se esfuerza por curvar también los labios en una sonrisa.
—Gracias —susurra y corta la llamada de golpe.
Lo quiera o no, en mi imaginación el video sigue. Veo a mi hermana pequeña hundir la cara entre las manos y echarse a llorar a gritos.
Me muerdo la lengua hasta notar el regusto metálico de la sangre y pongo el motor en marcha. Me queda una tarde y una noche, unas catorce horas en las que más me vale no darle vueltas a lo que me espera en el apacible pueblo donde crecí.
Pese a todos mis esfuerzos por mantener la mente anclada en el presente, la noche fue inquieta.
Fragmentos de recuerdos se agolparon en mis sueños.
La cara de mi padre surcada de preocupación.
La sonrisa radiante de mi madre mientras me ataba los cordones de los zapatos.
Camilla y yo sentados en silencio en la sala de estar de su bungalow.
La mirada desorbitada de Alessia y el tartamudeo incrédulo de Aurora.
Toda la familia reunida alrededor de la larga mesa de madera de la cocina-comedor, bebiendo vino y riendo a carcajadas.
Todo estaba ahí. Y resultaba demasiado real.
Por eso estoy cansado mientras conduzco mi vieja furgoneta camper por la carretera comarcal.
El hip-hop retumba en la radio, tan alto que ya no oigo el rugido del motor.
Solo noto las vibraciones del asfalto irregular.
Intento esquivar los baches provocados por las poderosas raíces de los pinos, que a lo largo de los años han reventado la capa de alquitrán, mientras me acerco cada vez más a mi antiguo hogar.
Las colinas de suave pendiente me avisan de que ya estoy muy cerca.
Demasiado cerca. Todavía no estoy preparado. No sé cómo voy a llevar el regreso.
Aun así, los primeros tejados de Collina da Sogno asoman a la vista por detrás de una hilera de cipreses. En menos de diez minutos tendré que enfrentarme a lo que sea que me espere en casa.
Tenso, pongo el intermitente y giro hacia mi pueblo. Piso el acelerador de la perezosa furgoneta y, en el retrovisor, veo alzarse tras de mí una nube de hollín.
No debería aplazar por más tiempo las reparaciones de la furgoneta. Pietro podría echarle un vistazo, pero eso significaría quedarme al menos una noche. Lo cual no entra en mis planes.
Justo cuando voy a subir aún más el volumen de la música, veo un automóvil compacto rojo oscuro detenido unos metros más adelante.
La parte trasera invade el centro de la calzada, mientras el morro apunta hacia la cuneta.
Los intermitentes de emergencia parpadean, pero no veo a nadie alrededor.
Tampoco hay colocado ningún triángulo de señalización. Qué raro.
Ahora estoy lo bastante cerca como para ver la matrícula. Es de Austria. Quizá no es más que alguien que se ha perdido. Para asegurarme de que no ha pasado nada, reduzco la velocidad, me orillo a la derecha y salgo del asiento destrozado de mi furgoneta.
—¿Hola? ¿Todo bien? —pregunto en italiano, y repito las palabras en alemán, por si acaso. No entendería la respuesta a no ser que fuera algo básico.
Ningún movimiento. Parece abandonado.
Como no veo humo ni señales de una rueda pinchada, deduzco que la persona austríaca no tuvo ningún problema mecánico. ¿Habrá parado en mitad de la carretera solo para dar un paseo tranquilo por los alrededores?
Quizá se quedó sin gasolina.
Rodeo el maletero y avanzo hacia la parte delantera. Todas las ventanillas están bajadas. En el asiento trasero reposa una gran bolsa de viaje.
Por fin distingo a la mujer, en el asiento del conductor.
Está dormida.
¿Habrá decidido simplemente detenerse a dormir una siesta en mitad de la carretera?
Desconcertado, me agacho para mirar por la ventanilla y me quito las gafas de sol. Un aroma conocido a flores recién cortadas, hojas verdes y rosas, como el de una floristería, inunda el interior.
La mujer duerme plácidamente. Su pecho sube y baja bajo el cinturón de seguridad que la cruza.
Lleva una sencilla camiseta blanca y unos vaqueros azul oscuro.
Nada de joyas, ni maquillaje, ni esmalte de uñas.
Las uñas son cortas y en las manos tiene arañazos.
Bajo la barbilla le cruza una gruesa cicatriz.
Por muy sospechosa que resulte esta mujer dormida, hay algo en ella que me atrae.
El leve temblor de sus labios y el movimiento de los párpados cerrados me hacen sonreír.
Con el pelo suelto enmarcándole los delicados pómulos, parece salida de un cuento de hadas.
Como si estuviera esperando a que alguien la despertara con un beso. ¿Y si esa persona fuera yo?
Tonterías.
—Eh —digo en voz baja para no asustarla—. Aquí no puedes dormir.
No reacciona. Repito las palabras en inglés, pero tampoco así logro llamar su atención.
Dudo un instante antes de tocarle el hombro.
—Hola —la zarandeo con suavidad—. Despierta.
Sigue sin responder, pero a mí se me revuelve todo por dentro. La fascinación se entrelaza con la preocupación.
¿Y si no está durmiendo, sino que está enferma? A lo mejor le ha dado un infarto o algo así.
¿Cómo era lo de los primeros auxilios? ¿Comprobar la respiración y el pulso? Sí, eso seguro que es así. Luego, ponerla en posición lateral de seguridad y pedir ayuda.
Con un nudo en el estómago, abro la puerta y me inclino sobre ella. Su aliento roza mi cuello. Le tomo la muñeca para tomarle el pulso.
Ahí está, lo bastante firme como para casi desbaratar el mío.
Así que no necesita ayuda. Y, aun así, no soy capaz de marcharme sin más, tras cerrar la puerta. Me quedo a una distancia prudente, contemplando su rostro hipnótico. El corazón me late desbocado y no dejo de preguntarme de qué color serán sus ojos.
¿Del castaño intenso de su pelo? ¿O del azul vibrante del mar de la costa sur de Italia?
Al imaginar cómo sería si ella me mirara, noto que no puedo irme sin saber la respuesta.
—¿Quién eres? —pregunto, sorprendido por mis propios pensamientos.
Los párpados de la desconocida tiemblan. Sus pestañas suben y bajan despacio, como plumas en una brisa casi imperceptible.
Estoy cautivado. Tendría que decir algo.
Sí, no estaría mal. Pero ¿qué?
—¿Estás bien? —Vaya pregunta más absurda. Claro que está bien. Además, puede que ni siquiera entienda italiano. ¿Por qué estoy diciendo tantas tonterías?
De pronto, abre los ojos y me mira fijamente.
Se me para el corazón por un instante.
El enigma de la desconocida, que tanto deseaba desentrañar, queda resuelto.
Y la respuesta es un verde mar que me deja sin aliento.